Desplazamientos en el fondeo de las artes: de la adquisición de obra al financiamiento de la producción. Conversación con Paola Creixell

Paola Creixell comenzó a adquirir obras desde un impulso íntimo: el deseo de vivir rodeada de arte. Con el tiempo, ese gesto se transformó en una práctica que desbordaba el coleccionismo para situarse en un terreno más complejo: el de la construcción de infraestructura para la producción artística. Hoy, ese recorrido toma forma en PAC Art, un espacio en Houston enfocado en residencias

Estados Unidos
Veronica Guerrero
2026.04.29
Tiempo de lectura: 7 minutos

Verónica Guerrero [VG]:  Me interesa empezar por ese momento de quiebre. Pasas de un coleccionismo íntimo a la construcción de una institución. ¿En qué punto el coleccionismo deja de ser suficiente y aparece la necesidad de intervenir en la producción?

Paola Creixell [PC]: Empecé a comprar obra hace catorce años desde un lugar completamente personal, sin estructura. Con la intención de vivir con arte, pero cuando me empecé a involucrar más —con museos, ferias, viajes—, surgió una pregunta: ¿cómo puedo hacer algo que realmente beneficie a lxs artistas?

El punto de quiebre fue después de la pandemia, cuando visité una residencia en Oaxaca. Me impactó lo que generaba en su comunidad. Ahí entendí que no era suficiente abrir mi casa o compartir mi colección. Había una necesidad de hacer algo más, de intervenir de otra manera.

Entonces empecé con algo muy intuitivo: tenía una bodega en una zona industrial de Houston y decidí abrirla como espacio. Sin grandes pretensiones. Lo armé prácticamente desde cero, con asesoría a distancia, y con muchísimos nervios.

VG: El coleccionismo suele operar desde el gusto, mientras que fundar una institución implica responsabilidades. En ese tránsito también hay un desplazamiento de poder: de decidir qué se adquiere a decidir qué se produce, qué se visibiliza. ¿Cómo te posicionas frente a esa responsabilidad?

PC: Es una responsabilidad enorme. Y creo que la única manera de sostenerla es no perder de vista que esto no es un proyecto de vanidad. Todo en PAC está pensado para lxs artistas. Esa es la línea que no se mueve. Pero claro, implica tomar decisiones: a quién invitas, qué tipo de diálogos generas, qué comunidad construyes.

Lo que intento es que esas decisiones no vengan desde el ego o desde el mercado, sino desde una escucha real. Desde hacerme las preguntas: ¿quién necesita este espacio? ¿Dónde se puede generar un impacto?

VG: Pero incluso desde ahí hay una tensión: el gesto de “dar espacio” también implica una forma de mediación, de selección. ¿Cómo negocias ese lugar?

PC: Totalmente. No hay manera de escapar de eso.

Al final, siempre estás eligiendo. Pero intento que esa elección no sea excluyente, sino generadora de comunidad.

Algo que pasó en el espacio inicial —una bodega en una zona industrial— fue que se convirtió en un punto de encuentro. Invitaba a gente de distintos circuitos que casi no coinciden en Houston.

VG: ¿Me puedes contar más de la ciudad? Houston es una ciudad marcada por lógicas muy específicas: capital energético, migración, expansión urbana, desigualdad. ¿Cómo se inscribe PAC en ese contexto?

PC: Houston es una ciudad extremadamente diversa pero también muy fragmentada. Y aunque al inicio no lo pensé así, el espacio empezó a funcionar como un lugar de cruce. PAC se volvió un punto de encuentro. Un espacio donde conviven distintos mundos que normalmente no se cruzan: instituciones, artistas, comunidades. Son todxs bienvenidxs, y ahora lo veo más claro: la ciudad misma estaba pidiendo un proyecto así. 

VG: Y, en ese sentido, ¿qué te interesó del formato de residencia artística?

PC: Vivimos saturados de imágenes. Todo pasa rapidísimo. En ese contexto, las residencias permiten ir más profundo. No es sólo ver la obra terminada, sino entender el proceso. Ver a lx artista trabajando, equivocándose, probando. Eso genera una conexión mucho más íntima. Además, lx artista no está en modo exhibición. No está pensando en vender. Está en un lugar más introspectivo, más honesto. 

VG: ¿Qué te emociona de ese formato?

PC: La comunidad que se genera.

En PAC se ha formado una comunidad muy diversa: no sólo gente del mundo del arte, sino personas que llegan sin miedo a no saber. Preguntan, se acercan, se involucran. Eso es muy valioso, porque rompe con la idea de que el arte es inaccesible. Y, también, hay un intercambio muy fuerte: lx artista se nutre del público y el público de lx artista. Dentro de una galería o una feria hay códigos muy claros: quién entra, quién pregunta, quién compra. En la residencia eso se rompe. Es una relación viva.

VG: Pensando en tu rol como fondeadora, estás operando desde un lugar privado, pero con implicaciones públicas. ¿Cómo entiendes esa posición?

