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22.11.2021

Historias de muchos hilos

Las artistas Rosa Chávez y Marylin Boror Bor, en interlocución con la investigadora Jimena Galán Dary, comparten perspectivas sobre la importancia de tejer y moldear su propia genealogía como mujeres maya-kaqchikeles en un contexto hostil que reproduce violencia racista y patriarcal.

Jimena Galán Dary (JGD): Conocer su vida y obra, Rosa Chávez, Marilyn Boror, artistas maya-kaqchikeles, implica reconocer que son el resultado de reconciliaciones y luchas permanentes de mujeres que han resistido históricamente. Ustedes son tejedoras de palabras y peinadoras de hilos que han logrado crear un lenguaje que las nombra, las reivindica y las representa.

A través de lo visual y lo poético, sus obras se han opuesto a los mandatos patriarcales, coloniales y racistas de la sociedad guatemalteca. Apreciar y dialogar con todo lo que ustedes crean únicamente requiere abrir todos nuestros sentidos. Quisiera comenzar por preguntarles, como artistas y hacedoras, ¿por qué crear?

Rosa Chávez (RC): Crear ha sido un impulso vital que tiene que ver con mi función en la vida, espiritual y colectivamente, así como mi relación con mis ancestres.

Desde el punto de tomar la vida por mí misma, decidir ir y crear hacia ella en una constante transición. 

El encuentro con el hacer, el escribir y el transmitir a la otredad me motivó. También la búsqueda, el asombro y la curiosidad. Tiene que ver con lo impuesto, ¿hasta dónde esta sociedad se impondría a mi capacidad? Al tomar la decisión de crear belleza en un contexto que esperaba que fuese yo una persona para la servidumbre, hacer arte ha sido una resistencia radical al sistema racista que vivimos. Escribir y hacer arte no siempre es algo cómodo; se convive, desde mi experiencia, con energías muy fuertes e implica asumirlas. 

Marilyn Boror Bor (MBB): Históricamente, para los pueblos originarios, la materialidad ha sido importante: así lo refleja el manejo y la comunicación con los elementos, una dimensión del impulso vital que menciona Rosa. Agarrar el barro, la masa para hacer las tortillas, el proceso de sembrar; cosechar el elote, desgranarlo, llevarlo al cocimiento, molerlo y hacer una tortilla, consumirla. Crear permite torcer la dualidad entre artesanía y arte. Siento que es muy importante porque vi a mi mamá tener esa comunicación con el frijol y con el maíz. Hacer una tortilla, para mí, es hacer una escultura. 

(JGD): ¿Qué es lo más preciado que han hecho con sus manos?

(RS): Mis manos me han permitido recuperar el poder de la palabra y mi voz, lo que esto ha significado como sobreviviente al pensar en las generaciones que me anteceden. Me veo como persona, pero también como pueblo. No me desvinculo, de ninguna manera, de mis abuelos y abuelas. Llegué hasta aquí, ¿qué hago con este poder? 

Mi escritura me ha permitido tejer un compromiso conmigo misma, con mi caminar y mi presente, honrando constantemente mi pasado. Mis identidades también son mis luchas; el nombrarme mujer maya es una de ellas y uno de mis posicionamientos políticos así como lo es el antirracismo. Creo a partir de ahí, consciente del trabajo que ello implica.

La creación sucede en todos los espacios, los más íntimos, como mi mente y corazón, en mis propios procesos de sanación y de expresión.

Profundizar en cuánto ha perjudicado el colonialismo mi percepción, mi mirada, cuerpo y deseos, y empezar a trabajar desde ahí con lo que escribo, lo que hago y los espacios donde activo.

