Por Jonathan de Oleo Ramos
Introducción: de la negación al grito enunciativo
La República Dominicana se erige sobre un silencio estruendoso. A pesar de ser una nación forjada en la experiencia del Caribe, con una innegable matriz africana, su narrativa histórica oficial ha transitado por décadas de negación y blanqueamiento ideológico. Así, el presente texto aborda la urgencia de confrontar esta historia negra no oficializada, aquellos relatos que el Estado deliberadamente omite, disfraza o estigmatiza, contraviniendo los derechos culturales de la población afrodescendiente.
No se trata meramente de olvido, sino de un acto consciente de desmemoria oficializada que busca mantener una jerarquía racial y cultural.1 Esta negación es un mecanismo de defensa ideológica que, al mismo tiempo, proyecta la negritud hacia un “otro” temido: el haitiano.
El trabajo se sitúa en la intersección del Caribe geográfico e imaginario, proponiendo una zambullida hacia la fuerza de enunciar la existencia negra desde la perspectiva y el deseo de la propia gente negra. Como señala Fanon, la descolonización es un proceso violento que debe derribar las estructuras psicológicas y culturales impuestas por el colonizador.2 La violencia cultural se traduce en la persistencia del antihaitianismo, que actúa como mecanismo de autonegación de la propia negritud dominicana.
En mi labor de investigación, he sostenido que la historia nacional dominicana se ha edificado sobre una paradoja dolorosa: la negación del otro como estrategia para negarse a sí mismx. Es a partir de este análisis que he conceptualizado la figura del “haitiano imaginario”, un constructo ideológico que desplaza la negritud hacia el “otro” para intentar preservar una identidad oficial blanqueada y artificial.3 Esta arquitectura de la desmemoria no sólo busca estigmatizar al vecino, sino que amputa la raíz africana de nuestra propia dominicanidad. Al observar esta realidad, encuentro un eco profundo en la poesía de Pedro Mir: cuando él describe a un país sumido en la invisibilidad y el dolor, está denunciando, desde la lírica, ese mismo trauma fundacional que hoy sigo rastreando: el de una nación que silencia su verdadera historia para habitar una identidad de sombras.4
En las próximas líneas me propongo cuestionar la mirada hegemónica sobre la cual se ha edificado la percepción del Caribe, un espacio donde, como afirma Fernando Ortiz, al hablar de la transculturación cubana, las raíces africanas son ineludibles.5 Se busca trascender el cliché caribeño para explorar el profundo sentimiento descolonial que palpita en las prácticas cotidianas, los rituales y los saberes ancestrales.
Los cinco ejes temáticos que guiarán esta exploración son: Historia cultural afrodescendiente, Alimentación y cocina, Aportes de las mujeres negras, Ritualidades y saberes ancestrales, y Patrimonio vivo como categoría negada.
La enunciación de la negritud descolonial
Desde mi perspectiva, la enunciación de la negritud decolonial no es un simple ejercicio de autorreconocimiento étnico, sino una aptitud política y existencial que opera como una ruptura del silencio histórico. Esta aptitud consiste en la capacidad del sujeto afrodescendiente para reclamar su derecho a nombrar la realidad desde sus propias categorías, desplazando la mirada colonial que lo ha definido durante siglos. Como sostengo en mis investigaciones, en el contexto dominicano esta enunciación es un acto de insurgencia contra el “haitiano imaginario”, ya que al decir “yo soy negro”, el sujeto desmantela la ficción del blanqueamiento estatal que intenta ocultar la matriz africana bajo eufemismos raciales.
En la práctica, esta aptitud opera mediante la politización de lo cotidiano y la revalorización de lo que el poder ha calificado como “marginal”. Por ejemplo, cuando una comunidad de cofradía defiende el toque de atabales no como un espectáculo folclórico, sino como un sistema de vida y comunicación espiritual, está ejerciendo una enunciación decolonial. Opera también en la estética y el cuerpo; el rechazo a los estándares de belleza eurocéntricos es una manifestación de lo que Frantz Fanon describió como el proceso de despojo de las “máscaras blancas” impuestas por el colonizador.6 Es una facultad que transforma el caos-mundo del Caribe en un espacio de soberanía donde la memoria ancestral se vuelve la herramienta principal para la reconstrucción del ser.
