Disputar los relatos para futuros posibles

Frente al régimen visual y de memoria que el neoliberalismo ha usado para silenciar y controlar el relato histórico, este texto reivindica los contraarchivos de movimientos sociales y disidencias como memorias vivas que disputan ese relato hegemónico. Recuperando la memoria colectiva como acto político para imaginar futuros posibles.

2026.09.03
Tiempo de lectura: 25 minutos

Esta época escasa que vivimos fue preparada con larga violencia; lo fue también por los técnicos del lenguaje.

–G. Santa Cruz

Repetidas veces hemos escuchado expresiones como “nunca vivimos algo así”, “esto que estamos viviendo es totalmente nuevo”, “cómo es posible que estemos viendo, escuchando y viviendo todo esto”. Cuando nos referimos a esto, hablamos de las nuevas/viejas maneras de gobernanza democrática/autoritaria, algo que, lejos de ser nuevo, es en realidad, como diría Walter Benjamin,1 un continuum de la historia.

Asistimos al aparente retorno renovado de violencias presuntamente superadas: violencias coloniales, patriarcales, capitalistas, racistas, extractivistas. Estas, en realidad, nunca se fueron, y se ha vuelto más explícita la marca de las políticas de borramiento de nuestras memorias: aquellas que dan cuenta de toda la resistencia al marco normativo capitalista, patriarcal y colonial; aquellas que han sostenido la memoria de todos los intentos de transformación.

Lo que hoy se suele llamar orden mundial sólo ha sido una ficción momentánea entre pares del norte global tras sus dos grandes guerras en el siglo XX, cuando se vieron sumidos en el mismo régimen de violencia con el que, durante siglos, sometieron al resto del planeta; un orden pactado, que únicamente imperó dentro de los marcos de las democracias liberales de aquél norte global. Hoy se habla de ‘crisis civilizatoria’ para referirse a esta forma de vida, basada en el despojo y violencia, instaurada desde Occidente. Esta civilización, acuñada en el marco de la modernidad y la ilustración, impuso una sola forma de habitar la vida y el mundo, anulando todo lo que no entrara en su marco. Para ello, ha necesitado también borrar sistemáticamente las memorias de lo preexistente y de lo que ha resistido al sistema.

Por eso, hoy la disputa del relato es más necesaria que nunca: articular desde la/s memoria/s personal/es y colectiva/s; desde las prácticas artísticas, sociales y políticas con nuestras alianzas y genealogías, que emergen en el cruce entre lucha social y experimentación estética; desde la pregunta por la imagen como fuerza política; desde la necesidad de imaginar juntxs, afectadxs por la historia; y desde la necesidad de colectivizar la imaginación no como consigna vacía, sino como apuesta vital.

El régimen de la memoria neoliberal

Hay imágenes que inauguran épocas, y el bombardeo en 1973 del Palacio de La Moneda, en Chile, es una de ellas al condensar el inicio de un nuevo régimen político y visual: la neoliberalización del mundo. El golpe cívico-militar chileno se planeó y ejecutó como operación militar y como operación comunicacional con una imagen instantánea y ejemplificadora, que congela y activa el momento, señalando el devenir. En términos militares el bombardeo no era necesario,2 pero lo que sí resultaba necesario era su efecto visual; creaba un novedoso marco de realidad del nuevo orden mundial. Aquí la frase de Napoleón, “dirigir monárquicamente la energía de los recuerdos”, rescatada por Guy Debord,3 se hace carne.

A partir de los años ochenta, con el acelerado crecimiento de los medios audiovisuales, este nuevo régimen de producción y circulación de la imagen reorganizó profundamente la visualidad contemporánea. Esta transformación se intensificó con el desarrollo de los medios digitales, alcanzando un punto decisivo en la década de los noventa, en plena expansión de la llamada globalización, proceso que, aunque prometía la conexión sin límites y el fin de las fronteras, terminó siendo la expansión a escala global del neoliberalismo.

El internet y el flujo ilimitado de información fueron promesas de igualdad democrática no cumplidas por el sistema-mundo global.4 Para quienes trabajamos alrededor de la reproductividad de la imagen y la producción en los medios de comunicación, con un salto abrupto de lo analógico a lo digital, estos cambios se dieron a una temporalidad casi imposible de abrazar, transformando muy rápidamente las formas de hacer y las prácticas vinculadas al campo del arte y la visualidad.

Hoy, todo es imagen. Vivimos sumergidxs en flujos ininterrumpidos que circulan por pantallas de todos los tamaños, saturando la percepción, ralentizando el pensamiento crítico y fragmentando los vínculos sociales.

El régimen de la memoria neoliberal

Memoria no es sinónimo de recuerdo. La memoria es la construcción colectiva de una sociedad sobre ciertos hechos –políticos, sociales– que han sido traumáticos, transformadores o muy relevantes para tal sociedad. Por tanto, la memoria es siempre una acción colectiva que permite construir presente y posibilidades de futuro.

Las políticas institucionales de estas últimas décadas han tenido esto muy claro, gestionando la memoria para delinear un modelo económico, político, social y cultural específico: el capitalismo neoliberal, colonial y patriarcal. Como señala Pilar Cordeira:

Si toda memoria tiene la doble dificultad de reconocer los sentidos del pasado para conectarlos con los del presente, en el caso que nos ocupa –el tránsito del modelo bipolar al globalizado–, la dificultad se multiplica, precisamente porque lo que marca la diferencia entre uno y otro es una reconfiguración hegemónica que implica, como se señaló al principio, una reorganización económica, social, política, pero también una reorganización de los sistemas de valores y de lo que podríamos llamar las constelaciones de sentido.5

En esa misma línea, Nelly Richard, crítica de arte, afirma que:

Ejercer la memoria sirve para delatar las maniobras de borradura de las huellas que fabrican cotidianamente el olvido pasivo y su indiferencia. Sirve también para reanimar los restos aparentemente vencidos de un pasado lleno de simbolizaciones rotas, de quiebres ideológicos, de remanentes utópicos de una historicidad que, sin embargo, podría todavía re-imaginarse deseante para zafarse de la monotonía de este presente rutinizado por la tecnocracia de los expertos.6

Tras la caída del muro de Berlín, y durante la instalación del nuevo orden mundial post Guerra Fría, las socialdemocracias mundiales impulsaron investigaciones que establecieran relatos y memorias acordes al nuevo modelo. Para ello, construyeron monumentos, memoriales, museos y lugares específicos donde fuera posible consumir tales relatos.

