Reseñas - Estados Unidos

Andy Campbell

Tiempo de lectura: 7 minutos

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10.10.2015

Texas Contemporary 2015

por Andy Campbell, Houston, Texas
1 de octubre de 2015 – 4 de octubre de 2015

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Hay una canción de amor de Gershwin 1931 cuya primera estrofa dice así:

Blah blah blah blah moon
Blah blah blah blah above
Blah blah blah blah croon
Blah blah blah blah love

Tal vez usted ya sabe a donde voy con esto. La canción es tanto sabia como graciosa, diciéndole al oyente que está bien ser encantado por un esquema de rima excesivamente simplista e incluso deleitarse en un género que se basa en dicha simplificación, siempre y cuando uno tenga en mente el juego más amplio que se está jugando. Con los Gershwin, este juego más amplio podría llamarse «canción popular,» con Texas Contemporary sería «feria de arte.»

Iniciado en 2011, Texas Contemporary es un evento anual producido por Art Market Productions, una compañía con sede en Brooklyn que también genera ferias en Miami, Nueva York y Seattle. Art Market Productions afirma en su sitio web estar «dedicados a mejorar el mundo del arte mediante la creación de plataformas y ampliando redes de conexión.» Eso puede ser cierto, pero, ¿para quién son estas plataformas? ¿A quién conectan? Preguntas que quedan sin respuesta.

No es ni original ni revelador el criticar una feria de arte por apoyar y resaltar lo peor del capitalismo tardío, y de hecho en este caso hay muchos factores para alimentar tal crítica: los espacios de arte sin fines de lucro estaban ubicados en los peores lugares, apretados en la parte posterior de la exposición; los espacios coloridos y acogedores para descansar estaban marcados sólo para el acceso VIP; y un grupo de proyectos públicos pobremente conceptualizados vacilaban entre agradar a la multitud con piezas vistosas por un lado, y arte político por otro (este último desarmado por su contexto).

Sin embargo, al menos un aspecto de Texas Contemporary era a la vez sorprendente y generativo, una sección especial curada con siete galerías y dos espacios sin fines de lucro de la Ciudad de México, titulado El Otro México. Esto debe sonar conocido para cualquiera familiarizado con la historia de la literatura mexicana, ya que es una guiño al texto de Octavio Paz de 1973 del mismo nombre. La curadora de El Otro México, Leslie Moody Castro, tiene razón al invocar un conjunto tan luminoso de ensayos en el contexto de una feria de arte. Por ejemplo, Paz escribe sobre nociones insidiosas de progreso en su Crítica de la pirámide, afirmando que «nos ha dado más cosas, pero no más ser.» Las palabras de Paz parecen hechas a la medida para las ferias de arte, un lenguaje libre y de denuncia para estos teatros del exceso.

Pero lo que El Otro México tiene a su favor es precisamente lo que lo separa de la feria en general, y es que da una sensación de amplitud y profundidad en cuanto a la próspera escena galerística contemporánea de México. El Consulado de México pagó por los espacios de los stands de las galerías, y había una porción de programación (fiestas y recorridos, en su mayoría) orientada a impulsar la actividad de los ocho espacios participantes de la Ciudad de México. Dos de las ocho galerías que representan a la ciudad de México, MARSO y Yautepec, comenzaron como espacios sin fines de lucro, y desde entonces han vivido una transición a galerías comerciales – figuras de híbridos particulares que salen del DF. Castro también programó a Casa Maauad en la mezcla, cuyo modelo de financiación incluye la venta de un atractivo paquete de múltiples de artistas. Las galerías incluidas en El Otro México mostraron una tendencia hacia el conceptualismo fotográfico y la pintura abstracta: las pequeñas imágenes de Tomás Díaz Cedeño (Yautepec Galería) que traicionan los materiales industriales que las enmarcan, y la fotografía a gran escala de un avión rompiendo la barrera del sonido de Andrea Galvani (MARSO) que empuja los límites de la fotografía. Estos son sólo dos ejemplos de una rica selección de artistas de las galerías del Otro México.

