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15.11.2021

El arte no es inocente

El colectivo Arte 360 grados reflexiona en torno al arte contemporáneo como aparato de ideologización hegemónica que, en el contexto de México, reproduce una política cultural del mestizaje, la cual refuerza los lazos cognitivos con el poder colonial.

En estética, la representación es una apariencia que reemplaza a x en el mundo, haciendo parcialmente presente su ausencia […] en la representación algo necesita siempre ser expuesto o representado, y sin embargo, el deseo de exponer o representar es en sí mismo colonizador: tanto velar como fracasar en representar o hablar en nombre de otros, es un acto también colonizador […]. Vivimos, sin embargo, en una era en la que las formas fascistas han tomado el poder reforzado, como veremos el hábito de la colonialidad. Ello se ha manifestado en la esencialización y la reducción de las luchas políticas en aras de protección de las especificidades culturales, cercando las muy necesarias formas de representación y representatividad decolonizadoras y radicales.

—Irmgard Emmelhainz[1]

No es raro encontrarnos con el juego de poder de quienes dicen qué es o no es conocimiento, quiénes son o no son pensadores. Aquelles que legitiman un conocimiento imponen su modo de pensar el mundo con una lógica occidental. Instituciones educativas y artísticas, círculos de pensadores y artistas son reconocides en esa lógica que destruye otras formas de pensamiento, de creación y de expresión para así homogeneizarlas. Es decir, los saberes de nuestros pueblos son aprobados por la academia. Los conocimientos y creaciones del pensamiento hegemónico occidental reproducen un discurso global con una máscara-imagen falsa de una estética no propia, que envenena y suprime to yeztli —nuestra sangre, nuestras naturalezas— y memorias.

Reconocemos que hay numerosos aparatos opresores y reproductores del pensamiento hegemónico occidental, como la ciencia, con sus discursos repetidos que aluden a modos de vida a los que deberíamos someternos. Uno de dichos aparatos es sutil y se disfraza, quiere convencernos de ver el mundo a partir de su sensorialidad y no de la nuestra. Ese aparato es el arte.

No sólo la ciencia y su tecnología reproducen muerte; el arte y las humanidades no procuran el cuidado de la vida, de lo vivo, la re-vivencia y el resguardo de nosotros los “otros conocimientos”, los “otros con expresiones propias” y nuestros territorios.

Por eso, el arte no es inocente de la muerte y supresión de nuestros saberes, nuestros mundos.

El arte no es inocente, pues nos empuja hacia las relaciones de poder colonial en los procesos creativos. Ese intento de legitimar nuestros conocimientos y saberes sensibles y expresivos ante los ojos del mundo nos coloca en una disputa política, en un espacio en el que se busca reconocimiento. Sin embargo, no hemos respondido a esa ambición de poder intelectual-artístico que juega con imaginarios que corresponden a contextos ajenos al nuestro. Nuestros haceres y expresiones sensibles emergen de toacicamatiliztli: nuestro hacer, conocer y pensar, que llegó de boca en boca hasta nuestros días. Sus representaciones y significados particulares son visibles cada vez que volvemos a ellos por medio del “pensar en el hacer y hacer en el pensar”. Ya reconfigurados, siguen siendo saberes y expresiones sensibles que dan forma a nuestro territorio.

Nos encontramos con el mundo en la siembra del maíz, al comer hongos y tortilla, al escuchar nuestra lengua nahua, al buscar venas de agua, al entrar en to —nuestra— Matlalcueyatl, en el temazcal, al enfermar y saber curarnos. No podemos concebir la separación de la vida en categorías: trabajo, contemplación, reflexión. Eso no implica que seamos testarudes e ignorantes, sino que nos sabemos en formas y mediaciones estéticas comunales propias de un territorio.

Por esa manera de vivir y pensar, Occidente no muestra nuestros haceres del estar, del nosotres, como creaciones o conocimientos legítimos, nos concibe como meros objetos de estudio en las academias de arte, los museos, las colecciones privadas y los corporativos que los financian.

