Sortear el laberinto, transitando el desierto

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México
Cristina Elena Lizarraga
2025.06.10
Tiempo de lectura: 11 minutos

I. En el desierto sanamos

El desierto es nuestro hogar, el lugar de donde proviene todo. La nación Tohono O’odham, también llamada gente del desierto, a la que pertenezco, se extiende entre Estados Unidos y México, abarcando los desiertos de Arizona y Sonora. Aunque estamos divididos por un muro, seguimos siendo una sola nación. En México, el territorio no está claramente delimitado, pero se rige por siete comunidades representativas ubicadas desde Puerto Peñasco, Sonoyta y Caborca hasta Altar. En Estados Unidos, nuestro pueblo se organiza a lo largo de once distritos. Más allá de las divisiones políticas se encuentra el territorio, que es lo que nos une. Nuestra conexión con el desierto es profunda y fundamental. Somos tierra, fuego, agua y viento. 

Vivir en estos territorios nos hace ver el mundo de otra manera. Las comunidades Tohono O’odham estamos en regiones apartadas, donde la naturaleza cobra un significado fuerte y cercano. Desde aquí, nos conectamos con todo: el barro, los cerros, los volcanes, los elementos. El desierto es como una brújula que nos permite orientarnos y recordar quiénes somos. A veces, la vida en la ciudad nos aleja de esta esencia, pero siempre llega el momento de volver. En el desierto sanamos.

Tanto para nuestra descendencia como para nuestros ancestros, el territorio es lo más importante: es nuestra casa. En lugares como El Pinacate, encontramos todo lo que necesitamos. Lo que nos da el desierto es esencial para nuestros rituales, nuestra medicina y nuestra vida diaria. Todo en la naturaleza tiene un propósito, desde lo más pequeño hasta lo más grande, todo tiene un porqué de ser en el mundo. Por ejemplo, al hacer una pieza de barro necesitamos de la tierra, necesitamos el agua, necesitamos el fuego y necesitamos, por supuesto, el aire. Si uno de esos elementos nos falta, no sería posible. Si yo no estoy, si yo no soy parte de ese trabajo, eso no va a ocurrir. Entonces es estar conectada con todo. A fin de cuentas, todos los elementos son importantes. Vivimos vinculadxs con todo lo que nos rodea.

La sal, por ejemplo, es uno de los elementos más importantes que podemos compartir para la conservación, la sanación, la comida, los rituales, el cuidado. Nuestras comunidades usan todo lo que el desierto les da. Somos parte del territorio. Incluyéndonos a nosotrxs mismxs. La medicina tradicional, basada en lo que obtenemos del desierto, es más que un farmacéutico. La verdadera medicina está en la naturaleza. Entonces, el hecho de ir a estos sitios te sana, tanto física como emocionalmente. Las plantas, la sal y otros elementos nos proporcionan sanación. He visto cómo estas prácticas transforman a las personas, incluida yo misma. Visitar lugares como El Pinacate y los salares no sólo sana el cuerpo, sino también la mente y el espíritu.

II. La caminata de la sal

Existen caminos ancestrales vinculados a la caminata de la sal —algunos más largos que otros—, esta es una tradición exclusivamente para hombres de nuestra comunidad. Esto no significa que nuestra etnia sea machista; al contrario, protegemos y valoramos profundamente el papel de las mujeres. Sin embargo, ciertas actividades están destinadas a los hombres y otras a las mujeres, y este equilibrio es respetado. Aunque me hubiera gustado experimentar la caminata, mi participación como mujer ocurre de otra manera.

Los caminantes atraviesan el desierto de sol a sol durante varios días. El recorrido más largo, de 21 días, va desde Ajo, Arizona, hasta los salares de Sonora. Sin embargo, sólo ellos comprenden completamente el significado espiritual de esta travesía y deciden hasta dónde compartirlo. Mi hijo es caminante de la sal; realizó su primera caminata a los 15 años, guiado por uno de los líderes más antiguos, ahora fallecido. Espero que esta tradición continúe con nuevos líderes, porque su valor espiritual y cultural es inmenso.

