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07.03.2016

Escalando la cima

En esta crónica periodística Aramburo describe minuto a minuto las fases de una resaca bogotana en tiempo real: los triunfos y derrotas en ese escenario de guerra y dolor.

crash

Escalando la cima

Cuando Natalia me dijo que quería que escribiera un texto sobre el guayabo, me pareció apenas lógica su elección. Mi experticia en ese tema es amplia y comprobable. Imagino que una mente entrenada en las ciencias autodestructivas de la libación y el abandono a la deriva es una voz más que autorizada para hablar de este tema, sobre todo porque carece de importancia –como los temas verdaderamente importantes.

Miércoles

Salgo para mi cita en la plaza de Lourdes con Flautero. Flautero es mi amigo. Somos el tipo de amigos que departen borrachos porque ninguno de los dos tiene destrezas sociales y sabemos que la sobriedad nos deja en clara desventaja en estos ambientes controlados. Nos saludamos con un largo abrazo que dure lo suficiente para calmar un poco los nervios. Es necesario comprar un trago a la mayor brevedad para que la incomodidad se acabe de una vez por todas. Una media botella de aguardiente es siempre mi primera opción, el tamaño es lo suficientemente portátil para compartir mientras decidimos qué vamos a hacer; además horma a la perfección en el bolsillo trasero del pantalón. Le hablo sobre esta idea de hacer un artículo sobre el guayabo para una revista y me responde con una frase de apoyo que no recuerdo. Algo así como: –eeehhhhggh ghh ghhh-.

acedece

El guayabo siempre me ha gustado. En mi mente funciona como la parte más espiritual dentro del extenso ritual de la vagabundería.

-Despreciar el guayabo es como ser católico y no comulgar.

-No sé, pero no soporto el guayabo porque me deprime mucho, aún siendo la depresión la única forma de vida que conozco -dice Flautero.

Para lograr un gran guayabo habría que mezclar todos los tipos de tragos posibles, fumar como si uno fuese fábrica de humo china y aceptar todo lo que regale la pucha mama. Es importantísimo no recibir ni una gota de agua que no esté alicorada y de hecho es menester evitar a las personas que la ofrecen.

11 PM : Mientras hablo sin dejar hablar como es mi estilo, le pido un papel y un bolígrafo al mesero del lupanar para escribir algunas ideas para este texto. Solo escribo una frase deprimente tipo “mientras borracho se conoce a la otra gente, enguayabado se conoce uno a uno mismo”. Vomitiva como el mismo guayabo.

buenas buenas

2:30 AM : o eso me dijo el bouncer del bar que frecuento cuando valgo menos que nada. Sobra decir que el antro es visitado por publicistas, actores de novelas y gente así o más estúpida. A esa altura ya había ingerido con Flautero otra botella de aguardiente verde, tres ginebras con poca tónica y algunas inhalaciones de pópper. Camino a tumbos solo. Flautero se esfuma como lo hace habitualmente; él había hecho un curso/campamento ninja donde le habían enseñado a hacer bombas de humo y a respirar por debajo del agua usando una pajilla, pero creo que la única utilidad práctica fue la de desaparecer de tediosas reuniones y fiestas sin ser notado. Me subo al taxi, claramente descompuesto por la mezcla indolente de tragos baratos a precios de lujo. Nunca volveré a ese lugar, pienso. Es muy triste y chistoso que siempre piense lo mismo; es muy triste y chistoso que no sepa si este es un buen lugar para poner un punto y coma. Le pido al taxista que pare en algún lugar donde pueda comprar algo para rematar en grande mi faena investigativa.

3AM: Encuentro un poco de perico en mi bolsillo repleto de facturas y basuritas perfectamente arrugadas. El perico es de gran ayuda para tener un buen guayabo, así que sin dudarlo me lo relamo con rapidez como para pasar desapercibido. No lo logro. No encuentro ninguna tienda para comprar más trago pero recuerdo que en casa tengo media botella de pisco. De cualquier manera, el taxista empieza a impacientarse. Podría poner un poco de Motown mientras me preparo unos pisco sours, balbuceo en silencio. Llego a la casa claramente desvalido; me tomo un buen chorro de pisco puro a pico de botella, pongo un remix de Venga Boys y muero en el sofá.

3:42 AM: Experimento mis primeras arcadas. Me da risa mi estúpido compromiso con este encargo. El mareo me hace pensar en eso que decían cuando sorteaba mis primeras borracheras sobre la importancia de saber “anclar” para no sentir los embates del rebote. Anclar es poner un pie tocando el suelo, que sería en esta delirante imagen de lírica popular el ancla de la operación naviera. Pienso en esa asociación del mareo alcohólico al movimiento de un barco. Pienso en el tono metafórico de todo lo que se me ocurre cuando pienso en el guayabo. En este punto parece que el peor malestar del guayabo tendría que ver con los recuerdos, asociaciones y vacíos propios del corto circuito en la torre, como dijo mi amigo Guguillo después de romper el jarrón más valioso de la casa de mamá. Me voy a acostar ahora sí como es debido. Dormir, tomar agua, gemir, vomitar.

5.4.3.2.

5:22 AM: Aunque creo no haber dormido ni un segundo, ya está claramente amaneciendo y es el despertar de la ciudad lo que taladra intensamente en mi cabeza. Los ladridos, gente hablando; me imagino que así debe ser la muerte. Un segundo antes de morir los sentidos tendrían que estar en los máximos niveles de exaltación y ¡taz! Como encontrar la respuesta a todos los enigmas de la humanidad y justo ahí pasar a la otra dimensión: la nada.

7:19 AM: Hora de salir a comprar todo lo necesario para este guayabo:

-2 sobres de Pedialyte

-1 Coca Cola 1.5 Lt

-1 Caja de Bonfiest

Esto funciona como primeros auxilios; el mareo y dolor de cabeza deben ser aniquilados antes de que aparezcan los primeros síntomas de la culpa. Entro de nuevo a mi casa a poner la televisión. Siempre opto por película de Disney o televentas. Creo que el falso optimismo me hace pensar poco o lo suficiente para entender que todo es muy real para mi gusto.

tragedia objetual

9:40 AM: Abro mi billetera para saber el tamaño de mis desmanes. Todo parece en orden. Llamo a Flautero para saber qué hice la noche anterior. No contesta y creo que no me va a querer ver en mucho tiempo. Aunque por lo general recuerdo todo como una maldición, a veces se me escapan momentos cumbre, como la vez que adopté un niño de la calle en un acto de bondad estúpida que me costó un viejo equipo de sonido y algunos electrodomésticos.

11:00 AM: Es hora de comer algo. Me voy en busca de lechona cual Proust en metanfetamina. La lechona es una delicatessen hecha de cerdo con arroz y verduras. La mejor manera de saber que se ha escalado la cima es habiéndose comido un plato entero de lechona.

12:30 AM: Vuelvo a mi casa y me da mucha tristeza. Alguna vez alguien me dijo que la palabra guayabo venía de algún lugar en el campo donde las gallinas que amanecían enfermas no salían del gallinero a departir con las otras buscando granos y cosas por el estilo, sino que buscaban un árbol (en este caso uno de guayaba) para pasar su malestar, entonces se decía que estaban enguayabadas. Esa historia me molesta pues esperaba mucho más del realismo mágico de nuestros juglares rurales. Mejor “ratón” como le dicen los venezolanos o “cruda” como los mexicanos. “Resaca” me parece muy genérico pero, ¿quién soy yo para hacer listados cuando soy menos que una gallina en su árbol de guayabo?

just chilling

 

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