Esa estética blanca y simétrica nos impone el disfraz indigenista con un doble discurso en el que se enaltece la supuesta pobreza en la que vivimos, expresada como un ente bello al cual hay que admirar porque fue creado en la marginación política, económica y social. Esa supuesta “belleza” deviene del ente social más olvidado del estado-nación mexicano: nosotres, les indígenas, les Negres, les originaries.

No se trata de sacar el arte de los centros de las grandes ciudades y llevarlo a nuestros pueblos. No se trata de seguir atravesando nuestros imaginarios ni de propiciar más violencia psicológica, simbólica, epistémica y cognitiva en nuestra vida Nahua. El arte obedece a corrientes artísticas particulares, excluyentes y exclusivas, y es parte de un entramado discursivo que justifica y refuerza prácticas racistas, colonizantes y desterritorializantes desde una supuesta neutral postura apreciativa, contemplativa e incluso reflexiva.

El arte apuntala la ficción de algo que no somos. El hacer sensible de los pueblos, como su canto, tejido, música, curación, alimento, no es el folclor nacionalista o “la mexicanidad” neoindigenista que se muestra en los programas de las Secretarías de Cultura. El arte tiene implicaciones en la lucha de clases. El arte domestica a los pueblos y minimiza sus imaginarios. El arte reproduce estereotipos y desigualdades. El arte y su función pedagógica destruyen los conocimientos de los pueblos.

El arte apuntala la ficción de algo que no somos. ¡El arte no es inocente!

Mientras el arte participe en el juego del poder epistémico-estético y territorial, no será una herramienta de transformación social. Dejemos de pensar el arte como lo conciben los occidentales, pensemos el arte de otro modo. El arte, dado que no es inocente, tendrá que responsabilizarse de atravesar procesos críticos para desestabilizar sus propias narrativas hegemónicas y sus representaciones racistas y clasistas. Deberá oponerse al discurso folclorista y al uso del “arte popular” como referentes de los pueblos indígenas. Eludirá también el racismo epistémico que impone una única forma de ver, sentir y caminar el mundo, que aplasta y desvaloriza otras formas de ver y sentir. Este racismo-extractivismo epistémico es voraz, se encuentra en todas partes: instituciones educativas, políticas, culturales y hasta movimientos sociales.

La compañera Yásnaya Elena A. Gil cita la reflexión del presidente Lázaro Cárdenas, quien en su discurso de inauguración del Primer Congreso Indigenista Interamericano dijo: “Nuestro problema indígena no está en conservar ‘indio’ al indio, ni en indigenizar a México, sino en mexicanizar al indio”.[2] Entendemos que ya había un plan estructural político-religioso-nacionalista que se ejecutaría por medio de políticas públicas en la educación, el arte y la ciencia, encaminadas a la exaltación de “lo mexicano” o lo que se entendía como “mexicanista”. Sin duda, nosotres, les supuestes indies, empezábamos a figurar como algo emblemático y representativo de México para el resto del mundo, pero permanecíamos tras la máscara sacralizada de una identidad equívoca.

Desde que comenzamos a mirarnos tan diferentes de la sociedad creada por el estado mexicano, los que se situaron como dominantes han querido someter nuestros cuerpos y nombrar a los pueblos como sus sirvientes, esclavos. Con el paso del tiempo, han intentado monopolizar todo, incluso la producción artística y cultural, e imponer cánones y modas, o adoptar códigos estéticos occidentales concretos.

En nuestro vivir como nahuas de la montaña de la Matlalcueyatl, con las voces de nuestra historia, la escucha, las hablas y el aprendizaje de la cabeza del mundo, con la tierra-agua-montaña-territorio, tenemos una relación ineludible con la piel de nuestro rostro y aquello que contiene las voces-conocimientos que protegen la tierra-territorio. Esta voz y esta piel protegen al mundo. Les Nahuas se hacen voz venida de la boca de la tierra carne para contener a to altepetl —nuestro territorio—, que vive en las faldas de la Matlalcueyatl, que al mismo tiempo suena como la lluvia que cae, cubre y resguarda la tierra-territorio.