Mi hijo me ha contado que ciertos aspectos de la caminata deben permanecer en secreto, y respeto esa decisión. Como madre, mi papel es diferente: mientras él camina, debo mantener una vela encendida y rezar por él cada día. Esa vela no puede apagarse hasta su regreso. Además, las mujeres desempeñan un rol crucial como makai, curanderas con el don de la medicina tradicional. Ellas purifican a los caminantes antes de entrar al desierto y, al regresar, los limpian nuevamente. Estas ceremonias los preparan y los liberan de las cargas del mundo exterior, permitiéndoles enfrentar el desierto con claridad. Una vez que mi hijo ha sido limpiado, ya no puedo hablar con él, tocarlo ni verlo hasta que vuelva. Sólo entonces, las makai realizan una última limpia, devolviéndole al mundo cotidiano.

El objetivo principal de la caminata es recolectar sal, que luego se usa para conservar pieles, realizar rituales, tratar enfermedades y otros fines esenciales. Pero la travesía va más allá de la recolección. Es una experiencia espiritual transformadora. Caminar durante 21 días, desde el amanecer hasta el atardecer, y dormir donde el sol te alcance al final del día cambia a quienes lo realizan. Es un desafío físico y emocional que deja huellas profundas. Aunque nunca lo he vivido, estoy segura de que debe ser algo profundamente transformador.

III. El corazón en el cráter

El desierto del Pinacate es nuestro origen. Ahí comenzó todo, ahí fuimos creadxs. Tanto el cerro del Pinacate como Baboquivari, una montaña en Tucson, Arizona, son lugares sagrados para nosotrxs. En este último habita I’itoi, nuestro hermano mayor y creador. Pero I’itoi no es un dios distante o supremo, como en otras tradiciones. Es parte de nosotrxs, de la tierra y de la naturaleza. Su sabiduría nos enseñó las danzas, los cantos y la medicina tradicional que nos sostienen hasta hoy. 

Nuestro símbolo más importante es el laberinto, cargado de significado y misticismo. El laberinto representa la vida de cada persona. Cada curva, cada camino, es un reflejo de las decisiones, los obstáculos y los aprendizajes que enfrentamos. Llegar al centro simboliza la muerte, donde I’itoi nos espera para recibirnos. Es un viaje de caídas y ascensos, de aprendizaje constante. Muchxs de nosotrxs llevamos el laberinto tatuado en la piel por su profundo significado. Es un recordatorio de que la vida es un camino lleno de aprendizajes y también un tributo a nuestra espiritualidad. El laberinto es la vida. 

Además de I’itoi, tenemos muchas historias como la de Ho’ok O’ks, que significa “mujer vieja”. Ella está conectada a los mitos sobre la formación del Pinacate, de sus cráteres, como El Elegante, y sus comunidades. Ho’ok O’ks era una mujer misteriosa que llegó a la comunidad de Pozo Verde, cerca de Altar. Siempre tenía hambre y devoraba todo lo que encontraba: liebres, aves, coyotes y venados. Cuando los animales se acabaron, empezó a robar niñxs. Un día se ofreció para cuidar al bebé de una comunera, quien desconfiaba de ella. Tras insistir mucho, logró ganarse su confianza; así se llevó al bebé y desapareció.

Ho’ok O’ks vivía en una cueva cercana, donde aprovechaba para llevarse a lxs niñxs que recogían agua o plantas. Cuando las desapariciones se hicieron frecuentes, la comunidad decidió actuar. Sabían que Ho’ok O’ks era poderosa, por lo que enviaron a su guerrero más fuerte a buscar la ayuda de I’itoi, en Baboquivari. Tras un agotador viaje, el guerrero lo encontró, quien lo alimentó y escuchó su petición.

De regreso, I’itoi ideó un plan: la invitaron a una celebración en su honor. Durante la fiesta, comió, bebió y bailó hasta quedar exhausta. Entonces, I’itoi la llevó a su cueva, la encerró con una gran roca y prendió fuego. Al explotar la cueva, lanzó los restos de Ho’ok O’ks por todo el territorio. Su corazón cayó en El Pinacate, formando el cráter El Elegante. En su interior, parece latir un corazón petrificado, un recordatorio de esta historia.

El año nuevo para nosotrxs comienza con la primera lluvia de verano, generalmente en junio, cuando celebramos la ceremonia del Vi’ikita. Es un ritual importante en el que ofrecemos danzas y ofrendas para pedir lluvia al gran creador. También existen otras celebraciones influenciadas por el catolicismo, como las dedicadas a San Francisco, pero personalmente prefiero centrarme en las tradiciones originales, aquellas que existían antes de la evangelización.

