Opinión - México

Brenda J. Caro Cocotle

Tiempo de lectura: 6 minutos

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19.07.2020

Conectarse, desconectarse, volver a conectar: el museo lanzado hacia lo digital

Continúa la serie de opiniones sobre las políticas culturales del gobierno de México a propósito de un sistema cultural público en crisis, para la cual Brenda J. Caro Cocotle reflexiona en torno al formato virtual de los museos en México durante el actual periodo de cuarentena, mismo que replica y refuerza una lógica institucional limitada sobre el consumismo de la economía naranja.

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Quisiera encontrar la manera de que este texto no sea uno más de los muchos que intentan explicar lo que la coyuntura de la pandemia ha implicado para el arte y la cultura en México. Sin embargo, la pretensión es absurda. Aunque hundiera la cabeza cual avestruz, el asunto se colaría entre las vibraciones terrestres. Por otro lado, no puedo evitar, como todos, fingir que escribo y dilucido un entorno porque me resulta —nos resulta— abrumador aceptar que éste escapa a cualquier regla, teoría o postura filosófica. Una vez hecha esta disculpa, escribo entonces.

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No voy a hablar sobre la 4T ni sobre su política cultural. O sí. Quiero señalar un contexto más amplio que si bien la incluye, considero me permite tener una perspectiva amplia, menos polarizada; más fría si se quiere; menos sujeta a circunscribirse a la “adherencia” u “oposición” a un personaje, ideología o causa. Soy tibia, me condenaré al Infierno —peor aún, al Purgatorio de la opinión fácil.

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Uno de los aspectos más significativos a los que nos enfrentamos hoy en día es la digitalización como respuesta inmediata ante la clausura temporal del espacio físico y de cierta porción del espacio social. De manera concreta, en el caso de las instituciones culturales enfocadas a la investigación, resguardo, exhibición y difusión de las artes visuales y las producciones culturales —museos, centros culturales, espacios independientes—, así como otras instancias del mercado del arte —galerías, ferias y bienales—, la situación derivada de la emergencia sanitaria puso en alto a una serie de mecanismos, formatos y dispositivos de trabajo que han constituido su raíz. De momento, el arte y sus plataformas [¿con mayúsculas? ¿con minúsculas?] vieron suspendida una forma de ser y operar que, paradójicamente, ha dependido de la virtualidad —entendida como la potencia de actualización de una imagen y/o discurso a través de un medio[1] —y de la impronta de la corporalidad que permite que esta se active. El cierre del museo —tomo al museo como la figura que resume a todas las otras, a sabiendas que con ello obvio diferencias importantes— fue interpretado como el cierre de toda una maquinaria institucional. Para ciertas posturas tendientes al extremo, esa clausura implica la “pérdida del arte” en su totalidad. (¿!)

El cierre del museo se presenta como una alternativa inconcebible. Si se detiene, no existe (que no es así). Se le exige entonces permanezca desplegando una arquitectura visual y presencia desde lo digital. Hacer, reinventarse, abrirse al algoritmo, producir, estar en la red.

Me gustaría pensar que esta exigencia viene urgida por una necesidad de repensar el carácter social del museo y sus propias inercias institucionales respecto al tipo de espacio público y de esfera pública que construye. Sin embargo, me temo que el viraje y la “demanda” por trasladarse a lo digital deviene de otro tipo de lógicas y políticas económicas que se han vuelto parte de la política cultural gubernamental, universitaria y privada, y que se han presentado como paradigma y deber ser inevitable de toda institución que se respete.

Al museo se le pide ser un productor de contenidos en constante actividad. Producir, producir, producir. Una producción no tanto vinculada con el sentido crítico hacia otras posibilidades de investigación o de cuestionamiento de determinados, discursos, narrativas e inercias institucionales; sino producir con el ser relevante. En otros términos, producir para entretener o para justificar una permanencia; producir dentro de los márgenes del capitalismo cognitivo, producir para continuar en el mainstream… Producir, producir, producir. El museo no es Netflix, pero se le exige algo parecido: disponibilidad, renovación el catálogo de opciones, novedad; brindar experiencias; sean significativas o no importa poco. Importa producir.

