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14.03.2016

After the Utopian Sleep

La resaca consiste en despertar en la cruel realidad de un largo e irresponsable sueño utópico, pero, ¿qué tal que sea exactamente lo contrario? ¿que nos estemos hundiendo en la peor pesadilla ideológica, rompiendo con un tiempo cuando nuestros deseos y agencia colectiva eran reales, cuando la gente se levantaba audaz en medio de la tempestad de la historia?

 

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Después del sueño utópico: Resistiendo la resaca de la pesadilla ideológica de nuestros tiempos neoliberales.

Imagina despertarte con el peor dolor de cabeza de tu vida después de la fiesta más grande del año, llena de licor, píldoras rosadas y alucinógenos desconocidos, abrir los ojos adormilados y ver lo que te rodea para descubrir —para tu absoluta sorpresa— que la supuesta dura realidad del día después no es más que una dura pesadilla: las paredes son más volátiles que cuando aún sufrías los efectos de las sustancias; las luces brillan con menos intensidad que cuando tomabas tu último trago al amanecer; el aire es más denso y enigmático que cuando habías olvidado tu nombre, y las formas vitales en tu cuarto son más fantasmales y terroríficas que como las veías hace unas horas, cuando bromeabas acerca de ellas con tus amigos… en otras palabras, tu maravilloso mal viaje de la noche anterior era lo Real, en el sentido que Lacan podría darle o como Marx o su hijo hiperactivo Slavoj Zizek —tres figuras que efectivamente fueron vistas tomándose una cerveza la noche anterior al lado de la cabina del DJ—, y tu horrible resaca de contexto de esta mañana es, efectivamente, un mal sueño, pero un sueño sin un fin previsible, un mal sueño condenado a durar. Bueno, esto es exactamente lo que nos sucedió a nosotros los humanos, o post-humanos, hacia el fin del último milenio y el comienzo de este: no tanto el “fin de la historia”, como lo dirían los freaks neoliberales y los profetas posthegelianos baratos, sino la transformación de la historia misma, como agencia colectiva y sorpresa prematura, de un proceso sensato y en cierta forma lógico —al menos un cambio real— a un descenso al infierno acelerado y pesadillesco, más allá de cualquier control. De hecho, cada evento actual que podría recordarnos que la historia no ha terminado y que incluso podría recargarse de una manera sin precedentes (¡y vaya, vaya, vaya! ¡Hubo muchos eventos como esos en las dos décadas que rodearon ese funesto cambio de milenio!), cada evento fue recodificado como propaganda de ciencia ficción, pintado como los escenarios teatrales más artificiales, reformulado en una frase críptica o más bien infantil, quedando así convertido en algo indescifrable. Si esos eventos fueron exagerados o, al contrario, completamente ignorados, cada vez que algo sucedió pareció ser reprimido, velado, pero nunca enfrentado honestamente, como cuando —en una fiesta loca donde todo el mundo está alterado— una pequeña grieta en la pared luce como si un terremoto estuviera empezando, mientras un amigo borracho que se cae de la ventana es ignorado. Lo importante y lo no importante han sido barajados.

