El sol de abajo

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Chile
Sonia Ramos Chocobar
2025.06.10
Tiempo de lectura: 7 minutos

Cuando la sombra del volcán Licancabur se proyecta sobre el cerro Kimal durante el invierno, dos cordilleras se unen: la de los Andes y la de Domeyko. Al amanecer, el sol aparece sobre la punta del volcán, y su sombra se proyecta hasta el cerro, el cual alberga cuerpos de agua bajo su superficie. Aunque el territorio en el que estamos es un desierto, esta relación nos habla de fertilidad; es un indicativo del año agrícola y del renacer de la tierra. Desde el primero de agosto, despierta la madre tierra.

La especie humana lleva miles de años en el desierto y esa supervivencia es difícil de explicar, porque el desierto no es un hábitat que invite a una vida fácil. Nosotros tenemos una agricultura, pero de riego por inundación, donde se hace un gran esfuerzo para lograrla. Unx se pregunta cómo por miles de años hemos sobrevivido en un desierto. Finalmente, unx comprende e interpreta que para alcanzar el conocimiento de su territorio, el ser humano tuvo que practicar la observación, logrando toda esa confluencia de los cuatro elementos, los puntos cardinales, del cosmos, de lo infra, de lo humano, de lo visible. Pero, aparte de lo que se puede ver, lo más importante es sentir. Cuando entendemos estas relaciones y hacemos confluir todo ese conocimiento, se empieza a generar la ciencia ancestral.

Para el pueblo Atacameño en el desierto existen tres mundos: el mundo de arriba, el mundo humano —donde estamos nosotrxs— y el mundo infra o de abajo. Mientras que el volcán Licancabur tiene la conexión hacia el mundo de arriba, el cerro Kimal la tiene con el de abajo. En algún momento a lo largo del año logramos comprender esta relación que existe acá en el desierto. La conexión no es solo espiritual; es la comprensión real de un territorio, en donde estos mundos se enlazan y actúan en conjunto. 

Si consideramos estos tres mundos, el mundo de abajo tiene su propio sol, es lo que en occidente conocemos como magma. Ese sol interno es el reflejo del sol externo, el del cosmos;son como espejos. Lo que sucede en uno sucede en el otro. Este mundo infra es un ecosistema alimentado por el sol interno.

El mundo intermedio es el mundo humano, donde habitamos todos los seres vivos. Es el mundo donde existe lo que podemos ver, donde desarrollamos la capacidad de visualizar. Este  mundo, el que habitamos día a día, se conecta con el ecosistema de abajo Por ejemplo, en los géiseres del Tatio, podemos ver el afloramiento de este mundo.

Otro ejemplo es el salar de Atacama. Allí se reúnen nuestras aguas milenarias; aguas superficiales de la cuenca endorreica. Allí se genera la llegada de las aguas del norte del Amazonas y las aguas de la costa a través de Domeyko, esos ríos atmosféricos que coinciden en una fecha del verano en el Salar de Atacama. Gracias al salar se generan nuestras lluvias altiplánicas, creadas a su vez por microorganismos, cianobacterias que producen oxígeno y que trabajan para este mundo de  forma prácticamente invisible . Son como pequeños árboles microscópicos y gracias a ellos tenemos  lluvia. Por eso es tan relevante el salar de Atacama, porque es parte de todo un ecosistema, de varios sistemas, donde todo confluye.

En la actualidad, la extracción de cobre impacta todo nuestro territorio; sin embargo, nuestros ancestros fueron mineros sin degradar el ecosistema: esa es la ciencia ancestral. ¿Por qué digo esto? Porque nuestros ancestros fueron mineros, extrajeron cobre,  bronce, y fundieron metal. Nuestros ancestros fueron mineros, pero el cobre fue trabajado a través de bacterias, sin impactar la tierra ni el agua, y sin utilizar los químicos de hoy, sino de una forma ecológica. ¿Por qué? Porque acá hay memoria. 

