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12.07.2021

Poéticas de resistencia para atravesar los estados de la migración

La investigadora Anamaría Garzón Mantilla reflexiona sobre la omisión de los estados de migración en la historia de Ecuador a través de las obras de les artistas Eli Farinango y Sonia Guiñansaca, abriendo encuentros sensibles que desbordan la lógica obtusa de las fronteras.

When you are an undocumented immigrant with undocumented
family, writing about
undocumented immigrants
—and I can only speak for
myself and my ghosts—
it feels unethical to put on
the drag of a journalist.
It is also painful to focus on the art, but impossible to
process the world as
anything but art.
— Karla Cornejo Villavicencio, The Undocumented Americans

Hace un año se cerraron las fronteras temporalmente; vuelos cancelados, aviones estacionados, cruces terrestres suspendidos. Pero para algunas personas, las fronteras siempre han estado cerradas, sin que eso impida que encuentren formas de desplazarse. Las crisis migratorias no son un fenómeno reciente, así como tampoco es reciente la incapacidad de les agentes estatales para encararlas desde la solidaridad.

Ecuador ha expulsado a su gente en flujos permanentes desde la década de los sesenta. Se han publicado decenas de estudios del impacto económico de las remesas enviadas por les migrantes,[1] pero no se habla del trauma que ocasionan las migraciones, de las formas en las que les mismes migrantes resuelven sus nuevas vidas o de las prácticas culturales vinculadas a los procesos migratorios. Cuando al estado le brillan los ojos en dólares, hay personas que son sólo parte de una maquila productora de liquidez, y las historias de migración basadas en las prácticas artísticas y la cultura no tienen espacio en la esfera pública. En los relatos de la historia del arte ecuatoriano, la situación no es diferente: la migración no es un tema. El elefante en la habitación es invisible, posiblemente por pudores de clase, por falta de interés o por la misma ausencia de institucionalidad cultural que ha hecho que Ecuador sea uno de esos países invisibles en las narraciones y exhibiciones hegemónicas de la historia del arte latinoamericano.

Con la curiosidad de llenar el vacío en la narración histórica, empecé a buscar artistas hijes de personas que habían migrado a Estados Unidos o Canadá. Empecé con dos artistas a quienes conocía por los trabajos que habían presentado en el país, pero con quienes nunca habíamos hablado de migración. Invisibilizar los procesos migratorios es una forma de mantener el status quo intacto, para que nada sea interpelado, para que nadie se incomode, pero, al poner ese marco para reflexionar sobre las obras de Karina Aguilera Skvirsky y Karen Miranda Rivadeneira, se abrieron puertas para pensar en el papel de la ficción al momento de recrear la memoria, en los lazos familiares para transmitir historias y en una versión artística de las escrituras del yo en sus procesos creativos. Sus obras rompen con los estereotipos sobre la migración construidos desde el estado y abren encuentros sensibles que desbordan la lógica obtusa de las fronteras.

Siguiendo la pista, he ido encontrando más artistas y más historias con el mismo anhelo furioso de no ver sus vidas ni las de les suyes ser reducidos a clichés o lugares comunes, posiblemente comparten la sensación que describe Karla Cornejo Villavicencio: “Había leído muchos libros sobre migrantes y odiaba muchos de los textos. No podía ver a mi familia en ellos, porque veía a mis padres como algo más que trabajadores, como algo más que sufridores o soñadores.”[2] Hay más, siempre hay algo más que contar.

Eli Farinango y Sonia Guiñansaca son las dos artistas en las que se va a concentrar este texto. Las dos se fueron de Ecuador siendo niñas. Sus padres migraron primero y las llevaron consigo apenas fue posible. Eli Farinango es fotógrafa y Sonia Guiñansaca es poeta. En sus obras hay autorrepresentaciones, modos de mirarse y usar las imágenes y las palabras para conocerse, sanarse, encontrarse con ellas y con les suyes. En sus historias acarrean trauma, pero también una inmensa voluntad de vida, una potencia con la cual rompen los relatos oficiales.

Eli Farinango y Sonia Guiñansaca, desbordan las narrativas hegemónicas y salen al encuentro de sus ancestros, ponen sus cuerpos y sus voces para entender su presente y probar que hay emancipación en la auto-representación, también en la alegría y la belleza.