Los estudiosos del giro decolonial plantean que este tipo de enunciación es fundamental para lo que se conoce como la desobediencia epistémica. Autorxs como Walter Mignolo sugieren que el conocimiento no es universal, sino que está situado; por lo tanto, la enunciación desde la negritud permite cuestionar quién tiene el poder de producir la “verdad” histórica.7
Asimismo, Rita Segato argumenta que esta reafirmación es vital para contrarrestar la “crueldad colonial” que opera despojando a los sujetos de su propia sensibilidad y raíces.8 En definitiva, la enunciación descolonial es el eje que permite que la población afro-dominicana pase de ser un objeto de estudio silenciado a ser el arquitecto de su propia reparación histórica y cultural.
El desarrollo de este texto se centra en cinco temáticas interconectadas que, juntas, componen un mapa de la persistencia negra en el tejido social dominicano, desafiando el discurso oficial.
Historia cultural afrodescendiente: reclamando la memoria sepultada
Alimentación y cocina: la memoria en las pailas
Aportes de las mujeres negras: custodias del saber y la sanación
Ritualidades y saberes ancestrales: la fuerza del cosmos negro
El patrimonio vivo como categoría negada: el caso de la negritud
Este análisis comparativo revela la profunda brecha epistémica y estructural que existe entre la narrativa cultural hegemónica y las vivencias de la población afrodescendiente en República Dominicana. Mientras que el discurso oficial (negación estatal), influenciado por los mandatos de la blancura de Segato,24 reduce la historia a la folclorización, la alimentación a la “comida rústica” y la ritualidad a la “superstición”, la enunciación descolonial afirma la plena complejidad de estos elementos.
En esta visión popular, la cultura negra es un sistema cosmológico complejo, las mujeres negras son custodias de la memoria y el patrimonio vivo es un derecho inalienable. A partir de esta dualidad, argumento que la negación oficial no sólo invisibiliza, sino que también criminaliza y desvaloriza el conocimiento ancestral. Desde mi perspectiva, esta presión obliga a tales prácticas a operar en un espacio de resistencia constante, lo que se traduce en lo que Frantz Fanon define como la lucha por la rehumanización cultural del colonizado.25
Conclusión: el llamado a la reparación y la valoración
La persistencia de la historia negra no oficializada en República Dominicana es un acto de soberanía cultural y una prueba irrefutable de la tenacidad de la diáspora africana. La negación estatal de este patrimonio vivo no es un error, sino la continuación de un proyecto ideológico de despojo simbólico que ha marcado la identidad nacional desde la época de la independencia.
A través de este análisis, he demostrado que la enunciación de la existencia negra por parte de la propia comunidad es una fuerza descolonial ineludible. Considero que los saberes y las ritualidades negras constituyen los archivos vivos que Frantz Fanon demandaba que el colonizado recuperara para forjar una nueva conciencia libre.26 Al nombrar y valorar el caos-mundo de la resistencia, busco desmontar la ficción de la homogeneidad y la hispanidad pura que ha marcado nuestro discurso histórico.
Por tanto, hago un llamado hacia una necesaria reparación histórica y simbólica. Sostengo que la República Dominicana debe desmantelar el antihaitianismo como un mecanismo de autonegación cultural y racial; un fenómeno que, como nos recuerda Rita Segato, impide la sanación social.27 Desde mi perspectiva, el reconocimiento de la negritud es un imperativo ético y un paso esencial para lograr una verdadera soberanía cultural, permitiendo que la nación deje de perseguir y recriminar sus propias raíces.
Ejemplos regionales de reconocimiento y valoración
Para un presente más inclusivo y justo, la República Dominicana tiene referentes claros en la región que han asumido y puesto en valor su historia negra, tales como:
La República Dominicana tiene la oportunidad de abrazar su complejidad, de entender que la existencia negra no es una amenaza a la dominicanidad, sino su cimiento más profundo y resiliente. Asumir esta historia, honrando a las mujeres que la custodiaban y a los saberes que la sostuvieron, es el único camino hacia la descolonización cultural y la verdadera consolidación de un Estado que respete plenamente los derechos de todxs sus ciudadanxs. La negritud, enunciada desde el sentir de su gente, es la clave para dejar el caos-mundo y construir una nación genuinamente plural.