Sí, justo después de que un muro grafiteado fuera tumbado por la gente de ambos lados, ansiosa por reunir su vieja ciudad alemana, nosotros en el resto del mundo supuestamente debíamos despertar del siglo de ideologías y mistificaciones y estar listos para la era de lo Real; y aún así, más que nunca, comenzamos a confundir todo evento posterior con lo que no era o, más exactamente, recibimos la orden de verlo mal, en reversa, con nuestros ojos bien abiertos pero mirando en la dirección errada, como en la famosa escena de La naranja mecánica en la que unos ganchos metálicos para los párpados mantienen abiertos los ojos de Malcolm McDowell y lo obligan a ver imágenes horripilantes. ¿Limpieza étnica y masacre de musulmanes bosnios en una Yugoslavia que se caía en pedazos? Fue un daño colateral del alegre final de la llamada Guerra Fría. ¿La interrupción del proceso electoral y la intensificación hasta terminar en una enloquecedora guerra civil en Argelia? Fue la contención de la democracia para rescatar la democracia. ¿El primer genocidio sistemático y bien planeado desde la Segunda Guerra Mundial, pero en un remoto país en el corazón de África? Nada verdaderamente serio, pensamos ahí mismo, y alguna gente incluso susurró que no era más que otra “pelea entre negros”. ¿La obsesión de todos los medios mundiales —en papel y por primera vez virtualmente— por una felación en la Casa Blanca mientras los últimos pedazos de los últimos súper poderes del estado de bienestar fueron desmantelados discretamente en el Congreso y cada uno de los 50 estados? Era la muestra de la confusión entre lo público y lo privado y del nuevo rol que jugaba en nuestra intimidad un temido —aunque devorado diariamente— periodismo amarillista. ¿El mayor ataque terrorista en suelo estadounidense, con ocho hombres de un sindicato criminal rico y fundamentalista atacando el Pentágono y destruyendo las torres gemelas más altas del país? Un total cambio de paradigma, claro, y el reemplazo de los conflictos sociales de ayer por un “choque de civilizaciones” apocalíptico. ¿La consiguiente ocupación de varios países en el medio oriente, anexados y bombardeados aún cuando no tenían nada que ver con los actos que inspiraron el castigo? Se trataba de una misión valerosa del último policía planetario. ¿Una pujante juventud postcolonial de los suburbios decadentes y empobrecidos de la ciudad más visitada del mundo que de repente se alza y amotina, que se enfrenta a las fuerzas policiales durante cinco semanas para demostrarle a una estructura de poder sorda lo inútiles que son para sus vidas las escuelas, calles y centros comerciales donde nadie más que ellos se atreve a poner un pie? Era una explosión de energía animal, una descarga de hormonas de chicos adolescentes o, si no, una consecuencia temprana de la propaganda islamista —no hay nada de qué preocuparse en realidad, nada que oír y nada que no deba ser reprimido inmediatamente para darles una lección—.

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¿Y qué decir de la peor recesión financiera —y por lo tanto socioeconómica— desde 1929, en la que incluso un niño habría visto la evidencia máxima de que el capitalismo desenfrenado y el neoliberalismo histérico solo pueden hacerle daño a la humanidad y que simplemente NO funcionan? No fue más que una buena oportunidad para reiniciar y reforzar los antedichos capitalismo y neoliberalismo, que no necesitan ser regulados o frenados sino que deben ser liberados… y permanentemente, claro. ¿Y el alzamiento espontáneo y simultáneo de los pueblos que buscaban derrocar sus déspotas apoyados por occidente en varios países musulmantes en las mismas “revoluciones” de un invierno temprano, que rápidamente desembocaron en contragolpes religiosos o más despotismo y, en el mejor de los casos, en un proceso aburrido y decepcionante constituyente, como le ha sucedido a la mayoría de revoluciones? Una prueba más de que no deberías permitirle a los árabes tomar en sus manos su destino colectivo. Y así sucesivamente.

Cada vez, el significado evidente de cada hecho fue encubierto, desplazado, recodificado, vuelto impensable. Cuando alguien en LSD ve cuerpos desnudos en su vidrio, ¿llamas a la línea de emergencia? Y cuando el día después de la orgía, alguien no despierta, ¿le das la espalda y concluyes que es otra resaca más? Si esta es la realidad de nuestra nueva época, te lo digo: hay más realidad en Blanca Nieves. Aún así, nos piden a todos que no evadamos la realidad definida oficialmente por quienes saben.

Porque ellos, los poderes establecidos y demás, hace no tanto nos gritaban —recuerda, fue durante la hipócrita década transicional, entre el momento en que cayó el muro alemán y el minuto en que esas torres colapsaron—, pidiéndonos que despertáramos de nuestro largo e irresponsable sueño utópico y enfrentáramos la cruel realidad del fin de todas las alternativas; y ahora sabemos con certeza cómo cada palabra de esa exhortación reciente era una mentira. Una mentira tonta e insultante. No habíamos estado dormidos, tampoco nuestros mayores, con sus fantasías de formas de vida vanguardistas, arte radical o luchas revolucionarias. Al contrario, en ese entonces éramos los únicos despiertos, anclados en la existencia y el poder colectivo que exigen acciones de nosotros, a diferencia de nuestros enemigos, agazapados en sus búnkers ideológicos. Allí abrimos posibilidades colectivas, tomamos armas o nos movilizamos a la desobediencia civil en todos los niveles contra cualquier clase de jerarquía, durmiendo y viviendo y creando juntos en las mismas granjas autogestionadas o en los edificios abandonados y readaptados, escribiendo ensayos racionales sobre el fin de la racionalidad, componiendo música que rompiera con melodía y armonía para así poder abrazar mejor el silencio y la tecnología, mostrando con una cámara los balbuceos del inconsciente o el lugar a donde nos puede estar llevando la historia, escuchando lo que nos dicen los árboles o las hormigas y encontrando allí más sentido que el debate presidencial más reciente, cuestionando normas de género y la división sexual del trabajo hasta el punto de volver queer todo lo que nos rodea, permitiéndonos interminables mañana de pereza o sesiones de creación automática con drogas como formas más valiosas de trabajo que la labor en una oficina o en la línea de ensamblaje. Aprender a tratar cada individuo según sus sueños y poderes íntimos en vez de por su locación y fecha de nacimiento, confiando en maestros ignorantes que consideramos más conocedores que todos los expertos y profesores armados de diplomas y credenciales, sintiendo que te mereces una parte de la riqueza del mundo sobredesarrollado cuando eres apenas un chico pobre de un ghetto de ninguna parte y convirtiendo tu propia existencia en una obra de arte, de hecho la única obra de arte: estos son apenas pequeños ejemplos de lo que estábamos haciendo, de lo que intentamos hacer por un corto tiempo, es lo que algunos de nosotros seguimos intentando hacer, lo que ha sido oficialmente prohibido, declarado nulo y sin validez y empujado al olvido en nombre del realismo y la dificultad, en nombre de la mañana después, de las supuestas virtudes morales y beneficios políticos de una buena resaca.

