Bajo la arena marciana

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México
Marcela Chao
2025.06.10
Tiempo de lectura: 8 minutos

 

Los rovers [1], que acostumbran quedarse fuera del hábitat, habían arecido esa noche en la que una tormenta de arena inclemente producía un ruido similar al de la lluvia golpeando el techo metálico del hábitat. ¿Estarían bajo las inmensas cantidades de polvo? Excavamos sin tregua por horas sin encontrar rastro de ellos. Don José, responsable de la estación, nos dijo que probablemente los rovers habrían buscado refugio con otra tripulación, unxs gringxs que tenían su base a unos cuantos kilómetros. La aseveración me pareció extraña. ¿No estaban los rovers conectados al control de misión de cada asentamiento? Estaba segura de haber escuchado sus motores entre sueños, como un canto que narra una historia de la cual no guardo más que un vago recuerdo, y una extraña sensación de desasosiego. ¿Por qué sentía tanto temor de no tener sus metiches presencias con nosotrxs?

Habíamos llegado de noche un día antes, después de un largo viaje por la inmensidad del espacio, las geografías terrestres, marcianas, reales e imaginarias. Atravesamos parajes diversos, montañas, valles, cañones, deseos, expectativas, prejuicios y miedos, antes de desembarcar ante un paisaje familiar pero al mismo tiempo desconocido. Una noche estrellada nos esperaba mientras el viento gélido se hacía sentir a pesar de los trajes espaciales.

Desde que los seres humanos comenzaron a visitar Marte con cada vez más frecuencia, los problemas terrestres se habían importado. Al principio, la ciencia y la exploración espacial  cobijaron los impresionantes hallazgos. Quedaban incontables misterios por resolver entre las rocas; signos de vida pasada, la historia geológica del planeta. Pero, poco a poco, la curiosidad fue cediendo el paso a la avaricia. El descubrimiento de minerales raros, litio, oro, materias primas útiles para la vida aquí y allá fomentó la minería y la necesidad de una industria que hiciera sustentable la expansión de la especie. Los asentamientos se convirtieron en ciudades que necesitaron de más y más humanxs. Ahora había caravanas migrantes de personas que buscaban tener un mejor futuro en ese nuevo territorio, engañadas por los sueños mediáticos de falsas utopías publicitadas por lxs billonarixs.

Muchxs, sino es que la gran mayoría, desconocían a lo que se enfrentarían en el mortífero viaje, y a la llegada pocxs sabían lo frío, extremo, ingrato y hostil que era Marte. Lxs que lograban sobrevivir todas esas inclemencias podían, en teoría, obtener los papeles para residir en el planeta, siempre y cuando pudieran adaptarse a las duras condiciones laborales de las minas y los asentamientos. Afortunadamente, nuestra expedición no buscaba establecer raíces en Marte; nuestro objetivo era estudiarlo, entenderlo desde donde nos lo permitieran nuestros limitados sentidos y hasta donde nuestras construcciones sociales y mentales lo lograran.

Don José nos había recibido con una sonrisa que escondía en sus comisuras las dudas que le generaba nuestra presencia. ¿Lograríamos aguantar o huiríamos a la primera oportunidad? Había sido testigo de muchxs entusiastas que no soportaban ni la primera noche. Él era el guardián de la “Estación Tharsis”, un enclave particularmente interesante por su cercanía con los volcanes, así como la entrada a la zona sagrada de uno de los primeros grupos humanos nómadas de Marte, hoy reconocidos como “Hijos del Desierto”. Los únicos que habían logrado adaptarse a las duras condiciones del planeta y hacer de él su hogar. 

Éramos un grupo heterogéneo de terrícolas de distintas profesiones procedentes de puntos lejanos en el planeta Tierra. Solamente unx de entre nosotrxs había tenido la experiencia previa de venir, y fue él quien dio los lineamientos de la misión, lo que podíamos o no hacer con el tiempo, la comida, la energía y las comunicaciones con nuestro planeta de origen, que tienen un desfase de 20 minutos. La idea era, primero que nada, sobrevivir, y luego lograr los objetivos artístico-filosóficos y su transmisión simbólica-sensorial a nuestrxs co-planetarixs. Las avanzadas técnicas de hibernación que nos llevaron cómodamente al planeta rojo también evitaron los primeros roces que, ya en el hacinamiento frío y oscuro del hábitat, comenzaron a aflorar. ¿Personalidades disímiles o simplemente un proceso de adaptación mental a todas las novedades? Solamente el tiempo lo diría.