La llegada del Padre Kino trajo consigo la evangelización y la adopción de la religión católica. Esta influencia alteró muchas de nuestras prácticas espirituales, pero la espiritualidad originaria permanece en la memoria colectiva. La ceremonia del Vi’ikita, donde se danza toda la noche para pedir lluvia, es una de las tradiciones que se mantiene viva, reafirmando nuestra relación con la tierra y el cosmos.

Nuestro pueblo se ha preservado gracias al celo con que guardamos nuestros rituales y costumbres. Hay cosas que no se pueden compartir abiertamente, porque lo sagrado se protege desde el silencio. Esa reserva, lejos de aislarnos, nos ha permitido resistir y seguir existiendo, aun cuando muchxs ni siquiera saben que estamos aquí.

IV. El reencantamiento del mundo

¿Cómo reencantar el mundo? No se trata de rehacer, regresar o recrear, sino de reconocer que nuestra esencia está en el territorio. Nosotrxs, como pueblos indígenas, compartimos lo que somos, lo que hacemos y donde vivimos. Sin embargo, el territorio no es únicamente nuestro; es de todxs. El planeta nos pertenece a todxs. La clave está en respetarlo, protegerlo y cuidarlo. Cada quien necesita encontrar su manera de reconectarse con la tierra, ya sea en el bosque, en la playa, en el desierto o en las montañas.

El idioma de nuestra lengua se llama O’odham ñiok, que significa “el idioma de la gente”. Odam es gente y ñiok es idioma o lengua. Desde pequeñxs, mi papá nos enseñó sobre nuestras raíces. Siempre nos decía: “Tú eres Odam, llevas sangre Odam, perteneces al desierto, eres indígena y debes estar orgullosa de tus raíces. Hay personas que no saben de dónde vienen y lo anhelan muchísimo, pero tú tienes ese conocimiento. Eres genuina, eres tu identidad”. Sé que la lengua es fundamental, pero también lo son las tradiciones, la cultura, los conocimientos y las prácticas que llevamos a cabo. Todo eso también cuenta, y no debería ser minimizado. La lengua, el idioma, es extremadamente importante, pero no es el único elemento que define nuestra identidad y resistencia cultural.

En nuestra familia, hacemos un esfuerzo constante por mantener viva nuestra cultura, hablar de ella y compartir nuestras tradiciones. A lo largo de los años, he visto cómo lxs visitantes en lugares como Sonora y El Pinacate buscan ese sentido de pertenencia. Muchxs expresan su deseo por conocer sus propias raíces y valoran profundamente nuestra conexión con nuestras tradiciones. Esto me ha llevado a apreciar aún más las enseñanzas de mi papá. Ahora, trato de transmitir esa misma esencia a mis hijos.

Reconozco que la lengua O’odham ñiok se ha perdido en gran medida, pero hacemos todo lo posible por conservar y compartir lo que sabemos. Mi papá, que conoce un poco más, constantemente nos cuenta historias de las comunidades y de nuestra familia, fortaleciendo esa conexión. Como promotora cultural, mi trabajo está profundamente relacionado con nuestra cultura. Uso las redes sociales como una herramienta para difundir nuestras tradiciones y compartir mi labor. Ya sea en casa, en las comunidades, o en el desierto, vivimos nuestra identidad de la mejor manera posible y trabajamos para que estas tradiciones sigan siendo parte de nosotrxs y de las generaciones futuras. Transmitir estas tradiciones a mis hijos es mi compromiso, aunque sé que será su decisión continuar compartiéndolas o no. Los involucro en todas las actividades posibles para que vivan y sientan nuestra cultura. Trabajamos con vasijas de barro, participamos en rituales y compartimos historias. Aunque la lengua se ha perdido en gran medida, nuestra identidad sigue viva en la práctica cotidiana de nuestros conocimientos y tradiciones.

El reencantamiento del mundo comienza con la reconexión. Nuestra cultura es un puente para recordar que todxs pertenecemos a la tierra y que su protección es responsabilidad de todxs. Más allá de las fronteras, las raíces ancestrales nos enseñan que la espiritualidad, el territorio y la memoria son caminos para volver a sentir la magia del mundo.

