Historia negra, enunciación y descolonización cultural en República Dominicana

Por Jonathan de Oleo Ramos

República Dominicana
2026.04.29
Tiempo de lectura: 17 minutos

Introducción: de la negación al grito enunciativo

La República Dominicana se erige sobre un silencio estruendoso. A pesar de ser una nación forjada en la experiencia del Caribe, con una innegable matriz africana, su narrativa histórica oficial ha transitado por décadas de negación y blanqueamiento ideológico. Así, el presente texto aborda la urgencia de confrontar esta historia negra no oficializada, aquellos relatos que el Estado deliberadamente omite, disfraza o estigmatiza, contraviniendo los derechos culturales de la población afrodescendiente. 

No se trata meramente de olvido, sino de un acto consciente de desmemoria oficializada que busca mantener una jerarquía racial y cultural.1 Esta negación es un mecanismo de defensa ideológica que, al mismo tiempo, proyecta la negritud hacia un “otro” temido: el haitiano.

El trabajo se sitúa en la intersección del Caribe geográfico e imaginario, proponiendo una zambullida hacia la fuerza de enunciar la existencia negra desde la perspectiva y el deseo de la propia gente negra. Como señala Fanon, la descolonización es un proceso violento que debe derribar las estructuras psicológicas y culturales impuestas por el colonizador.2 La violencia cultural se traduce en la persistencia del antihaitianismo, que actúa como mecanismo de autonegación de la propia negritud dominicana. 

En mi labor de investigación, he sostenido que la historia nacional dominicana se ha edificado sobre una paradoja dolorosa: la negación del otro como estrategia para negarse a sí mismx. Es a partir de este análisis que he conceptualizado la figura del “haitiano imaginario”, un constructo ideológico que desplaza la negritud hacia el “otro” para intentar preservar una identidad oficial blanqueada y artificial.3 Esta arquitectura de la desmemoria no sólo busca estigmatizar al vecino, sino que amputa la raíz africana de nuestra propia dominicanidad. Al observar esta realidad, encuentro un eco profundo en la poesía de Pedro Mir: cuando él describe a un país sumido en la invisibilidad y el dolor, está denunciando, desde la lírica, ese mismo trauma fundacional que hoy sigo rastreando: el de una nación que silencia su verdadera historia para habitar una identidad de sombras.4

En las próximas líneas me propongo cuestionar la mirada hegemónica sobre la cual se ha edificado la percepción del Caribe, un espacio donde, como afirma Fernando Ortiz, al hablar de la transculturación cubana, las raíces africanas son ineludibles.5 Se busca trascender el cliché caribeño para explorar el profundo sentimiento descolonial que palpita en las prácticas cotidianas, los rituales y los saberes ancestrales.

Los cinco ejes temáticos que guiarán esta exploración son: Historia cultural afrodescendiente, Alimentación y cocina, Aportes de las mujeres negras, Ritualidades y saberes ancestrales, y Patrimonio vivo como categoría negada.

La enunciación de la negritud descolonial

Desde mi perspectiva, la enunciación de la negritud decolonial no es un simple ejercicio de autorreconocimiento étnico, sino una aptitud política y existencial que opera como una ruptura del silencio histórico. Esta aptitud consiste en la capacidad del sujeto afrodescendiente para reclamar su derecho a nombrar la realidad desde sus propias categorías, desplazando la mirada colonial que lo ha definido durante siglos. Como sostengo en mis investigaciones, en el contexto dominicano esta enunciación es un acto de insurgencia contra el “haitiano imaginario”, ya que al decir “yo soy negro”, el sujeto desmantela la ficción del blanqueamiento estatal que intenta ocultar la matriz africana bajo eufemismos raciales.

En la práctica, esta aptitud opera mediante la politización de lo cotidiano y la revalorización de lo que el poder ha calificado como “marginal”. Por ejemplo, cuando una comunidad de cofradía defiende el toque de atabales no como un espectáculo folclórico, sino como un sistema de vida y comunicación espiritual, está ejerciendo una enunciación decolonial. Opera también en la estética y el cuerpo; el rechazo a los estándares de belleza eurocéntricos es una manifestación de lo que Frantz Fanon describió como el proceso de despojo de las “máscaras blancas” impuestas por el colonizador.6 Es una facultad que transforma el caos-mundo del Caribe en un espacio de soberanía donde la memoria ancestral se vuelve la herramienta principal para la reconstrucción del ser.

Los estudiosos del giro decolonial plantean que este tipo de enunciación es fundamental para lo que se conoce como la desobediencia epistémica. Autorxs como Walter Mignolo sugieren que el conocimiento no es universal, sino que está situado; por lo tanto, la enunciación desde la negritud permite cuestionar quién tiene el poder de producir la “verdad” histórica.7

Asimismo, Rita Segato argumenta que esta reafirmación es vital para contrarrestar la “crueldad colonial” que opera despojando a los sujetos de su propia sensibilidad y raíces.8 En definitiva, la enunciación descolonial es el eje que permite que la población afro-dominicana pase de ser un objeto de estudio silenciado a ser el arquitecto de su propia reparación histórica y cultural.