Nosotrxs  tenemos la cordillera de los Andes, nuestros volcanes y el sol interno. Los  volcanes tienen esa conexión con el sol interno y son el reflejo vivo con ese mundo infra —que es, a su vez, reflejo del sol de arriba. Ellos nos dan a nosotrxs la comprensión del clima, están conectados con las temperaturas y las aguas. Los volcanes tienen mucho que ver con el clima, las temperaturas y las aguas, y cuando ellos expresan fuertemente la actividad del sol interno, nosotrxs los apapachamos, porque son seres muy solitarios. Por lo general, nosotrxs los humanos les tememos, pero son seres que, cuando se sienten apapachados, actúan en armonía. Eso también forma parte de nuestro conocimiento. 

El Licancabur, nuestro volcán tutelar, es parte de una gran red planetaria de conciencia. Porque la naturaleza tiene su propia inteligencia, y esa inteligencia se manifiesta a través de esta gran red planetaria. También es parte de una red energética que conecta con nuestras frecuencias y vibraciones, por eso necesitamos mantenernos comunicados con él.

En este contexto energético, el salar está conectado con los volcanes circundantes. El litio en el salar es importante no por su extracción para baterías, sino porque conserva la memoria del planeta. Ahí está la información sobre de la formación de la Tierra que va creando todo un sistema de microorganismos que nos pueden dar tantas respuestas a los cambios actuales. Es por ello que nace la necesidad de proteger el salar. Allí se entrelazan los tres mundos: ecosistemas que están interconectados.

En nuestra investigación de la ciencia ancestral hemos encontrado ceremonias que tienen que ver con un tiempo glacial. Por eso es muy valioso que un territorio mantenga su memoria, porque significa tener respuesta a los muchos cambios que pueden existir en la Tierra. Las ceremonias nos marcan la época que le ha tocado vivir a nuestros ancestros en la Tierra. Cuando logramos encontrar esos restos de vivencia humana, descubrimos que nuestra existencia no es de millones de años, sino desde 10.000 a 11.000 años en este territorio. Nuestros ancestros, gracias a esta misma memoria del planeta, pudieron lograr una evolución en el desierto..  ¿Por qué el ser humano no se quiso ir del desierto? ¿No era más fácil tratar de ocupar otros territorios y quizás tener enfrentamientos por tierra con otros pueblos? 

En cambio, la humanidad decidió quedarse en este territorio porque pudo encontrar esa memoria y hallar respuesta a sus propias necesidades. De ahí viene la importancia de la observación y la conexión con estos mundos y memorias.

Cuando llueve y debido a  la gran radiación solar en el desierto, es posible ver desde lejos esos reflejos que se hacen por la sal. El salar se transforma en un nido de estrellas. Y también en otros lugares, como el valle de la Luna, se puede comprender cómo la naturaleza nos muestra lo que somos como especie y el cosmos al que pertenecemos. Somos parte de este todo interconectado. Aquí nuestra especie pudo comprender que las estrellas contienen alcohol; es por ello que nuestras ceremonias se hacen con alcohol, esa es la verdadera razón. Es una conexión hacia el cosmos, hacia las estrellas que honramos para que ellas también continúen en su vida y fugacidad. Ocurre lo mismo con el hierro que conecta al sol interior y su magma con nuestros cuerpos, y a su vez, del cuerpo con el territorio.

La espiritualidad es una ciencia. La raíz de nuestra cultura, yo siempre lo digo, es espiritual. Es una visión planetaria que tiene que ver con el cosmos y con el mundo de abajo, con lo infra. No se relaciona solamente con nuestra existencia como seres vivos de la Tierra; tiene que ver con toda esta información del cielo y también con lo de abajo, donde milenariamente se guardan en el salar, junto a nuestros volcanes y aguas, las memorias cósmicas de cuando se forjó la Tierra.

*Sonia Ramos Chocobar es una activista, defensora y cientista ancestral Atacameña-Lickanantay.

 

Relato oral registrado en el Salar de Atacama el 7 de agosto de 2024.

