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Edición 1: Margen de elección

Mario Llanos Luna

Tiempo de lectura: 7 minutos

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09.02.2015

Volver al futuro

Mario Llanos Luna habla de las dificultades de la vida en el trópico, planteando una mirada crítica sobre el reciente interés internacional hacia el arte contemporáneo colombiano. Su postura está marcada por el contexto particular de Puerto Colombia, en la costa Atlántica colombiana: un antiguo puerto cerca de Barranquilla, en donde los fracasos de la modernidad son aún palpables.

2015Jan_MarioLLanosMás allá, Maria Isabel Rueda, 2009

Podría mencionar muchas razones por las cuales elegí Puerto Colombia – Barranquilla, un lugar ubicado geográficamente en el caribe colombiano, departamento del Atlántico, en el que para bien o para mal sucede poco o nada alrededor de las artes actualmente. Podría responder de tantas formas las dos preguntas que muchas personas del medio me hacen a menudo cuando se enteran dónde resido : ¿Por qué Puerto? ¿Que pasa ahí?

Sería mas cómodo para mí decir que mi elección no fue propia o que fue ajena a mi voluntad, que tuve la buena o la mala suerte de nacer cerca, que fue culpa de mis padres por vivir ahí o por que me atan lazos sentimentales, porque la mayoría de las personas que estimo viven en este lugar o porque simplemente en el mar la vida es más sabrosa. Esas serían algunas de los cientos de razones que me vienen a la mente a la hora de responder.

Para entender por qué elegí Puerto Colombia por encima de cualquier otro lugar en el país donde existe una escena y un panorama más alentador en las artes, es necesario conocer su pasado y así tal vez entender la importancia de su futuro.

En algún momento de la historia la perspectiva fue diferente. Existe un refrán popular que dice: «todo tiempo pasado fue mejor»; ese tiempo pasado sucedió en la primera mitad del siglo XX, cuando Puerto Colombia aparece en el mapa nacional e internacional gracias a su muelle, diseñado por el ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros. En su momento, este era el segundo muelle más grande del mundo, convirtiéndose por esto en punto de referencia y siendo el lugar por el que entró la modernidad, o el futuro como fue entendido entonces ese concepto en Colombia.

Ferrocarriles, correo aéreo, arte, comida, automóviles, música… fueron algunas de las novedades que entraron por el muelle junto a los inmigrantes de distintas nacionalidades ya cansados de huir de la guerra. Con el tiempo ellos ayudaron a construir la ciudad con sus nuevas ideas y estilos de vida traídos de un continente al que muchos nunca regresaron.

Con el paso de los años esa idea de la modernidad tuvo sus grandes fracasos como en tantos otros lugares del mundo. Trágicamente, Puerto Colombia y su muelle cerraron en 1943 toda actividad portuaria, después de cincuenta años, quedando esta floreciente población condenada a la ruina y al olvido.

2015Jan_MarioLLanos2Más allá, Maria Isabel Rueda, 2009

El cierre total se originó por dos factores. El primero fue que en aquellos días el crecimiento en el transporte de cargas del Puerto de Buenaventura en el departamento del Valle superó ampliamente al de Puerto Colombia; el segundo y más importante factor fue la construcción de un canal de paso conocido como Bocas de Ceniza en el río Magdalena, el mas importante caudal del país. Este nuevo canal permitía el ingreso de barcos hasta el nuevo terminal marítimo ubicado cerca del casco urbano de Barranquilla. De esta manera, el muelle de Puerto Colombia quedó hundido en el olvido e inició su progresivo deterioro que continua hasta el día de hoy.

2015Jan_MarioLLanos3Más allá, Maria Isabel Rueda, 2009

Con el final de ese periodo conocido como los «años dorados», se dio inicio a una época oscura, de confusión, con un panorama desolador. Sus habitantes quedaron sumidos en una especie de tiempo suspendido, de recuerdos de un pasado mejor, en una posición muy romántica. Se abandonaron casi todas aquellas ideas y sueños de vanguardia, excepto en algunos entusiastas como Alejandro Obregón, Luis Ernesto Arocha, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, entre otros, conocidos como «El Grupo de Barranquilla», quienes años mas tarde retomarían desde la arquitectura, la pintura, la fotografía, el cine, el periodismo y la literatura estos procesos, dejando su huella como los últimos hombres de ese futuro.