(MB): Lo más preciado ha sido pintar a mi mamá. Fue muy duro. En los pueblos originarios la mujer es muy importante; es quien enseña la lengua materna, guarda la indumentaria y sigue tejiendo. Además, la mujer ha sido quien resguarda el conocimiento, mientras que al hombre le tocó salir a la ciudad y enfrentarse al racismo, lo que hizo que él perdiera su identidad. El retrato que pinté fue hecho a partir de una fotografía, en donde estábamos los tres, eliminé a mi papá y solo quedamos mi mamá y yo. Son dos retratos grandes, de mi tamaño. Se sintió orgullosa y dijo sorprendida: “Soy yo, tan grande y en la prensa. Es mi imagen y mi hija”. Su representación: una mujer que ha luchado con su indumentaria y su idioma, incluyendo una lucha ante el racismo de los hombres del pueblo cuando regresaban de la capital. Mi papá fue racista, incluso con mi mamá. 

(JGD): Sus intervenciones en los espacios públicos reflejan los sentires y pensares de sus comunidades, así como forman parte de sus procesos de sanación. ¿Qué colectividades las han conformado?

(RS): Una colectividad fundamental son mis amigas, que conocí durante mis pasos iniciales en el arte; la mayoría son artistas, creadoras y pensadoras. Hemos hecho camino juntas; nos hemos acuerpado, acompañado, criticado y compartido, lo cual ha sido parte de lo que significa la sobrevivencia de una mujer indígena que migra sola a la capital. 
Pienso en mis maestres espirituales, también en mi nahual y el fuego. Es importante reconocer quiénes han sido mis guías, sin idealizar, pero recordando la trascendencia que ha tenido la espiritualidad.
Mi colectividad de resistencia: la lucha del pueblo maya, de las mujeres feministas, de las comunidades diversas y plurales con las que también me identifico. Son mis comunidades de sostén, motivación y esperanza con voluntad de transformaciones profundas; comunidades que inspiran mi caminar colectivo. 

(MB): La herencia de mi madre, mis tías, mis abuelas y mis ancestras. Sostuvieron muchas luchas que yo desconozco, pero sin las cuales yo no estaría aquí hablando sobre nosotras. En convocatorias, cuando me preguntan por qué merezco ese puesto, respondo: “Muchas mujeres lucharon para que hoy yo esté aquí poniendo el cuerpo”. 

Ver que mi mamá se graduó del colegio por madurez y que mi abuela no hablaba castellano era otro tipo de sabiduría y de inteligencia. El hecho de que yo me pueda comunicar de otra forma ahora se lo debo a ellas.

(JGD): Para sobrevivir a la violencia sistémica patriarcal, han nombrado la importancia de la reconciliación de sus ancestras con el pasado, a través de la memoria de sus madres, abuelas y la propia, ¿cuál es la historia de sus nombres?

(RS): Tengo un poema en donde menciono que llevo el nombre de mi madre y el de mis abuelas, y lo que representa nuestro sistema familiar. Todo aquello que como mujeres originarias heredamos porque poseemos fuerza ancestral. ¿Qué tanto quiero tomar de ese ombligo? La sanación sistémica es cortar hasta lo que ya no nos pertenece para poder seguir, y esa es una de las máximas honras a nuestros ancestres: el poder tomar los hilos de nuestras vidas.

Mi madre ha sido de mis mayores inspiraciones. Luchadora, creativa, rebelde a lo que se esperaba de ella como mujer en su niñez y en su juventud, temeraria. Es quien ha impulsado mi ser de creatividad y libertad, con todo lo que eso conlleva: los aprendizajes, pero también todas las complejidades que podemos pasar las mujeres teniendo y viviendo nuestra libertad a plenitud. Le debo a mi madre, el vivir y el empujarme a la autonomía. También le debo no temer cuestionar la vivencia de mi espiritualidad, de mis deseos y de mi sexualidad. Eso ha sido maravilloso. Esa es mi madre. 

