Por Jhak Valcourt
¿Te ha pasado que a veces
sientes algo tan profundamente
que no sabes cómo expresarlo?
Pues este texto es exactamente eso.
1
No recuerdo con precisión el momento en que empecé a interesarme por las palabras. No lo recuerdo como recuerdo un hecho, sino como se recuerda una sensación. Pero me imagino así: un garabato de hombre, mirando con fascinación los labios de la gente masticando algo que no era comida. Algo que tenía ritmo, sonido, pero que no se podía tocar. Algo que salía del cuerpo acompañado de emociones y sentimientos que yo aún no sabía nombrar.
Me imagino queriendo agarrar eso que flotaba entre aire y labios, meterlo en los oídos, en la boca, sostenerlo en las manos. Como no me era posible, empecé a masticar también. Abría y cerraba la boca para ver si aquello ―eso que hacía reír a la gente, enfadarse o calmarse― podía suceder en mis labios. No lo recuerdo, pero me imagino lo frustrante y lo divertido que debió ser.
Antes de entender una palabra, mi cuerpo ya la sentía. Sabía si dolía o no, si alegraba o no. No por las palabras en sí, sino por la forma en que la boca se cerraba al decirlas. Puede sonar inverosímil, pero a diferencia de muchxs niñxs, mi primera palabra no fue mamá. No. Mi primera palabra fue palabra. Tal vez no la pronuncié así, pero ahí empezó todo. Así fue cómo me hice escritor. Y ahora que lo pienso, puedo afirmar que el lenguaje no me llegó como significado, sino como un peso en el cuerpo.
Durante mucho tiempo, ese cuerpo infantil creyó que el lenguaje era un juego, un territorio sin jerarquías. Aún no sabía que existían lenguas que mandaban y otras que obedecían.
Volví a pensar en las palabras con la misma entrega muchos años después, cuando el juego ya había terminado. A finales de diciembre de 2012, me tocó volver a ser niño, pero esta vez sin la protección de la infancia. Aprender otro idioma ya no era una curiosidad, fue una urgencia. No se trataba de imitar labios por fascinación, sino de hacerlo para sobrevivir.
Llegar a un país extranjero me obligó a revivir aquella etapa primitiva del lenguaje: señalar, repetir, equivocarme. Pero ahora el error pesaba. El cuerpo que antes jugaba con las palabras ahora era observado, evaluado, clasificado. El mismo gesto que en la infancia provocaba risa, ahora provocaba impaciencia o burla. Ahí entendí que la diferencia entre las dos etapas es que, en la infancia, ese proceso no dejaba los conflictos psicosociológicos que deja en la adultez. También entendí qué quiso decir Fanon cuando escribió: “Hablar es emplear determinada sintaxis, poseer la morfología de tal o cual idioma, pero es, sobre todo, asumir una cultura, soportar el peso de una civilización”;[1] grosso modo, una acción que encierra todo un sistema de código sico-sociocultural.
Aquel niño que fui reapareció entonces, no como nostalgia, sino como una torpeza persistente en la boca, como una cadencia que no encajaba. Y con él, apareció la sumisión, y luego la violencia.
2
Por ley social, histórica y política, todo ser incapaz de comunicarse es situado en una posición de inferioridad frente a quienes están dotados de esa capacidad. De ahí, quizá, la sumisión y la resignación que acompañan a quien migra a un lugar cuyo idioma es distinto al materno, porque uno de los factores que se presentan como condición para una convivencia sana e igualitaria entre los seres es la comunicación.
No es que lx migrante sea inferior, sino que es clasificadx como inferior por un sistema que jerarquiza las lenguas y, con ellas, los cuerpos que las hospedan.
Del latín communicatio, “acción de transmitir y recibir un mensaje”. Pero, ¿qué ocurre cuando ese mensaje se transmite a medias, o con error, o no se transmite?
Cuando volví a ser niño por segunda vez, lo entendí sin teoría.
Primero vino la sumisión y la resignación: como yo era quien no podía comunicarse, estaba obligado a aceptarlo todo, a callar, a obedecer, a someterme; a sonreír en público y a llorar en privado. A decir sí cuando debía decir no; y a decir no cuando debía decir sí. Mi desacuerdo no tenía forma audible, y mi silencio se volvió consecuencia.
