¿Qué pasa cuando el arte crea una escuela?

En este texto, Maya Juracán presenta LA ESCUELA_, una plataforma colectiva y decolonial que cuestiona los modelos tradicionales de educación. Aquí, el arte y la educación funcionan como prácticas de resistencia, cuidado, autonomía y transformación, articulando saberes comunitarios, territoriales y situados para generar otras formas de colaboración y conocimiento colectivo. LA ESCUELA_ se construye desde la apertura: recibe, se deja afectar y se transforma con cada colaboración.

Latinoamérica
Maya Juracán
2026.08.27
Tiempo de lectura: 8 minutos

¿Para qué sirven las escuelas? Según Gustavo Esteva, las escuelas son una sistematización de violencia y control en la sociedad. Esto se entiende desde su formación en la occidentalidad, donde su ejercicio inicial no fue brindar procesos amplios de conocimiento a lxs estudiantes, sino más bien imponer una única visión: la que se consideraba correcta.

Así, nos dice Esteva, creímos en la ficción capitalista de la escuela: aquella en la que, entre más educación institucionalizada o profesionalizada se recibe entendiendo como “profesional” únicamente a quien ha sido formado en una institución de prestigio, respaldada por los estados nación, más posibilidades se tienen de triunfar en espacios de renombre.

Situándose desde un lugar poco institucionalizado, y buscando romper el mito blanco de la escolarización, me pregunto: ¿para qué sirve una escuela?, ¿cómo debería ser una escuela pensada desde nuestro propio rigor?

Bajo estas preguntas inicia el proyecto artístico de Miguel Braceli que luego se convertiría en LA ESCUELA___: una propuesta que buscaba cuestionar las visiones de la educación artística en Estados Unidos, pensadas para un sujeto latino. ¿Por qué asumimos que toda educación debe verse de la misma manera? ¿Es la educación un proceso universal o una sistematización blanqueada?

Desde ahí se crea la Escuela: un espacio que inicia con preguntas. También implicaba reconocer que no se poseía un concepto absoluto de lo que es una escuela. A través de pensar la “escuela desnuda” —una escuela sin paredes, que nace en la calle y para la calle— se construye una visión distinta de la educación.

Jugando con los protocolos tradicionales, pero llevándolos al límite, la Escuela propone una visión colectiva, decolonizada y sin estructuras rígidas para aprender.

Así se pensó en incluir proyectos de investigación artístico-pedagógicos centrados en América Latina, generando espacios de encuentro entre pensadores y hacedores del arte alrededor de la educación. Surge con la intención de crear puentes entre distintas regiones –como menciona Miguel–, pero también de abrir accesos a “barrancos”: espacios donde los interesados pueden sumergirse en prácticas diversas de aprendizaje y hacer esfuerzos por desprofesionalizar las estructuras del conocimiento para crear saberes colectivos.

La Escuela comenzó como un proyecto artístico, pero se convirtió en una comunidad. Entonces surge otra pregunta: ¿cómo se plantea un proyecto artístico desde la comunidad?

En realidad, es una pregunta que muchos artistas y pensadores formulan, sin notar que al hacerlo se colocan en una posición de otredad. En la Escuela, en cambio, se partía de que ya se formaba parte de una comunidad; lo que se construía era una plataforma.

Así, el proyecto comenzó a desarrollar prácticas pedagógicas y artísticas situadas. No proviene de una lógica institucional tradicional —ni de la gestión cultural ni del museo—, sino de una forma de pensar desde el arte. Por eso rompe protocolos y, al mismo tiempo, juega con ellos.

Miguel plantea que uno de los objetivos era reconfigurar roles: quienes participan son llamados “profesores” indistintamente de su grado de contribución o formato de colaboración, en distintos niveles, se integran casos de estudio y se subvierten las jerarquías del conocimiento. Es, en ese sentido, una forma de imaginar la educación desde una lógica artística, no institucional.