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Andrea Galvani © 2015 Llevando una pepita de oro #7

En cuanto al resto de la feria, si hay una poética en ella, es claramente muy «de Houston.» Si bien la feria de arte tuvo lugar durante cuatro días en una sala de exposiciones del tercer piso del Centro de Convenciones George R. Brown, la mayor sala de exposiciones en el primer piso se estaba preparando para Breakbulk Americas –una conferencia para transportadores de gran escala y empresas de carga. (Una nota aparte: las personas se quejan del argot del arte, pero este servidor encuentra el argot corporativo más ofensivo: un banner de la conferencia Breakbulk afuera del centro de convenciones proclama «micro-seminarios» y «sesiones de swim-up«). La escena del arte de Houston siempre se ha basado en el negocio del petróleo y sus industrias relativas (transporte incluido), por lo que el hecho de que el arte contemporáneo esté «flotando» espacialmente sobre el petróleo es demasiado bueno para ser ignorado.

Hay una gran heterogeneidad, al igual que con la mayoría de las ferias, en la calidad del trabajo que se muestra. Y si el espectador puede superar a su crítico interno: «¿Qué hacen estos cestos tejidos aquí?», o «¿la palabra arte? ¡la odio!», la experiencia puede ser muy estimulante. Que el trabajo de Camel collective y de Yoshua Okón (ambos en el stand de la galería más joven de la feria, Parque Galería, de Ciudad de México) se muestren a pocos pasos de distancia de las coloridas esculturas hechas con lápices de Federico Uribe (Adelson Galleries), o la repetición irónica de la historia del arte de Chris Antemann y Deborah Azzopardi (Cynthia Corbett Galería) es indicativo de que vivimos en mundos de arte, no en un mundo del arte. Buena medicina o noticias deprimentes, dependiendo de su perspectiva. Esto también va para los visitantes de Texas Contemporary. Más allá de la fiesta de apertura VIP de la noche de colecionistas, en su mayor parte, los asistentes de la feria tendían a ser gente de clase media, paseándose en una tarde de fin de semana, y tal vez irían más tarde al festival griego en los alrededores de Montrose por unos souvlaki.

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Quizás, entonces, debo volver a mis comentarios iniciales sobre la falta de originalidad que yace en criticar a una feria de arte por ser la prima facie del mercado del arte. En realidad no me importa que una feria de arte sea la cara de un sistema que asigna un valor de cambio sobre el arte y lo que los artistas producen –me alegro sinceramente de ver a los artistas y sus galeristas conseguir su sustento. Más bien, me importa en qué tipo de capitalismo se enmarca la feria. Decir esto sin duda va a enfurecer a todos mis amigos marxistas de línea dura, pues sólo hay un tipo de capitalismo en su opinión, en el que todo es una pieza vendible. Pero quédense conmigo, camaradas. El tratamiento antes mencionado de los espacios sin fines de lucro en Texas Contemporary, por ejemplo, no es sólo una queja quisquillosa sobre las paredes y la disposición, sino que es iluminador, pues se acerca demasiado a las maneras en que las organizaciones no lucrativas tienen que mendigar, suplicar y competir por recursos económicos limitados fuera de las paredes del centro de convenciones. En otras palabras, Texas Contemporary toma como modelo una vertiente del capitalismo corporativo que se imagina como mecenas cultural benéfico, y su mantra viene a ser «algo es mejor que nada.» El tratamiento de los espacios de arte sin fines de lucro que no pueden desembolsar las importantes sumas de dinero en efectivo para un stand propio, significa aplicar la lógica según la cual estos espacios  son líderes de la pérdida en términos puramente económicos, sin prestar suficiente atención a los proyectos y energía que éstos podrían traer. Al ver Project Row Houses, una institución legendaria de Houston –que ha señalado sistemáticamente la compleja política racial de esta ciudad– instalada en cinco pies de espacio no sólo es deprimente, sino desmoralizador. La otra cara de esto sería la valoración y donación a espacios sin fines de lucro de una cantidad significativa (o al menos equivalente) de espacio para la realización de proyectos y programas que podrían ser fundamentales para la experiencia de la feria de arte. Es un asunto claramente complicado, pues el peligro sería entonces cómo hacer uso de la buena voluntad y el talento de las organizaciones no lucrativas y sus artistas asociados, sin instrumentalizarlos groseramente. Aún así, creo que podemos estar de acuerdo en que este escenario sería mejor que una sección estilo ghetto al lado de los baños.

 

Y así, con perdón de ambos Gershwin y Octavio Paz:
Blah blah blah blah less
Blah blah blah blah things
Blah blah blah blah more
Blah blah blah blah being.

 

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