Reseñas - México

Diego del Valle Ríos

Tiempo de lectura: 7 minutos

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27.04.2019

Distancia doble: Ana Bidart y Armando Rosales en ESPAC

Ciudad de México, México
1 de febrero de 2019 – 18 de mayo de 2019

Hace tiempo que comencé a sospechar sobre la inmutabilidad del famoso “cubo blanco” institucionalizado. Sospecho de su higiénica iluminación artificial, de la distancia que prevalece en sus dinámicas sociales, del lenguaje entumido que le da sustento. Demasiado predecible. Demasiado estable. Y aunque sin duda la pureza y esterilización del mismo, creadas por la modernidad, han sido contaminadas por propuestas disidentes y arriesgadas, éste ha hecho de la frívola pretensión de certeza su más perdurable esencia cómplice del consumismo de una sociedad del espectáculo hiperacelerado. Desordenarlo es la necesaria fecunda constante.

De acuerdo al profesor Stavros Stavrides, los espacios son potencia elemental para la proyección de posibles mundos sociales otros. Habitados estos espacios a través de la disposición de objetos y sujetos, se conforman mundos compartidos mediante las interacciones sociales que suscitan. Como eco del llamado decolonial por provocar el total colapso como única manera de reinventarnos, Stavrides señala hacia la necesidad de (re)crear los espacios comenzando por destruirlos. De esta forma, se puede encontrar la potencia que radica en efectuar (performar) las relaciones sociales como aquella habilidad que permite crear nuestra propia historia como seres humanos. Siguiendo a Virno y a Benjamin —y sin darse cuenta siguiendo también el conocimiento aymara sobre el tiempo—, Stavrides propone fracturar la linealidad occidental de la Historia para que sean las potencialidades del pasado no realizado, aquellas que no lograron manifestarse, las que permitan repensar aquello que es necesario y urgente cambiar para desmantelar la instrumentalización de los espacios por parte del capitalismo. ¿Cómo re-experimentamos los espacios en un presente-futuro que promete el fin de los mismos como los conocemos? ¿Hay manera de inaugurar sensibilidades otras que nos permitan prepararnos para esa inminente transformación de los espacios y su efecto en las relaciones sociales?

ESPAC, en la Ciudad de México, es uno de los muchos espacios expositivos que habitan arquitecturas que fueron originalmente pensadas para ser hogares. Ubicado en una zona mayoritariamente residencial, la cotidianidad que fluye a través y alrededor del perímetro de esta casa incita a resignificar el “cubo blanco” desde lo artístico y museográfico. Ante la urgente pregunta de cómo resignificar los encuentros que se suscitan en un sistema artístico que excede a sí mismo, el equipo de ESPAC en conjunto con lxs artistas Ana Bidart y Armando Rosales cooperaron en Distancia doble para explorar el espacio expositivo institucional desde una sensibilidad artística que subvierta el habitar de la casa como potencial de abrir reflexiones sobre el habitar y lo común. En diálogo con obras de Roberto Matta, Enrique Guzmán, Wilfredo Lam, José Clemente Orozco y Carlos Mérida, mismas que forman parte de la colección de ESPAC, lxs artistas desbordaron la abstracción que las caracteriza para establecer relaciones espaciales y conceptuales a partir de sus propias exploraciones y reflexiones artísticas y personales. Dichas obras representan cuerpos inestables en flujo que confunden, dislocan y tensionan las figuras tipificadas de lo físico tanto en su aspecto matérico como anatómico. Creadas a lo largo del siglo XX, aquel que inaugura las crisis existenciales, este conjunto de obras es reubicado en el presente a manera de urgente recordatorio sobre el potencial de la reimaginación como vía de libertad. Como uno de los puntos fijos de nuestras relaciones sociales en el sistema del arte, ¿puede el espacio expositivo detonar una reconfiguración y resignificación de nuestro habitar como “comunidad artística”?

Por medio de sutiles gestos, Ana Bidart nos alude a reconocer la vitalidad que discurre a través de la casa que devino espacio expositivo. Sus obras son el registro de un espacio en movimiento en relación al entorno y al cuerpo que lo habita, ya sea el cuerpo humano o el cuerpo de obra artística. Ana integra a la exposición la dimensión temporal y metereológica al trazar el recorrido de la luz de sol en el muro del patio exterior de la casa (Velocímetro, 2019) y al colocar una hoja de papel en una de las esquinas de un muro alto del patio interior, misma que toma presencia a través de su sombra y sonido al soplar el aire y darle movimiento (Hoja de sala, 2019). Luz y viento aparecen mediante una poética de la contemplación para reconocer que todo lo realizado por el ser humano es una extensión de la naturaleza que la afecta inevitablemente y que consecuentemente nos corresponde.