Foto por Angy de la Rosa
Introducción: de la negación al grito enunciativo
La República Dominicana se erige sobre un silencio estruendoso. A pesar de ser una nación forjada en la experiencia del Caribe, con una innegable matriz africana, su narrativa histórica oficial ha transitado por décadas de negación y blanqueamiento ideológico. Así, el presente texto aborda la urgencia de confrontar esta historia negra no oficializada, aquellos relatos que el Estado deliberadamente omite, disfraza o estigmatiza, contraviniendo los derechos culturales de la población afrodescendiente.
No se trata meramente de olvido, sino de un acto consciente de desmemoria oficializada que busca mantener una jerarquía racial y cultural.1 Esta negación es un mecanismo de defensa ideológica que, al mismo tiempo, proyecta la negritud hacia un “otro” temido: el haitiano.
El trabajo se sitúa en la intersección del Caribe geográfico e imaginario, proponiendo una zambullida hacia la fuerza de enunciar la existencia negra desde la perspectiva y el deseo de la propia gente negra. Como señala Fanon, la descolonización es un proceso violento que debe derribar las estructuras psicológicas y culturales impuestas por el colonizador.2 La violencia cultural se traduce en la persistencia del antihaitianismo, que actúa como mecanismo de autonegación de la propia negritud dominicana.
En mi labor de investigación, he sostenido que la historia nacional dominicana se ha edificado sobre una paradoja dolorosa: la negación del otro como estrategia para negarse a sí mismx. Es a partir de este análisis que he conceptualizado la figura del “haitiano imaginario”, un constructo ideológico que desplaza la negritud hacia el “otro” para intentar preservar una identidad oficial blanqueada y artificial.3 Esta arquitectura de la desmemoria no sólo busca estigmatizar al vecino, sino que amputa la raíz africana de nuestra propia dominicanidad. Al observar esta realidad, encuentro un eco profundo en la poesía de Pedro Mir: cuando él describe a un país sumido en la invisibilidad y el dolor, está denunciando, desde la lírica, ese mismo trauma fundacional que hoy sigo rastreando: el de una nación que silencia su verdadera historia para habitar una identidad de sombras.4
En las próximas líneas me propongo cuestionar la mirada hegemónica sobre la cual se ha edificado la percepción del Caribe, un espacio donde, como afirma Fernando Ortiz, al hablar de la transculturación cubana, las raíces africanas son ineludibles.5 Se busca trascender el cliché caribeño para explorar el profundo sentimiento descolonial que palpita en las prácticas cotidianas, los rituales y los saberes ancestrales.
Los cinco ejes temáticos que guiarán esta exploración son: Historia cultural afrodescendiente, Alimentación y cocina, Aportes de las mujeres negras, Ritualidades y saberes ancestrales, y Patrimonio vivo como categoría negada.
La enunciación de la negritud descolonial
Desde mi perspectiva, la enunciación de la negritud decolonial no es un simple ejercicio de autorreconocimiento étnico, sino una aptitud política y existencial que opera como una ruptura del silencio histórico. Esta aptitud consiste en la capacidad del sujeto afrodescendiente para reclamar su derecho a nombrar la realidad desde sus propias categorías, desplazando la mirada colonial que lo ha definido durante siglos. Como sostengo en mis investigaciones, en el contexto dominicano esta enunciación es un acto de insurgencia contra el “haitiano imaginario”, ya que al decir “yo soy negro”, el sujeto desmantela la ficción del blanqueamiento estatal que intenta ocultar la matriz africana bajo eufemismos raciales.
En la práctica, esta aptitud opera mediante la politización de lo cotidiano y la revalorización de lo que el poder ha calificado como “marginal”. Por ejemplo, cuando una comunidad de cofradía defiende el toque de atabales no como un espectáculo folclórico, sino como un sistema de vida y comunicación espiritual, está ejerciendo una enunciación decolonial. Opera también en la estética y el cuerpo; el rechazo a los estándares de belleza eurocéntricos es una manifestación de lo que Frantz Fanon describió como el proceso de despojo de las “máscaras blancas” impuestas por el colonizador.6 Es una facultad que transforma el caos-mundo del Caribe en un espacio de soberanía donde la memoria ancestral se vuelve la herramienta principal para la reconstrucción del ser.