Alemania, por ejemplo, se unificó bajo un discurso de reconciliación, recreando un nuevo Estado-nación bajo la amnesia colectiva sobre procesos traumáticos y de resistencia de un siglo. Como señala el artista Alice Creisher:

[…] después de la unificación de las dos Alemanias se iniciaba una nueva y desvergonzada reconstrucción, como si los responsables por fin adquirieron el derecho de expresarse mutuamente su satisfacción… Nunca entendimos los sucesos que siguen como una cadena de causalidades. Siempre pensamos que aquí, en nuestro ámbito, éramos todos gente de izquierdas, o al menos progresistas. Pero mucho tiempo después llegamos a entender que el progresismo había tomado otro rumbo.7

En el mismo momento, los Estados del bloque soviético comenzaron a hacer públicos cientos de archivos de los aparatos de inteligencia nacionales. Uno de ellos fue el de la Stasi, de Alemania del este, que operó de 1950 a 1990. En 1995, luego de haber sido prácticamente destruidos durante la reunificación, se inició su recuperación. El abogado John Koeller destapó el papel que constituía la red de informantes de la vida cotidiana de la población y que estaba compuesta por cientxs de ciudadanxs anónimxs. Esto llevó al intento por evitar hacer públicos los documentos, argumentando la necesidad de mantener la paz social del proceso de reunificación. En la actualidad, el archivo lo alberga el museo-memorial ubicado en la antigua cárcel de la Stasi de Berlín.

En 1989 se realizó en Estocolmo, Suecia, la Internacional Socialista bajo el lema ‘Cien Años de Lucha por la Paz y la Libertad–Hacia un Nuevo Siglo’. Así, se consolidó su giro socialdemócrata, desvinculándose de la base marxista-leninista y alineándose con la democracia pluralista, bajo la idea de un ‘capitalismo más humano’ y la premisa de la convivencia entre lo público y lo privado.

Poco después, en 1993, en Budapest y bajo el proceso de transformación post caída del bloque soviético, el magnate George Soros creó la Open Society Archives. Con proyectos supuestamente filantrópicos, la fundación ha monopolizado gran parte de investigaciones, documentación y proyectos de archivos no solo de Hungría, sino también de Europa central y del Este, así como de África central y Sudáfrica durante la Guerra Fría, dando su propia lectura a los procesos geopolíticos de esta zona del mundo a lo largo del siglo XX.

Con la muerte de Francisco Franco, España vivió una transición entre 1976 y 1982 marcada por la firma de los Pactos de la Moncloa y la aparición de una constitución (Ley de Amnistía de 1977) con claras huellas de franquismo, que equiparaba a vencedorxs y vencidxs de la Guerra Civil y relativizaba el proceso de cuarenta años de dictadura, relegando la memoria de las víctimas a la esfera privada. Hubo que esperar hasta el 2022 para la llegada de la Ley de Memoria Democrática,8 ciertamente insuficiente ya que limitaba su función a algunas prestaciones de apoyo a afectados directos y una larga lista de gestos simbólicos. Hoy, con el repunte de las derechas mundiales y los fascismos, esta ley está en peligro de desaparecer.

Si bien las transiciones democráticas en el Cono Sur tienen sus narrativas particulares, todas ellas responden al mismo proceso global de normalización de los procesos de neoliberalización. Chile, por ejemplo, es un caso del perfeccionamiento del modelo de las transiciones europeas: «durante diecisiete años se criminalizó la política, la democracia y los derechos civiles, generando un temor irracional al trabajo político, a pensar distinto, a debatir ideas, a pensar en cambios. Todos nos convertimos en sujetos “políticamente correctos”, sólo sentíamos».9 La transición chilena tuvo una función de clausura del deseo colectivo de cambio tras la dictadura.

Esa normalización democrática se tenía que “establecer en un consenso para controlar la pluralidad heterogénea de lo social”, por lo que era necesario “disciplinar antagonismos y confrontaciones, fijando límites destinados a proteger el acuerdo de todo aquello susceptible de desbordar la formalidad de su acto de constitución”.10 Mesas de diálogo sin presencia de todxs lxs afectadxs directxs, memoriales, la “justicia en la medida de lo posible”,11 líneas discursivas unificadoras y un museo fueron construyendo un relato único de la resistencia a la dictadura sin conflicto.12 Al baile democrático no todxs estaban invitadxs, y el discurso del miedo siguió operando.13

En el caso de Argentina, la llegada al poder en 1983 de Raúl Alfonsín, miembro del partido de centro Unión Cívica Radical, dio inicio al periodo de transitoriedad democrática. El gobierno siguió las directrices del nuevo orden mundial y su gestión fue reconocida por la ambigüedad de tratados económicos y la formalización de las políticas de impunidad frente a las violaciones sistemáticas de los derechos humanos durante la dictadura.14 La transición democrática sirvió también como hoja de ruta para profundizar las políticas neoliberales. Argentina vivió desde mediados de los años noventa un proceso de privatización y el intento de reducción del Estado bajo los dos gobiernos de Carlos Saúl Menem (1989-1999).15 En este periodo fueron aprobadas las leyes de indulto, que dejaba en libertad a miembrxs de las fuerzas armadas que habían sido juzgadxs por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura.

Así, queda en evidencia que la impunidad sirve de garantía para la continuidad de las formas de violencia, pues como señala Rita Laura Segato: “el terror de Estado de las dictaduras ha dejado paso a un terror difuso que se instala capilarmente en la sociedad, con nuevas formas de ejercer la violencia en términos de su aparato legal”.16

 

El captación de los archivos

Uno de los sucesos más esperados por cientxs de investigadorxs, historiadorxs y miembrxs de movimientos sociales contra las dictaduras y regímenes autoritarios de la Guerra Fría en el sur del mundo fue la desclasificación de los archivos de la Central Intelligence Agency (CIA). Este acto fue visto como una promesa para obtener toda esa información que antes había sido negada y que podría ayudar a reconstruir la memoria de lo acontecido en los años del siniestro Plan Cóndor.