 

 

I. En el desierto sanamos

El desierto es nuestro hogar, el lugar de donde proviene todo. La nación Tohono O’odham, también llamada gente del desierto, a la que pertenezco, se extiende entre Estados Unidos y México, abarcando los desiertos de Arizona y Sonora. Aunque estamos divididos por un muro, seguimos siendo una sola nación. En México, el territorio no está claramente delimitado, pero se rige por siete comunidades representativas ubicadas desde Puerto Peñasco, Sonoyta y Caborca hasta Altar. En Estados Unidos, nuestro pueblo se organiza a lo largo de once distritos. Más allá de las divisiones políticas se encuentra el territorio, que es lo que nos une. Nuestra conexión con el desierto es profunda y fundamental. Somos tierra, fuego, agua y viento. 

Vivir en estos territorios nos hace ver el mundo de otra manera. Las comunidades Tohono O’odham estamos en regiones apartadas, donde la naturaleza cobra un significado fuerte y cercano. Desde aquí, nos conectamos con todo: el barro, los cerros, los volcanes, los elementos. El desierto es como una brújula que nos permite orientarnos y recordar quiénes somos. A veces, la vida en la ciudad nos aleja de esta esencia, pero siempre llega el momento de volver. En el desierto sanamos.

Tanto para nuestra descendencia como para nuestros ancestros, el territorio es lo más importante: es nuestra casa. En lugares como El Pinacate, encontramos todo lo que necesitamos. Lo que nos da el desierto es esencial para nuestros rituales, nuestra medicina y nuestra vida diaria. Todo en la naturaleza tiene un propósito, desde lo más pequeño hasta lo más grande, todo tiene un porqué de ser en el mundo. Por ejemplo, al hacer una pieza de barro necesitamos de la tierra, necesitamos el agua, necesitamos el fuego y necesitamos, por supuesto, el aire. Si uno de esos elementos nos falta, no sería posible. Si yo no estoy, si yo no soy parte de ese trabajo, eso no va a ocurrir. Entonces es estar conectada con todo. A fin de cuentas, todos los elementos son importantes. Vivimos vinculadxs con todo lo que nos rodea.

La sal, por ejemplo, es uno de los elementos más importantes que podemos compartir para la conservación, la sanación, la comida, los rituales, el cuidado. Nuestras comunidades usan todo lo que el desierto les da. Somos parte del territorio. Incluyéndonos a nosotrxs mismxs. La medicina tradicional, basada en lo que obtenemos del desierto, es más que un farmacéutico. La verdadera medicina está en la naturaleza. Entonces, el hecho de ir a estos sitios te sana, tanto física como emocionalmente. Las plantas, la sal y otros elementos nos proporcionan sanación. He visto cómo estas prácticas transforman a las personas, incluida yo misma. Visitar lugares como El Pinacate y los salares no sólo sana el cuerpo, sino también la mente y el espíritu.

II. La caminata de la sal

Existen caminos ancestrales vinculados a la caminata de la sal —algunos más largos que otros—, esta es una tradición exclusivamente para hombres de nuestra comunidad. Esto no significa que nuestra etnia sea machista; al contrario, protegemos y valoramos profundamente el papel de las mujeres. Sin embargo, ciertas actividades están destinadas a los hombres y otras a las mujeres, y este equilibrio es respetado. Aunque me hubiera gustado experimentar la caminata, mi participación como mujer ocurre de otra manera.

Los caminantes atraviesan el desierto de sol a sol durante varios días. El recorrido más largo, de 21 días, va desde Ajo, Arizona, hasta los salares de Sonora. Sin embargo, sólo ellos comprenden completamente el significado espiritual de esta travesía y deciden hasta dónde compartirlo. Mi hijo es caminante de la sal; realizó su primera caminata a los 15 años, guiado por uno de los líderes más antiguos, ahora fallecido. Espero que esta tradición continúe con nuevos líderes, porque su valor espiritual y cultural es inmenso.