Los estudiosos del giro decolonial plantean que este tipo de enunciación es fundamental para lo que se conoce como la desobediencia epistémica. Autorxs como Walter Mignolo sugieren que el conocimiento no es universal, sino que está situado; por lo tanto, la enunciación desde la negritud permite cuestionar quién tiene el poder de producir la “verdad” histórica.7
Asimismo, Rita Segato argumenta que esta reafirmación es vital para contrarrestar la “crueldad colonial” que opera despojando a los sujetos de su propia sensibilidad y raíces.8 En definitiva, la enunciación descolonial es el eje que permite que la población afro-dominicana pase de ser un objeto de estudio silenciado a ser el arquitecto de su propia reparación histórica y cultural.
El desarrollo de este texto se centra en cinco temáticas interconectadas que, juntas, componen un mapa de la persistencia negra en el tejido social dominicano, desafiando el discurso oficial.
Historia cultural afrodescendiente: reclamando la memoria sepultada
Alimentación y cocina: la memoria en las pailas
Aportes de las mujeres negras: custodias del saber y la sanación
Ritualidades y saberes ancestrales: la fuerza del cosmos negro
El patrimonio vivo como categoría negada: el caso de la negritud
Este análisis comparativo revela la profunda brecha epistémica y estructural que existe entre la narrativa cultural hegemónica y las vivencias de la población afrodescendiente en República Dominicana. Mientras que el discurso oficial (negación estatal), influenciado por los mandatos de la blancura de Segato,24 reduce la historia a la folclorización, la alimentación a la “comida rústica” y la ritualidad a la “superstición”, la enunciación descolonial afirma la plena complejidad de estos elementos.
En esta visión popular, la cultura negra es un sistema cosmológico complejo, las mujeres negras son custodias de la memoria y el patrimonio vivo es un derecho inalienable. A partir de esta dualidad, argumento que la negación oficial no sólo invisibiliza, sino que también criminaliza y desvaloriza el conocimiento ancestral. Desde mi perspectiva, esta presión obliga a tales prácticas a operar en un espacio de resistencia constante, lo que se traduce en lo que Frantz Fanon define como la lucha por la rehumanización cultural del colonizado.25
Conclusión: el llamado a la reparación y la valoración
La persistencia de la historia negra no oficializada en República Dominicana es un acto de soberanía cultural y una prueba irrefutable de la tenacidad de la diáspora africana. La negación estatal de este patrimonio vivo no es un error, sino la continuación de un proyecto ideológico de despojo simbólico que ha marcado la identidad nacional desde la época de la independencia.
A través de este análisis, he demostrado que la enunciación de la existencia negra por parte de la propia comunidad es una fuerza descolonial ineludible. Considero que los saberes y las ritualidades negras constituyen los archivos vivos que Frantz Fanon demandaba que el colonizado recuperara para forjar una nueva conciencia libre.26 Al nombrar y valorar el caos-mundo de la resistencia, busco desmontar la ficción de la homogeneidad y la hispanidad pura que ha marcado nuestro discurso histórico.
Por tanto, hago un llamado hacia una necesaria reparación histórica y simbólica. Sostengo que la República Dominicana debe desmantelar el antihaitianismo como un mecanismo de autonegación cultural y racial; un fenómeno que, como nos recuerda Rita Segato, impide la sanación social.27 Desde mi perspectiva, el reconocimiento de la negritud es un imperativo ético y un paso esencial para lograr una verdadera soberanía cultural, permitiendo que la nación deje de perseguir y recriminar sus propias raíces.
Ejemplos regionales de reconocimiento y valoración
Para un presente más inclusivo y justo, la República Dominicana tiene referentes claros en la región que han asumido y puesto en valor su historia negra, tales como:
La República Dominicana tiene la oportunidad de abrazar su complejidad, de entender que la existencia negra no es una amenaza a la dominicanidad, sino su cimiento más profundo y resiliente. Asumir esta historia, honrando a las mujeres que la custodiaban y a los saberes que la sostuvieron, es el único camino hacia la descolonización cultural y la verdadera consolidación de un Estado que respete plenamente los derechos de todxs sus ciudadanxs. La negritud, enunciada desde el sentir de su gente, es la clave para dejar el caos-mundo y construir una nación genuinamente plural.