Hace algunos años decidí formar el espacio de arte independiente La Usurpadora junto a la artista María Isabel Rueda. En ese momento tenía muy presente a ese grupo de personas del futuro pasado, quería entender lo que ellos vieron en este lugar y decidí vivir ahí, algo así como volver al futuro. Debo reconocer que no era ajeno o indiferente a ese panorama que llevaba varias décadas desértico luego de la desaparición de estos últimos hombres del futuro. Aún así, con el paso del tiempo descubrí un terreno libre, sin mediación o intervención de cualquier agente o institución; algo que muy pocas veces se puede dar en el abarrotado mundo del arte.

En este terreno las condiciones son propicias para llevar a cabo nuevos procesos de experimentación o para dar continuidad a otros anteriores. La falta de instituciones, galerías y museos puede ser asumida de forma beneficiosa si pensamos que a partir de este vacío es posible para los artistas generar una producción que no responda en gran medida a ningún discurso pre-establecido del mundo del arte y que por ende sea libre de intereses institucionales, económicos o políticos.

Si bien las artes en Colombia atraviesan por un «boom» internacional que ha traído consigo la visita de grandes curadores, museos y galerías extranjeras, este momento resulta muy provechoso para algunos artistas, instituciones y galerías de la ciudad de Bogotá y en menor proporción en las ciudades de Medellín y Cali. Pero no todo son grandes expectativas y visibilización. Este mismo «boom» ha llegado acompañado por un fenómeno que algunos dentro del medio han catalogado como la «normalización» en las artes. Este se caracteriza por la pérdida de espontaneidad y experimentación y nos está llevando a que nada sorprenda. Todo resulta muy decente, muy cuidadoso, muy tranquilo, un arte que se ha encasillado bajo el rótulo de «arte colombiano».

Pero es este mismo fenómeno de la normalización el que por otro lado ha despertado el interés de los artistas en lugares como Puerto Colombia; para muchos resulta ser un lugar apto para alimentarse de nuevas ideas, vivir nuevas situaciones, observar una geografía distinta, convivir con nuevas costumbres. Al integrar estas nuevas experiencias a sus dinámicas de trabajo y producción, es posible pensar en este lugar como una salida de esta normalización. Puerto Colombia se convierte entonces en un nuevo punto de partida, un lugar donde nada está dicho y todo está por hacer, un lugar en el que se puede dar un giro a este fenómeno.

2015Jan_MarioLLanos4Más allá, Maria Isabel Rueda, 2009

Si partimos de este panorama que resulta muy alentador, incluso seductor para algunos, contemplar la idea de vivir en lugares como Puerto Colombia en la actualidad sirve para dejar a un lado ese imaginario de sacrificio que se pensaba desde las grandes ciudades en el pasado. Aunque es preciso decir que la vida en los trópicos no es fácil: realizar las actividades diarias o de cualquier índole bajo temperaturas que oscilan generalmente entre 35 y 40 grados centígrados, con un índice de 70% de humedad convierte estas en hazañas. Cualquier lugar que goce de sombra es un refugio perfecto y esto influencia de forma directa la arquitectura porteña, en la cual tiende a predominar la oscuridad. Al ser diseñados los espacios para evitar por completo los rayos del sol, se crea una especie de arquitectura gótica tropical. Por otro lado, aunque es cierto que en el mar la vida es mas sabrosa, este mismo mar surge en la cotidianidad como un factor de alta complejidad, no solo por que incita a sus habitantes a relajarse hasta el punto de abandonar casi cualquier responsabilidad; su alta composición de yodo y sal, mezclado con la humedad que goza este paraíso, evita la preservación de casi cualquier material: papel, madera, el hierro del muelle, y así sucesivamente. De manera que el mar se convierte así mismo en un enemigo. La vida en los trópicos para muchos termina siendo un trabajo de tiempo completo; sus principales atractivos se convierten en un arma de doble filo, aunque esto no es finalmente nada raro y sucede en muchos otros lugares, incluso en las grandes capitales del mundo.

Mi intento por entender lo que vieron esos hombres del futuro pasado cada vez me resulta más clara: al igual que en su futuro, el pasado del muelle continua siendo la metáfora de seguir adelante desde una condición de ruina.

Diciembre 2014, Puerto Colombia.

Fotos: Maria Isabel Rueda.

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