La Escuela también reconfigura las visiones escolarizadas, institucionalizadas y blanqueadas del arte. Propone su propia materia de conocimiento desde los sujetos, los espacios y las conversaciones que ya existen; es decir, desde una teoría y una memoria vivas.

Ha reunido más de 331 textos en una biblioteca abierta al público, además de generar  31 procesos documentales y entrevistas a sujetos de distintas regiones de América Latina: artistas, pensadores, trabajadores comunitarios, activistas, curadores, gestores culturales, historiadores y defensores.

Esto convierte a la Escuela en un espacio combativo de múltiples ideas, lejos de la necesidad de categorizar —como la academia busca incansablemente—, casi como si se tratara de encontrar una “pepita de oro”. En cambio, la Escuela dinamiza los procesos de aprendizaje, expandiendo la noción de “profesor” hacia todo aquel que tiene algo que enseñar.

Para la Escuela, los procesos comunitarios situados son tan importantes como los análisis históricos. Ambos pueden combinarse, compartirse y resignificar desde otros lugares.

La comunidad

Desde una visión de autonomía y libertad, la Escuela no se sitúa en ningún lugar de poder estructural. Se construye a partir de procesos autogestionados, impulsados por artistas desde sus propios contextos.

Muchas veces se afirma que en América Latina se construye “a partir de la crisis”, pero lo que se olvida es que construimos a pesar de la crisis.

En un mundo donde el valor institucional parece “vital” para la construcción de una carrera artística o para alcanzar relevancia global, la Escuela se enfoca en procesos de construcción colectiva que dan sentido a una red de personas que han encontrado en el arte una forma de buscar dignidad, sentido y transformación.

¿Quiénes habitamos la Escuela?

Somos muchos y somos todos: quienes han desarrollado proyectos independientes con impacto comunitario; quienes han construido teorías vivas desde los saberes territoriales; quienes han encontrado nuevas formas de narrar al comprender que una visión unilateral del arte ya no es suficiente.

En los últimos años, estos procesos han crecido y se han multiplicado a través de sesiones independientes, conversaciones, charlas y simposios. Uno de estos encuentros logró reunir a más de 112 proyectos de toda América Latina, permitiendo el intercambio de múltiples experiencias situadas y la construcción de un conocimiento colectivo.

Más de 5,000 participantes han sido parte de este proceso, junto a más de 50 instituciones colaboradoras. La red se ha expandido en 35 aulas distribuidas en Venezuela, Colombia, Chile, Argentina, México, Guatemala, Ecuador, Bolivia, Perú, Paraguay, Costa Rica, Brasil y Estados Unidos, así como en 25 laboratorios en línea, 11 programas de residencia y 26 conferencias en el auditorio.

La Escuela surge como una plataforma donde artistas y agentes culturales pueden construir sus propias formas de validación, más allá de las estructuras tradicionales. Es un espacio que genera sus propios protocolos, afirmando su lugar en el campo del arte desde la autonomía, la colectividad y la experiencia situada.

¿Por qué es relevante una escuela para la curaduría?

En el campo del arte latinoamericano, la Escuela se vuelve un espacio fundamental. En particular, dentro de la curaduría, está trazando parámetros que se alejan de los modelos occidentales y de las lógicas del sistema de legitimación tradicional.

No busca reproducir estructuras, sino abrir marcos difusos, móviles y situados, capaces de generar aprendizajes no centralizados.

Mientras tanto, en Occidente persisten jerarquías de poder hegemónico que continúan definiendo el estatus colonial y político del curador, reforzando figuras de autoridad individual.

En contraste, en otros espacios estamos gestando otras formas: sistemas basados en el cuidado colectivo, en relación con la tierra, el territorio y la dignidad. Aquí, el curador deja de ser una figura de validación para convertirse en parte de la comunidad.

La educación como resistencia

Miguel plantea que la educación es, en sí misma, un acto de resistencia. El aprendizaje es un espacio de emancipación.

En este contexto, la educación en resistencia implica generar modelos propios, muchas veces al margen de las instituciones. El arte ha sido fundamental para imaginar nuevas posibilidades educativas no tradicionales.