El primer día, los rovers nos guiaban en los parajes más seguros para que no cometiéramos errores en nuestros cálculos al caminar con tres veces menos gravedad. La caminata de exploración coincidió con un eclipse solar de Fobos [2]. Y, a pesar de que las diferencias perceptuales no tienen comparación con la espectacularidad de los que acontecen en la Tierra, la 

luz, el viento, la sensación general se metía en los huesos de una manera particular, generando pensamientos difíciles de explicar, una especie de delirio que al principio pensé propio pero después supe fue colectivo. Ante nosotrxs, las piedras, las formas, la geología, todas las geometrías se conjugaban en mensajes indescifrables, que en conjunto parecían las piezas de un rompecabezas cuya forma final estaba muy lejos de comprender.

De regreso en el comedor, mientras cenábamos unos productos deshidratados que, aunque poco atractivos, eran muy nutritivos, decidí compartir mi experiencia. Con cierta vergüenza, admití que en un momento dado sentí que algo se había tronado en mi cerebro y quizá tuviera que regresar de emergencia a la Tierra. Pero todxs admitimos habernos encontrado en un estado semiinconsciente; mientras tanto, Don José nos escuchaba con su sonrisa fija desde el rincón. Esa noche apenas dormí; al cerrar los ojos las formas danzaban, cambiaban de color, de escala. Sentía que me perdía en ellas, que eran un enigma de forma laberíntica, un tejido mineral que se multiplicaba microscópicamente y se expandía más allá del azulado horizonte de los atardeceres marcianos. Me desperté bañada en un sudor helado. ¿En Marte los sueños también tendrían un significado? Me vestí con capas térmicas y me uní a mis compañerxs con la idea de acallar mis angustias con las actividades que el control de misión nos pedía. Los rovers juguetones estaban con nosotrxs, recolectando información, metiéndose en las fotos de nuestras investigaciones, contentos de otra compañía humana. Y, a pesar de haber ido al mismo lugar que el día anterior, la sensación no regresó con la misma intensidad.

Tuvimos que volver antes de lo previsto ya que el control de misión nos había informado de una tormenta global que, en cuestión de minutos llenaría todo el paisaje con una capa cafesosa de una arena tan fina que, de alguna u otra forma, lograba colarse por las comisuras de los trajes. Llegamos a tiempo para resguardarnos y aprovechamos un poco del licor que alguien había colado en la aduana de protección planetaria. El ambiente festivo nos llevó a compartir cantos desentonados de nuestras tierras e historias. “¿Ustedes creen en los marcianos?”, nos preguntó de súbito Don José. La mitad de la tripulación comentó sobre los grandes avances que se habían hecho en la detección de vida en Marte y cómo sí existieron pero no tenían las mismas composiciones que nosotrxs, lo cual los hacía un gran misterio. “¿Pero usted qué opina?”, preguntó una de las tripulantes. “Pues que yo soy uno”, dijo Don José mientras todxs reímos. Llegado el momento, la combinación de experiencias, alcohol e historias de contactos extraterrestres me llevó derechito a mi cama, y caí profundamente dormida arrullada por el ruido de la arena sobre el techo del hábitat, que en ese momento todavía sonaba como una ligera lluvia. Afuera, los motores de los rovers ronroneaban tranquilamente.

Al día siguiente, la sensación de inquietud no salía de mi cuerpo. ¿Dónde estaban los rovers? ¿Por qué a Don José le parecía normal que sus acompañantes robóticos de control de misión se fueran a los asentamientos vecinos? ¿Por qué no los resguardamos nosotrxs en algún lado? Una visita inesperada rompió mis reflexiones. Alguien estaba fuera del hábitat, nos miramos incrédulxs. “¿Es esto una película de terror?”, comentó unx de nuestrxs tripulantes. Yo lo negué con la cabeza, fingiendo que todo me parecía muy normal, aunque sentía una pequeña molestia en la panza. Después de unos minutos, apareció en la puerta interna del hábitat una figura lumínica cuya forma no encuentro palabras para describir. De ella emanaron unos sonidos que en el aire se materializaban en palabras escritas en nuestros respectivos idiomas: “Supe que desaparecieron sus rovers, estamos aquí para ayudarlxs. Bienvenidxs a Marte”.

 

 

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[1] Rover: vehículo de exploración espacial diseñado para moverse sobre la superficie de un planeta u otro cuerpo celeste.

[2] Fobos (“miedo” en griego) es el más grande de los dos satélites de Marte y el más cercano al planeta Tierra.