Al interior del espacio, Ana evidencia la transformación del mismo que resulta del trabajo físico para el montaje de la exposición. Materiales como pintura o cinta adhesiva son mimetizados con el ras del suelo y los rincones de la arquitectura para formar parte de la historia de ESPAC a través de las huellas de exposiciones pasadas que nuestra atención no percibe. Lo accidental y fortuito inician una pequeña sublevación del sentido de la mirada acostumbrado a recorrer una exposición siempre en cara a una disposición de los objetos que difícilmente se distancian de la estandarización de diseños museográficos que los organizan. La desorientación de la mirada como metáfora para imaginar otras formas de subvertir lo espacial.

La experimentación de otras formas de habitar juntxs sólo es posible a partir de la vulnerabilidad. La hegemonía del sistema sociopolítico y cultural que organiza y administra nuestra realidad impone distancia e insensibilidad a través de la violencia y el temor para anular toda potencia de comunalidad, de “hacer la vida en común” en palabras del pensador mixe, Floriberto Díaz. Reconocer heridas físicas, emocionales o espirituales es reconocer la posibilidad de sanar. ¿Es el espacio expositivo un espacio que permite la vulnerabilidad compartida? Armando Rosales difumina el interior y el exterior al perforar una y otra vez la arquitectura de la casa de ESPAC atravesando límites con gruesas cuerdas anudadas que alegóricamente unen aquello que se ha naturalizado como opuesto (Flujo 2, 2019). Al vulnerabilizar la estabilidad del “cubo blanco” institucional, Armando nos recuerda que la obra de arte es recíproca al mundo y que no se contiene solamente al espacio que la exhibe. Así mismo, recuerda que al exponer nuestro trabajo artístico e intelectual, nos exponemos a nosotrxs mismxs diluyendo los márgenes entre lo laboral y lo personal (lo público y lo privado), aspectos invariablemente unidos afectándose uno a otro. Reconocer que un espacio expositivo nos presenta vulnerabilidad, es decir, pensamientos y sentimientos de lxs artistas a través de la obra —a pesar de que ésta tiene su propia autonomía una vez que es creada y presentada—, es un posible camino a resignificar la multiplicidad de contextos que compartimos a través del arte y las relaciones sociales que suceden en los mismos. ¿De qué forma podemos agudizar las fuerzas intrínsecas del espacio expositivo para que éstas afecten las políticas que nos organizan como “comunidad artística”?

Uno de los hábitos colectivos más ricos que permite el arte es la proximidad que suscita el encuentro espacio-temporal entre cuerpos y objetos que contienen acciones e ideas, mismas cristalizan nuestra sociabilidad. Sin embargo, actualmente dicha proximidad está mediada casi en su totalidad por eventualidades accionadas por lógicas de consumo y espectáculo que diluyen la potencia que radica en la confluencia. Desde una consciencia reflexiva sobre cómo afectamos desde el cuerpo y cómo los otros cuerpos nos afectan, ambxs artistas trazan tensiones relacionales.

Bidart, a través de la serie de pinturas Tiro al blanco dota de un nuevo cuerpo a cada una de las obras de la colección expuestas. Parece partir de una importante observación: ¿por qué la sensibilidad masculina es la que habita primordialmente el espacio de la exposición? Ana hace un reflejo subversivo de la paleta de colores y la composición de las obras de Matta, Mérida y Guzmán a través de un tranquilo gesto de dripping que desmantela el mito masculino de la modernidad en el arte. La sensibilidad como subversión.

Por su parte, Armando interviene el orden pre-establecido del espacio expositivo y sus protocolos de exhibición con la intención de resignificar el contexto: revela el revestimiento interior de tablaroca al descubrir la ventana que ha sido oculta (Doceavo uso de lo ajeno: la vía, 2019),  y a su vez, manipula el sistema automático de iluminación artificial para oscurecer la sala cada cierto periodo de tiempo. Contrastes se revelan mientras la mirada se acostumbra a la oscuridad. De esta forma, interrumpe con la experiencia y afecta la percepción y apreciación de las obras a partir de desorientar la mirada del público.

Todo despliegue y organización de obra y discurso artístico implica al cuerpo y, por ende, a las políticas que lo afectan. ¿Reimaginar para poner en tensión el habitar común, es aquí una propuesta de continua experimentación que se llevará a cabo en ESPAC de ahora en adelante o un ejercicio aislado que corre el riesgo de reducirse a lo anecdótico? Personalmente, el accionar esta política estética de desorganización y destrucción de certezas espaciales en el campo del cubo blanco institucionalizado me parece rico y sustancioso. Nos toca ahora replicar esta desestabilización de certezas asumidas para abrir espacios de poesía donde cuerpo, objeto y espacio se revelen en su multiplicidad.

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