La gran sorpresa fue que dichos archivos estaban completamente tachados, permitiendo el acceso a muy poca información. Esto constituye una de las maneras más claras del carácter del archivo como máquina estatal de ordenamiento, de la que nos habla Maximiliano Tello en Anarchivismo.17 El gesto de la tachadura es, en sí, un archivo de esxs millones de desaparecidxs, ejecutadxs, exiliadxs, asesinadxs y perseguidxs por el poder de los Estados.

Por su parte, fundaciones internacionales como Ford, Rockefeller y Open Society18 comenzaron a financiar proyectos e investigaciones sobre memoria en Latinoamérica, Europa del Este y África. Si bien tanto la Fundación Ford como la Fundación Rockefeller ya tenían presencia en Latinoamérica desde la década de los sesenta, el énfasis en programas sobre cultura, arte, archivos, memoria y derechos humanos fue clave entre los años ochenta y noventa para delinear un marco político a consagrar.19 Lo mismo hicieron instituciones culturales, académicas y artísticas de países europeos, fijando gran interés en la adquisición de archivos de movimientos sociales, colectivos, intelectuales, proyectos culturales y de artistas de los últimos 50 años.20

Mantener y recuperar la memoria colectiva 

No se trata de que lo pasado arroje su luz sobre lo presente o lo presente sobre lo pasado; la imagen es aquello en donde el pasado y el presente se juntan para construir. Mientras que la relación del antes con el ahora es puramente temporal (continua), la del pasado con el presente es una relación dialéctica, a saltos.  –Walter Benjamin21

 

Si bien la desclasificación de archivos, la creación de instituciones financiando investigaciones y la recuperación de archivos, así como la construcción de memoriales, archivos públicos, etc., sirvieron como una fuente necesaria para empezar a reconstruir la historia de la violencia de más de medio siglo, también marcaron las líneas de una memoria hegemónica que, por omisión o negación, borraron otra enorme parte de las narraciones que han servido como escenario para el nuevo orden mundial neo-liberal. Pero la memoria es porfiada y los archivos no son únicamente documentos; en paralelo, se han levantado otros procesos, otras metodologías que escapan a la lógica archivística oficial y que disputan la narración hegemónica de la memoria.

Contra la instalación y radicalización del neoliberalismo y el neocolonialismo, el trabajo de reconstrucción de nuestras memorias se ha sostenido por activistas, militantxs, sobrevivientxs, investigadorxs, agentxs culturales y generaciones de artistas y creadorxs. Los ejemplos más emblemáticos han sido sostenidos por lxs propixs sobrevivientxs de crímenes de lesa humanidad y genocidios en diferentes rincones del planeta.

Desde Argentina a Indonesia, de Colombia a México, de Filipinas a Mozambique, de Chile a Palestina, el trabajo de estas organizaciones ha sido fundamental. La tarea sostenida de los organismos de defensa de los derechos humanos, como el Archivo Vicaría de la Solidaridad, en Chile;22 la asociación Madres de Plaza de Mayo, en Argentina;23 o los Archivos de la Represión.24 Esta labor ha servido, entre muchas cosas, para saber sobre lxs responsablxs directxs y sobre los millones de personas afectadas por la violencia estatal y los millones de personas detenidas y desaparecidas.

El trabajo que desde diferentes trincheras se ha realizado, como el periodismo, las ciencias sociales o el arte, ha sostenido la búsqueda de información, la mantención de documentos y archivos y la recopilación de testimonios, imágenes y pruebas, todo con la intención de brindarle sustento a sus narraciones. En este marco fueron surgiendo memorias que se tejen desde lo biográfico a lo colectivo, desde lo cotidiano a la ficción y desde unos posibles pasados que interpelan el marco hegemónico de la memoria. Hache Mau, pensadore anticolonial, cuir y migrante, señala que:

Cuando la pregunta racista, clasista, sexista se repite generación tras generación, la respuesta no puede ser sólo individual, se transforma en relato coral. La vida cotidiana, los símbolos familiares, las conversaciones y las fotografías se convierten en piezas de un ensayo político que desvela la persistencia de la esclavitud en el presente. La pregunta por qué eres se transforma en interpelación a toda una sociedad, en desarme de su violencia estructural. Aquí la memoria negra, trans, indígena, migrante se inscribe como irreductible y necesaria, imposible de borrar de los relatos colectivos.25

Desde los movimientos sociales y políticos es posible ver cómo nacen y se desarrollan otros modos de hacer al archivo, trazando nuevas genealogías y dando vida a narraciones borradas, invisibilizadas o negadas. Fundamentalmente, se trata de proyectos de archivos activos, afectados y afectivos, archivos situados, precarios, disidentes. Aquí, el agenciamiento entre espacios de acción política, el arte y la contra-pedagogía han sido claves para dar vida a estas contranarrativas.

Estos archivos dan cuenta de las otras narraciones, presentándolas como parte de los procesos sociales, culturales y vitales en los que se desarrollan, y vinculando dichos procesos con sus contextos. Han servido como herramientas concretas para la búsqueda de justicia y para otorgarle el lugar de sujeto político a las comunidades que históricamente han sido despojadas de esta agencia.

Aquí queremos nombrar dos ejemplos vitales…

El Archivo de la Memoria Trans Argentina se levanta como un caso lleno de potencia al materializar la difícil y dolorosa historia de las luchas de las disidencias sexogenéricas. El archivo fue idea de Claudia Pía Baudracco y María Belén Correa, con la idea de proteger, construir y reivindicar la memoria trans argentina. Cuenta con una colección de más de 6 000 piezas (cartas, documentos, fotografías, objetos) que temporalmente van desde el inicio del siglo XX hasta la década de los noventa.