Mi abuela paterna, una maya-kich’e’ con una energía fuerte, a ella la veo como una matriarca con mucho conocimiento y de un carácter fuerte, pero también con una ternura profunda. Todo el tiempo con vestimenta maya. Es una ancestra muy poderosa que inspira y transmite la visión estética. 
Mi abuela materna es yerbera, tejedora, campesina. ¡Maravillosa! También me inspira en cuanto a la transmisión de conocimientos como lo es el aprender a tejer en telar de cintura; conocimientos interrumpidos cuando mi madre migró a la ciudad para trabajar. Esa enseñanza la aplico a través de mis palabras, como lo hizo ella, una gran artista y creadora de poemas en sus tejidos.

(MB): Mi mamá se llama Tránsito. Ella tiene una relación conflictiva con su nombre: la llamaron así por nacer el día del tránsito. Antes te nombraban según el día del calendario. Su nombre ha sido un trauma porque es masculino, entonces se llamó Carmen. 

En cuanto a mi propio nombre, lo percibo patriarcal. Mi papá fue quién decidió nombrarme así porque cuando él estaba convaleciente, Marilyn fue la enfermera que lo cuidó y le salvó la vida. Mi abuela materna es Juana y mi abuela paterna es Cecilia. 

Su historia es una de mujeres trabajadoras. Hay historias de violencia. Mis dos abuelos murieron de cirrosis, tan fatal que vendieron las tierras y un montón de cosas. Mis dos abuelas fueron mujeres que sacaron adelante a sus hijos e hijas. En el caso de mi abuela materna, lo hizo vendiendo en el mercado central toda su vida, viajando a diario desde su casa en San Juan. Ella es clave en mi arte porque me decía: “Si te vas a vestir así, no vengás a verme. No te reconozco y no te voy a llevar así a vender conmigo”. Yo no entendía porque me hablaba en kaqchikel. Ella me exigía volver a mis raíces mayas. Yo me alejaba, incluso me avergonzaba hablar de ella porque era mi abuela mata gallinas. Cuando murió, dije: “Tengo que honrarla”. Por otro lado, mi abuela paterna sólo tuvo hijos hombres y la única mujer, al parecer, murió. Mi abuelo era alcohólico y mi abuela era la que trabajaba, cocinaba y quien se encargaba de dirigir los quehaceres de sus nueras porque así se acostumbraba entonces. La casa era matriarcal.

(JGD): Toda memoria matriarcal se conforma de las experiencias y vivencias compartidas. Así lo reflejan obras como Que no nos falte la medicina en la tierra de Rosa, y La memoria de mi cuerpo en la ciudad de Marilyn, ¿qué diálogos surgieron alrededor de dichas obras? 

(RC): Este objeto no nace para un espacio expositivo, sino de la necesidad de recolectar y poner a secar las plantas para curarnos. Recuerdo la casa de mi abuela llena de troncos y plantas, una tradición familiar que busca establecer un diálogo sobre su uso.

La pieza nos dice que podemos recuperar esa medicina de la tierra. Volver a ella es recordar que está en la memoria. 

(MB): La Galería MUY está hecha de barro. La pared de adobe me llevó a preguntarme: «¿Por qué voy a pintar con óleo cuando el color de mi piel es la tierra?». Entonces, con barro de la selva lacandona, empecé a hacer retratos de mujeres que siguen resguardando el territorio en la frontera de México y Guatemala: relieves que al mirarlos de perfil son paisajes de montañas y bosques. 

(JGD): Dentro de sus prácticas han construido tejidos de palabras a través de testimonios comunes. ¿Cuándo fue la primera vez que se nombraron “artista”?

(RC): Nunca he pensado “voy a ser artista”; sin embargo, me nombro en algunos espacios como poeta y artista porque también me parece valioso reivindicar mi camino, mis procesos y mi trabajo. 

(MB): Siento que es ególatra asegurar que “soy artista”, ¿lo soy? No me corresponde a mí definir eso sino a la historia, a la memoria colectiva. Sin embargo, es necesario nombrarse. Ahora mismo, yo me nombro como artista porque no hay muchas mujeres haciendo arte, menos mujeres indígenas. Me visibilizo pues nadie lo hará por mí: «aquí estoy, mírenme, soy maya-kaqchikeles, soy mujer indígena». 