Después, vino la violencia y la rebeldía: cansado de someterme, de ser la burla de lxs demás, de ser engañado una y otra vez, recurrí a la violencia como armadura. Y como suele ocurrir ―sin importar qué la motiva― la violencia proyecta siempre una imagen de animosidad, y el cuerpo que no habla correctamente se vuelve sospechoso cuando se defiende. De esa manera me penetró una enseñanza absurda, como las que se nos imponen en la escuela: “cuanto menos la capacidad de un ser para comunicarse con lxs demás, más inferior parece; y cuanto mayor la capacidad de comunicación, más respeto se gana”. Era la lógica del entorno hablando a través de mí. Y creí que dominar el idioma del país donde me encontraba me devolvería no sólo la capacidad de comunicarme, sino también la igualdad; que hablar bien equivalía a ser reconocido, y que el idioma podía redimir el cuerpo —porque un idioma, como bien lo dicen Damourette y Pichon, es una manera de pensar.[2] Y eso hice. Entonces empezó el verdadero dilema.
3
Hay un dicho que siempre me ha fascinado: traducir es traicionar. Durante mucho tiempo lo entendí de manera literal, casi fatalista. Creí que ciertos sentimientos y emociones ―los más profundos y primitivos― sólo podían existir plenamente en el idioma materno, y que al pasar por otra lengua se volvían versiones disminuidas de sí mismas. Hoy sé que la traición no está en la lengua ajena, sino en la ilusión de equivalencia.
Dominar el idioma ajeno no cumplió la promesa que yo esperaba. Pensé que hablarlo bien bastaría, que la lengua conquistada me devolvería la igualdad perdida, y que una vez dentro del sistema de signos correcto, el mundo se reordenaría. Descubrí que, si bien una lengua puede abrir puertas, también deja en penumbra habitaciones enteras. Sin embargo, mentiría si dijera que en ese tránsito no surgió también algo inesperado: hubo palabras y expresiones en la lengua ajena que me permitieron decir cosas que en el idioma materno nunca lograría decir, no porque no existieran, sino porque estaban demasiado vigiladas por las costumbres. Decirlas en otra lengua las volvía menos solemnes, menos fatales, y en esa distancia encontré una forma distinta de existir, de sentir. Esa traducción no me devolvió lo perdido, pero inventó zonas del yo que antes no estaban disponibles, y ese descubrimiento —incómodo y contradictorio— me obligó a desconfiar tanto de la lengua ajena como de la nostalgia por la materna.
Y si bien el idioma materno no es un origen puro, es un archivo donde se acumulan gestos, tonos, silencios, palabras oídas en momentos precisos de la vida. Por eso no todas las lenguas pesan igual en el cuerpo. No porque una sea más verdadera que otra, sino porque no todas cargan la misma historia afectiva.
Pensemos en un ejemplo: A ama a B. El idioma materno de A es el ayitiano; el de B es inglés. Cuando A dice “I love you” es sincero, pero no dice exactamente lo mismo que si diría “Mwen renmen w”. No porque el inglés sea incapaz de nombrar el amor, sino porque ese amor fue aprendido en otra lengua, en otro ritmo. B, por su parte, recibe la frase dentro de su propio archivo afectivo, donde “I love you” tiene otras modulaciones y expectativas.
Si bien ese desajuste no implica represión, ni conduce automáticamente a la violencia, sí produce algo más sutil y persistente: una fatiga de traducción. Y vivir traduciendo las emociones y los sentimientos es negociar constantemente lo que se pierde, lo que se adapta y lo que se deja sin decir. Por eso, en momentos de ira extrema o de miedo, incluso quien domina perfectamente una lengua ajena suele regresar a la materna. El cuerpo recuerda antes que la gramática. No es un gesto romántico ni primitivo, es un reflejo cerebral. Ahí el lenguaje deja de ser herramienta social y vuelve a ser descarga, sonido, respiración.
Siendo así, podríamos decir que migrar supone una reconfiguración profunda del aparato lingüístico-emocional. De ahí la sensación de fragmentación identitaria. Y esa fragmentación puede ser potencia o desgaste.
La posesión del lenguaje sigue siendo un poder extraordinario, como señala Fanon, pero ese poder no es absoluto ni inocente. Porque incluso cuando se posee la lengua, el mundo que ella expresa no siempre se deja poseer del todo. Quizá por eso la injusticia hacia quien migra no se explica sólo por el racismo o la xenofobia. Hay también una violencia más discreta: la exigencia permanente de traducirse, de adaptarse, de demostrar afectos en una lengua que nunca termina de coincidir con el archivo íntimo del cuerpo. Y en esa grieta, quizá, se juega gran parte del malestar contemporáneo de lx migrante.
[1] Frantz Fanon, Piel negra, máscaras blancas (Madrid: Ediciones Akal, 2009), 49.
[2] Jacques Damourette y Édouard Pichon, “Tout idiome est une façon de penser”, en Des mots à la pensée : Essai de grammaire de la langue française, tomo I (París: Éditions d’Artrey, 1911), 10-11.