Esto se evidenció en la exposición reciente en el MoPA PS1, donde la Escuela trasladó sus epistemologías al espacio museístico a través de mapas, pizarras y prácticas corporales.

A pesar de que el museo es una institución rigurosa, logró abrirse a la esencia de la Escuela, expandiendo sus límites. Un pizarrón horizontal, dispuesto en el suelo, transformaba la relación con el espacio: invitaba a habitarlo, a activar el cuerpo y a romper con la verticalidad tradicional del museo.

El club de lectura, por su parte, permitía revisitar textos y resignificarlos colectivamente, generando nuevas relaciones y aprendizajes compartidos.

La no estructura

La Escuela no responde a una mirada única ni a una visión cerrada. Se construye desde la apertura: recibe, se deja afectar y se transforma con cada colaboración.

Esto implica un movimiento pedagógico constante, cercano al aprendizaje popular. Lejos de una episteme rígida, funciona como un conector de teorías y realidades, desmantelando la idea del “objeto de estudio” como algo externo.

Sus ejes temáticos no están predefinidos, sino que emergen desde la comunidad. Así, quienes participan no son ejecutores de una idea ajena, sino co-creadores del proyecto.

No es un espacio para colgar obras, sino un lugar para activar la realidad.

Existe, entonces, la posibilidad de aprender desde lo vivido, no desde una mirada distante, sino desde un saber colectivo, social y profundamente poderoso.

LA ESCUELA_: Education as Resistance, MoMA PS1, Nueva York, 2025–2026. Cortesía LA ESCUELA_.
NOMASMETAFORAS: Technologies of Collective Dreaming, Cauca, Colombia, 2024. Actividad de LA ESCUELA_ CLASSROOMS. Documentación: Carlos Campus. Cortesía de la Universidad Autónoma Indígena Intercultural UAIIN-C.
LA ESCUELA_: Education as Resistance, MoMA PS1, Nueva York, 2025–2026. Cortesía LA ESCUELA_.
NOMASMETAFORAS: Technologies of Collective Dreaming, Cauca, Colombia, 2024. Actividad de LA ESCUELA_ CLASSROOMS. Documentación: Carlos Campus. Cortesía de la Universidad Autónoma Indígena Intercultural UAIIN-C.

LA ESCUELA_: Education as Resistance, MoMA PS1, Nueva York, 2025–2026. Cortesía LA ESCUELA_.

¿Para qué sirven las escuelas? Según Gustavo Esteva, las escuelas son una sistematización de violencia y control en la sociedad. Esto se entiende desde su formación en la occidentalidad, donde su ejercicio inicial no fue brindar procesos amplios de conocimiento a lxs estudiantes, sino más bien imponer una única visión: la que se consideraba correcta.

Así, nos dice Esteva, creímos en la ficción capitalista de la escuela: aquella en la que, entre más educación institucionalizada o profesionalizada se recibe entendiendo como “profesional” únicamente a quien ha sido formado en una institución de prestigio, respaldada por los estados nación, más posibilidades se tienen de triunfar en espacios de renombre.

Situándose desde un lugar poco institucionalizado, y buscando romper el mito blanco de la escolarización, me pregunto: ¿para qué sirve una escuela?, ¿cómo debería ser una escuela pensada desde nuestro propio rigor?

Bajo estas preguntas inicia el proyecto artístico de Miguel Braceli que luego se convertiría en LA ESCUELA___: una propuesta que buscaba cuestionar las visiones de la educación artística en Estados Unidos, pensadas para un sujeto latino. ¿Por qué asumimos que toda educación debe verse de la misma manera? ¿Es la educación un proceso universal o una sistematización blanqueada?

Desde ahí se crea la Escuela: un espacio que inicia con preguntas. También implicaba reconocer que no se poseía un concepto absoluto de lo que es una escuela. A través de pensar la “escuela desnuda” —una escuela sin paredes, que nace en la calle y para la calle— se construye una visión distinta de la educación.

