Apuntes sobre las andanzas de Un Solo Latido, la muestra conjunta de Rosa Elena Curruchich y Angélica Serech.

La exposición de Rosa Elena Curruchich y Angélica Serech abre un espacio donde la pintura y el textil entrelazan memoria y creación colectiva. B'alam Waykan García destaca la extraordinaria destreza técnica de ambas artistas mayas, cuyas obras, arraigadas en los quehaceres colectivos de su comunidad, desbordan los convencionalismos con los que históricamente se ha intentado definir el arte indígena. Sus prácticas activan saberes, memorias compartidas y formas de creación que mantienen viva su historia.

B’alam Waykan García
2026.08.05
Tiempo de lectura: 7 minutos

Sobre la energía, eso que mueve las cosas, no hizo falta una escuela ni un laboratorio para aprender su razonamiento; la sentí de pequeño cuando abracé a mi abuela y mi oreja quedó justo al lado de su corazón, cuando desgrané maíz tierno y mis dedos y uñas comenzaron a doler, cuando suspiré porque otros hombres también suspiraban recordando momentos que no viví. La energía es tiempo, el tiempo es paciencia, y la paciencia es un impulso en reposo. 

En Xa Jun Ruk’oxomal Qanima – Un Solo Latido, esta fluctuación se presenta de manera material y espacial a través de la escala y las técnicas pictóricas y textiles de Rosa Elena Curruchich y Angélica Serech, originarias del pueblo kaqchikel de Chixot, Comalapa. Inaugurada por primera vez en el Museo Universitario del Chopo, en Ciudad de México, bajo la curaduría de Miguel López, presencié con asombro la destreza técnica de dos mujeres mayas que, a través de quehaceres colectivos arraigados en su comunidad, escapaban de los convencionalismos que han intentado definir el arte indígena, si es que esta categoría verdaderamente existe. Suspendidas en el aire, cada una de las obras testifica un retazo de la historia pasada y reciente de su poblado, un esfuerzo generacional para construir aquello que solo se edifica a través de la herencia, y afortunadamente para nosotrxs, a través de la rebeldía de ambas artistas. 

Moverme en este espacio expositivo era encontrarme con paisanas y paisanos, gente de otros tiempos que, aún ubicándonos en otra geografía todo parecía familiar. Eran los colores y tramas de los textiles de Angélica Serech, los materiales orgánicos que construyen y sostienen las piezas gigantes, y los bordados que tocan el piso y vuelven a elevarse los que producían esa sensación de cercanía. Por supuesto, también estaban un sinfín de ventanitas que ilustran la vida cotidiana de Comalapa en cada una de las meticulosas pinturas de Rosa Elena, quien nos muestra los campos, las ceremonias, las travesuras y los desastres naturales que moldearon su vida y el tejido social de este lugar. 

Haciendo latir sus corazones al unísono, regresaron.

“Vinieron los rabinale’s, vinieron los sotz’iles, vinieron Ios tuquche’es, vinieron los tujalajay, los wuchab’ajay’, los ch’umilajay; también vinieron los lamaq’i’s, los kumätz… cuando vinimos nosotros la gente kaqchikel”.

El pasado 28 de febrero, esta muestra se inauguró en Antigua Guatemala en el espacio de arte contemporáneo: La Nueva Fábrica. Bajo la supervisión y cuidados de Ilaria Conti, se replica el formato expositivo anterior. Sin embargo, sucede algo que dinamiza el formato de la galería: ahora, el contexto está presente.

En este lugar, en principio, nos saluda el poema de Negma Coy: Ruk’oxomal taq K’uxaj, homenaje a la abuela Ixchel, del cual la muestra toma nombre y que enriquece la recepción de las obras como parte de una arquitectura comunitaria, sensible dentro y fuera de la galería. Además, se suman nuevas obras, alargando los imaginarios construidos por las artistas. Al fondo de la sala es proyectado un documental en donde Rosa Elena Curruchich narra de manera descriptiva la composición de sus pinturas, los agentes que formaron parte de su universo y sus vivencias como mujer pintora. Esta pieza audiovisual completa el ejercicio paciente de armar un mundo bajo lógicas comunales.      