PC: Es una posición compleja.

Para mí, la iniciativa privada te permite ser más ágil, tomar decisiones sin pasar por estructuras burocráticas. Pero también implica una responsabilidad muy grande: usar esos recursos de manera consciente. Lo que más me interesa es que el fondeo no sea sólo transaccional. No es dar dinero y ya. Se trata de acompañar procesos, abrir espacios, generar condiciones. El reto es saber a quién apoyar y cómo generar un impacto real. 

La burocracia puede volverse un obstáculo enorme. He visto procesos donde para dar un apoyo mínimo hay comités, trámites, tiempos larguísimos. Y, mientras tanto, lx artista lo necesita ya. Intento mantenerlo lo más directo posible. Pero también sé que, si el proyecto crece, habrá momentos en los que tendré que negociar con esas estructuras. La pregunta es cómo hacerlo sin perder la esencia.

VG: Desde ahí, ¿qué dirías que necesita hoy el ecosistema artístico?

PC: Necesita confianza. Confianza en lxs artistas, en sus procesos, en que no todo tiene que traducirse inmediatamente en resultados o en mercado. Y también necesita menos fricción en el acceso a recursos. Más escucha y menos control.

VG: ¿Y qué le dirías a alguien que tiene la capacidad de apoyar el arte pero no sabe por dónde empezar?

PC: Que entienda que su papel puede ser mucho más profundo de lo que parece. Un gesto puede cambiar la trayectoria de unx artista. Y eso tiene un impacto que va mucho más allá de lo individual.

VG: Para alguien que quiere empezar a fondear arte, ¿qué ventajas ves en apoyar residencias?

PC: Que no sólo producen obra, sino procesos. Las residencias generan comunidad, relaciones, crecimiento. Permiten experimentar sin la presión inmediata del resultado. Y eso, hoy, es casi un lujo.

VG: Por último, Paola, cuéntanos más de la programación que está por venir en el espacio recién inaugurado de PAC Art.

 

PC: Lo más próximo es la apertura de Mel Chin: Living Score, que se inaugura el 2 de abril. Ese mismo día vamos a tener también los Open Studios de Roslyn M. Dupré y Devin T. Mays, en paralelo a la exposición, que está curada por Jennifer Teets.

Me interesa mucho que esa noche funcione como una entrada a todo lo que está pasando en el espacio: por un lado, ver los procesos de lxs artistas en residencia y, por otro, presentar esta selección de obra en papel de Mel Chin, que recorre más de cinco décadas de su práctica.

Al día siguiente vamos a tener una conversación pública entre Mel Chin y Michelle White que, para mí, es importante porque abre todavía más ese diálogo y permite entender el trabajo desde otro lugar.

Verónica Guerrero [VG]:  Me interesa empezar por ese momento de quiebre. Pasas de un coleccionismo íntimo a la construcción de una institución. ¿En qué punto el coleccionismo deja de ser suficiente y aparece la necesidad de intervenir en la producción?

Paola Creixell [PC]: Empecé a comprar obra hace catorce años desde un lugar completamente personal, sin estructura. Con la intención de vivir con arte, pero cuando me empecé a involucrar más —con museos, ferias, viajes—, surgió una pregunta: ¿cómo puedo hacer algo que realmente beneficie a lxs artistas?

El punto de quiebre fue después de la pandemia, cuando visité una residencia en Oaxaca. Me impactó lo que generaba en su comunidad. Ahí entendí que no era suficiente abrir mi casa o compartir mi colección. Había una necesidad de hacer algo más, de intervenir de otra manera.

Entonces empecé con algo muy intuitivo: tenía una bodega en una zona industrial de Houston y decidí abrirla como espacio. Sin grandes pretensiones. Lo armé prácticamente desde cero, con asesoría a distancia, y con muchísimos nervios.

VG: El coleccionismo suele operar desde el gusto, mientras que fundar una institución implica responsabilidades. En ese tránsito también hay un desplazamiento de poder: de decidir qué se adquiere a decidir qué se produce, qué se visibiliza. ¿Cómo te posicionas frente a esa responsabilidad?

PC: Es una responsabilidad enorme. Y creo que la única manera de sostenerla es no perder de vista que esto no es un proyecto de vanidad. Todo en PAC está pensado para lxs artistas. Esa es la línea que no se mueve. Pero claro, implica tomar decisiones: a quién invitas, qué tipo de diálogos generas, qué comunidad construyes.

Lo que intento es que esas decisiones no vengan desde el ego o desde el mercado, sino desde una escucha real. Desde hacerme las preguntas: ¿quién necesita este espacio? ¿Dónde se puede generar un impacto?

VG: Pero incluso desde ahí hay una tensión: el gesto de “dar espacio” también implica una forma de mediación, de selección. ¿Cómo negocias ese lugar?