 

Los rovers [1], que acostumbran quedarse fuera del hábitat, habían arecido esa noche en la que una tormenta de arena inclemente producía un ruido similar al de la lluvia golpeando el techo metálico del hábitat. ¿Estarían bajo las inmensas cantidades de polvo? Excavamos sin tregua por horas sin encontrar rastro de ellos. Don José, responsable de la estación, nos dijo que probablemente los rovers habrían buscado refugio con otra tripulación, unxs gringxs que tenían su base a unos cuantos kilómetros. La aseveración me pareció extraña. ¿No estaban los rovers conectados al control de misión de cada asentamiento? Estaba segura de haber escuchado sus motores entre sueños, como un canto que narra una historia de la cual no guardo más que un vago recuerdo, y una extraña sensación de desasosiego. ¿Por qué sentía tanto temor de no tener sus metiches presencias con nosotrxs?

Habíamos llegado de noche un día antes, después de un largo viaje por la inmensidad del espacio, las geografías terrestres, marcianas, reales e imaginarias. Atravesamos parajes diversos, montañas, valles, cañones, deseos, expectativas, prejuicios y miedos, antes de desembarcar ante un paisaje familiar pero al mismo tiempo desconocido. Una noche estrellada nos esperaba mientras el viento gélido se hacía sentir a pesar de los trajes espaciales.

Desde que los seres humanos comenzaron a visitar Marte con cada vez más frecuencia, los problemas terrestres se habían importado. Al principio, la ciencia y la exploración espacial  cobijaron los impresionantes hallazgos. Quedaban incontables misterios por resolver entre las rocas; signos de vida pasada, la historia geológica del planeta. Pero, poco a poco, la curiosidad fue cediendo el paso a la avaricia. El descubrimiento de minerales raros, litio, oro, materias primas útiles para la vida aquí y allá fomentó la minería y la necesidad de una industria que hiciera sustentable la expansión de la especie. Los asentamientos se convirtieron en ciudades que necesitaron de más y más humanxs. Ahora había caravanas migrantes de personas que buscaban tener un mejor futuro en ese nuevo territorio, engañadas por los sueños mediáticos de falsas utopías publicitadas por lxs billonarixs.

Muchxs, sino es que la gran mayoría, desconocían a lo que se enfrentarían en el mortífero viaje, y a la llegada pocxs sabían lo frío, extremo, ingrato y hostil que era Marte. Lxs que lograban sobrevivir todas esas inclemencias podían, en teoría, obtener los papeles para residir en el planeta, siempre y cuando pudieran adaptarse a las duras condiciones laborales de las minas y los asentamientos. Afortunadamente, nuestra expedición no buscaba establecer raíces en Marte; nuestro objetivo era estudiarlo, entenderlo desde donde nos lo permitieran nuestros limitados sentidos y hasta donde nuestras construcciones sociales y mentales lo lograran.

Don José nos había recibido con una sonrisa que escondía en sus comisuras las dudas que le generaba nuestra presencia. ¿Lograríamos aguantar o huiríamos a la primera oportunidad? Había sido testigo de muchxs entusiastas que no soportaban ni la primera noche. Él era el guardián de la “Estación Tharsis”, un enclave particularmente interesante por su cercanía con los volcanes, así como la entrada a la zona sagrada de uno de los primeros grupos humanos nómadas de Marte, hoy reconocidos como “Hijos del Desierto”. Los únicos que habían logrado adaptarse a las duras condiciones del planeta y hacer de él su hogar. 

Éramos un grupo heterogéneo de terrícolas de distintas profesiones procedentes de puntos lejanos en el planeta Tierra. Solamente unx de entre nosotrxs había tenido la experiencia previa de venir, y fue él quien dio los lineamientos de la misión, lo que podíamos o no hacer con el tiempo, la comida, la energía y las comunicaciones con nuestro planeta de origen, que tienen un desfase de 20 minutos. La idea era, primero que nada, sobrevivir, y luego lograr los objetivos artístico-filosóficos y su transmisión simbólica-sensorial a nuestrxs co-planetarixs. Las avanzadas técnicas de hibernación que nos llevaron cómodamente al planeta rojo también evitaron los primeros roces que, ya en el hacinamiento frío y oscuro del hábitat, comenzaron a aflorar. ¿Personalidades disímiles o simplemente un proceso de adaptación mental a todas las novedades? Solamente el tiempo lo diría.