Se despliega como esa historia no oficial de represión, vida, luchas políticas, goce y amor; el carnaval, como excepcionalidad festiva de uso del espacio público para aquellxs cuerpxs privadxs de ese espacio; la fiesta y goce, como reivindicación frente a la violencia, la represión y la muerte; el exilio, vivido desde la invisibilidad, la soledad y el silencio, narrados desde imágenes cotidianas que dan cuenta de esa otra historia que, incluso, los movimientos sociales de lucha contra la dictadura no registraron. En 2024, gracias al trabajo del Archivo de la Memoria Trans Argentina y a los testimonios de compañeras sobrevivientes del terrorismo de Estado, se dio la primera sentencia por crímenes de lesa humanidad cometidos en Pozo de Banfield, centro clandestino de detención y tortura contra el colectivo trans.26

En Ecuador, la Asociación Gay Transgénero Coccinelle fue una de las organizaciones pioneras en la lucha por los derechos de las disidencias sexuales en Ecuador. Su legado y lucha quedaron plasmados en fotografías y documentos que, casi por instinto de sobrevivencia, fueron guardados y archivados por una de sus voceras, Purita Pelayo (Alberto Cabral), quien tuvo la lucidez de fotografiar y guardar información de cada actividad, evento y noticia que se generó en torno a los años de lucha de Coccinelle. Gracias a estas luchas, en 1997 se logró la abolición del artículo 516 y la despenalización de la homosexualidad en Ecuador.

En la actualidad, tal archivo no sólo es el resguardo de la memoria de este movimiento, sino una herramienta efectiva para una lucha que sigue en pie. En mayo del 2019, en el marco de la conmemoración del Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia, organizaciones de derechos humanos y activistas interpusieron una demanda: graves violaciones a los derechos humanos a la comunidad LGBTI en Ecuador durante los años de lucha por despenalización de la homosexualidad. Las fojas de evidencias fueron aquellas que el propio archivo se ha encargado de mantener y resguardar.

Estos archivos, personales y colectivos, buscan custodiar legados de movimientos y procesos sociales, guiados por directrices que disputan las formas institucionales y hegemónicas del archivo. Hache Mau señala que “las contra-archivas se reconocen como cuerpos vivos, fragmentos insurgentes, huellas indóciles. Nos recuerdan que narrar no es acumular, sino sostener la memoria como fuerza vital. Nos enseñan que el eco del pasado nunca es neutral, que su reverberación en el presente es también lucha, y que imaginar otros futuros exige habitar la contra-archiva como campo de batalla, constelación y canto”.27 Se trata de archivos que buscan poder activarse en el presente por quienes investigan y son parte. Son archivos situados28 buscando cambiar el rol de quien investiga, así como su posterior acceso y resguardo, y que nacen desde un intercambio de saberes mas no como procesos de extracción.

Philippe Atierès señala que estos archivos son “precarios y frágiles por su propia naturaleza”,29 constituidos con la dificultad de encontrar documentos y registros. Los relatos son fragmentados, dispersos y heterogéneos, que niegan el registro normalizador de la maquinaria estatal de ordenamiento. Son archivos que se abordan desde espacios de subjetividad, enmarcados en procesos de trauma y violencia, pero con una posición política de combate y transformación social, o tal como los llama Ann Cvetrkovich: archivos de sentimiento.

Hache Mau indica que “fotografías de marchas, fiestas, audios, cuerpos en tránsito y afectos compartidos narran la lucha de quienes decidieron existir, aunque todo lo negara. No son imágenes nostálgicas, son huellas insurgentes, insistencias en que vivir, simplemente vivir, ya es una forma de venganza frente al borrado sistemático”.

