06.08.2020

Caminos de tierra: recorridos proféticos del artista Alfredo Ceibal

El escritor y curador Diego Ventura Puac-Coyoy contrasta los saberes Maya junto con el porvenir y la memoria proyectados en los paisajes de Guatemala: ahí donde el artista Alfredo Ceibal sueña la pintura como un ejercicio de sanación.

A lxs hijxs del fuego, así como a lxs hijxs del murciélago y lxs herederxs del agua,[1] nos han enseñado a buscar el pasado incesantemente. A veces con palabras, a veces con rituales. Unas cuantas leyendo el cielo y otras, entendiendo el tejido que usan nuestras madres, abuelas, hermanas, sobre sus cuerpos. El pasado lo hemos encontrado grabado en piedra. Cuando nos quisieron desaparecer, lo encontramos en fosas comunes, abrazado a la tierra, ésta que es nuestra.

También hemos aprendido a convivir con todas nuestras muertes, a recordarlas y honrarlas. Porque es paso trascendental para ser memoria y ser camino hablado, pronunciado. Toda la vida es una poética ligada a la tierra: al nacer reventamos como una flor de güicoy[2] tierno, de esas que se expanden por los campos uniendo sus filamentos a la tierra como quien busca camino. Al morir nos enrollan en un petate y nos devuelven a la tierra para germinar y ser flor de nuevo. Así la semilla: de flor a fruto y de fruto a enterramiento. No sólo en los entierros de la gente se conocen los rituales, sino también en los entierros de las semillas. Se pone candela a flor de tierra, se riega el guaro, las flores, el incienso. Se le habla quedito, de rodillas al vientre de la madre para que se recuerde de todxs sus hijitxs, todxs los que tienen hambre y quieren comer.

Existió un tiempo en el cual dejaron de enseñarnos los saberes de la tierra. Empezamos a ir a las escuelas a aprender números y maneras correctas de decir las cosas; que no es haiga sino haya y que el orden de los factores no altera el producto. También nos enseñaron los nombres de los próceres que nos dieron libertad y país. Ahí, aprendimos que lxs invasorxs del viejo continente trajeron civilización y que todos nuestrxs diosxs, que sabían hacer su trabajo y recibían un pago por eso, eran paganos. En cambio, nos enseñaron sobre el amor que castiga y la culpa que mata, sobre el sometimiento y los cielos pintados en bóvedas de iglesias que se caen, cuando Kabrakan[3] camina.

La semilla, la agricultura, empezó a asociarse a la pobreza y la precariedad. Hay quienes dicen que los frijoles son comida de pobre. Y toda esa tierra que era nuestra —y que lo siegue siendo— nos la quitaron, así como su fruto. Empezamos a morir de a poquitxs, como cuando los naranjales saben que su hora llegó y botan sus frutos pequeñitos. Y así, entre la resistencia y la lágrima ha sido la vida que nos tocó.

Después nos pintaron

Hay un periodo de tiempo en la historia del arte guatemalteco, que la vida de los pueblos originarios fue leitmotiv de pintorxs académicxs. Aquella pintura fue desarrollada durante finales del siglo XIX y principalmente durante el siglo XX. Si bien, dichas obras han contribuido a la investigación documental del textil y el paisaje por épocas, el efecto perdurable fue el de la folclorización de la vida indígena del país, similar a un diorama o estampa, incluyendo sus alegorías mismas que después de ser menospreciadas bajo la categoría de artesanía en relación directa a la del arte, serían extraídas para forjar una modernización que nos difumina. Los espacios de acción de los pueblos originarios se limitan desde entonces al trabajo forzado, a la representatividad por cuota (sin voz ni voto) y a la difusión de una cultura adecuada al comercio y turismo. En Guatemala solamente se le permite figurar alx “indix”[4] despolitizadx.

Luego nos cansamos

Porque no podíamos seguir trabajando la tierra que por derecho es nuestra, pero que fue robada. Ni ser parte de un país que es más paisaje que país. En estos caminos de tierra, las voces se unen y recorren el vientre de la madre juntos, viendo el punto detrás de los cerros por donde nuestrxs abuelxs vieron anochecer y yo también. Y nuestrxs hijxs también. Lejos de la tierra es difícil comprender la libertad. Aquí nacimos, y lo primero que vieron nuestros ojos fue la vida misma, vestida de verde. Así como la milpa, así como los árboles, así crecimos nosotrxs. Así nos cuidaron y así hemos de cuidarlos, aunque a veces no nos dejen.

Alfredo Ceibal, Nido, 2017. Objeto intervenido. Parte de la subasta Juannio 2017. Imagen cortesía del artista

Cuando nos cansamos, hicimos un reclamo de la tierra, la tenencia implica libertad y pago. Por derecho, por historia y permanencia. La tenencia de la tierra significa la capacidad de defender la biodiversidad, el cultivo diverso, el equilibrio natural, el bosque nativo, conceptos lejanos a las nuevas colonizaciones presentes en el monocultivo y la deforestación. Por eso los pueblos originarios somos caminantes, nos unimos y resistimos, como los 48 cantones de Totonicapán y las alcaldías indígenas comprometidas y respladadas con sus comunidades. Pero hay otros caminantes que en el camino son palabra y aliento.