Registro y fotografías por Elisa Balmaceda.

 

Cuando la sombra del volcán Licancabur se proyecta sobre el cerro Kimal durante el invierno, dos cordilleras se unen: la de los Andes y la de Domeyko. Al amanecer, el sol aparece sobre la punta del volcán, y su sombra se proyecta hasta el cerro, el cual alberga cuerpos de agua bajo su superficie. Aunque el territorio en el que estamos es un desierto, esta relación nos habla de fertilidad; es un indicativo del año agrícola y del renacer de la tierra. Desde el primero de agosto, despierta la madre tierra.

La especie humana lleva miles de años en el desierto y esa supervivencia es difícil de explicar, porque el desierto no es un hábitat que invite a una vida fácil. Nosotros tenemos una agricultura, pero de riego por inundación, donde se hace un gran esfuerzo para lograrla. Unx se pregunta cómo por miles de años hemos sobrevivido en un desierto. Finalmente, unx comprende e interpreta que para alcanzar el conocimiento de su territorio, el ser humano tuvo que practicar la observación, logrando toda esa confluencia de los cuatro elementos, los puntos cardinales, del cosmos, de lo infra, de lo humano, de lo visible. Pero, aparte de lo que se puede ver, lo más importante es sentir. Cuando entendemos estas relaciones y hacemos confluir todo ese conocimiento, se empieza a generar la ciencia ancestral.

Para el pueblo Atacameño en el desierto existen tres mundos: el mundo de arriba, el mundo humano —donde estamos nosotrxs— y el mundo infra o de abajo. Mientras que el volcán Licancabur tiene la conexión hacia el mundo de arriba, el cerro Kimal la tiene con el de abajo. En algún momento a lo largo del año logramos comprender esta relación que existe acá en el desierto. La conexión no es solo espiritual; es la comprensión real de un territorio, en donde estos mundos se enlazan y actúan en conjunto. 

Si consideramos estos tres mundos, el mundo de abajo tiene su propio sol, es lo que en occidente conocemos como magma. Ese sol interno es el reflejo del sol externo, el del cosmos;son como espejos. Lo que sucede en uno sucede en el otro. Este mundo infra es un ecosistema alimentado por el sol interno.

El mundo intermedio es el mundo humano, donde habitamos todos los seres vivos. Es el mundo donde existe lo que podemos ver, donde desarrollamos la capacidad de visualizar. Este  mundo, el que habitamos día a día, se conecta con el ecosistema de abajo Por ejemplo, en los géiseres del Tatio, podemos ver el afloramiento de este mundo.

Otro ejemplo es el salar de Atacama. Allí se reúnen nuestras aguas milenarias; aguas superficiales de la cuenca endorreica. Allí se genera la llegada de las aguas del norte del Amazonas y las aguas de la costa a través de Domeyko, esos ríos atmosféricos que coinciden en una fecha del verano en el Salar de Atacama. Gracias al salar se generan nuestras lluvias altiplánicas, creadas a su vez por microorganismos, cianobacterias que producen oxígeno y que trabajan para este mundo de  forma prácticamente invisible . Son como pequeños árboles microscópicos y gracias a ellos tenemos  lluvia. Por eso es tan relevante el salar de Atacama, porque es parte de todo un ecosistema, de varios sistemas, donde todo confluye.

En la actualidad, la extracción de cobre impacta todo nuestro territorio; sin embargo, nuestros ancestros fueron mineros sin degradar el ecosistema: esa es la ciencia ancestral. ¿Por qué digo esto? Porque nuestros ancestros fueron mineros, extrajeron cobre,  bronce, y fundieron metal. Nuestros ancestros fueron mineros, pero el cobre fue trabajado a través de bacterias, sin impactar la tierra ni el agua, y sin utilizar los químicos de hoy, sino de una forma ecológica. ¿Por qué? Porque acá hay memoria. 