Sonia Guiñansaca se convirtió en una figura pública siendo adolescente. Creció en Nueva York y fue parte de los grupos de jóvenes indocumentades, que en el 2007 decidieron dejar de esconderse, perdieron el miedo y empezaron a luchar activamente por revertir su situación legal. En 2008, se sumó al New York State Youth Leadership Council, una organización formada por jóvenes indocumentados y en el 2010 fue parte de un grupo que tomó el edificio del Senado en Washington DC; también intentó infiltrarse en un centro de detención de migrantes en Alabama. Ahora tiene documentos y hace unos años visitó Ecuador con su abuela por primera vez. El activismo y la poesía son parte de la vida diaria de Sonia. Actualmente vive en Los Ángeles. Se mudó casi al empezar la pandemia. Dejó su trabajo de seis años en una organización sin fines de lucro, en Nueva York, y está aterrizando en una nueva vida:

«Me encuentro en una transición difícil. Dejé mi trabajo en una institución de justicia social y cultura durante seis años, siendo un trabajo muy hermoso el que dirigí. Cuando se trataba de mi propio arte, siempre lo hacía al margen. Ahora, he estado trabajando como artista a tiempo completo, escritora a tiempo completo, creativa a tiempo completo. Es bueno despertarme en mi propio horario, tomar lentamente mi café, tener mis pensamientos reflexivos por la mañana y hacer lo que sea necesario. Hay una sensación de libertad. Cuando no estoy bien, no tengo que actuar frente al personal. Puedo estar sintiéndome mal todo el día sin problema. Se siente humano.»

Dentro del sistema de producción capitalista, asumimos que el peso y la sobrecarga son parte de los días y la alegría es un estado cuya llegada se pospone.

En una conferencia de 1987, Deleuze dijo que el sistema nos quiere tristes y que tenemos que estar alegres para resistirlo.[3] Felices, pero también belles. Celebrar la potencia de los cuerpos no normados también es una forma de resistencia. En Nostalgia and Borders, el libro autogestionado que Sonia Guiñansca publicó en 2016 y tiene ya cuatro ediciones, hay un poema que sostiene su fuerza en la belleza de su madre y la amplifica en otros cuerpos gloriosos como el suyo, un cuerpo queer, un cuerpo migrante, un cuerpo que por muchos años fue indocumentado:

GLORY

Mi mamá se levanta
A las 7 de la mañana, se baña
Sus pies bendecidos en agua
Es divina
Después, empieza con su maquillaje
Her brown hands
Gently holding the black eye liner
(for a migrant woman these are lines she welcomes)

She places her dark brown hair in a bun
Carefully placing bobby pins
Like carefully placing lipstick
Like carefully placing hope on land

Mami’s knowledge teaches me that my wings
Are meant to be thick
Meant to take up space
(these are rituals I grew up with)

So I repeat

Every morning creating self into existence
Between lipstick                and softness
Between borders               and belonging
(these are ways I survive)

So I repeat

Arching my eyebrows
Jewelry over my neck
Red nails pointy enough to hold homes
Homes I am building
(homes I left)

So I repeat

Adorning all my genders
(like the gospel never sung at my church)
This becomes biblical
Let this be an ode to femmes of color

Whose celestial eye shadows crack the heavens
Whose thick thighs resurrect possibilities

So I repeat

What glory we incite
What glory we create
What glory we are![4]

Otros de los poemas de Sonia recogen experiencias dolorosas: los duelos a larga distancia, los silencios en las llamadas hechas con calling cards, el reconocimiento de la precariedad de los trabajos de les migrantes, pero Glory es una celebración y una licencia para el gozo:

«Mucha de mi poesía te rompe el corazón y he querido escribir un poema que provenga de un lugar de alegría y belleza. Eso no quiere decir que mis otros poemas no contengan belleza, pero hay tragedia y simplemente duelen. Escribir Glory fue una forma de celebrar a mi mamá y a todas las mujeres/femmes que conozco. Mi mamá se levantaba muy temprano, se maquillaba y arreglaba su atuendo para el día. Recuerdo esta ternura mientras yo misma me preparaba para la escuela. Ella se hacía de ese tiempo. Yo estaba en el trasfondo de esta experiencia mientras ella me servía el desayuno, pero todo el tiempo este era su momento. Reflexionar sobre esas mañanas cambió la relación actual que tengo con mi mamá. A menudo entendemos a las personas en función de su relación con nosotres; entonces pensé: mi mamá es mi mamá. Pero a medida que crecí y entendí mi queerness, me di cuenta de que mi madre también es simplemente Rosa. Rosa Magdalena Pañora y le gustan sus cosas de una manera particular. Le gusta su pequeño delineador de ojos negro. Le gusta un pequeño moño en el pelo. Ella usa sus perfumes. Tiene su propio humor y sus propias amistades… fue un momento para darme cuenta de que es otra persona, es un ser humano completo y es una mujer con autonomía.

Entender a mi mamá como su propia persona que no tenía nada que ver con su relación conmigo ni con nadie, fue liberador. Y solo quiero honrar eso en este momento de mi vida, ya que estoy llegando a comprender en quién me estoy convirtiendo. Quería ofrecerle un poema suave a mi madre. Mi mamá ha estado en la mayoría de mis presentaciones y siento que le rompo el corazón todo el tiempo con algunos de mis poemas más pesados. Ahí es donde vino Glory. También hice un video con dicho poema. Quería reunir mujeres queer, no binarias, trans y personas de color en un video que archivara nuestra estética y cuerpos fenomenales. Para la gente queer, la gente de color queer, trans, no binaria, recuperarnos a nosotres mismes es muy importante. No se nos permite existir: hay leyes que prohíben nuestras vidas y hay personas asesinadas aquí en los Estados Unidos y en diferentes partes del mundo. Sólo quería celebrar nuestras vidas. Quería que nos viéramos vives de alguna manera, en todas nuestras gloriosas formas.»

Nostalgia and Borders es un tributo a la memoria de Alegría y Cosme, les abueles paternes que cuidaron de Sonia hasta que pudo reunirse con sus padres; es la rabia de ver a su madre y padre, y a otras personas migrantes, trabajar para sostener a un país que no las mira. El libro es un canto a la nostalgia del hogar que ya no está aquí pero tampoco está allá. Ese estar y no estar, y querer volver y volver para que no sea lo que la imaginación espera, está también presente en el trabajo fotográfico de Eli Farinango. Los trabajos de Eli y Sonia no se producen de forma aislada, se sostienen en sus comunidades, son ecos de sus pensamientos y del apoyo que tienen de sus personas queridas.

En Healing Through Remembering, Eli muestra cómo encontrarse consigo misma también implica encontrarse con las montañas amadas, con las mujeres de la familia, con los saberes de sus ancestres, con las distintas lenguas en las que habita. Cuando Eli se fue con sus padres a Canadá, pensó que era un viaje corto y no fue así. La nostalgia la recorrió varios años. Actualmente está trabajando en una serie sobre la diáspora de la comunidad kichwa, empezando con su familia. La serie se llama Mindalae: Runa Kawsay. Las fotografías son de una calidez sobrecogedora. Es su familia, y en su serena cotidianidad hay varios afectos, varias memorias que se entrecruzan con montajes de fotos de otros tiempos. Eli toma fotos desde siempre. Es su forma de dejarse mensajes, señales de vida, para que la Eli del futuro recuerde tiempos felices; es su forma de tomar apuntes, de encontrarse con su familia y de asumir el control de su propio relato:

«Para mí la fotografía es una manera de estar conmigo misma, de entender el por qué de muchas cosas sobre mí; luego se volvió una manera de documentar. La fotografía siempre ha sido mi compañera, me ha sacado de momentos oscuros y me ha dado las mejores alegrías. Me ayuda a retratar lo que está alrededor de mí, las plantas, mi familia… A pesar de ser autodidacta, yo no aprendí fotografía solita; aprendí con mis hermanas, porque siempre les tomaba fotos o mientras me retrataba yo, venían a ver qué estaba haciendo. Ahora me interesa mucho el archivo familiar, especialmente viniendo de una comunidad; creo que es muy importante que nos retratemos a nosotres mismes. Hay muchas familias que sí han tenido cámaras —tengo un tío que tomaba fotos—, pero las cosas se van perdiendo, no se le da valor al archivo familiar. Entonces al reconocer lo importante que ha sido para mí, quiero mostrar también a otras personas que ahí está nuestra historia. Con Runa Kawsay hago muchos cuestionamientos. Tengo el privilegio de retomar la narrativa y hacerme dueña de mi propia historia; rebeldía es no dejar que la cuenten por mí. Como una mujer indígena, a veces veo cómo otras personas están extirpando y extrayendo historias de nuestras comunidades. Eso me molesta mucho; tener acceso a mi cultura ha sido un proceso muy duro y muy largo. Poder seguir contando mi historia para sanar cosas con mi propia familia es un proceso, un trabajo de toda la vida, y lo entiendo como una responsabilidad muy grande. No quiero replicar lo que nos han hecho históricamente: nos estudian sin consentimiento o las imágenes que nos retratan no muestran a las personas indígenas con dignidad.

Hay momentos íntimos de familia que no quiero retratar y otros donde saben que está mi cámara presente, esa noción les otorga la elección de cómo mejor representarse y la autorrepresentación para mí es muy importante.»

Las conversaciones con su familia son una parte fundamental del trabajo de Eli, así como también lo es el storytelling como herramienta artística, funcionando para cambiar la perspectiva oficial sobre las narraciones de los cuerpos de migrantes. Contar sus propias historias es una forma de tener siempre presente quiénes son y cómo se definen. Las historias son una forma de entender que el hogar lo llevan consigo. El hogar y todo lo que hay que sanar, porque en las fotos de Eli hay unas conexiones profundas y muy personales con procesos de sanación de traumas históricos, que implican entender el pasado para transformar el presente.
En los trabajos de Sonia y Eli, contar la propia vida es una forma de resistencia, una forma de enunciarse, de ser, de estar, de insistir. Su fuerza creativa es una prueba de cómo los estados de la migración atraviesan los lenguajes, los cuerpos, las formas de escritura. Al traer al presente las voces de sus abuelas y abuelos, al construir desde la distancia, se acercan a sus historias y desafían cualquier intento de silenciar sus voces.

Notas

  1. En una economía dolarizada desde 1999, las remesas han sido fundamentales para sostener al sistema, al punto que una noticia publicada en el 2020, reportaba que en los últimos 20 años el país había recibido 49,125.5 millones de dólares en remesas, monto que representaba 3.6 veces la inversión extranjera directa. Más información aquí.

  2. Karla Cornejo Villavicencio, The Undocumented Americans, (Nueva York: One World, 2020)

  3. Gilles Deleuze, Qu’est-ce que l’acte de création?, conferencia, FEMIS, 17 de marzo de 1987.

  4. Mi mamá se levanta/ A las 7 de la mañana, se baña/ Sus pies bendecidos en agua/ Es divina/ Después, empieza con su maquillaje/ Sus manos prietas/ Gentilmente toman el delineador negro/ (como una mujer migrante a esas líneas les da la bienvenida)/ Coloca su cabello castaño oscuro en un moño/ Se pone pasadores con cuidado/ Así como cuidadosamente se pone labial/ Así como cuidadosamente pone la esperanza en la tierra/ La sabiduría de Mami me enseña que mis alas/ Están destinadas a ser gruesas/ A tomar espacio/ (estos son rituales con los que crecí)/ Así que repito/ Cada mañana trayendo mi ser a la existencia/ Entre labial y suavidad/ Entre fronteras y pertenencia/ (estas son las formas en las que sobrevivo)/ Así que repito/ Arqueando mis cejas/ Joyería sobre mi cuello/ Uñas rojas lo suficientemente puntiagudas como para sostener hogares/ Hogares que estoy construyendo/ (hogares que he dejado)/ Así que repito/ Adornando todos mis géneros/ (como si el góspel no se cantara en mi iglesia)/ Esto se vuelve bíblico/ Que esto sea una oda a las femmes de color/ Cuyas sombras de ojos celestiales rompen los cielos/ Cuyos muslos gruesos resucitan posibilidades/ Así que repito/ Que gloria incitamos/ Que gloria creamos/ ¡Qué gloria somos!

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