Jugando con los protocolos tradicionales, pero llevándolos al límite, la Escuela propone una visión colectiva, decolonizada y sin estructuras rígidas para aprender.

Así se pensó en incluir proyectos de investigación artístico-pedagógicos centrados en América Latina, generando espacios de encuentro entre pensadores y hacedores del arte alrededor de la educación. Surge con la intención de crear puentes entre distintas regiones –como menciona Miguel–, pero también de abrir accesos a “barrancos”: espacios donde los interesados pueden sumergirse en prácticas diversas de aprendizaje y hacer esfuerzos por desprofesionalizar las estructuras del conocimiento para crear saberes colectivos.

La Escuela comenzó como un proyecto artístico, pero se convirtió en una comunidad. Entonces surge otra pregunta: ¿cómo se plantea un proyecto artístico desde la comunidad?

En realidad, es una pregunta que muchos artistas y pensadores formulan, sin notar que al hacerlo se colocan en una posición de otredad. En la Escuela, en cambio, se partía de que ya se formaba parte de una comunidad; lo que se construía era una plataforma.

Así, el proyecto comenzó a desarrollar prácticas pedagógicas y artísticas situadas. No proviene de una lógica institucional tradicional —ni de la gestión cultural ni del museo—, sino de una forma de pensar desde el arte. Por eso rompe protocolos y, al mismo tiempo, juega con ellos.

Miguel plantea que uno de los objetivos era reconfigurar roles: quienes participan son llamados “profesores” indistintamente de su grado de contribución o formato de colaboración, en distintos niveles, se integran casos de estudio y se subvierten las jerarquías del conocimiento. Es, en ese sentido, una forma de imaginar la educación desde una lógica artística, no institucional.

La Escuela también reconfigura las visiones escolarizadas, institucionalizadas y blanqueadas del arte. Propone su propia materia de conocimiento desde los sujetos, los espacios y las conversaciones que ya existen; es decir, desde una teoría y una memoria vivas.

Ha reunido más de 331 textos en una biblioteca abierta al público, además de generar  31 procesos documentales y entrevistas a sujetos de distintas regiones de América Latina: artistas, pensadores, trabajadores comunitarios, activistas, curadores, gestores culturales, historiadores y defensores.

Esto convierte a la Escuela en un espacio combativo de múltiples ideas, lejos de la necesidad de categorizar —como la academia busca incansablemente—, casi como si se tratara de encontrar una “pepita de oro”. En cambio, la Escuela dinamiza los procesos de aprendizaje, expandiendo la noción de “profesor” hacia todo aquel que tiene algo que enseñar.

Para la Escuela, los procesos comunitarios situados son tan importantes como los análisis históricos. Ambos pueden combinarse, compartirse y resignificar desde otros lugares.

La comunidad

Desde una visión de autonomía y libertad, la Escuela no se sitúa en ningún lugar de poder estructural. Se construye a partir de procesos autogestionados, impulsados por artistas desde sus propios contextos.

Muchas veces se afirma que en América Latina se construye “a partir de la crisis”, pero lo que se olvida es que construimos a pesar de la crisis.

En un mundo donde el valor institucional parece “vital” para la construcción de una carrera artística o para alcanzar relevancia global, la Escuela se enfoca en procesos de construcción colectiva que dan sentido a una red de personas que han encontrado en el arte una forma de buscar dignidad, sentido y transformación.

NOMASMETAFORAS: Technologies of Collective Dreaming, Cauca, Colombia, 2024. Actividad de LA ESCUELA_ CLASSROOMS. Documentación: Carlos Campus. Cortesía de la Universidad Autónoma Indígena Intercultural UAIIN-C.

¿Quiénes habitamos la Escuela?

Somos muchos y somos todos: quienes han desarrollado proyectos independientes con impacto comunitario; quienes han construido teorías vivas desde los saberes territoriales; quienes han encontrado nuevas formas de narrar al comprender que una visión unilateral del arte ya no es suficiente.