Así, las artistas de esta exposición facilitan un punto de encuentro para las diferentes comunidades que atestiguan su trabajo, demostrando, además, la compleja red social y cultural que ha influenciado a Chixot y viceversa. Rosa Elena Curruchich ilustra cofradías kaqchikeles de Sololá, Patzún y otros departamentos del país –identificables por la variación de la indumentaria en los sujetos retratados–, mientras realizan actos ceremoniales dentro de su territorio. Por su parte, Angelica Serech, utiliza materiales no convencionales y técnicas de bordado contemporáneas, vinculadas también a la evolución de las diferentes tradiciones textiles empleadas por otras comunidades indígenas de Mesoamérica. Estos son valores etnográficos sobre relaciones muy antiguas, descritas también en textos medulares para la historia maya de Guatemala, como el Popol Wuj y el Memorial de Sololá, pero que se mueven con el andar del tiempo, refutando el retrato estático y folclórico sobre lo “indígena”.

Notablemente, ellas son ahora una influencia en el trabajo de las nuevas y nuevos creadores contemporáneos del país. Desatando el tiempo, lo han puesto en movimiento a través de la potestad técnica inherente en la pintura y la labor textil que aprendieron en la infancia que con paciencia, autonomía y obstinación, han dominado para contar sus propias vivencias –y la de sus pares– dentro del mundo artístico dominado por la institucionalidad y el patriarcado.    

En esta muestra, tratada con meticulosa empatía, habitar estas contradicciones es posible. Angélica Serech nos sorprende con una investigación material que deconstruye, desde el anverso, aquello que resulta visible en la indumentaria maya. En el reverso, en cambio, aparecen los nudos que sostienen esa experimentación, tal como se ha hecho siempre. En Mutar la Piel (2025), ambas caras del textil narran lo colectivo. Por un lado, los colores, los materiales y la semiótica inscrita en la indumentaria maya de Chixot; por el otro, los nombres de las y los hacedores de esos códigos. Nada se construye en soledad. Por su parte, Rosa Elena Curruchich, quien solo tuvo una exposición individual en su vida, logra posicionar su legado para la posteridad, a pesar de haber sido poco reconocida en el país y en su propia comunidad. 

En Rosa Elena pintando caserío Chosij (ca. 1990–1997), la artista se autorretrata de espaldas, pintando frente a una casa en el campo. La acompañan únicamente los sembradíos de legumbres, representados con un rigor minucioso, testimonio de un oficio de siembra que siempre ha sido colectivo. La obra constituye un testamento de una práctica artística que nunca cesó, así como del cuidado de sus familiares. En esa tierra, ninguna planta retoñó sola. Asimismo, en Mi abuelo Andrés (1996), Rosa Elena es cargada por su padre mientras ambos observan a su abuelo, Andrés Curruchich (1891–1969), pintar a través de una pequeña ventana junto a la calle. La escena muestra un gesto que otras infancias de su comunidad también replican. Como elles, nosotrxs participamos en esta pedagogía y somos integrades a la revelación del tejido comunal de Chixot. En Un Solo Latido, fuimos observadores de lo que se construye escuchando al corazón de los antepasados, de la destreza de sus manos creadoras y, con suspiros largos, atestiguamos su memoria.

Vengan

Aniden en mi ser

Vibren, palpiten en mis manos

Aquí recibo la voz de cada corazón

Kixampe…

Kixk’ase’ pa wanima

Kixk’iron pe Kixsilon pe pa taq nuq’a’

Re nink’ul apo ruk’oxomal ik’u’x

 

¹ Partida de los pueblos mayas desde Tulan. Otzoy C. Simón. Memorial de Sololá, Edición Facsimilar del manuscrito original. Comisión Interuniversitaria Guatemalteca de Conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. 1999.157.

² Energía femenina antigua, ligada a la luna, la maternidad, la creación y la sabiduría. Históricamente retratada como una anciana con símbolos acuáticos o tejiendo en telar de cintura.

³ Negma Coy. Ruk’oxomal Taq K’uxaj – Sonidos de Corazones.