El desarrollo de este texto se centra en cinco temáticas interconectadas que, juntas, componen un mapa de la persistencia negra en el tejido social dominicano, desafiando el discurso oficial.

Historia cultural afrodescendiente: reclamando la memoria sepultada

  1. La historia como archivo de resistencia: La historia dominicana se inicia con la violencia fundacional de la esclavitud africana. La narrativa oficial ha privilegiado el mito de la hispanidad, un mecanismo que, según Franklin Franco, ha servido históricamente para justificar la exclusión y la negación racial.9 A través de estos mecanismos la memoria histórica subalterna persiste fuera de los archivos oficiales. Los levantamientos de esclavizadxs y la resistencia cimarrona, como documenta la historiografía crítica, son los verdaderos hitos de la libertad, aunque el Estado los mantenga en la sombra.
  2. Del folclore al sistema de vida: La negación opera en la categorización. Lo que es etiquetado como folclore, la gente negra lo nombra como sistema de vida, ritual o identidad. El concepto de cultura oficial busca estetizar la negritud, despolitizándola. Fanon demandaba la toma de conciencia del pasado para la liberación. La historia afrodescendiente, desde esta perspectiva, es un archivo de resistencia y creación cultural.10
  3. La musicalidad como documento sonoro: La musicalidad negra, con sus tambores y sus ritmos, es el documento sonoro inmaterial de esta historia no escrita. La etnomusicóloga Martha Ellen Davis ha documentado la complejidad de estos sistemas musicales, donde la percusión no es mero acompañamiento, sino un lenguaje de comunicación social y espiritual.11 La estética negra, rechazada por los estándares coloniales, se convierte en un acto político de autoafirmación. Esta resistencia cultural se articula en el Caribe insular de forma similar a como lo describió Édouard Glissant con su concepto de la relación y la complejidad identitaria caribeña.12

Alimentación y cocina: la memoria en las pailas

  1. El archivo gastronómico de la diáspora: La cocina dominicana es fundamentalmente un archivo gastronómico de la diáspora africana. Esta sección argumenta que la alimentación es un acto de patrimonio vivo y una práctica de supervivencia cultural. Esta tesis se refuerza con los estudios de Manuel Zapata Olivella, sobre la diáspora africana en América Latina, que demuestran cómo la cocina fue uno de los reservorios más fuertes de la identidad.13
  2. En este apartado, entiendo el plátano como símbolo de trasiego: un elemento central en nuestra dieta que representa el intercambio cultural, la resistencia agrícola y la adaptabilidad. Mi análisis se apoya en un trabajo de investigación propio, que explora cómo la centralidad de este fruto demuestra la continuidad de las técnicas de cultivo y procesamiento traídas desde África.14 Considero que este alimento, junto a otros víveres, no sólo define nuestra identidad, sino que establece una conexión profunda con el Caribe anglófono y francófono.
  3. Comida de patio y enunciación comunitaria: La forma de cocinar y compartir, como el sancocho o el arte de guisar, son técnicas y saberes que cruzaron el Atlántico. La “comida de patio” resguarda los sabores de la ancestralidad y se convierte en un espacio de enunciación negra y comunitaria. La negación de estos saberes se da cuando se les etiqueta como “comida de pobre” o “rústica”, despojándolos de su valor histórico, un acto de exclusión que Segato identifica como los mecanismos de la crueldad colonial que operan en lo cotidiano.15

Aportes de las mujeres negras: custodias del saber y la sanación

  1. Liderazgo silencioso y resiliente: Las mujeres negras y afrodescendientes han sido las custodias silenciosas de la cultura y la memoria dominicana. El rol para las mujeres negras en la historia dominicana, como describe Lourdes N.16, es de liderazgo cultural y conocimiento especializado. Ellas encarnan la doble resistencia: contra el racismo estructural y contra el patriarcado.
  2. La negra del hospital y el saber curativo: La figura de la negra del hospital o de la matrona representa a las mujeres que, desde la colonia, fueron las iniciadoras de la práctica curativa en la isla, basadas en la farmacopea ancestral. Ellas son las parteras, las curanderas y las sabedoras. Esta práctica se conecta directamente con las mambos haitianas y las curanderas de toda América Latina. Su conocimiento mantiene la salud de la comunidad a pesar de la precariedad institucional, siendo un acto de autodeterminación.
  3. Autoridad en las cofradías: En el ámbito de la ritualidad, las mujeres han sido pilares de las instituciones de culto afro-católico. En las cofradías del Espíritu Santo,17 ellas ocupan cargos de mayordomas y “madres de cofradía”, custodiando los altares y asegurando la transmisión del canto y la danza de la salve. Las cofradías son un territorio de autoridad femenina negra, un contrapoder a las estructuras patriarcales. Su persistencia es un acto descolonial que afirma la autoridad femenina negra frente al discurso hegemónico. Fanon18 argumentó que el rol de la mujer en la lucha es crucial para desmantelar las estructuras coloniales impuestas.