Debemos comprender que no hay autonomía sin tierra-territorio. Todo despojo de la carne-rostro-tierra territorio atenta contra nuestra carne-huellas-vereda-cuerpo-cabeza, contra nuestra voz que protege al mundo que la contiene. No nos referimos a algo surrealista, metafórico o simbólico, es una realidad concreta en el hacer de nuestro pueblo. Tenemos la posibilidad de contener y proteger con nuestra voz la carne-huellas-veredas-cuerpo-cabeza del mundo y la tierra-territorio, y hacernos une con la tierra y el mundo que habitamos. Así resistimos las amenazas constantes de intervención a nuestra tierra-territorio, como los proyectos del estado y las corporaciones para extraer madera y nuestros haceres expresivos sensibles, y la acción de mafias criminales de taladores, traficantes de personas y de la Guardia Nacional, que propicia violencias.

A las personas con conocimientos de artes y humanidades, y a quienes vivimos en la comunidad nahua de Cuauhtotoatla nos queda el respeto por las formas expresivas que no son nuestras. Es decir, pueden seguir con sus procesos de arte y ciencia siempre y cuando su hacer no tenga el propósito de suprimir, afinar o crear “nuevos” diseños para un consumo occidental con base en el trabajo de nuestros pueblos y nuestras expresiones.

En este sentido, ya bastantes artistas y personas de la academia y las humanidades extraen y aprovechan nuestros conocimientos y testimonios. Por ejemplo, la artista Amor Muñoz explora la relación entre tecnología y sociedad a partir de textiles, performance, dibujo y electrónica experimental. En su estatus de artista, destaca en la apropiación del trabajo manual y artesanal para una economía global contemporánea. En Yuca_Tech: Energía a Mano (2015), uno de sus proyectos sociales, yuxtapone tradición e innovación con tecnología adecuada para generar trabajo y resolver “problemas locales”. Es importante preguntarse si esto de verdad mejora la vida de la comunidad. Podemos contestar que sí mejora la vida de la artista que extrae, pero no impulsa nuestra propia tecnología.

En otro de sus proyectos, Chiapas-Tech Lab (2018), la familia Hernández, de los Altos de Chiapas, adquirió conocimientos básicos de electrónica para diseñar su propia tecnología. En Oto_Lab: Artesanía Aplicada (2017), un laboratorio tecnológico comunitario compuesto por artesanas del Grupo Otomí Guanajuato, A. C., se replica el modelo del taller artesanal-tecnológico de Yuca_tech, “para que combinen materiales inteligentes y sostenibles”, como menciona en su página web.[3]

El proyecto Chihuahua-Tech LAB (2019) propone un “arte nuevo”. Un grupo de mujeres indígenas rarámuri, mazahua y otomí de la ciudad de Chihuahua participan en el Laboratorio de Apropiación Tecnológica. Muñoz afirma en su página web que “las participantes aprendieron y experimentaron nuevas formas de producción artesanal usando materiales nuevos y energía fotovoltaica”.[4] Como otras prácticas o proyectos de artistas, este tipo de diseño etnográfico, de supuesta innovación, es un ejemplo de que el arte no es una herramienta para revalorizar y preservar tradiciones, mucho menos para darle agencia a las comunidades.

Otro ejemplo es la obra de Tania Candiani, una artista interesada en la iconografía vinculada a la relación laboral y la ancestralidad, que trabaja con diversos medios. La obra Huipiles (2018), “explora la geometría del diseño textil que propone dos tipos de abstracción: por un lado, al utilizar lienzos con la misma medida de las prendas, se refiere al cuerpo sin tener que presentarlo, es decir un cuerpo ausente; y por otro, al quitar el color se traduce la singularidad de cada diseño colorido en un lenguaje binario, en este caso el blanco y negro”.[5]

Hoy les artistas contemporánees se dan permiso de tomar elementos de nuestra vida para hacer sus creaciones, como sucede en Reverencia (2019), de la misma artista. Más allá de reinterpretar “el significado de los movimientos de la Danza de los Quetzales”, Candiani, en colaboración con el artesano, “decidió eliminar los colores brillantes y los movimientos festivos del baile para enfocar el significado en la dualidad de sus términos simbólicos”.[6]

Muchas de estas representaciones se basan en estereotipos introyectados en el imaginario “mexicano”, que condensan supuestas características de los pueblos indígenas —casi todas simplistas—, ideas e imágenes visuales y auditivas del lugar que en apariencia ocupamos en la sociedad, que fomentan la percepción de que los pueblos indígenas son un recurso explotable. Así, la vida de los pueblos se transforma en mercancía exótica para el deleite de turistas nacionales y extranjeres.