Fotos instalación – Foto Ana Werren. Cortesía La Nueva Fábrica
Fotos instalación – Foto Ana Werren. Cortesía La Nueva Fábrica
Fotos instalación – Foto Ana Werren. Cortesía La Nueva Fábrica
Fotos Rosa Elena. Cortesía La Nueva Fábrica

Fotos instalación – Foto Ana Werren. Cortesía La Nueva Fábrica

Sobre la energía, eso que mueve las cosas, no hizo falta una escuela ni un laboratorio para aprender su razonamiento; la sentí de pequeño cuando abracé a mi abuela y mi oreja quedó justo al lado de su corazón, cuando desgrané maíz tierno y mis dedos y uñas comenzaron a doler, cuando suspiré porque otros hombres también suspiraban recordando momentos que no viví. La energía es tiempo, el tiempo es paciencia, y la paciencia es un impulso en reposo. 

En Xa Jun Ruk’oxomal Qanima – Un Solo Latido, esta fluctuación se presenta de manera material y espacial a través de la escala y las técnicas pictóricas y textiles de Rosa Elena Curruchich y Angélica Serech, originarias del pueblo kaqchikel de Chixot, Comalapa. Inaugurada por primera vez en el Museo Universitario del Chopo, en Ciudad de México, bajo la curaduría de Miguel López, presencié con asombro la destreza técnica de dos mujeres mayas que, a través de quehaceres colectivos arraigados en su comunidad, escapaban de los convencionalismos que han intentado definir el arte indígena, si es que esta categoría verdaderamente existe. Suspendidas en el aire, cada una de las obras testifica un retazo de la historia pasada y reciente de su poblado, un esfuerzo generacional para construir aquello que solo se edifica a través de la herencia, y afortunadamente para nosotrxs, a través de la rebeldía de ambas artistas. 

Moverme en este espacio expositivo era encontrarme con paisanas y paisanos, gente de otros tiempos que, aún ubicándonos en otra geografía todo parecía familiar. Eran los colores y tramas de los textiles de Angélica Serech, los materiales orgánicos que construyen y sostienen las piezas gigantes, y los bordados que tocan el piso y vuelven a elevarse los que producían esa sensación de cercanía. Por supuesto, también estaban un sinfín de ventanitas que ilustran la vida cotidiana de Comalapa en cada una de las meticulosas pinturas de Rosa Elena, quien nos muestra los campos, las ceremonias, las travesuras y los desastres naturales que moldearon su vida y el tejido social de este lugar. 

Haciendo latir sus corazones al unísono, regresaron.

“Vinieron los rabinale’s, vinieron los sotz’iles, vinieron Ios tuquche’es, vinieron los tujalajay, los wuchab’ajay’, los ch’umilajay; también vinieron los lamaq’i’s, los kumätz… cuando vinimos nosotros la gente kaqchikel”.

El pasado 28 de febrero, esta muestra se inauguró en Antigua Guatemala en el espacio de arte contemporáneo: La Nueva Fábrica. Bajo la supervisión y cuidados de Ilaria Conti, se replica el formato expositivo anterior. Sin embargo, sucede algo que dinamiza el formato de la galería: ahora, el contexto está presente.

En este lugar, en principio, nos saluda el poema de Negma Coy: Ruk’oxomal taq K’uxaj, homenaje a la abuela Ixchel, del cual la muestra toma nombre y que enriquece la recepción de las obras como parte de una arquitectura comunitaria, sensible dentro y fuera de la galería. Además, se suman nuevas obras, alargando los imaginarios construidos por las artistas. Al fondo de la sala es proyectado un documental en donde Rosa Elena Curruchich narra de manera descriptiva la composición de sus pinturas, los agentes que formaron parte de su universo y sus vivencias como mujer pintora. Esta pieza audiovisual completa el ejercicio paciente de armar un mundo bajo lógicas comunales.      