Ritualidades y saberes ancestrales: la fuerza del cosmos negro

  1. Cosmologías y sistemas de conocimiento: Las ritualidades negras son el corazón de la vida espiritual y comunitaria dominicana. Lo que la mirada hegemónica clasifica como “superstición” o “brujería” son, en realidad, sistemas de conocimiento complejos. Los estudios de Leslie Desmangles sobre el vudú haitiano, que comparte una matriz cultural con las prácticas dominicanas, muestran la sofisticación filosófica de estas cosmologías.19 Adentrándonos al mundo de los altares, los saberes negros y la curandería.
  2. El vudú dominicano y la santería caribeña: Si bien el Estado dominicano ha intentado trazar una línea dura de separación, el vudú dominicano es un sistema religioso y filosófico propio, íntimamente ligado a las expresiones espirituales del Caribe, como la Santería cubana o el Candomblé brasileño. El patrimonio vivo reside en la práctica de los toques de atabales y las celebraciones, donde la posesión es una interacción directa con la ancestralidad. El arte y la fe se funden en los altares, espacios de memoria y poder.
  3. La persecución y la clandestinidad: La persecución histórica de estas prácticas es un intento de desarticular la cohesión social negra. Los sabedores y sabedoras son intelectuales de la cultura, guardianxs de la farmacopea y la historia oral. La negación obliga a estas prácticas a operar en la clandestinidad o bajo un fuerte disfraz sincrético, lo que Segato identifica como la presión de los “mandatos de la blancura” sobre las creencias.20 Un fenómeno paralelo a la marginalización que sufrieron las expresiones de matriz africana en toda América Latina.

El patrimonio vivo como categoría negada: el caso de la negritud

  1. La folclorización y la despolitización: El concepto de patrimonio vivo con matriz africana se encuentra en un estado de negación institucional. Se reconocen elementos aislados y folclorizados, pero los sistemas de conocimiento complejos, como las cofradías o las prácticas curativas, no reciben la misma validez ni protección oficial. La folclorización es un mecanismo de control: se acepta la forma sin el contenido.
  2. Violación de los derechos culturales: La negación del patrimonio negro es un ejemplo de cómo el Estado falla en reconocer los derechos culturales. El patrimonio negro es constantemente recriminado y perseguido, lo que obliga a estas comunidades a defender su existencia de forma permanente. Esto es un reflejo del racismo que opera en la epistemología cultural, decidiendo qué conocimiento es válido.
  3. El antihaitianismo como guardia cultural: La negación del patrimonio vivo negro se encuentra íntimamente ligada al proyecto de blanqueamiento y al antihaitianismo que impera en el discurso nacional. He observado y analizado cómo cualquier manifestación cultural que evoque una conexión africana profunda es inmediatamente demonizada bajo las etiquetas de haitiana o extranjera, lo cual funciona como una excusa ideológica para rechazar nuestra propia herencia.21 Asimismo, me apoyo en las tesis del historiador Franklin Franco, quien demostró que la élite dominicana construyó su identidad en una oposición sistemática hacia Haití.22 Por lo tanto, planteo que la lucha por el reconocimiento del patrimonio negro es, en última instancia, una disputa por la plena ciudadanía, la humanidad y la validez cultural de nuestra gente.

Este análisis comparativo revela la profunda brecha epistémica y estructural que existe entre la narrativa cultural hegemónica y las vivencias de la población afrodescendiente en República Dominicana. Mientras que el discurso oficial (negación estatal), influenciado por los mandatos de la blancura de Segato,24 reduce la historia a la folclorización, la alimentación a la “comida rústica” y la ritualidad a la “superstición”, la enunciación descolonial afirma la plena complejidad de estos elementos. 

En esta visión popular, la cultura negra es un sistema cosmológico complejo, las mujeres negras son custodias de la memoria y el patrimonio vivo es un derecho inalienable. A partir de esta dualidad, argumento que la negación oficial no sólo invisibiliza, sino que también criminaliza y desvaloriza el conocimiento ancestral. Desde mi perspectiva, esta presión obliga a tales prácticas a operar en un espacio de resistencia constante, lo que se traduce en lo que Frantz Fanon define como la lucha por la rehumanización cultural del colonizado.25

Conclusión: el llamado a la reparación y la valoración

La persistencia de la historia negra no oficializada en República Dominicana es un acto de soberanía cultural y una prueba irrefutable de la tenacidad de la diáspora africana. La negación estatal de este patrimonio vivo no es un error, sino la continuación de un proyecto ideológico de despojo simbólico que ha marcado la identidad nacional desde la época de la independencia.

A través de este análisis, he demostrado que la enunciación de la existencia negra por parte de la propia comunidad es una fuerza descolonial ineludible. Considero que los saberes y las ritualidades negras constituyen los archivos vivos que Frantz Fanon demandaba que el colonizado recuperara para forjar una nueva conciencia libre.26 Al nombrar y valorar el caos-mundo de la resistencia, busco desmontar la ficción de la homogeneidad y la hispanidad pura que ha marcado nuestro discurso histórico.