  • 1. Walter Benjamin, Tesis XVIII. Falta la referencia completa.
  • 2. El bombardeo a La Moneda de todas maneras se iba a hacer porque no era para sacar a Allende y los GAP, a ellos se les podía sacar igual con tanques y la infantería. El verdadero objetivo del bombardeo era simbólico. El golpe tenía que ser ejemplarizador y que más ejemplarizador que un par de bombardeos. Eso iba a desmoralizar a las fuerzas subversivas y paralizar cualquier intento de oponerse y alargar el enfrentamiento. Sabíamos que los subversivos tenían armas, pocas, pero tenían. Jorge Ballerino entrevistado el año 2003.
  • 3. Guy Debord, La sociedad del espectáculo (Madrid: Editorial Pre-Textos, 2000).
  • 4. Lina Meruane, Viajes virales. La crisis del contagio global en la escritura del Sida (Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica, 2007).
  • 5. Pilar Cordeira, Los usos políticos de la memoria (Buenos Aires: CLACSO, 2006).
  • 6. Nelly Richard, Políticas y estéticas de la memoria (Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio, 2000).
  • 7. Alice Creisher, Sin título. Colección MACBA.
  • 8. Wikipedia, “Ley de Memoria Democrática”. Consultado en febrero 2026, en: https://es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_Memoria_Democr%C3%A1tica
  • 9. Nancy Guzmán, La dieta de los honorables (Santiago de Chile: Editorial Planeta, 2017).
  • 10. Nelly Richard, Residuos y metáforas: ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la transición, (Santiago de Chile: Cuarto Propio, 1998).
  • 11. Pronunciado por Patricio Aylwin en 1991, el primer presidente de la transición, en su discurso inaugural de gobierno.
  • 12. El año 2010 fue creado el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, cuya función es “dar a conocer las violaciones sistemáticas de los derechos humanos por parte del Estado de Chile entre los años 1973-1990, para que, a través de la reflexión ética sobre la memoria, la solidaridad y la importancia de los derechos humanos, se fortalezca la voluntad nacional para que Nunca Más se repitan hechos que afecten la dignidad del ser humano”.
  • 13. Una vez llegada la transición democrática, el Estado desarticuló los servicios de inteligencia formados por la dictadura y creó la llamada “oficina de seguridad nacional”, que cumpliría la función de desarticular a los aparatos militares formados durante la dictadura por algunos partidos de izquierda, como el FPMR (PC) o el Mapu-Lautaro (MAPU). Por su parte, el discurso de “normalización” se basó en el miedo permanente que los medios de comunicación instalaron desde el discurso de “seguridad ciudadana”, así como de la “fragilidad democrática”, lo cual favoreció a la imposibilidad de transformaciones sustanciales a la institucionalidad heredada de la dictadura (Constitución del 80), que sigue siendo la base del marco democrático chileno.
  • 14. En 1986, Raúl Alfonsín firmó las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que impidieron enjuiciar a la mayor parte de los responsables de la represión durante la dictadura argentina. Por su parte, el informe del “Nunca Más”, realizado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), dejo un marco complejo que se conocería como teoría de los dos demonios, equiparando la violencia estatal sistemática (terrorismo de Estado) con la violencia de las organizaciones que apostaron por la lucha armada.
  • 15. Debido a las políticas neoliberales de los primeros cinco años de la presidencia de Menem, más de 60 empresas del estado fueron privatizadas, concesionadas o simplemente disueltas.
  • 16. Laura Rita Segato, La Guerra contra las mujeres.(Madrid, Traficantes de Sueños,2016).
  • 17. Andrés Maximiliano Tello, Anarchivismo. Tecnologías políticas del archivo (Santiago de Chile: Ediciones La Cebra, 2018).
  • 18. Open Society Foundations, “The Open Society Foundation y George Soros”. Consultado febrero 2026, en: https://www.opensocietyfoundations.org/newsroom/open-society-foundations-and-george-soros/es?gad_source=1&gad_campaignid=10021193685&gclid=CjwKCAiAncvMBhBEEiwA9GU_fprnLQSnqfQ0AkcOMgGTgL9qK1xyrxTcrrVS0aqR3Dx4yPNz4-0XIxoCN6cQAvD_BwE
  • 19. Entre 1997 y 2000, la Fundación Rockefeller financió un programa fundamental titulado “Postdictadura y transición democrática: identidades sociales, prácticas culturales y lenguajes estéticos”, una colaboración entre la Universidad ARCIS, la Corporación La Morada, la Revista de Crítica Cultural. El programa fue dirigido por Nelly Richard, dentro de la desaparecida Universidad ARCIS.
  • 20. Las organizaciones culturales de carácter bilateral, como los centros culturales dependientes de embajadas, consulados o estados de Europa (Cervantes, CCCE, Goethe, British, Institute français), fueron también buenos diseñadores de políticas que sostenían el modelo económico, social y político. Sería interesante sumar la necesidad de los centros de poder del norte global, en plena Guerra Fría, de producir campos de influencia en territorios del sur global a través de las ciencias sociales, la cultura y el arte. Un ejemplo de esto es el llamado Proyecto Camelot (1963-1965) y los programas de intercambio de centros de estudios y universidades de países como Chile, Argentina e, incluso, la España franquista. Según algunas investigaciones, parte del apoyo de los llamados “Chicagos Boys” se obtuvo a través de la financiación de instituciones como Ford y Rockefeller.
  • 21. Walter Benjamin, Libro de los pasajes (Madrid, Ediciones Akal, 2005).
  • 22. FASIC, “Archivo Documental”. Consultado febrero 2026, en: https://fasic.cl/wp/archivo-documental/
  • 23. Asociación Madres de Plaza de Mayo, “El archivo histórico de las Madres de Plaza de Mayo: un triunfo de la memoria”. Consultado febrero 2026, en: https://madres.org/el-archivo-historico-de-las-madres-de-plaza-de-mayo-un-triunfo-de-la-memoria/
  • 24. Archivos de la represión, Consultado febrero 2026, en: https://archivo.archivosdelarepresion.org/
  • 25. Hache Mau, “Memorias, narrativas y contra-archivas”, texto de publicación de la exposición colectiva Susurros Bulla y Paradojas. Tentativas para una política de la enunciación (Barcelona, Centre d’Art Santa Mònica, 2025-2026).
  • 26. María Clara Lomos, “La Justicia argentina reconoce a personas trans como víctimas de delitos de lesa humanidad en un fallo histórico”, El País, 26 de marzo de 2024. Consultado en febrero 2026, en: https://elpais.com/argentina/2024-03-27/la-justicia-argentina-reconoce-a-personas-trans-como-victimas-de-delitos-de-lesa-humanidad-en-un-fallo-historico.html
  • 27. Hache Mau, “Memorias, narrativas y contra-archivas”, op. cit.
  • 28. Donna Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza (Madrid: Cátedra,1995).
  • 29. Philippe Artières, Los archivos del Sida. Entre lo individual y lo colectivo, una memoria viva (Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2008), p. 184.

Esta época escasa que vivimos fue preparada con larga violencia; lo fue también por los técnicos del lenguaje.

–G. Santa Cruz

Repetidas veces hemos escuchado expresiones como “nunca vivimos algo así”, “esto que estamos viviendo es totalmente nuevo”, “cómo es posible que estemos viendo, escuchando y viviendo todo esto”. Cuando nos referimos a esto, hablamos de las nuevas/viejas maneras de gobernanza democrática/autoritaria, algo que, lejos de ser nuevo, es en realidad, como diría Walter Benjamin,1 un continuum de la historia.

Asistimos al aparente retorno renovado de violencias presuntamente superadas: violencias coloniales, patriarcales, capitalistas, racistas, extractivistas. Estas, en realidad, nunca se fueron, y se ha vuelto más explícita la marca de las políticas de borramiento de nuestras memorias: aquellas que dan cuenta de toda la resistencia al marco normativo capitalista, patriarcal y colonial; aquellas que han sostenido la memoria de todos los intentos de transformación.

Lo que hoy se suele llamar orden mundial sólo ha sido una ficción momentánea entre pares del norte global tras sus dos grandes guerras en el siglo XX, cuando se vieron sumidos en el mismo régimen de violencia con el que, durante siglos, sometieron al resto del planeta; un orden pactado, que únicamente imperó dentro de los marcos de las democracias liberales de aquél norte global. Hoy se habla de ‘crisis civilizatoria’ para referirse a esta forma de vida, basada en el despojo y violencia, instaurada desde Occidente. Esta civilización, acuñada en el marco de la modernidad y la ilustración, impuso una sola forma de habitar la vida y el mundo, anulando todo lo que no entrara en su marco. Para ello, ha necesitado también borrar sistemáticamente las memorias de lo preexistente y de lo que ha resistido al sistema.

Por eso, hoy la disputa del relato es más necesaria que nunca: articular desde la/s memoria/s personal/es y colectiva/s; desde las prácticas artísticas, sociales y políticas con nuestras alianzas y genealogías, que emergen en el cruce entre lucha social y experimentación estética; desde la pregunta por la imagen como fuerza política; desde la necesidad de imaginar juntxs, afectadxs por la historia; y desde la necesidad de colectivizar la imaginación no como consigna vacía, sino como apuesta vital.