La demanda de la producción viene también desde otra lógica: aquella para la que las instituciones tienen una justificación sí y sólo sí pueden prefigurar que una ciudadanía (abstracta) pueda tener acceso al arte y al patrimonio, lo cual supone la garantía de un derecho a la cultura. Sin embargo, bajo esta perspectiva, los derechos culturales siguen siendo contemplados desde una perspectiva unidireccional (la institución) y restringidos a sólo una parte de los mismos (el acceso). De modo que hay que producir para demostrar la función de las instituciones y que cumplen con su papel y atribución en ese sentido. La acción pública del museo bajo la administración pública debe hacerse visible. Producir, producir, producir.

Quizá estoy siendo parcial y poco propositiva. Escucho, no sin interés y falta de razón, que la circunstancia obliga a un nuevo momento, que tenemos en las manos la oportunidad de hacer que la arquitectura del arte se desbarate; que los museos tendrán que asumir el desafío, derribar las barreras. Sin duda. Pero a lo que nos hemos abocado, de momento, es a reproducir esa misma arquitectura, de modo literal y simbólico: seguimos en la búsqueda de la exposición (virtual) que replique el formato museográfico, al grado de que, si se tiene los recursos, se articulará un recorrido 3D que traduzca lo mejor posible la experiencia del tránsito en las salas; lo visual se refuerza, el cuerpo se vuelve mero ojo; el “Art Star-system” se mantiene; la numeralia de asistencia cede el lugar a los stats y a la cantidad de “me gusta”, reproducciones y “visto”. Reproducimos la misma esfera pública, los temas de siempre, nos aferramos a un solo modo de hacer investigación desde el museo. Ni nuestros playlists ni nuestros conversatorios virtuales ni nuestros lives se atreven a desmontar lo que, hasta hace unos meses, era nuestra certeza.

De hecho, muchas de estas prácticas que intentamos están orientadas a sostener esos paradigmas que han hecho del museo una máquina empresarial, una industria cultural aquilatada por los bienes y servicios que ofrece: a rescatar una economía naranja que comienza a mostrarse agria y aceda. Prácticas que es difícil entender cómo es que se enarbolan a manera de demandas hacia la administración pública. ¿Cómo y en qué términos se plantean dichas prácticas? ¿Esas prácticas contemplan solidaridad con las demandas por condiciones laborales justas? ¿Implican también una crítica a lo que sostienen y reproducen, es decir, al museo blockbuster, al museo changuero, al museo de diseño, al museo de autor?

Museo templo/ Museo cubo blanco/ Museo foro/ Museo industria/ Museo mediatizado/ Museo empresa… ¿Por qué no optamos por el silencio, por lo no visible, por la pausa para pensar sobre otro espacio público, otras corporalidades, la construcción de nuevos vínculos? ¿Por qué nos hemos lanzado con estridencia a hablar sobre cómo —CÓMO— mantener los modelos de gestión aprendidos sobre los que hemos construido escuelas, programas, tendencias, santones y nombres, en vez de aceptar que sabemos tanto igual a nada? Y cuando volvamos, ¿a qué volveremos? ¿Quiénes podrán volver? 

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Una junta por Zoom me espera. Produzco. Mi postura radical termina donde se encuentra con el siguiente correo que obliga una respuesta. Conectarse, desconectarse, volver a conectar. Produzco.

(¿Ya mencioné que soy tibia?)

Notas

  1. Para Bernard Deloche, la virtualidad está en el centro de los mecanismos de comunicación desplegados por el museo, empezando por la institución museal en sí. Déle una lectura al estupendo libro del Sr. D.: Bernard Deloche, El museo virtual: hacia una ética de las nuevas imágenes (España: Trea Gijón, 2001).

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