Por tanto, hago un llamado hacia una necesaria reparación histórica y simbólica. Sostengo que la República Dominicana debe desmantelar el antihaitianismo como un mecanismo de autonegación cultural y racial; un fenómeno que, como nos recuerda Rita Segato, impide la sanación social.27 Desde mi perspectiva, el reconocimiento de la negritud es un imperativo ético y un paso esencial para lograr una verdadera soberanía cultural, permitiendo que la nación deje de perseguir y recriminar sus propias raíces.

Ejemplos regionales de reconocimiento y valoración

Para un presente más inclusivo y justo, la República Dominicana tiene referentes claros en la región que han asumido y puesto en valor su historia negra, tales como:

  1. Colombia: La existencia de la Ley 70 de 1993 (Ley de Comunidades Negras), que reconoce derechos territoriales y culturales específicos a la población afrodescendiente, poniendo en valor la Cultura del Pacífico y del Palenque de San Basilio como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Este marco legal es un ejemplo de cómo el Estado puede moverse de la negación a la acción afirmativa.
  2. Brasil: El reconocimiento constitucional del candomblé y otras religiones de matriz africana, con políticas de valoración y protección de los terreiros y la inclusión de la historia africana en el currículo escolar (como la Ley 10.639/03). Brasil ha dado pasos hacia la valoración de lo afrobrasileño como parte central de su ser nacional.
  3. Cuba: La asunción de la Santería (Regla de Ocha) y el Palo como parte integral y valorada de la identidad nacional, influyendo profundamente en el arte, la música y el cine. Su reconocimiento ha permitido que la cultura negra cubana sea una de las más difundidas y respetadas globalmente.

La República Dominicana tiene la oportunidad de abrazar su complejidad, de entender que la existencia negra no es una amenaza a la dominicanidad, sino su cimiento más profundo y resiliente. Asumir esta historia, honrando a las mujeres que la custodiaban y a los saberes que la sostuvieron, es el único camino hacia la descolonización cultural y la verdadera consolidación de un Estado que respete plenamente los derechos de todxs sus ciudadanxs. La negritud, enunciada desde el sentir de su gente, es la clave para dejar el caos-mundo y construir una nación genuinamente plural.

  1.  Rita Segato, Contra-pedagogías de la crueldad, (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2018), 25.
  2. Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, trad. Julieta Campos (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1961), 31.
  3. Jonathan De Oleo Ramos, “El haitiano imaginario en el colectivo dominicano y el antihaitianismo desbordado”, en Acento (Santo Domingo, 5 de diciembre, 2024). En: https://acento.com.do/cultura/el-haitiano-imaginario-en-el-colectivo-dominicano-y-el-antihaitianismo-desbordado-9419787.html.
  4. Pedro Mir, Hay un país en el mundo (Santo Domingo: Editora Taller, 1949), 11-15.
  5. Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (La Habana: Jesús Montero, 1940), 98-102.
  6. Frantz Fanon, Piel negra, máscaras blancas (Buenos Aires: Abraxas, 1952), 45-50.
  7. Walter Mignolo, Desobediencia epistémica: Retórica de la modernidad, lógica de la colonialidad y gramática de la decolonialidad (Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2010), 12-15.
  8. Segato, op. cit., 26.
  9. Franklin Franco, Historia de las ideas políticas en la República Dominicana (Santo Domingo: Editora Nacional, 1975), 112-115.
  10. Fanon, Los condenados de la tierra, 33.
  11. Martha Ellen Davis, La otra historia: Estudios de etnomusicología dominicana (Santo Domingo: Editora de UASD, 1987), 89-94.
  12. Édouard Glissant, Poética de la relación, trad. Linda María G. (Ciudad de México: Siglo XXI, 2017), 42-45.
  13. Manuel Zapata Olivella, Changó, el gran putas (Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1983), 210-215.
  14. Jonathan De Oleo Ramos, Antropología del plátano (Santo Domingo: Platón Ediciones, 2024), 22.
  15. Segato, op. cit., 27
  16. Nota del editor: Dato proporcionado a partir de una etnografía inédita realizada por el autor. 
  17. Cofradías dominicanas del espíritu santo, Jonathan del Oleo Ramos, Editorial Independiente, República Dominicana. 2023. 
  18. Los condenados de la tierra, Frantz Fanon. Fondo de Cultura Económica, México 1965.
  19. Leslie G. Desmangles, The Faces of the Gods: Vodou and Roman Catholicism in Haiti (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1992), 62-65.
  20. Rita Segato, op. cit., 35.
  21. Jonathan De Oleo Ramos, “El haitiano imaginario en el colectivo dominicano y el antihaitianismo desbordado” en Acento: Kalunga, publicado el 10 de noviembre de 2024 en: https://acento.com.do/cultura/el-haitiano-imaginario-en-el-colectivo-dominicano-y-el-antihaitianismo-desbordado-9419787.html.
  22. Franco, Los negros, los mulatos y la nación dominicana, 114.
  23. Elaboración del autor.
  24. Rita Sebago. op. cit.
  25. Frantz Fanon, op. cit., 34.
  26. Ibid., 35.
  27. Rita Segato, op. cit., 27.
Foto por Angy de la Rosa

Foto por Angy de la Rosa

Introducción: de la negación al grito enunciativo

La República Dominicana se erige sobre un silencio estruendoso. A pesar de ser una nación forjada en la experiencia del Caribe, con una innegable matriz africana, su narrativa histórica oficial ha transitado por décadas de negación y blanqueamiento ideológico. Así, el presente texto aborda la urgencia de confrontar esta historia negra no oficializada, aquellos relatos que el Estado deliberadamente omite, disfraza o estigmatiza, contraviniendo los derechos culturales de la población afrodescendiente. 