El régimen de la memoria neoliberal

Hay imágenes que inauguran épocas, y el bombardeo en 1973 del Palacio de La Moneda, en Chile, es una de ellas al condensar el inicio de un nuevo régimen político y visual: la neoliberalización del mundo. El golpe cívico-militar chileno se planeó y ejecutó como operación militar y como operación comunicacional con una imagen instantánea y ejemplificadora, que congela y activa el momento, señalando el devenir. En términos militares el bombardeo no era necesario,2 pero lo que sí resultaba necesario era su efecto visual; creaba un novedoso marco de realidad del nuevo orden mundial. Aquí la frase de Napoleón, “dirigir monárquicamente la energía de los recuerdos”, rescatada por Guy Debord,3 se hace carne.

A partir de los años ochenta, con el acelerado crecimiento de los medios audiovisuales, este nuevo régimen de producción y circulación de la imagen reorganizó profundamente la visualidad contemporánea. Esta transformación se intensificó con el desarrollo de los medios digitales, alcanzando un punto decisivo en la década de los noventa, en plena expansión de la llamada globalización, proceso que, aunque prometía la conexión sin límites y el fin de las fronteras, terminó siendo la expansión a escala global del neoliberalismo.

El internet y el flujo ilimitado de información fueron promesas de igualdad democrática no cumplidas por el sistema-mundo global.4 Para quienes trabajamos alrededor de la reproductividad de la imagen y la producción en los medios de comunicación, con un salto abrupto de lo analógico a lo digital, estos cambios se dieron a una temporalidad casi imposible de abrazar, transformando muy rápidamente las formas de hacer y las prácticas vinculadas al campo del arte y la visualidad.

Hoy, todo es imagen. Vivimos sumergidxs en flujos ininterrumpidos que circulan por pantallas de todos los tamaños, saturando la percepción, ralentizando el pensamiento crítico y fragmentando los vínculos sociales.

El régimen de la memoria neoliberal

Memoria no es sinónimo de recuerdo. La memoria es la construcción colectiva de una sociedad sobre ciertos hechos –políticos, sociales– que han sido traumáticos, transformadores o muy relevantes para tal sociedad. Por tanto, la memoria es siempre una acción colectiva que permite construir presente y posibilidades de futuro.

Las políticas institucionales de estas últimas décadas han tenido esto muy claro, gestionando la memoria para delinear un modelo económico, político, social y cultural específico: el capitalismo neoliberal, colonial y patriarcal. Como señala Pilar Cordeira:

Si toda memoria tiene la doble dificultad de reconocer los sentidos del pasado para conectarlos con los del presente, en el caso que nos ocupa –el tránsito del modelo bipolar al globalizado–, la dificultad se multiplica, precisamente porque lo que marca la diferencia entre uno y otro es una reconfiguración hegemónica que implica, como se señaló al principio, una reorganización económica, social, política, pero también una reorganización de los sistemas de valores y de lo que podríamos llamar las constelaciones de sentido.5

En esa misma línea, Nelly Richard, crítica de arte, afirma que:

Ejercer la memoria sirve para delatar las maniobras de borradura de las huellas que fabrican cotidianamente el olvido pasivo y su indiferencia. Sirve también para reanimar los restos aparentemente vencidos de un pasado lleno de simbolizaciones rotas, de quiebres ideológicos, de remanentes utópicos de una historicidad que, sin embargo, podría todavía re-imaginarse deseante para zafarse de la monotonía de este presente rutinizado por la tecnocracia de los expertos.6

Tras la caída del muro de Berlín, y durante la instalación del nuevo orden mundial post Guerra Fría, las socialdemocracias mundiales impulsaron investigaciones que establecieran relatos y memorias acordes al nuevo modelo. Para ello, construyeron monumentos, memoriales, museos y lugares específicos donde fuera posible consumir tales relatos.

Alemania, por ejemplo, se unificó bajo un discurso de reconciliación, recreando un nuevo Estado-nación bajo la amnesia colectiva sobre procesos traumáticos y de resistencia de un siglo. Como señala el artista Alice Creisher:

[…] después de la unificación de las dos Alemanias se iniciaba una nueva y desvergonzada reconstrucción, como si los responsables por fin adquirieron el derecho de expresarse mutuamente su satisfacción… Nunca entendimos los sucesos que siguen como una cadena de causalidades. Siempre pensamos que aquí, en nuestro ámbito, éramos todos gente de izquierdas, o al menos progresistas. Pero mucho tiempo después llegamos a entender que el progresismo había tomado otro rumbo.7

En el mismo momento, los Estados del bloque soviético comenzaron a hacer públicos cientos de archivos de los aparatos de inteligencia nacionales. Uno de ellos fue el de la Stasi, de Alemania del este, que operó de 1950 a 1990. En 1995, luego de haber sido prácticamente destruidos durante la reunificación, se inició su recuperación. El abogado John Koeller destapó el papel que constituía la red de informantes de la vida cotidiana de la población y que estaba compuesta por cientxs de ciudadanxs anónimxs. Esto llevó al intento por evitar hacer públicos los documentos, argumentando la necesidad de mantener la paz social del proceso de reunificación. En la actualidad, el archivo lo alberga el museo-memorial ubicado en la antigua cárcel de la Stasi de Berlín.

En 1989 se realizó en Estocolmo, Suecia, la Internacional Socialista bajo el lema ‘Cien Años de Lucha por la Paz y la Libertad–Hacia un Nuevo Siglo’. Así, se consolidó su giro socialdemócrata, desvinculándose de la base marxista-leninista y alineándose con la democracia pluralista, bajo la idea de un ‘capitalismo más humano’ y la premisa de la convivencia entre lo público y lo privado.

Poco después, en 1993, en Budapest y bajo el proceso de transformación post caída del bloque soviético, el magnate George Soros creó la Open Society Archives. Con proyectos supuestamente filantrópicos, la fundación ha monopolizado gran parte de investigaciones, documentación y proyectos de archivos no solo de Hungría, sino también de Europa central y del Este, así como de África central y Sudáfrica durante la Guerra Fría, dando su propia lectura a los procesos geopolíticos de esta zona del mundo a lo largo del siglo XX.

Con la muerte de Francisco Franco, España vivió una transición entre 1976 y 1982 marcada por la firma de los Pactos de la Moncloa y la aparición de una constitución (Ley de Amnistía de 1977) con claras huellas de franquismo, que equiparaba a vencedorxs y vencidxs de la Guerra Civil y relativizaba el proceso de cuarenta años de dictadura, relegando la memoria de las víctimas a la esfera privada. Hubo que esperar hasta el 2022 para la llegada de la Ley de Memoria Democrática,8 ciertamente insuficiente ya que limitaba su función a algunas prestaciones de apoyo a afectados directos y una larga lista de gestos simbólicos. Hoy, con el repunte de las derechas mundiales y los fascismos, esta ley está en peligro de desaparecer.