El primer día, los rovers nos guiaban en los parajes más seguros para que no cometiéramos errores en nuestros cálculos al caminar con tres veces menos gravedad. La caminata de exploración coincidió con un eclipse solar de Fobos [2]. Y, a pesar de que las diferencias perceptuales no tienen comparación con la espectacularidad de los que acontecen en la Tierra, la 

luz, el viento, la sensación general se metía en los huesos de una manera particular, generando pensamientos difíciles de explicar, una especie de delirio que al principio pensé propio pero después supe fue colectivo. Ante nosotrxs, las piedras, las formas, la geología, todas las geometrías se conjugaban en mensajes indescifrables, que en conjunto parecían las piezas de un rompecabezas cuya forma final estaba muy lejos de comprender.

De regreso en el comedor, mientras cenábamos unos productos deshidratados que, aunque poco atractivos, eran muy nutritivos, decidí compartir mi experiencia. Con cierta vergüenza, admití que en un momento dado sentí que algo se había tronado en mi cerebro y quizá tuviera que regresar de emergencia a la Tierra. Pero todxs admitimos habernos encontrado en un estado semiinconsciente; mientras tanto, Don José nos escuchaba con su sonrisa fija desde el rincón. Esa noche apenas dormí; al cerrar los ojos las formas danzaban, cambiaban de color, de escala. Sentía que me perdía en ellas, que eran un enigma de forma laberíntica, un tejido mineral que se multiplicaba microscópicamente y se expandía más allá del azulado horizonte de los atardeceres marcianos. Me desperté bañada en un sudor helado. ¿En Marte los sueños también tendrían un significado? Me vestí con capas térmicas y me uní a mis compañerxs con la idea de acallar mis angustias con las actividades que el control de misión nos pedía. Los rovers juguetones estaban con nosotrxs, recolectando información, metiéndose en las fotos de nuestras investigaciones, contentos de otra compañía humana. Y, a pesar de haber ido al mismo lugar que el día anterior, la sensación no regresó con la misma intensidad.

Tuvimos que volver antes de lo previsto ya que el control de misión nos había informado de una tormenta global que, en cuestión de minutos llenaría todo el paisaje con una capa cafesosa de una arena tan fina que, de alguna u otra forma, lograba colarse por las comisuras de los trajes. Llegamos a tiempo para resguardarnos y aprovechamos un poco del licor que alguien había colado en la aduana de protección planetaria. El ambiente festivo nos llevó a compartir cantos desentonados de nuestras tierras e historias. “¿Ustedes creen en los marcianos?”, nos preguntó de súbito Don José. La mitad de la tripulación comentó sobre los grandes avances que se habían hecho en la detección de vida en Marte y cómo sí existieron pero no tenían las mismas composiciones que nosotrxs, lo cual los hacía un gran misterio. “¿Pero usted qué opina?”, preguntó una de las tripulantes. “Pues que yo soy uno”, dijo Don José mientras todxs reímos. Llegado el momento, la combinación de experiencias, alcohol e historias de contactos extraterrestres me llevó derechito a mi cama, y caí profundamente dormida arrullada por el ruido de la arena sobre el techo del hábitat, que en ese momento todavía sonaba como una ligera lluvia. Afuera, los motores de los rovers ronroneaban tranquilamente.

Al día siguiente, la sensación de inquietud no salía de mi cuerpo. ¿Dónde estaban los rovers? ¿Por qué a Don José le parecía normal que sus acompañantes robóticos de control de misión se fueran a los asentamientos vecinos? ¿Por qué no los resguardamos nosotrxs en algún lado? Una visita inesperada rompió mis reflexiones. Alguien estaba fuera del hábitat, nos miramos incrédulxs. “¿Es esto una película de terror?”, comentó unx de nuestrxs tripulantes. Yo lo negué con la cabeza, fingiendo que todo me parecía muy normal, aunque sentía una pequeña molestia en la panza. Después de unos minutos, apareció en la puerta interna del hábitat una figura lumínica cuya forma no encuentro palabras para describir. De ella emanaron unos sonidos que en el aire se materializaban en palabras escritas en nuestros respectivos idiomas: “Supe que desaparecieron sus rovers, estamos aquí para ayudarlxs. Bienvenidxs a Marte”.

 

 

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[1] Rover: vehículo de exploración espacial diseñado para moverse sobre la superficie de un planeta u otro cuerpo celeste.

[2] Fobos (“miedo” en griego) es el más grande de los dos satélites de Marte y el más cercano al planeta Tierra.