No se trata meramente de olvido, sino de un acto consciente de desmemoria oficializada que busca mantener una jerarquía racial y cultural.1 Esta negación es un mecanismo de defensa ideológica que, al mismo tiempo, proyecta la negritud hacia un “otro” temido: el haitiano.

El trabajo se sitúa en la intersección del Caribe geográfico e imaginario, proponiendo una zambullida hacia la fuerza de enunciar la existencia negra desde la perspectiva y el deseo de la propia gente negra. Como señala Fanon, la descolonización es un proceso violento que debe derribar las estructuras psicológicas y culturales impuestas por el colonizador.2 La violencia cultural se traduce en la persistencia del antihaitianismo, que actúa como mecanismo de autonegación de la propia negritud dominicana. 

En mi labor de investigación, he sostenido que la historia nacional dominicana se ha edificado sobre una paradoja dolorosa: la negación del otro como estrategia para negarse a sí mismx. Es a partir de este análisis que he conceptualizado la figura del “haitiano imaginario”, un constructo ideológico que desplaza la negritud hacia el “otro” para intentar preservar una identidad oficial blanqueada y artificial.3 Esta arquitectura de la desmemoria no sólo busca estigmatizar al vecino, sino que amputa la raíz africana de nuestra propia dominicanidad. Al observar esta realidad, encuentro un eco profundo en la poesía de Pedro Mir: cuando él describe a un país sumido en la invisibilidad y el dolor, está denunciando, desde la lírica, ese mismo trauma fundacional que hoy sigo rastreando: el de una nación que silencia su verdadera historia para habitar una identidad de sombras.4

En las próximas líneas me propongo cuestionar la mirada hegemónica sobre la cual se ha edificado la percepción del Caribe, un espacio donde, como afirma Fernando Ortiz, al hablar de la transculturación cubana, las raíces africanas son ineludibles.5 Se busca trascender el cliché caribeño para explorar el profundo sentimiento descolonial que palpita en las prácticas cotidianas, los rituales y los saberes ancestrales.

Los cinco ejes temáticos que guiarán esta exploración son: Historia cultural afrodescendiente, Alimentación y cocina, Aportes de las mujeres negras, Ritualidades y saberes ancestrales, y Patrimonio vivo como categoría negada.

La enunciación de la negritud descolonial

Desde mi perspectiva, la enunciación de la negritud decolonial no es un simple ejercicio de autorreconocimiento étnico, sino una aptitud política y existencial que opera como una ruptura del silencio histórico. Esta aptitud consiste en la capacidad del sujeto afrodescendiente para reclamar su derecho a nombrar la realidad desde sus propias categorías, desplazando la mirada colonial que lo ha definido durante siglos. Como sostengo en mis investigaciones, en el contexto dominicano esta enunciación es un acto de insurgencia contra el “haitiano imaginario”, ya que al decir “yo soy negro”, el sujeto desmantela la ficción del blanqueamiento estatal que intenta ocultar la matriz africana bajo eufemismos raciales.

En la práctica, esta aptitud opera mediante la politización de lo cotidiano y la revalorización de lo que el poder ha calificado como “marginal”. Por ejemplo, cuando una comunidad de cofradía defiende el toque de atabales no como un espectáculo folclórico, sino como un sistema de vida y comunicación espiritual, está ejerciendo una enunciación decolonial. Opera también en la estética y el cuerpo; el rechazo a los estándares de belleza eurocéntricos es una manifestación de lo que Frantz Fanon describió como el proceso de despojo de las “máscaras blancas” impuestas por el colonizador.6 Es una facultad que transforma el caos-mundo del Caribe en un espacio de soberanía donde la memoria ancestral se vuelve la herramienta principal para la reconstrucción del ser.

Los estudiosos del giro decolonial plantean que este tipo de enunciación es fundamental para lo que se conoce como la desobediencia epistémica. Autorxs como Walter Mignolo sugieren que el conocimiento no es universal, sino que está situado; por lo tanto, la enunciación desde la negritud permite cuestionar quién tiene el poder de producir la “verdad” histórica.7

Asimismo, Rita Segato argumenta que esta reafirmación es vital para contrarrestar la “crueldad colonial” que opera despojando a los sujetos de su propia sensibilidad y raíces.8 En definitiva, la enunciación descolonial es el eje que permite que la población afro-dominicana pase de ser un objeto de estudio silenciado a ser el arquitecto de su propia reparación histórica y cultural.