Si bien las transiciones democráticas en el Cono Sur tienen sus narrativas particulares, todas ellas responden al mismo proceso global de normalización de los procesos de neoliberalización. Chile, por ejemplo, es un caso del perfeccionamiento del modelo de las transiciones europeas: «durante diecisiete años se criminalizó la política, la democracia y los derechos civiles, generando un temor irracional al trabajo político, a pensar distinto, a debatir ideas, a pensar en cambios. Todos nos convertimos en sujetos “políticamente correctos”, sólo sentíamos».9 La transición chilena tuvo una función de clausura del deseo colectivo de cambio tras la dictadura.

Esa normalización democrática se tenía que “establecer en un consenso para controlar la pluralidad heterogénea de lo social”, por lo que era necesario “disciplinar antagonismos y confrontaciones, fijando límites destinados a proteger el acuerdo de todo aquello susceptible de desbordar la formalidad de su acto de constitución”.10 Mesas de diálogo sin presencia de todxs lxs afectadxs directxs, memoriales, la “justicia en la medida de lo posible”,11 líneas discursivas unificadoras y un museo fueron construyendo un relato único de la resistencia a la dictadura sin conflicto.12 Al baile democrático no todxs estaban invitadxs, y el discurso del miedo siguió operando.13

En el caso de Argentina, la llegada al poder en 1983 de Raúl Alfonsín, miembro del partido de centro Unión Cívica Radical, dio inicio al periodo de transitoriedad democrática. El gobierno siguió las directrices del nuevo orden mundial y su gestión fue reconocida por la ambigüedad de tratados económicos y la formalización de las políticas de impunidad frente a las violaciones sistemáticas de los derechos humanos durante la dictadura.14 La transición democrática sirvió también como hoja de ruta para profundizar las políticas neoliberales. Argentina vivió desde mediados de los años noventa un proceso de privatización y el intento de reducción del Estado bajo los dos gobiernos de Carlos Saúl Menem (1989-1999).15 En este periodo fueron aprobadas las leyes de indulto, que dejaba en libertad a miembrxs de las fuerzas armadas que habían sido juzgadxs por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura.

Así, queda en evidencia que la impunidad sirve de garantía para la continuidad de las formas de violencia, pues como señala Rita Laura Segato: “el terror de Estado de las dictaduras ha dejado paso a un terror difuso que se instala capilarmente en la sociedad, con nuevas formas de ejercer la violencia en términos de su aparato legal”.16

 

El captación de los archivos

Uno de los sucesos más esperados por cientxs de investigadorxs, historiadorxs y miembrxs de movimientos sociales contra las dictaduras y regímenes autoritarios de la Guerra Fría en el sur del mundo fue la desclasificación de los archivos de la Central Intelligence Agency (CIA). Este acto fue visto como una promesa para obtener toda esa información que antes había sido negada y que podría ayudar a reconstruir la memoria de lo acontecido en los años del siniestro Plan Cóndor.

La gran sorpresa fue que dichos archivos estaban completamente tachados, permitiendo el acceso a muy poca información. Esto constituye una de las maneras más claras del carácter del archivo como máquina estatal de ordenamiento, de la que nos habla Maximiliano Tello en Anarchivismo.17 El gesto de la tachadura es, en sí, un archivo de esxs millones de desaparecidxs, ejecutadxs, exiliadxs, asesinadxs y perseguidxs por el poder de los Estados.

Por su parte, fundaciones internacionales como Ford, Rockefeller y Open Society18 comenzaron a financiar proyectos e investigaciones sobre memoria en Latinoamérica, Europa del Este y África. Si bien tanto la Fundación Ford como la Fundación Rockefeller ya tenían presencia en Latinoamérica desde la década de los sesenta, el énfasis en programas sobre cultura, arte, archivos, memoria y derechos humanos fue clave entre los años ochenta y noventa para delinear un marco político a consagrar.19 Lo mismo hicieron instituciones culturales, académicas y artísticas de países europeos, fijando gran interés en la adquisición de archivos de movimientos sociales, colectivos, intelectuales, proyectos culturales y de artistas de los últimos 50 años.20

Mantener y recuperar la memoria colectiva 

No se trata de que lo pasado arroje su luz sobre lo presente o lo presente sobre lo pasado; la imagen es aquello en donde el pasado y el presente se juntan para construir. Mientras que la relación del antes con el ahora es puramente temporal (continua), la del pasado con el presente es una relación dialéctica, a saltos.  –Walter Benjamin21

 

Si bien la desclasificación de archivos, la creación de instituciones financiando investigaciones y la recuperación de archivos, así como la construcción de memoriales, archivos públicos, etc., sirvieron como una fuente necesaria para empezar a reconstruir la historia de la violencia de más de medio siglo, también marcaron las líneas de una memoria hegemónica que, por omisión o negación, borraron otra enorme parte de las narraciones que han servido como escenario para el nuevo orden mundial neo-liberal. Pero la memoria es porfiada y los archivos no son únicamente documentos; en paralelo, se han levantado otros procesos, otras metodologías que escapan a la lógica archivística oficial y que disputan la narración hegemónica de la memoria.

Contra la instalación y radicalización del neoliberalismo y el neocolonialismo, el trabajo de reconstrucción de nuestras memorias se ha sostenido por activistas, militantxs, sobrevivientxs, investigadorxs, agentxs culturales y generaciones de artistas y creadorxs. Los ejemplos más emblemáticos han sido sostenidos por lxs propixs sobrevivientxs de crímenes de lesa humanidad y genocidios en diferentes rincones del planeta.

Desde Argentina a Indonesia, de Colombia a México, de Filipinas a Mozambique, de Chile a Palestina, el trabajo de estas organizaciones ha sido fundamental. La tarea sostenida de los organismos de defensa de los derechos humanos, como el Archivo Vicaría de la Solidaridad, en Chile;22 la asociación Madres de Plaza de Mayo, en Argentina;23 o los Archivos de la Represión.24 Esta labor ha servido, entre muchas cosas, para saber sobre lxs responsablxs directxs y sobre los millones de personas afectadas por la violencia estatal y los millones de personas detenidas y desaparecidas.