Foto por Danna Martínez
¿Te ha pasado que a veces
sientes algo tan profundamente
que no sabes cómo expresarlo?
Pues este texto es exactamente eso.
1
No recuerdo con precisión el momento en que empecé a interesarme por las palabras. No lo recuerdo como recuerdo un hecho, sino como se recuerda una sensación. Pero me imagino así: un garabato de hombre, mirando con fascinación los labios de la gente masticando algo que no era comida. Algo que tenía ritmo, sonido, pero que no se podía tocar. Algo que salía del cuerpo acompañado de emociones y sentimientos que yo aún no sabía nombrar.
Me imagino queriendo agarrar eso que flotaba entre aire y labios, meterlo en los oídos, en la boca, sostenerlo en las manos. Como no me era posible, empecé a masticar también. Abría y cerraba la boca para ver si aquello ―eso que hacía reír a la gente, enfadarse o calmarse― podía suceder en mis labios. No lo recuerdo, pero me imagino lo frustrante y lo divertido que debió ser.
Antes de entender una palabra, mi cuerpo ya la sentía. Sabía si dolía o no, si alegraba o no. No por las palabras en sí, sino por la forma en que la boca se cerraba al decirlas. Puede sonar inverosímil, pero a diferencia de muchxs niñxs, mi primera palabra no fue mamá. No. Mi primera palabra fue palabra. Tal vez no la pronuncié así, pero ahí empezó todo. Así fue cómo me hice escritor. Y ahora que lo pienso, puedo afirmar que el lenguaje no me llegó como significado, sino como un peso en el cuerpo.
Durante mucho tiempo, ese cuerpo infantil creyó que el lenguaje era un juego, un territorio sin jerarquías. Aún no sabía que existían lenguas que mandaban y otras que obedecían.
Volví a pensar en las palabras con la misma entrega muchos años después, cuando el juego ya había terminado. A finales de diciembre de 2012, me tocó volver a ser niño, pero esta vez sin la protección de la infancia. Aprender otro idioma ya no era una curiosidad, fue una urgencia. No se trataba de imitar labios por fascinación, sino de hacerlo para sobrevivir.
Llegar a un país extranjero me obligó a revivir aquella etapa primitiva del lenguaje: señalar, repetir, equivocarme. Pero ahora el error pesaba. El cuerpo que antes jugaba con las palabras ahora era observado, evaluado, clasificado. El mismo gesto que en la infancia provocaba risa, ahora provocaba impaciencia o burla. Ahí entendí que la diferencia entre las dos etapas es que, en la infancia, ese proceso no dejaba los conflictos psicosociológicos que deja en la adultez. También entendí qué quiso decir Fanon cuando escribió: “Hablar es emplear determinada sintaxis, poseer la morfología de tal o cual idioma, pero es, sobre todo, asumir una cultura, soportar el peso de una civilización”;[1] grosso modo, una acción que encierra todo un sistema de código sico-sociocultural.
Aquel niño que fui reapareció entonces, no como nostalgia, sino como una torpeza persistente en la boca, como una cadencia que no encajaba. Y con él, apareció la sumisión, y luego la violencia.
2
Por ley social, histórica y política, todo ser incapaz de comunicarse es situado en una posición de inferioridad frente a quienes están dotados de esa capacidad. De ahí, quizá, la sumisión y la resignación que acompañan a quien migra a un lugar cuyo idioma es distinto al materno, porque uno de los factores que se presentan como condición para una convivencia sana e igualitaria entre los seres es la comunicación.
No es que lx migrante sea inferior, sino que es clasificadx como inferior por un sistema que jerarquiza las lenguas y, con ellas, los cuerpos que las hospedan.
Del latín communicatio, “acción de transmitir y recibir un mensaje”. Pero, ¿qué ocurre cuando ese mensaje se transmite a medias, o con error, o no se transmite?
Cuando volví a ser niño por segunda vez, lo entendí sin teoría.
Primero vino la sumisión y la resignación: como yo era quien no podía comunicarse, estaba obligado a aceptarlo todo, a callar, a obedecer, a someterme; a sonreír en público y a llorar en privado. A decir sí cuando debía decir no; y a decir no cuando debía decir sí. Mi desacuerdo no tenía forma audible, y mi silencio se volvió consecuencia.