El desarrollo de este texto se centra en cinco temáticas interconectadas que, juntas, componen un mapa de la persistencia negra en el tejido social dominicano, desafiando el discurso oficial.

Historia cultural afrodescendiente: reclamando la memoria sepultada

  1. La historia como archivo de resistencia: La historia dominicana se inicia con la violencia fundacional de la esclavitud africana. La narrativa oficial ha privilegiado el mito de la hispanidad, un mecanismo que, según Franklin Franco, ha servido históricamente para justificar la exclusión y la negación racial.9 A través de estos mecanismos la memoria histórica subalterna persiste fuera de los archivos oficiales. Los levantamientos de esclavizadxs y la resistencia cimarrona, como documenta la historiografía crítica, son los verdaderos hitos de la libertad, aunque el Estado los mantenga en la sombra.
  2. Del folclore al sistema de vida: La negación opera en la categorización. Lo que es etiquetado como folclore, la gente negra lo nombra como sistema de vida, ritual o identidad. El concepto de cultura oficial busca estetizar la negritud, despolitizándola. Fanon demandaba la toma de conciencia del pasado para la liberación. La historia afrodescendiente, desde esta perspectiva, es un archivo de resistencia y creación cultural.10
  3. La musicalidad como documento sonoro: La musicalidad negra, con sus tambores y sus ritmos, es el documento sonoro inmaterial de esta historia no escrita. La etnomusicóloga Martha Ellen Davis ha documentado la complejidad de estos sistemas musicales, donde la percusión no es mero acompañamiento, sino un lenguaje de comunicación social y espiritual.11 La estética negra, rechazada por los estándares coloniales, se convierte en un acto político de autoafirmación. Esta resistencia cultural se articula en el Caribe insular de forma similar a como lo describió Édouard Glissant con su concepto de la relación y la complejidad identitaria caribeña.12

Alimentación y cocina: la memoria en las pailas

  1. El archivo gastronómico de la diáspora: La cocina dominicana es fundamentalmente un archivo gastronómico de la diáspora africana. Esta sección argumenta que la alimentación es un acto de patrimonio vivo y una práctica de supervivencia cultural. Esta tesis se refuerza con los estudios de Manuel Zapata Olivella, sobre la diáspora africana en América Latina, que demuestran cómo la cocina fue uno de los reservorios más fuertes de la identidad.13
  2. En este apartado, entiendo el plátano como símbolo de trasiego: un elemento central en nuestra dieta que representa el intercambio cultural, la resistencia agrícola y la adaptabilidad. Mi análisis se apoya en un trabajo de investigación propio, que explora cómo la centralidad de este fruto demuestra la continuidad de las técnicas de cultivo y procesamiento traídas desde África.14 Considero que este alimento, junto a otros víveres, no sólo define nuestra identidad, sino que establece una conexión profunda con el Caribe anglófono y francófono.
  3. Comida de patio y enunciación comunitaria: La forma de cocinar y compartir, como el sancocho o el arte de guisar, son técnicas y saberes que cruzaron el Atlántico. La “comida de patio” resguarda los sabores de la ancestralidad y se convierte en un espacio de enunciación negra y comunitaria. La negación de estos saberes se da cuando se les etiqueta como “comida de pobre” o “rústica”, despojándolos de su valor histórico, un acto de exclusión que Segato identifica como los mecanismos de la crueldad colonial que operan en lo cotidiano.15

Aportes de las mujeres negras: custodias del saber y la sanación

  1. Liderazgo silencioso y resiliente: Las mujeres negras y afrodescendientes han sido las custodias silenciosas de la cultura y la memoria dominicana. El rol para las mujeres negras en la historia dominicana, como describe Lourdes N.16, es de liderazgo cultural y conocimiento especializado. Ellas encarnan la doble resistencia: contra el racismo estructural y contra el patriarcado.
  2. La negra del hospital y el saber curativo: La figura de la negra del hospital o de la matrona representa a las mujeres que, desde la colonia, fueron las iniciadoras de la práctica curativa en la isla, basadas en la farmacopea ancestral. Ellas son las parteras, las curanderas y las sabedoras. Esta práctica se conecta directamente con las mambos haitianas y las curanderas de toda América Latina. Su conocimiento mantiene la salud de la comunidad a pesar de la precariedad institucional, siendo un acto de autodeterminación.
  3. Autoridad en las cofradías: En el ámbito de la ritualidad, las mujeres han sido pilares de las instituciones de culto afro-católico. En las cofradías del Espíritu Santo,17 ellas ocupan cargos de mayordomas y “madres de cofradía”, custodiando los altares y asegurando la transmisión del canto y la danza de la salve. Las cofradías son un territorio de autoridad femenina negra, un contrapoder a las estructuras patriarcales. Su persistencia es un acto descolonial que afirma la autoridad femenina negra frente al discurso hegemónico. Fanon18 argumentó que el rol de la mujer en la lucha es crucial para desmantelar las estructuras coloniales impuestas.