Fotos instalación – Foto Ana Werren. Cortesía La Nueva Fábrica

Así, las artistas de esta exposición facilitan un punto de encuentro para las diferentes comunidades que atestiguan su trabajo, demostrando, además, la compleja red social y cultural que ha influenciado a Chixot y viceversa. Rosa Elena Curruchich ilustra cofradías kaqchikeles de Sololá, Patzún y otros departamentos del país –identificables por la variación de la indumentaria en los sujetos retratados–, mientras realizan actos ceremoniales dentro de su territorio. Por su parte, Angelica Serech, utiliza materiales no convencionales y técnicas de bordado contemporáneas, vinculadas también a la evolución de las diferentes tradiciones textiles empleadas por otras comunidades indígenas de Mesoamérica. Estos son valores etnográficos sobre relaciones muy antiguas, descritas también en textos medulares para la historia maya de Guatemala, como el Popol Wuj y el Memorial de Sololá, pero que se mueven con el andar del tiempo, refutando el retrato estático y folclórico sobre lo “indígena”.

Notablemente, ellas son ahora una influencia en el trabajo de las nuevas y nuevos creadores contemporáneos del país. Desatando el tiempo, lo han puesto en movimiento a través de la potestad técnica inherente en la pintura y la labor textil que aprendieron en la infancia que con paciencia, autonomía y obstinación, han dominado para contar sus propias vivencias –y la de sus pares– dentro del mundo artístico dominado por la institucionalidad y el patriarcado.    

Fotos instalación – Foto Ana Werren. Cortesía La Nueva Fábrica

En esta muestra, tratada con meticulosa empatía, habitar estas contradicciones es posible. Angélica Serech nos sorprende con una investigación material que deconstruye, desde el anverso, aquello que resulta visible en la indumentaria maya. En el reverso, en cambio, aparecen los nudos que sostienen esa experimentación, tal como se ha hecho siempre. En Mutar la Piel (2025), ambas caras del textil narran lo colectivo. Por un lado, los colores, los materiales y la semiótica inscrita en la indumentaria maya de Chixot; por el otro, los nombres de las y los hacedores de esos códigos. Nada se construye en soledad. Por su parte, Rosa Elena Curruchich, quien solo tuvo una exposición individual en su vida, logra posicionar su legado para la posteridad, a pesar de haber sido poco reconocida en el país y en su propia comunidad. 

En Rosa Elena pintando caserío Chosij (ca. 1990–1997), la artista se autorretrata de espaldas, pintando frente a una casa en el campo. La acompañan únicamente los sembradíos de legumbres, representados con un rigor minucioso, testimonio de un oficio de siembra que siempre ha sido colectivo. La obra constituye un testamento de una práctica artística que nunca cesó, así como del cuidado de sus familiares. En esa tierra, ninguna planta retoñó sola. Asimismo, en Mi abuelo Andrés (1996), Rosa Elena es cargada por su padre mientras ambos observan a su abuelo, Andrés Curruchich (1891–1969), pintar a través de una pequeña ventana junto a la calle. La escena muestra un gesto que otras infancias de su comunidad también replican. Como elles, nosotrxs participamos en esta pedagogía y somos integrades a la revelación del tejido comunal de Chixot. En Un Solo Latido, fuimos observadores de lo que se construye escuchando al corazón de los antepasados, de la destreza de sus manos creadoras y, con suspiros largos, atestiguamos su memoria.

Fotos Rosa Elena. Cortesía La Nueva Fábrica

Vengan

Aniden en mi ser

Vibren, palpiten en mis manos

Aquí recibo la voz de cada corazón

Kixampe…

Kixk’ase’ pa wanima

Kixk’iron pe Kixsilon pe pa taq nuq’a’

Re nink’ul apo ruk’oxomal ik’u’x

 

¹ Partida de los pueblos mayas desde Tulan. Otzoy C. Simón. Memorial de Sololá, Edición Facsimilar del manuscrito original. Comisión Interuniversitaria Guatemalteca de Conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. 1999.157.

² Energía femenina antigua, ligada a la luna, la maternidad, la creación y la sabiduría. Históricamente retratada como una anciana con símbolos acuáticos o tejiendo en telar de cintura.

³ Negma Coy. Ruk’oxomal Taq K’uxaj – Sonidos de Corazones.