Después, vino la violencia y la rebeldía: cansado de someterme, de ser la burla de lxs demás, de ser engañado una y otra vez, recurrí a la violencia como armadura. Y como suele ocurrir ―sin importar qué la motiva― la violencia proyecta siempre una imagen de animosidad, y el cuerpo que no habla correctamente se vuelve sospechoso cuando se defiende. De esa manera me penetró una enseñanza absurda, como las que se nos imponen en la escuela: “cuanto menos la capacidad de un ser para comunicarse con lxs demás, más inferior parece; y cuanto mayor la capacidad de comunicación, más respeto se gana”. Era la lógica del entorno hablando a través de mí. Y creí que dominar el idioma del país donde me encontraba me devolvería no sólo la capacidad de comunicarme, sino también la igualdad; que hablar bien equivalía a ser reconocido, y que el idioma podía redimir el cuerpo —porque un idioma, como bien lo dicen Damourette y Pichon, es una manera de pensar.[2] Y eso hice. Entonces empezó el verdadero dilema.
3
Hay un dicho que siempre me ha fascinado: traducir es traicionar. Durante mucho tiempo lo entendí de manera literal, casi fatalista. Creí que ciertos sentimientos y emociones ―los más profundos y primitivos― sólo podían existir plenamente en el idioma materno, y que al pasar por otra lengua se volvían versiones disminuidas de sí mismas. Hoy sé que la traición no está en la lengua ajena, sino en la ilusión de equivalencia.
Dominar el idioma ajeno no cumplió la promesa que yo esperaba. Pensé que hablarlo bien bastaría, que la lengua conquistada me devolvería la igualdad perdida, y que una vez dentro del sistema de signos correcto, el mundo se reordenaría. Descubrí que, si bien una lengua puede abrir puertas, también deja en penumbra habitaciones enteras. Sin embargo, mentiría si dijera que en ese tránsito no surgió también algo inesperado: hubo palabras y expresiones en la lengua ajena que me permitieron decir cosas que en el idioma materno nunca lograría decir, no porque no existieran, sino porque estaban demasiado vigiladas por las costumbres. Decirlas en otra lengua las volvía menos solemnes, menos fatales, y en esa distancia encontré una forma distinta de existir, de sentir. Esa traducción no me devolvió lo perdido, pero inventó zonas del yo que antes no estaban disponibles, y ese descubrimiento —incómodo y contradictorio— me obligó a desconfiar tanto de la lengua ajena como de la nostalgia por la materna.
Y si bien el idioma materno no es un origen puro, es un archivo donde se acumulan gestos, tonos, silencios, palabras oídas en momentos precisos de la vida. Por eso no todas las lenguas pesan igual en el cuerpo. No porque una sea más verdadera que otra, sino porque no todas cargan la misma historia afectiva.
Pensemos en un ejemplo: A ama a B. El idioma materno de A es el ayitiano; el de B es inglés. Cuando A dice “I love you” es sincero, pero no dice exactamente lo mismo que si diría “Mwen renmen w”. No porque el inglés sea incapaz de nombrar el amor, sino porque ese amor fue aprendido en otra lengua, en otro ritmo. B, por su parte, recibe la frase dentro de su propio archivo afectivo, donde “I love you” tiene otras modulaciones y expectativas.
Si bien ese desajuste no implica represión, ni conduce automáticamente a la violencia, sí produce algo más sutil y persistente: una fatiga de traducción. Y vivir traduciendo las emociones y los sentimientos es negociar constantemente lo que se pierde, lo que se adapta y lo que se deja sin decir. Por eso, en momentos de ira extrema o de miedo, incluso quien domina perfectamente una lengua ajena suele regresar a la materna. El cuerpo recuerda antes que la gramática. No es un gesto romántico ni primitivo, es un reflejo cerebral. Ahí el lenguaje deja de ser herramienta social y vuelve a ser descarga, sonido, respiración.
Siendo así, podríamos decir que migrar supone una reconfiguración profunda del aparato lingüístico-emocional. De ahí la sensación de fragmentación identitaria. Y esa fragmentación puede ser potencia o desgaste.
La posesión del lenguaje sigue siendo un poder extraordinario, como señala Fanon, pero ese poder no es absoluto ni inocente. Porque incluso cuando se posee la lengua, el mundo que ella expresa no siempre se deja poseer del todo. Quizá por eso la injusticia hacia quien migra no se explica sólo por el racismo o la xenofobia. Hay también una violencia más discreta: la exigencia permanente de traducirse, de adaptarse, de demostrar afectos en una lengua que nunca termina de coincidir con el archivo íntimo del cuerpo. Y en esa grieta, quizá, se juega gran parte del malestar contemporáneo de lx migrante.
[1] Frantz Fanon, Piel negra, máscaras blancas (Madrid: Ediciones Akal, 2009), 49.
[2] Jacques Damourette y Édouard Pichon, “Tout idiome est une façon de penser”, en Des mots à la pensée : Essai de grammaire de la langue française, tomo I (París: Éditions d’Artrey, 1911), 10-11.