Ritualidades y saberes ancestrales: la fuerza del cosmos negro

  1. Cosmologías y sistemas de conocimiento: Las ritualidades negras son el corazón de la vida espiritual y comunitaria dominicana. Lo que la mirada hegemónica clasifica como “superstición” o “brujería” son, en realidad, sistemas de conocimiento complejos. Los estudios de Leslie Desmangles sobre el vudú haitiano, que comparte una matriz cultural con las prácticas dominicanas, muestran la sofisticación filosófica de estas cosmologías.19 Adentrándonos al mundo de los altares, los saberes negros y la curandería.
  2. El vudú dominicano y la santería caribeña: Si bien el Estado dominicano ha intentado trazar una línea dura de separación, el vudú dominicano es un sistema religioso y filosófico propio, íntimamente ligado a las expresiones espirituales del Caribe, como la Santería cubana o el Candomblé brasileño. El patrimonio vivo reside en la práctica de los toques de atabales y las celebraciones, donde la posesión es una interacción directa con la ancestralidad. El arte y la fe se funden en los altares, espacios de memoria y poder.
  3. La persecución y la clandestinidad: La persecución histórica de estas prácticas es un intento de desarticular la cohesión social negra. Los sabedores y sabedoras son intelectuales de la cultura, guardianxs de la farmacopea y la historia oral. La negación obliga a estas prácticas a operar en la clandestinidad o bajo un fuerte disfraz sincrético, lo que Segato identifica como la presión de los “mandatos de la blancura” sobre las creencias.20 Un fenómeno paralelo a la marginalización que sufrieron las expresiones de matriz africana en toda América Latina.

El patrimonio vivo como categoría negada: el caso de la negritud

  1. La folclorización y la despolitización: El concepto de patrimonio vivo con matriz africana se encuentra en un estado de negación institucional. Se reconocen elementos aislados y folclorizados, pero los sistemas de conocimiento complejos, como las cofradías o las prácticas curativas, no reciben la misma validez ni protección oficial. La folclorización es un mecanismo de control: se acepta la forma sin el contenido.
  2. Violación de los derechos culturales: La negación del patrimonio negro es un ejemplo de cómo el Estado falla en reconocer los derechos culturales. El patrimonio negro es constantemente recriminado y perseguido, lo que obliga a estas comunidades a defender su existencia de forma permanente. Esto es un reflejo del racismo que opera en la epistemología cultural, decidiendo qué conocimiento es válido.
  3. El antihaitianismo como guardia cultural: La negación del patrimonio vivo negro se encuentra íntimamente ligada al proyecto de blanqueamiento y al antihaitianismo que impera en el discurso nacional. He observado y analizado cómo cualquier manifestación cultural que evoque una conexión africana profunda es inmediatamente demonizada bajo las etiquetas de haitiana o extranjera, lo cual funciona como una excusa ideológica para rechazar nuestra propia herencia.21 Asimismo, me apoyo en las tesis del historiador Franklin Franco, quien demostró que la élite dominicana construyó su identidad en una oposición sistemática hacia Haití.22 Por lo tanto, planteo que la lucha por el reconocimiento del patrimonio negro es, en última instancia, una disputa por la plena ciudadanía, la humanidad y la validez cultural de nuestra gente.

Este análisis comparativo revela la profunda brecha epistémica y estructural que existe entre la narrativa cultural hegemónica y las vivencias de la población afrodescendiente en República Dominicana. Mientras que el discurso oficial (negación estatal), influenciado por los mandatos de la blancura de Segato,24 reduce la historia a la folclorización, la alimentación a la “comida rústica” y la ritualidad a la “superstición”, la enunciación descolonial afirma la plena complejidad de estos elementos. 

En esta visión popular, la cultura negra es un sistema cosmológico complejo, las mujeres negras son custodias de la memoria y el patrimonio vivo es un derecho inalienable. A partir de esta dualidad, argumento que la negación oficial no sólo invisibiliza, sino que también criminaliza y desvaloriza el conocimiento ancestral. Desde mi perspectiva, esta presión obliga a tales prácticas a operar en un espacio de resistencia constante, lo que se traduce en lo que Frantz Fanon define como la lucha por la rehumanización cultural del colonizado.25

Conclusión: el llamado a la reparación y la valoración

La persistencia de la historia negra no oficializada en República Dominicana es un acto de soberanía cultural y una prueba irrefutable de la tenacidad de la diáspora africana. La negación estatal de este patrimonio vivo no es un error, sino la continuación de un proyecto ideológico de despojo simbólico que ha marcado la identidad nacional desde la época de la independencia.

A través de este análisis, he demostrado que la enunciación de la existencia negra por parte de la propia comunidad es una fuerza descolonial ineludible. Considero que los saberes y las ritualidades negras constituyen los archivos vivos que Frantz Fanon demandaba que el colonizado recuperara para forjar una nueva conciencia libre.26 Al nombrar y valorar el caos-mundo de la resistencia, busco desmontar la ficción de la homogeneidad y la hispanidad pura que ha marcado nuestro discurso histórico.