(JGD): Cuéntenme sobre sus procesos, ¿en qué espacios suceden? 

(RC): Mis poemas o mis libros han surgido en los buses, en la calle y en los territorios en donde he trabajado, usualmente fuera de la ciudad. Mis poemas son fugaces, tienen vida propia y es muy difícil exigirles que broten productivamente. En ocasiones nace el germen o la semilla y escribo un poema completo, es maravilloso.

No siempre he contado con un espacio definido para poder escribir y desarrollar mis ideas. Son espacios ganados y buscados entre la sobrevivencia y lo que significa la vida. He luchado por encontrarlos dentro de la colectividad para trabajar, crear y pensar junto a otredades. No me dedico solamente al arte, aunque sí es parte de mi vida e intento que tenga un tiempo específico. Estoy en otro momento, en donde puedo tener un poco más de espacio. Por ejemplo, ahora estoy desarrollando narrativa y requiere de mucho tiempo que a veces no es posible.

Para mí, es muy importante la autoformación así como la formación desde la espiritualidad maya con las y los abuelos; todo lo que enseñan el fuego, los cerros y las montañas, una formación maravillosa que no se recibe en la universidad o en la academia. 

(MB): Para mí hay dos cosas importantes: la ciudad y el pueblo. Siempre hago este parámetro de dualidad entre dos mundos paralelos que están funcionando al mismo tiempo pero se piensan distinto. Me gusta chocarlos y provocar fricciones. Me gusta ir al pueblo y estar con mi familia, contrastar cómo analizan el mundo, cómo se cuestionan en relación al mismo: mirando el güisquil crecer, si hay o no frutos, mirando la montaña para saber si va a llover. En la ciudad, todo es de cemento y concreto; la gente está pensando si se compra estos jeans o los otros, los nikes o no sé cuáles. Para mí esa es la inspiración, ver esas dualidades.

(JGD): Pensando en los futuros, ¿en qué espacios se imaginan y desean que sucedan sus cuerpos hechos de palabras, hilos e imágenes? ¿Cómo éstas enfrentarán las miradas patriarcales, racistas y coloniales?

(RC): Recuerdo las primeras veces que leía en una plaza con un megáfono; no estaba buscando que conocieran el poema, me impulsaba poner mi cuerpo para decir: “soy una mujer indígena, me voy a parar aquí, voy a alzar mi voz y les va a parecer extraño”. Esa fue la motivación, posicionarme con mi pertenencia, y también con el dolor y trauma del racismo en mi historia y la de las mujeres de mi pueblo. Una confrontación a la negación racista y patriarcal. 

Futuros me resuena a colectividad, resistencia, autonomía, liberación de los pueblos y cuerpos, ternura, placer y sanación radical.

La realidad que vivimos me confronta, pero las opresiones no me han quitado las esperanzas porque la emancipación es una realidad poderosa que sembramos a diario. El horizonte político que me mueve y sostiene es hacia la plenitud de la vida para mí y otres. Creo en la medicina colectiva de los pueblos, la tierra, las mujeres y las comunidades disidentes para resistir, sanar y transformarse desde la raíz.

(MB): A dichas miradas no les agrada que mi cuerpo se presente frente a ellas. Para los blancos y mestizos, los indígenas somos subalternos. 

Me indigna que Occidente, las mentes colonizadas, el sistema educativo, las extractoras puedan despojar y reclamar propiedades sobre nuestros modos de saber, imaginarios, creaciones, lenguajes y producción. Nuestros cuerpos siempre han estado presentes, somos los pueblos originarios, la memoria de las abuelas y los abuelos, y esto es símbolo de resistencia.

Deseo que reconozcamos que el cuerpo del otro es tan contingente como el propio, que aprendamos sobre la historia de los pueblos originarios y que sea reconocida desde nuestras diversas formas de comunicación. Veo un futuro donde lo decolonial sea historia en práctica y no un deseo.

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