Ocaso de los soles (2019) es una pieza del artista Rogelio Sosa para narradores en español y náhuatl, comisionada por Casa del Lago con motivo de los 500 años de la llegada de los españoles a Tenochtitlan. Al utilizar fragmentos de La visión de los vencidos, de Miguel León-Portilla: “Ocaso de los soles busca revisitar el universo musical mexica de manera ecléctica y sincrética”.[7]

Ver fragmentos de nuestros imaginarios representados en una transfiguración falsa o equivocada de nuestra vida ha sido aplastante para nosotres. Nunca hemos pedido que intervengan en algo nuestro. A estes y otres artistas, ¿qué les interesa de nosotres? ¿Por qué se apropian de estos fragmentos? ¿Por qué elles son artistas y les marginades son artesanes? Con base en estos privilegios de clase, extraen lo que les sirve e ignoran la historia profunda del otre-nosotres. Mientras seamos invisibilizades, elles se apropiarán de nuestras expresiones y no tomarán en cuenta nuestro contexto ni nuestra historia. Esa es la política cultural del mestizaje como identidad “mexicana”: extracción y colonización de imaginarios creados desde el privilegio o el poder.

Por otro lado, nos cuestionamos si la identidad “mexicana”, del territorio que llaman “México”, debe representarse con elementos de la vida de pueblos indígenas de manera simplista y folclorista. ¿Acaso se trata de mostrar el imaginario de “lo mexicano” y desaparecer las realidades diversas de los pueblos indígenas? Nuestros conocimientos se utilizan de manera extractiva, fuera del contexto en el que se produjeron, lo que los despolitiza y resignifica para las lógicas occidentales de producción cognitiva, epistémica y económica. Estos conocimientos sirven a fines ajenos a la comunidad, al mismo tiempo que la excluyen del capital simbólico y económico. Las personas de las comunidades productoras de conocimientos son reducidas a meros insumos por investigadores o artistas sin compromiso de reciprocidad, que nos han clasificado, estudiado y explotado.

Estado, mercado, artistas, científiques, académiques son máscaras de apropiaciones, extracciones, descontextualizaciones.[8] El estado y el mercado crean rituales “indígenas”, relaciones estéticas o políticas de apropiación cultural indebida, toman elementos que no son parte de ninguna tradición en particular con fines políticos y comerciales, y los presentan en actos performáticos y happenings en los que despliegan elementos estereotipados.

Los rituales son actos complejos que se simplifican para el cliente-mercado mediante una lectura estereotipada construida para los pueblos indígenas. Estas piezas huecas tienen un efecto particular en el público, que termina por identificarse con ideas preconcebidas de lo indígena. La pieza de Sosa es un caso de performance efectista con el claro propósito de ser un reality show que aparenta homenajear las raíces de México. Parece que los pueblos indígenas que han sufrido opresión fueran una reserva de elementos a disposición para cimentar un estado que hace todo por desaparecerlos. Esta triste realidad deviene de un fenómeno fundacional.

Creemos que el intercambio, el contacto y la apropiación de elementos culturales son relevantes. Es imposible impedir el flujo de elementos culturales entre pueblos, culturas y naciones del mundo y ver “culturas puras”, pues unas han tomado elementos de otras, que se han resignificado e incorporado a nuestros mundos-culturas. Hoy es absurdo pensar en la cultura como un mundo cerrado por fronteras rígidas, no podemos discernir dónde empieza un mundo cultural y dónde termina otro. Esto no sucede en un contexto de igualdad y armonía, como lo quieren hacer creer los discursos de la diversidad multicultural al ocultar que las sociedades productoras de conocimiento han sido categorizadas y jerarquizadas.