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De hecho, nuevamente sucede lo contrario. Esta es la realidad y lo que nos han impuesto para reemplazarla, en las ruinas no solo de esos sueños sino, más exactamente, en esos experimentos de la vida real; es, efectivamente, la mentira irreal, la pesadilla máxima. Y ahora, casi medio siglo después de que comenzara esa fiesta sorprendente pero lúcida, y unas buenas tres décadas después de haber sido imputada permanentemente, declarada ilegal y culpable, y cerrada, ahora sabemos que la “realidad” que nos embutieron es la pesadilla, el dolor de cabeza monstruoso que crearon: caos capitalista, democracias en desintegración, miseria sexual, narcisismo tecnológico y, en los restos de las grandes y alegres narrativas del pasado, dos apocalipsis por el precio de uno, para asegurarse de que ningún futuro pueda desearse; el fin del mundo religioso (y yihadista) y del mundo y el medio ambiente… ¡y hablaban de una migraña oftálmica! ¿Qué podemos hacer después de la orgía? Esa era su pregunta —y un poco retórica también, dado el cuerpo repulsivo del Kapital—. Nuestra pregunta es otra: ¿cómo podemos reconectar los puntos con la fiesta de ayer? ¿Dónde podemos encontrar el hilo, excavar el túnel, continuar el trabajo que sigue vivo a pesar de lo que dicen? Sigue palpitando bajo nuestros pies, tanto en nuestra ropa interior como en nuestro inconsciente. ¿Cómo podemos ayudar en aquel viejo intento, que tiene tanto de experiencia como de experimento, a ver la luz del día nuevamente o, por lo menos, a que salga del clóset y asuma de una buena vez su intacta vivacidad? Si aún podemos, claro.

Y la ironía final es esta: aquellos responsables por semejante odisea no habían fiesteado antes de desencadenarla, no habían disfrutado ni mínimamente ese crepúsculo del siglo XX, estaban aburridos e inapetentes en ese entonces, quedándose relegados como un tapiz inútil —en ese entonces, ya sabes, esa época donde el resto de nosotros, ya muertos o aún sin nacer o, simplemente, plenamente vivos, mirábamos el despliegue de escritura y arte retumbando y bailando locamente con una banda sonora de David Bowie—; y sin embargo, ellos quienes a duras penas lo disfrutaron son quienes quedaron con la peor resaca. Aún peor que la nuestra. Porque su truco mágico no funcionó, no nos cegó permanentemente: sabemos qué es real, siempre lo hemos sabido, incluyendo qué es imaginario y qué es simbólico. Y, de hecho, sabemos qué no lo es, qué es una estafa. Pueden repetirnos por siempre: “¡regresen a la realidad! ¡Sean realistas! ¡Tómense una aspirina y regresen a trabajar!”. No caeremos en la trampa. Son ellos quienes están atorados en esa trampa e, igual, no hay espacio en el fondo de ella para nosotros y ellos. Nosotros estamos mejor acá arriba en el suelo, tratando de permanecer a flote, haciendo nuestro mejor esfuerzo para convertir la supuesta resaca en una suave, aunque no tan visible aún, continuación de la fiesta. La fiesta eterna. Resaca significa el final. Odiamos el final, apenas estamos comenzando.

 

François Cusset

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