El trabajo que desde diferentes trincheras se ha realizado, como el periodismo, las ciencias sociales o el arte, ha sostenido la búsqueda de información, la mantención de documentos y archivos y la recopilación de testimonios, imágenes y pruebas, todo con la intención de brindarle sustento a sus narraciones. En este marco fueron surgiendo memorias que se tejen desde lo biográfico a lo colectivo, desde lo cotidiano a la ficción y desde unos posibles pasados que interpelan el marco hegemónico de la memoria. Hache Mau, pensadore anticolonial, cuir y migrante, señala que:

Cuando la pregunta racista, clasista, sexista se repite generación tras generación, la respuesta no puede ser sólo individual, se transforma en relato coral. La vida cotidiana, los símbolos familiares, las conversaciones y las fotografías se convierten en piezas de un ensayo político que desvela la persistencia de la esclavitud en el presente. La pregunta por qué eres se transforma en interpelación a toda una sociedad, en desarme de su violencia estructural. Aquí la memoria negra, trans, indígena, migrante se inscribe como irreductible y necesaria, imposible de borrar de los relatos colectivos.25

Desde los movimientos sociales y políticos es posible ver cómo nacen y se desarrollan otros modos de hacer al archivo, trazando nuevas genealogías y dando vida a narraciones borradas, invisibilizadas o negadas. Fundamentalmente, se trata de proyectos de archivos activos, afectados y afectivos, archivos situados, precarios, disidentes. Aquí, el agenciamiento entre espacios de acción política, el arte y la contra-pedagogía han sido claves para dar vida a estas contranarrativas.

Estos archivos dan cuenta de las otras narraciones, presentándolas como parte de los procesos sociales, culturales y vitales en los que se desarrollan, y vinculando dichos procesos con sus contextos. Han servido como herramientas concretas para la búsqueda de justicia y para otorgarle el lugar de sujeto político a las comunidades que históricamente han sido despojadas de esta agencia.

Aquí queremos nombrar dos ejemplos vitales…

El Archivo de la Memoria Trans Argentina se levanta como un caso lleno de potencia al materializar la difícil y dolorosa historia de las luchas de las disidencias sexogenéricas. El archivo fue idea de Claudia Pía Baudracco y María Belén Correa, con la idea de proteger, construir y reivindicar la memoria trans argentina. Cuenta con una colección de más de 6 000 piezas (cartas, documentos, fotografías, objetos) que temporalmente van desde el inicio del siglo XX hasta la década de los noventa.

Se despliega como esa historia no oficial de represión, vida, luchas políticas, goce y amor; el carnaval, como excepcionalidad festiva de uso del espacio público para aquellxs cuerpxs privadxs de ese espacio; la fiesta y goce, como reivindicación frente a la violencia, la represión y la muerte; el exilio, vivido desde la invisibilidad, la soledad y el silencio, narrados desde imágenes cotidianas que dan cuenta de esa otra historia que, incluso, los movimientos sociales de lucha contra la dictadura no registraron. En 2024, gracias al trabajo del Archivo de la Memoria Trans Argentina y a los testimonios de compañeras sobrevivientes del terrorismo de Estado, se dio la primera sentencia por crímenes de lesa humanidad cometidos en Pozo de Banfield, centro clandestino de detención y tortura contra el colectivo trans.26

En Ecuador, la Asociación Gay Transgénero Coccinelle fue una de las organizaciones pioneras en la lucha por los derechos de las disidencias sexuales en Ecuador. Su legado y lucha quedaron plasmados en fotografías y documentos que, casi por instinto de sobrevivencia, fueron guardados y archivados por una de sus voceras, Purita Pelayo (Alberto Cabral), quien tuvo la lucidez de fotografiar y guardar información de cada actividad, evento y noticia que se generó en torno a los años de lucha de Coccinelle. Gracias a estas luchas, en 1997 se logró la abolición del artículo 516 y la despenalización de la homosexualidad en Ecuador.

En la actualidad, tal archivo no sólo es el resguardo de la memoria de este movimiento, sino una herramienta efectiva para una lucha que sigue en pie. En mayo del 2019, en el marco de la conmemoración del Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia, organizaciones de derechos humanos y activistas interpusieron una demanda: graves violaciones a los derechos humanos a la comunidad LGBTI en Ecuador durante los años de lucha por despenalización de la homosexualidad. Las fojas de evidencias fueron aquellas que el propio archivo se ha encargado de mantener y resguardar.

Estos archivos, personales y colectivos, buscan custodiar legados de movimientos y procesos sociales, guiados por directrices que disputan las formas institucionales y hegemónicas del archivo. Hache Mau señala que “las contra-archivas se reconocen como cuerpos vivos, fragmentos insurgentes, huellas indóciles. Nos recuerdan que narrar no es acumular, sino sostener la memoria como fuerza vital. Nos enseñan que el eco del pasado nunca es neutral, que su reverberación en el presente es también lucha, y que imaginar otros futuros exige habitar la contra-archiva como campo de batalla, constelación y canto”.27 Se trata de archivos que buscan poder activarse en el presente por quienes investigan y son parte. Son archivos situados28 buscando cambiar el rol de quien investiga, así como su posterior acceso y resguardo, y que nacen desde un intercambio de saberes mas no como procesos de extracción.

Philippe Atierès señala que estos archivos son “precarios y frágiles por su propia naturaleza”,29 constituidos con la dificultad de encontrar documentos y registros. Los relatos son fragmentados, dispersos y heterogéneos, que niegan el registro normalizador de la maquinaria estatal de ordenamiento. Son archivos que se abordan desde espacios de subjetividad, enmarcados en procesos de trauma y violencia, pero con una posición política de combate y transformación social, o tal como los llama Ann Cvetrkovich: archivos de sentimiento.

Hache Mau indica que “fotografías de marchas, fiestas, audios, cuerpos en tránsito y afectos compartidos narran la lucha de quienes decidieron existir, aunque todo lo negara. No son imágenes nostálgicas, son huellas insurgentes, insistencias en que vivir, simplemente vivir, ya es una forma de venganza frente al borrado sistemático”.