El estado mexicano es el mayor extractor de cultura de los pueblos indígenas del país. Además, con elementos descontextualizados, ha creado una mezcla que llama “cultura mexicana”, a la que se alude como un gran homenaje a sus raíces. Parafraseando a Yásnaya Elena A. Gil, si esta población mestiza fue desindigenizada y toma algún elemento cultural de una población, ¿acaso no es un proceso creativo-investigativo de cuestionamiento a ese proceso de amestizamiento? Los mestizos podrían tomar elementos de la cultura y cuestionar el proceso estatal. Pero la población mestiza no comparte las opresiones que la población indígena vive en carne propia —aunque también puede sufrir racismo. En general, quienes se colocan en la categoría “mestiza” aspiran a un blanqueamiento, que implica un desprecio a les indígenas; no obstante, toman elementos culturales para su disfrute o facilitan que otres lo hagan para su explotación por el capital.

Desmontar el mestizaje desde el ser mestizo es partir de sus experiencias. En el arte debemos apostar por la deconstrucción del imaginario, la ruptura con el pasado estático, la revalorización del origen y el entendimiento de la vida de hoy. El acercamiento a nuestro pueblo de Cuauhtotoatla puede ser por medio de la fiesta y la convivencia, la comida, la producción cultural, nuestra historia que resuena en los megáfonos. Hay que oír las voces que cuentan nuestras historias, no los libros que no son nuestros y no hablan de nosotres.
Desde nuestros territorios, es de vida o muerte hacer un ejercicio político territorial con experiencias situadas que es imposible contener en categorías indígenas. Nosotres le llamamos un hacer estético comunal, con representaciones del altepetl Cuauhtotoatla, indispensables en la enseñanza-aprendizaje de nuestres niñes para que se conecten con nuestro mundo y nuestra historia. El ejercicio narrativo de nuestras expresiones puede fracturar ideologías colonizadoras y romper las representaciones que el pensamiento occidental ha construido sobre lo indígena. En nuestra experiencia como colectivo de arte, ahora como espacio reflexivo Tequiocalco, las representaciones del altepetl Cuauhtotoatla son urgentes aquí y ahora.

Gracias al apoyo del Patronato de Arte Contemporáneo (PAC)

Revisión: Brenda Hernández Miranda, Enrique Maraver, Eduardo Abaroa y Nayeri Gwennhael Huesca

Nota: Si desea recibir una versión más larga de este ensayo, escriba a aa360grados@gmail.com.

Notas

  1. Irmgard Emmelhainz, “El cercamiento neo-liberal de la representación. La intensificación del punto ciego de la modernidad: la colonialidad,” Re-Visiones 7 (2017). Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6854418.

  2. Twitter, @YasnayaEG, 22 de agosto de 2020. https://twitter.com/yasnayaeg/status/1297349791899213824.

  3. Amor Muñoz, “Oto_Lab”, https://amormunoz.net/2015/12/09/oto_lab/.

  4. Amor Muñoz, “Chihuahua -Tech LAB”, https://amormunoz.net/2015/11/20/chihuahua-tech-lab/.

  5. Galería Vermelho, “ARCOmadrid 2020. Booth G09”, 17. https://galeriavermelho.com.br/sites/default/files/arcomadrid2020.pdf.

  6. Ibidem, p. 12.

  7. Rogelio Sosa, “Ocaso de los soles”: https://www.rogeliososa.com/odls.

  8. Algunos ejemplos más de ello son las actividades articuladas por el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC): la exposición Chto Delat curada por Cuauhtémoc Medina y Alejandra Labastida ocurrida en 2017, la cual incluye El nuevo callejón sin salida Escuela de verano de orientación en Zapatismo (2017), “una obra nueva desarrollada a partir de su interacción con les Zapatistas en Chiapas: #17”; la visita en 2014 de Ai Weiwei a México, donde el artista exploró las consecuencias personales y sociales de la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, tema que también era abordado en la exposición Hacia una estética investigativa, del colectivo Forensic Architecture, curada por Rosario Güiraldes en 2017.

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