Mi hijo me ha contado que ciertos aspectos de la caminata deben permanecer en secreto, y respeto esa decisión. Como madre, mi papel es diferente: mientras él camina, debo mantener una vela encendida y rezar por él cada día. Esa vela no puede apagarse hasta su regreso. Además, las mujeres desempeñan un rol crucial como makai, curanderas con el don de la medicina tradicional. Ellas purifican a los caminantes antes de entrar al desierto y, al regresar, los limpian nuevamente. Estas ceremonias los preparan y los liberan de las cargas del mundo exterior, permitiéndoles enfrentar el desierto con claridad. Una vez que mi hijo ha sido limpiado, ya no puedo hablar con él, tocarlo ni verlo hasta que vuelva. Sólo entonces, las makai realizan una última limpia, devolviéndole al mundo cotidiano.

El objetivo principal de la caminata es recolectar sal, que luego se usa para conservar pieles, realizar rituales, tratar enfermedades y otros fines esenciales. Pero la travesía va más allá de la recolección. Es una experiencia espiritual transformadora. Caminar durante 21 días, desde el amanecer hasta el atardecer, y dormir donde el sol te alcance al final del día cambia a quienes lo realizan. Es un desafío físico y emocional que deja huellas profundas. Aunque nunca lo he vivido, estoy segura de que debe ser algo profundamente transformador.

III. El corazón en el cráter

El desierto del Pinacate es nuestro origen. Ahí comenzó todo, ahí fuimos creadxs. Tanto el cerro del Pinacate como Baboquivari, una montaña en Tucson, Arizona, son lugares sagrados para nosotrxs. En este último habita I’itoi, nuestro hermano mayor y creador. Pero I’itoi no es un dios distante o supremo, como en otras tradiciones. Es parte de nosotrxs, de la tierra y de la naturaleza. Su sabiduría nos enseñó las danzas, los cantos y la medicina tradicional que nos sostienen hasta hoy. 

Nuestro símbolo más importante es el laberinto, cargado de significado y misticismo. El laberinto representa la vida de cada persona. Cada curva, cada camino, es un reflejo de las decisiones, los obstáculos y los aprendizajes que enfrentamos. Llegar al centro simboliza la muerte, donde I’itoi nos espera para recibirnos. Es un viaje de caídas y ascensos, de aprendizaje constante. Muchxs de nosotrxs llevamos el laberinto tatuado en la piel por su profundo significado. Es un recordatorio de que la vida es un camino lleno de aprendizajes y también un tributo a nuestra espiritualidad. El laberinto es la vida. 

Además de I’itoi, tenemos muchas historias como la de Ho’ok O’ks, que significa “mujer vieja”. Ella está conectada a los mitos sobre la formación del Pinacate, de sus cráteres, como El Elegante, y sus comunidades. Ho’ok O’ks era una mujer misteriosa que llegó a la comunidad de Pozo Verde, cerca de Altar. Siempre tenía hambre y devoraba todo lo que encontraba: liebres, aves, coyotes y venados. Cuando los animales se acabaron, empezó a robar niñxs. Un día se ofreció para cuidar al bebé de una comunera, quien desconfiaba de ella. Tras insistir mucho, logró ganarse su confianza; así se llevó al bebé y desapareció.

Ho’ok O’ks vivía en una cueva cercana, donde aprovechaba para llevarse a lxs niñxs que recogían agua o plantas. Cuando las desapariciones se hicieron frecuentes, la comunidad decidió actuar. Sabían que Ho’ok O’ks era poderosa, por lo que enviaron a su guerrero más fuerte a buscar la ayuda de I’itoi, en Baboquivari. Tras un agotador viaje, el guerrero lo encontró, quien lo alimentó y escuchó su petición.

De regreso, I’itoi ideó un plan: la invitaron a una celebración en su honor. Durante la fiesta, comió, bebió y bailó hasta quedar exhausta. Entonces, I’itoi la llevó a su cueva, la encerró con una gran roca y prendió fuego. Al explotar la cueva, lanzó los restos de Ho’ok O’ks por todo el territorio. Su corazón cayó en El Pinacate, formando el cráter El Elegante. En su interior, parece latir un corazón petrificado, un recordatorio de esta historia.

El año nuevo para nosotrxs comienza con la primera lluvia de verano, generalmente en junio, cuando celebramos la ceremonia del Vi’ikita. Es un ritual importante en el que ofrecemos danzas y ofrendas para pedir lluvia al gran creador. También existen otras celebraciones influenciadas por el catolicismo, como las dedicadas a San Francisco, pero personalmente prefiero centrarme en las tradiciones originales, aquellas que existían antes de la evangelización.