PC: Totalmente. No hay manera de escapar de eso.

Al final, siempre estás eligiendo. Pero intento que esa elección no sea excluyente, sino generadora de comunidad.

Algo que pasó en el espacio inicial —una bodega en una zona industrial— fue que se convirtió en un punto de encuentro. Invitaba a gente de distintos circuitos que casi no coinciden en Houston.

VG: ¿Me puedes contar más de la ciudad? Houston es una ciudad marcada por lógicas muy específicas: capital energético, migración, expansión urbana, desigualdad. ¿Cómo se inscribe PAC en ese contexto?

PC: Houston es una ciudad extremadamente diversa pero también muy fragmentada. Y aunque al inicio no lo pensé así, el espacio empezó a funcionar como un lugar de cruce. PAC se volvió un punto de encuentro. Un espacio donde conviven distintos mundos que normalmente no se cruzan: instituciones, artistas, comunidades. Son todxs bienvenidxs, y ahora lo veo más claro: la ciudad misma estaba pidiendo un proyecto así. 

VG: Y, en ese sentido, ¿qué te interesó del formato de residencia artística?

PC: Vivimos saturados de imágenes. Todo pasa rapidísimo. En ese contexto, las residencias permiten ir más profundo. No es sólo ver la obra terminada, sino entender el proceso. Ver a lx artista trabajando, equivocándose, probando. Eso genera una conexión mucho más íntima. Además, lx artista no está en modo exhibición. No está pensando en vender. Está en un lugar más introspectivo, más honesto. 

VG: ¿Qué te emociona de ese formato?

PC: La comunidad que se genera.

En PAC se ha formado una comunidad muy diversa: no sólo gente del mundo del arte, sino personas que llegan sin miedo a no saber. Preguntan, se acercan, se involucran. Eso es muy valioso, porque rompe con la idea de que el arte es inaccesible. Y, también, hay un intercambio muy fuerte: lx artista se nutre del público y el público de lx artista. Dentro de una galería o una feria hay códigos muy claros: quién entra, quién pregunta, quién compra. En la residencia eso se rompe. Es una relación viva.

VG: Pensando en tu rol como fondeadora, estás operando desde un lugar privado, pero con implicaciones públicas. ¿Cómo entiendes esa posición?

PC: Es una posición compleja.

Para mí, la iniciativa privada te permite ser más ágil, tomar decisiones sin pasar por estructuras burocráticas. Pero también implica una responsabilidad muy grande: usar esos recursos de manera consciente. Lo que más me interesa es que el fondeo no sea sólo transaccional. No es dar dinero y ya. Se trata de acompañar procesos, abrir espacios, generar condiciones. El reto es saber a quién apoyar y cómo generar un impacto real. 

La burocracia puede volverse un obstáculo enorme. He visto procesos donde para dar un apoyo mínimo hay comités, trámites, tiempos larguísimos. Y, mientras tanto, lx artista lo necesita ya. Intento mantenerlo lo más directo posible. Pero también sé que, si el proyecto crece, habrá momentos en los que tendré que negociar con esas estructuras. La pregunta es cómo hacerlo sin perder la esencia.

VG: Desde ahí, ¿qué dirías que necesita hoy el ecosistema artístico?

PC: Necesita confianza. Confianza en lxs artistas, en sus procesos, en que no todo tiene que traducirse inmediatamente en resultados o en mercado. Y también necesita menos fricción en el acceso a recursos. Más escucha y menos control.

VG: ¿Y qué le dirías a alguien que tiene la capacidad de apoyar el arte pero no sabe por dónde empezar?

PC: Que entienda que su papel puede ser mucho más profundo de lo que parece. Un gesto puede cambiar la trayectoria de unx artista. Y eso tiene un impacto que va mucho más allá de lo individual.

VG: Para alguien que quiere empezar a fondear arte, ¿qué ventajas ves en apoyar residencias?

PC: Que no sólo producen obra, sino procesos. Las residencias generan comunidad, relaciones, crecimiento. Permiten experimentar sin la presión inmediata del resultado. Y eso, hoy, es casi un lujo.

VG: Por último, Paola, cuéntanos más de la programación que está por venir en el espacio recién inaugurado de PAC Art.

 

PC: Lo más próximo es la apertura de Mel Chin: Living Score, que se inaugura el 2 de abril. Ese mismo día vamos a tener también los Open Studios de Roslyn M. Dupré y Devin T. Mays, en paralelo a la exposición, que está curada por Jennifer Teets.

Me interesa mucho que esa noche funcione como una entrada a todo lo que está pasando en el espacio: por un lado, ver los procesos de lxs artistas en residencia y, por otro, presentar esta selección de obra en papel de Mel Chin, que recorre más de cinco décadas de su práctica.

Al día siguiente vamos a tener una conversación pública entre Mel Chin y Michelle White que, para mí, es importante porque abre todavía más ese diálogo y permite entender el trabajo desde otro lugar.