En un contexto de aislamiento que marcó un antes y un después para el arte, Alejandro Gómez Escorcia reflexiona sobre un posible devenir para los museos en los espacios digitales a partir de la cultura libre como estrategia de resistencia al capitalismo de plataformas, mismo que abrazan sin cuestionar.
Con una memoria reducida del devenir histórico de las prácticas artísticas en Internet, los museos de arte se entregaron a sus perfiles en Fac*book, Tw*tter e Inst*gram. Algunos incluso descubrieron plataformas, como YouT*be, que habían ignorado pese a estar implantadas en el imaginario de las ciudadanías cosmopolitas desde hace décadas. En otras palabras, las instituciones estatales y universitarias dedicadas a exponer, conservar e investigar arte en México, redujeron sus actividades digitales a la iteración del quehacer de influencers y otros actores nodocentristas en Internet, que podemos enlistar en acciones concretas: realizar transmisiones en vivo, grabar podcasts, subir videos, actualizar sus perfiles y lanzar páginas web.
1) Permitir el acceso a su código fuente para utilizar, cambiar, redistribuir o mercantilizar recursos.
Hasta ahora, la mayoría de los museos operan a puertas cerradas, donde organizan y controlan el flujo de las obras y conocimientos que resguardan. En este punto se propone abrir modelos de co-creación con diversos agentes y actores sociales en lugar de sólo estimular modelos de consumo y espectaduría. Un ejemplo de apertura puede ser el proyecto Smithsonian Open Access, donde las personas incluso pueden vender libremente objetos creados con las imágenes del acervo de esta institución estadounidense.
2) Abrir procesos de actualización colectivos.
Normalmente, los museos operan de forma colegiada para definir sus agendas de exposiciones y actividades. Esto implica sólo integrar voces autorizadas que buscan mantener su status quo como artistas, curadores y otros agentes culturales que ostentan poder. Aquí se propone actualizar estas agendas, que también son políticas y sociales, bajo un modelo de colaboración que defina el quehacer museístico desde otros sectores. Esto contribuiría a reducir los discursos nacionales y posnacionales de los que se sirve el arte en México y aumentaría el espacio a las narrativas humanas que nos aquejan más allá de las epopeyas identitarias.[4]
3) Terminar con la gratuidad y priorizar intercambios no monetarios.
Si lo que está en juego en los museos son los conocimientos sobre la humanidad (y otras especies vivas y no vivas), su moneda de cambio principal no puede continuar siendo el dinero. Si bien tienen que sostenerse y dar contratos dignos a sus trabajadores, los museos también pueden generar modelos de intercambio a través del flujo de saberes. En México, la idea de gratuidad del estado benefactor ya no opera como en el siglo XX. Hoy en día, ir a un museo de forma gratuita, invisibiliza el trabajo de las comunidades que lo conforman y reduce su valor social por estar disponible (y por lo tanto, descartable).
5) Inducir la participación en lugar de expectación y espectacularización.
Además del modelo hegemónico de espectaduría que suponen los museos, que tiene su valor al permitir la contemplación y la sugestión de experiencias estéticas, estas instituciones requieren establecer otras relaciones con las personas. Seguir fortaleciendo la idea de visitantes y espectadores sólo estimula una distancia entre el museo y la ciudadanía, misma que proyecta futuros donde sólo tengan cabida los contenidos espectaculares que se puedan consumir desde lejos. Participar es acercar. Expectar es alejar. ¿Qué desean los museos de arte en México hoy en día?
Estas propuestas quedan por el momento como escenarios de lo posible y también como reacciones ante una agenda museística que se ha reducido al plano inoloro de las pantallas. Permanecer en este estado de postración podría ser fatal para los museos, que terminarían su historia como meras agencias de publicidad. Vivimos un momento donde aún es posible reescribir nuestras tecnologías para la sobrevivencia humana, ¿cómo queremos utilizar la tecnología museo? ¿Estamos dispuestes a abandonar nuestras posiciones de poder y comfort para contrarrestar el enorme poder de las plataformas digitales? ¿Podremos proyectar y construir museos de código abierto de forma colectiva?[5]