Por tanto, hago un llamado hacia una necesaria reparación histórica y simbólica. Sostengo que la República Dominicana debe desmantelar el antihaitianismo como un mecanismo de autonegación cultural y racial; un fenómeno que, como nos recuerda Rita Segato, impide la sanación social.27 Desde mi perspectiva, el reconocimiento de la negritud es un imperativo ético y un paso esencial para lograr una verdadera soberanía cultural, permitiendo que la nación deje de perseguir y recriminar sus propias raíces.

Ejemplos regionales de reconocimiento y valoración

Para un presente más inclusivo y justo, la República Dominicana tiene referentes claros en la región que han asumido y puesto en valor su historia negra, tales como:

  1. Colombia: La existencia de la Ley 70 de 1993 (Ley de Comunidades Negras), que reconoce derechos territoriales y culturales específicos a la población afrodescendiente, poniendo en valor la Cultura del Pacífico y del Palenque de San Basilio como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Este marco legal es un ejemplo de cómo el Estado puede moverse de la negación a la acción afirmativa.
  2. Brasil: El reconocimiento constitucional del candomblé y otras religiones de matriz africana, con políticas de valoración y protección de los terreiros y la inclusión de la historia africana en el currículo escolar (como la Ley 10.639/03). Brasil ha dado pasos hacia la valoración de lo afrobrasileño como parte central de su ser nacional.
  3. Cuba: La asunción de la Santería (Regla de Ocha) y el Palo como parte integral y valorada de la identidad nacional, influyendo profundamente en el arte, la música y el cine. Su reconocimiento ha permitido que la cultura negra cubana sea una de las más difundidas y respetadas globalmente.

La República Dominicana tiene la oportunidad de abrazar su complejidad, de entender que la existencia negra no es una amenaza a la dominicanidad, sino su cimiento más profundo y resiliente. Asumir esta historia, honrando a las mujeres que la custodiaban y a los saberes que la sostuvieron, es el único camino hacia la descolonización cultural y la verdadera consolidación de un Estado que respete plenamente los derechos de todxs sus ciudadanxs. La negritud, enunciada desde el sentir de su gente, es la clave para dejar el caos-mundo y construir una nación genuinamente plural.


  1.  Rita Segato, Contra-pedagogías de la crueldad, (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2018), 25.
  2. Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, trad. Julieta Campos (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1961), 31.
  3. Jonathan De Oleo Ramos, “El haitiano imaginario en el colectivo dominicano y el antihaitianismo desbordado”, en Acento (Santo Domingo, 5 de diciembre, 2024). En: https://acento.com.do/cultura/el-haitiano-imaginario-en-el-colectivo-dominicano-y-el-antihaitianismo-desbordado-9419787.html.
  4. Pedro Mir, Hay un país en el mundo (Santo Domingo: Editora Taller, 1949), 11-15.
  5. Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (La Habana: Jesús Montero, 1940), 98-102.
  6. Frantz Fanon, Piel negra, máscaras blancas (Buenos Aires: Abraxas, 1952), 45-50.
  7. Walter Mignolo, Desobediencia epistémica: Retórica de la modernidad, lógica de la colonialidad y gramática de la decolonialidad (Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2010), 12-15.
  8. Segato, op. cit., 26.
  9. Franklin Franco, Historia de las ideas políticas en la República Dominicana (Santo Domingo: Editora Nacional, 1975), 112-115.
  10. Fanon, Los condenados de la tierra, 33.
  11. Martha Ellen Davis, La otra historia: Estudios de etnomusicología dominicana (Santo Domingo: Editora de UASD, 1987), 89-94.
  12. Édouard Glissant, Poética de la relación, trad. Linda María G. (Ciudad de México: Siglo XXI, 2017), 42-45.
  13. Manuel Zapata Olivella, Changó, el gran putas (Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1983), 210-215.
  14. Jonathan De Oleo Ramos, Antropología del plátano (Santo Domingo: Platón Ediciones, 2024), 22.
  15. Segato, op. cit., 27
  16. Nota del editor: Dato proporcionado a partir de una etnografía inédita realizada por el autor. 
  17. Cofradías dominicanas del espíritu santo, Jonathan del Oleo Ramos, Editorial Independiente, República Dominicana. 2023. 
  18. Los condenados de la tierra, Frantz Fanon. Fondo de Cultura Económica, México 1965.
  19. Leslie G. Desmangles, The Faces of the Gods: Vodou and Roman Catholicism in Haiti (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1992), 62-65.
  20. Rita Segato, op. cit., 35.
  21. Jonathan De Oleo Ramos, “El haitiano imaginario en el colectivo dominicano y el antihaitianismo desbordado” en Acento: Kalunga, publicado el 10 de noviembre de 2024 en: https://acento.com.do/cultura/el-haitiano-imaginario-en-el-colectivo-dominicano-y-el-antihaitianismo-desbordado-9419787.html.
  22. Franco, Los negros, los mulatos y la nación dominicana, 114.
  23. Elaboración del autor.
  24. Rita Sebago. op. cit.
  25. Frantz Fanon, op. cit., 34.
  26. Ibid., 35.
  27. Rita Segato, op. cit., 27.