Uno de esos caminantes es Alfredo Ceibal. De oficio profeta, fundando la palabra en piedra y contando el tiempo —nuestro tiempo— en los adoratorios del mundo: cuevas, ríos, lagos y cerros encantados de vida y de muerte que se visitan y abrazan entre sí. Existe, en él, un profundo entendimiento de la lucha de la tierra y las bondades de sus frutos. Su dibujo regresa siempre a la tierra y germina, nos acompaña y se extingue con nosotrxs.

¿Cómo entender la convivencia de la belleza y la tragedia? Sólo observando, registrando, contando. Ya el fuego y lxs ancestrxs nos contaron la tragedia humana, cuando los 400 muchachxs fueron muertxs por Zipacná[5] y luego se convirtieron en estrellas, formando las pléyades. Quizá por esto Alfredo Ceibal dibuja una visión: el enterramiento en fosas comunes, muy por debajo, en el suelo. Arriba, los cerros amorosos acogen el maíz que perpetúa nuestra existencia y descendencia. En nuestra historia reciente lo hemos visto, en la masacre de Panzós y como la historia contemporánea nos sigue mostrando el expolio en la misma área, en el valle del Polochic.[6]

Lx artista es de oficio profético

Otro sueño: las piedras que cuentan nuestra historia, antes de recibir la lluvia del cielo, recibieron a nuestrxs ancestrxs. Después, regresan a contarle al corazón del cielo, lo que acontece en el corazón del tierra: Uk’ux’ Kaj, Uk’ux’ Ulew. Todos estos sueños los cuenta Alfredo en forma de dibujos, con tímido color, porque él sabe que el color pertenece a los huipiles, al maíz, al fuego.

Es muy sencillo entender un paisaje, también pintarlo. Otra cosa es vivirlo y caminarlo. Entender que el paisaje es bello desde lejos, como espectadorx, pero duro al trabajarlo y recorrerlo. Porque el dulce fruto de la tierra proviene de la espera y del sudor y que siempre la vida regresa a él. Alfredo lo ha visto: la rama, el nido, el huevo que siempre regresan del paisaje al paisaje, de la tierra al seno, indivisibles.

La palabra también es sagrada. Somos a partir de ella. Si nuestros antepasados la registraron con una voluta, Ceibal la impregna en su imaginario, en su papel y en su poética con la serie de los diálogos.

Lo que no se nombra no existe. Lo que no se nombra se olvida. Lo que se olvida se muere sin renacer. Por ello vemos en la serie Diálogos, esa posibilidad de existir y persistir en la memoria. Para los mayas la poesía era palabra miel o palabra dulce kaab tzij. Lo que nombramos, el amor, la guerra. El cielo, la tierra, la milpa. La lluvia, el relámpago, la tempestad. La muerte.

Diálogos es una serie que se fundamenta en la memoria. La transmisión oral de nuestros pueblos, toda la información que nos salva y nos une y nos aleja de la falsa historia oficial. Gracias a la palabra podemos recordar a las cuatro primeras mujeres y a los cuatro primeros hombres creados, y por la palabra, también llamamos a lxs últimxs que serán creadxs. Por la palabra aprendimos la semilla y la siembra, por ella las nombramos y entendemos su valor. Por la palabra pronunciada y transmitida sabemos que la memoria es una certeza de nuestro pueblo, como la memoria de la semilla nativa que perpetúa nuestra existencia, al contrario del transgénico que olvida y mata.

El cielo que recordaremos

Porque la promesa del cielo es siempre la de volver… volver, volver. Porque queremos volver a ser flor y ver el mundo como una invención de unx profeta como Alfredo Ceibal. Antes nos dijeron que la tierra era precaria, que trabajarla simboliza atraso. Que era mejor estudiar una carrera importante para ir a la ciudad y que la poesía no sirve para nada.

También nos hicieron pensar en racionalizar todo. Que lo sentido es subjetivo y que la cifra es la verdad. Si bien es cierto que la tierra es la ciencia de la memoria, entonces la emoción es lumbre y motor de la memoria. En comunidad se construye la historia a partir del recuerdo, de la lágrima y del amor. Por eso la poesía, la palabra y la memoria son razón y cimiento. A partir de ahí somos capaces de des-colonizar lo escrito y des-aprender lo memorizado. Es en ese instante que aprendemos a ver el mundo antiguo y el futuro: leemos el cielo, las estrellas y los tejidos de los huipiles. El Aj’quij lee la sangre y el tzite’. El humano lee el arte y lx artista es poeta y profeta, es ahí donde lo vemos con claridad: el entendimiento que tiene Alfredo Ceibal de los ciclos naturales y del mundo como un organismo vivo integral es tan cautivador que, sin su obra, nos faltaría un pedazo de cielo.

Notas

  1. Según nuestro relato de origen, los maya k’iche somos hijos del fuego. Los Kaqchikeles son hijos del murciélago y los tz’utujiles herederos del agua.

  2. Güicoy, calabaza

  3. Kabrakan, responsable de los terremotos según el libro sagrado k’iche’ Popol Wuj.

  4. El Indio es una construcción social, un estereotipo configurado por el estado racista y clasista de lo que debe ser y no debe ser un descendiente maya. El término es utilizado en antropología y ciencias sociales.

  5. El que mueve los cerros y causa deslaves. Hermano de Kabrakan según el Popol Wuj.

  6. Territorio Maya Q’eqchi que ha sufrido expolio por parte del estado guatemalteco, asesinando a los dueños originales de las tierras y a los líderes comunitarios para ceder concesiones para minería y monocultivo.

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