Nosotrxs  tenemos la cordillera de los Andes, nuestros volcanes y el sol interno. Los  volcanes tienen esa conexión con el sol interno y son el reflejo vivo con ese mundo infra —que es, a su vez, reflejo del sol de arriba. Ellos nos dan a nosotrxs la comprensión del clima, están conectados con las temperaturas y las aguas. Los volcanes tienen mucho que ver con el clima, las temperaturas y las aguas, y cuando ellos expresan fuertemente la actividad del sol interno, nosotrxs los apapachamos, porque son seres muy solitarios. Por lo general, nosotrxs los humanos les tememos, pero son seres que, cuando se sienten apapachados, actúan en armonía. Eso también forma parte de nuestro conocimiento. 

El Licancabur, nuestro volcán tutelar, es parte de una gran red planetaria de conciencia. Porque la naturaleza tiene su propia inteligencia, y esa inteligencia se manifiesta a través de esta gran red planetaria. También es parte de una red energética que conecta con nuestras frecuencias y vibraciones, por eso necesitamos mantenernos comunicados con él.

En este contexto energético, el salar está conectado con los volcanes circundantes. El litio en el salar es importante no por su extracción para baterías, sino porque conserva la memoria del planeta. Ahí está la información sobre de la formación de la Tierra que va creando todo un sistema de microorganismos que nos pueden dar tantas respuestas a los cambios actuales. Es por ello que nace la necesidad de proteger el salar. Allí se entrelazan los tres mundos: ecosistemas que están interconectados.

En nuestra investigación de la ciencia ancestral hemos encontrado ceremonias que tienen que ver con un tiempo glacial. Por eso es muy valioso que un territorio mantenga su memoria, porque significa tener respuesta a los muchos cambios que pueden existir en la Tierra. Las ceremonias nos marcan la época que le ha tocado vivir a nuestros ancestros en la Tierra. Cuando logramos encontrar esos restos de vivencia humana, descubrimos que nuestra existencia no es de millones de años, sino desde 10.000 a 11.000 años en este territorio. Nuestros ancestros, gracias a esta misma memoria del planeta, pudieron lograr una evolución en el desierto..  ¿Por qué el ser humano no se quiso ir del desierto? ¿No era más fácil tratar de ocupar otros territorios y quizás tener enfrentamientos por tierra con otros pueblos? 

En cambio, la humanidad decidió quedarse en este territorio porque pudo encontrar esa memoria y hallar respuesta a sus propias necesidades. De ahí viene la importancia de la observación y la conexión con estos mundos y memorias.

Cuando llueve y debido a  la gran radiación solar en el desierto, es posible ver desde lejos esos reflejos que se hacen por la sal. El salar se transforma en un nido de estrellas. Y también en otros lugares, como el valle de la Luna, se puede comprender cómo la naturaleza nos muestra lo que somos como especie y el cosmos al que pertenecemos. Somos parte de este todo interconectado. Aquí nuestra especie pudo comprender que las estrellas contienen alcohol; es por ello que nuestras ceremonias se hacen con alcohol, esa es la verdadera razón. Es una conexión hacia el cosmos, hacia las estrellas que honramos para que ellas también continúen en su vida y fugacidad. Ocurre lo mismo con el hierro que conecta al sol interior y su magma con nuestros cuerpos, y a su vez, del cuerpo con el territorio.

La espiritualidad es una ciencia. La raíz de nuestra cultura, yo siempre lo digo, es espiritual. Es una visión planetaria que tiene que ver con el cosmos y con el mundo de abajo, con lo infra. No se relaciona solamente con nuestra existencia como seres vivos de la Tierra; tiene que ver con toda esta información del cielo y también con lo de abajo, donde milenariamente se guardan en el salar, junto a nuestros volcanes y aguas, las memorias cósmicas de cuando se forjó la Tierra.

*Sonia Ramos Chocobar es una activista, defensora y cientista ancestral Atacameña-Lickanantay.

 

Relato oral registrado en el Salar de Atacama el 7 de agosto de 2024.

Registro y fotografías por Elisa Balmaceda.