Con una memoria reducida del devenir histórico de las prácticas artísticas en Internet, los museos de arte se entregaron a sus perfiles en Fac*book, Tw*tter e Inst*gram. Algunos incluso descubrieron plataformas, como YouT*be, que habían ignorado pese a estar implantadas en el imaginario de las ciudadanías cosmopolitas desde hace décadas. En otras palabras, las instituciones estatales y universitarias dedicadas a exponer, conservar e investigar arte en México, redujeron sus actividades digitales a la iteración del quehacer de influencers y otros actores nodocentristas en Internet, que podemos enlistar en acciones concretas: realizar transmisiones en vivo, grabar podcasts, subir videos, actualizar sus perfiles y lanzar páginas web.

1) Permitir el acceso a su código fuente para utilizar, cambiar, redistribuir o mercantilizar recursos.
Hasta ahora, la mayoría de los museos operan a puertas cerradas, donde organizan y controlan el flujo de las obras y conocimientos que resguardan. En este punto se propone abrir modelos de co-creación con diversos agentes y actores sociales en lugar de sólo estimular modelos de consumo y espectaduría. Un ejemplo de apertura puede ser el proyecto Smithsonian Open Access, donde las personas incluso pueden vender libremente objetos creados con las imágenes del acervo de esta institución estadounidense.

2) Abrir procesos de actualización colectivos.
Normalmente, los museos operan de forma colegiada para definir sus agendas de exposiciones y actividades. Esto implica sólo integrar voces autorizadas que buscan mantener su status quo como artistas, curadores y otros agentes culturales que ostentan poder. Aquí se propone actualizar estas agendas, que también son políticas y sociales, bajo un modelo de colaboración que defina el quehacer museístico desde otros sectores. Esto contribuiría a reducir los discursos nacionales y posnacionales de los que se sirve el arte en México y aumentaría el espacio a las narrativas humanas que nos aquejan más allá de las epopeyas identitarias.[4]
3) Terminar con la gratuidad y priorizar intercambios no monetarios.
Si lo que está en juego en los museos son los conocimientos sobre la humanidad (y otras especies vivas y no vivas), su moneda de cambio principal no puede continuar siendo el dinero. Si bien tienen que sostenerse y dar contratos dignos a sus trabajadores, los museos también pueden generar modelos de intercambio a través del flujo de saberes. En México, la idea de gratuidad del estado benefactor ya no opera como en el siglo XX. Hoy en día, ir a un museo de forma gratuita, invisibiliza el trabajo de las comunidades que lo conforman y reduce su valor social por estar disponible (y por lo tanto, descartable).

5) Inducir la participación en lugar de expectación y espectacularización.
Además del modelo hegemónico de espectaduría que suponen los museos, que tiene su valor al permitir la contemplación y la sugestión de experiencias estéticas, estas instituciones requieren establecer otras relaciones con las personas. Seguir fortaleciendo la idea de visitantes y espectadores sólo estimula una distancia entre el museo y la ciudadanía, misma que proyecta futuros donde sólo tengan cabida los contenidos espectaculares que se puedan consumir desde lejos. Participar es acercar. Expectar es alejar. ¿Qué desean los museos de arte en México hoy en día?
Estas propuestas quedan por el momento como escenarios de lo posible y también como reacciones ante una agenda museística que se ha reducido al plano inoloro de las pantallas. Permanecer en este estado de postración podría ser fatal para los museos, que terminarían su historia como meras agencias de publicidad. Vivimos un momento donde aún es posible reescribir nuestras tecnologías para la sobrevivencia humana, ¿cómo queremos utilizar la tecnología museo? ¿Estamos dispuestes a abandonar nuestras posiciones de poder y comfort para contrarrestar el enorme poder de las plataformas digitales? ¿Podremos proyectar y construir museos de código abierto de forma colectiva?[5]