La llegada del Padre Kino trajo consigo la evangelización y la adopción de la religión católica. Esta influencia alteró muchas de nuestras prácticas espirituales, pero la espiritualidad originaria permanece en la memoria colectiva. La ceremonia del Vi’ikita, donde se danza toda la noche para pedir lluvia, es una de las tradiciones que se mantiene viva, reafirmando nuestra relación con la tierra y el cosmos.

Nuestro pueblo se ha preservado gracias al celo con que guardamos nuestros rituales y costumbres. Hay cosas que no se pueden compartir abiertamente, porque lo sagrado se protege desde el silencio. Esa reserva, lejos de aislarnos, nos ha permitido resistir y seguir existiendo, aun cuando muchxs ni siquiera saben que estamos aquí.

IV. El reencantamiento del mundo

¿Cómo reencantar el mundo? No se trata de rehacer, regresar o recrear, sino de reconocer que nuestra esencia está en el territorio. Nosotrxs, como pueblos indígenas, compartimos lo que somos, lo que hacemos y donde vivimos. Sin embargo, el territorio no es únicamente nuestro; es de todxs. El planeta nos pertenece a todxs. La clave está en respetarlo, protegerlo y cuidarlo. Cada quien necesita encontrar su manera de reconectarse con la tierra, ya sea en el bosque, en la playa, en el desierto o en las montañas.

El idioma de nuestra lengua se llama O’odham ñiok, que significa “el idioma de la gente”. Odam es gente y ñiok es idioma o lengua. Desde pequeñxs, mi papá nos enseñó sobre nuestras raíces. Siempre nos decía: “Tú eres Odam, llevas sangre Odam, perteneces al desierto, eres indígena y debes estar orgullosa de tus raíces. Hay personas que no saben de dónde vienen y lo anhelan muchísimo, pero tú tienes ese conocimiento. Eres genuina, eres tu identidad”. Sé que la lengua es fundamental, pero también lo son las tradiciones, la cultura, los conocimientos y las prácticas que llevamos a cabo. Todo eso también cuenta, y no debería ser minimizado. La lengua, el idioma, es extremadamente importante, pero no es el único elemento que define nuestra identidad y resistencia cultural.

En nuestra familia, hacemos un esfuerzo constante por mantener viva nuestra cultura, hablar de ella y compartir nuestras tradiciones. A lo largo de los años, he visto cómo lxs visitantes en lugares como Sonora y El Pinacate buscan ese sentido de pertenencia. Muchxs expresan su deseo por conocer sus propias raíces y valoran profundamente nuestra conexión con nuestras tradiciones. Esto me ha llevado a apreciar aún más las enseñanzas de mi papá. Ahora, trato de transmitir esa misma esencia a mis hijos.

Reconozco que la lengua O’odham ñiok se ha perdido en gran medida, pero hacemos todo lo posible por conservar y compartir lo que sabemos. Mi papá, que conoce un poco más, constantemente nos cuenta historias de las comunidades y de nuestra familia, fortaleciendo esa conexión. Como promotora cultural, mi trabajo está profundamente relacionado con nuestra cultura. Uso las redes sociales como una herramienta para difundir nuestras tradiciones y compartir mi labor. Ya sea en casa, en las comunidades, o en el desierto, vivimos nuestra identidad de la mejor manera posible y trabajamos para que estas tradiciones sigan siendo parte de nosotrxs y de las generaciones futuras. Transmitir estas tradiciones a mis hijos es mi compromiso, aunque sé que será su decisión continuar compartiéndolas o no. Los involucro en todas las actividades posibles para que vivan y sientan nuestra cultura. Trabajamos con vasijas de barro, participamos en rituales y compartimos historias. Aunque la lengua se ha perdido en gran medida, nuestra identidad sigue viva en la práctica cotidiana de nuestros conocimientos y tradiciones.

El reencantamiento del mundo comienza con la reconexión. Nuestra cultura es un puente para recordar que todxs pertenecemos a la tierra y que su protección es responsabilidad de todxs. Más allá de las fronteras, las raíces ancestrales nos enseñan que la espiritualidad, el territorio y la memoria son caminos para volver a sentir la magia del mundo.