En los últimos años, estos procesos han crecido y se han multiplicado a través de sesiones independientes, conversaciones, charlas y simposios. Uno de estos encuentros logró reunir a más de 112 proyectos de toda América Latina, permitiendo el intercambio de múltiples experiencias situadas y la construcción de un conocimiento colectivo.

Más de 5,000 participantes han sido parte de este proceso, junto a más de 50 instituciones colaboradoras. La red se ha expandido en 35 aulas distribuidas en Venezuela, Colombia, Chile, Argentina, México, Guatemala, Ecuador, Bolivia, Perú, Paraguay, Costa Rica, Brasil y Estados Unidos, así como en 25 laboratorios en línea, 11 programas de residencia y 26 conferencias en el auditorio.

La Escuela surge como una plataforma donde artistas y agentes culturales pueden construir sus propias formas de validación, más allá de las estructuras tradicionales. Es un espacio que genera sus propios protocolos, afirmando su lugar en el campo del arte desde la autonomía, la colectividad y la experiencia situada.

LA ESCUELA_: Education as Resistance, MoMA PS1, Nueva York, 2025–2026. Cortesía LA ESCUELA_.

¿Por qué es relevante una escuela para la curaduría?

En el campo del arte latinoamericano, la Escuela se vuelve un espacio fundamental. En particular, dentro de la curaduría, está trazando parámetros que se alejan de los modelos occidentales y de las lógicas del sistema de legitimación tradicional.

No busca reproducir estructuras, sino abrir marcos difusos, móviles y situados, capaces de generar aprendizajes no centralizados.

Mientras tanto, en Occidente persisten jerarquías de poder hegemónico que continúan definiendo el estatus colonial y político del curador, reforzando figuras de autoridad individual.

En contraste, en otros espacios estamos gestando otras formas: sistemas basados en el cuidado colectivo, en relación con la tierra, el territorio y la dignidad. Aquí, el curador deja de ser una figura de validación para convertirse en parte de la comunidad.

La educación como resistencia

Miguel plantea que la educación es, en sí misma, un acto de resistencia. El aprendizaje es un espacio de emancipación.

En este contexto, la educación en resistencia implica generar modelos propios, muchas veces al margen de las instituciones. El arte ha sido fundamental para imaginar nuevas posibilidades educativas no tradicionales.

Esto se evidenció en la exposición reciente en el MoPA PS1, donde la Escuela trasladó sus epistemologías al espacio museístico a través de mapas, pizarras y prácticas corporales.

A pesar de que el museo es una institución rigurosa, logró abrirse a la esencia de la Escuela, expandiendo sus límites. Un pizarrón horizontal, dispuesto en el suelo, transformaba la relación con el espacio: invitaba a habitarlo, a activar el cuerpo y a romper con la verticalidad tradicional del museo.

El club de lectura, por su parte, permitía revisitar textos y resignificarlos colectivamente, generando nuevas relaciones y aprendizajes compartidos.

La no estructura

La Escuela no responde a una mirada única ni a una visión cerrada. Se construye desde la apertura: recibe, se deja afectar y se transforma con cada colaboración.

Esto implica un movimiento pedagógico constante, cercano al aprendizaje popular. Lejos de una episteme rígida, funciona como un conector de teorías y realidades, desmantelando la idea del “objeto de estudio” como algo externo.

Sus ejes temáticos no están predefinidos, sino que emergen desde la comunidad. Así, quienes participan no son ejecutores de una idea ajena, sino co-creadores del proyecto.

No es un espacio para colgar obras, sino un lugar para activar la realidad.

Existe, entonces, la posibilidad de aprender desde lo vivido, no desde una mirada distante, sino desde un saber colectivo, social y profundamente poderoso.

NOMASMETAFORAS: Technologies of Collective Dreaming, Cauca, Colombia, 2024. Actividad de LA ESCUELA_ CLASSROOMS. Documentación: Carlos Campus. Cortesía de la Universidad Autónoma Indígena Intercultural UAIIN-C.