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14.01.2019

Hacia otra pedagogía radical de la proxémica y de lo habitable

Tadeo Cervantes, arquitecto e historiador, conversa con Lia García sobre su trabajo artístico y su búsqueda por frustar la proxemia que define al espacio público y su consecuente construcción individual y distante entre los cuerpos que lo habitan.

Esta conversación quiere ser pensada como un gesto táctil con la intensión de lograr tocar a las personas. El trabajo de Lia García, conocida como La Novia Sirena, tiene esa misma pretensión. Busca otros modos de reconfigurar lo sensible —tanto en la gente, como en los espacios— para transtocarlos. Encuentros Afectivos es un proyecto performático que interviene la ciudad y diversos espacios públicos, en el que Lia se apropia de arquetipos de la feminidad como la novia (Puede besar a la novia), la quinceañera (Mis XXy años) o la sirena (Voz en construcción), para reflexionar sobre su transición de género como una transición colectiva que implica a toda persona con la que comparte el espacio en su cotidianidad.
A través de dichos arquetipos, Lia reflexiona, respectivamente, sobre su compromiso social como mujer trans* [1] en relación a las redes de personas con las que comparte su vida; la celebración colectiva de su transición como hecho político y plataforma de comunicación afectiva a partir de un entorno construido por un eje machista; y las políticas de la voz y su construcción en personas trans* y sus efectos en el espacio público como hecho de visibilización política y a la vez de riesgo.
Así mismo, Proyecto 10Bis es un proyecto de larga duración que comenzó en 2016 como búsqueda de un encuentro afectivo con hombres privados de su libertad que habitan el dormitorio 10Bis del Reclusorio Norte en la Ciudad de México. Con pedagogías radicales, Lia busca transgredir a partir de su cuerpo trans las políticas de estigmatización que controlan aquellos cuerpos que el Estado no reconoce como “normales”.
En un país con una profunda violencia hacia las personas trans*, en este texto conversamos sobre su experiencia política y estética, la cual nos ayuda a repensar cómo nos afectamos con la diferencia y cómo los distintos fenómenos espaciales afectan o se dejan afectar por ella.

Tadeo Cervantes: En tus diferentes performances no necesitas necesariamente del lenguaje auditivo para hablar pues lo que haces es poner un acento en el espacio a partir de los símbolos y arquetipos que ahí se encuentran, mismos que desdoblan discursos a través de voces existentes. ¿Qué implica okupar [2] un espacio, habitarlo y hacerlo desde Lia, desde una corporalidad trans*?
Lia García: Okupar un espacio implica cuestionarlo. Realmente desatar preguntas. Sólo un cuerpo que arroja preguntas es mirado. Nosotras como corporalidades trans* en resistencia, nos encontramos en el plano de la visibilidad porque escapamos a las normas hegemónicas del género entendido a través del binarismo hombre/mujer. Los espacios públicos están diseñados para seguir lógicas corporales muy específicas, principalmente blancas y cisheterosexuales, que sustentan una estructura normativa que obedece a discursos occidentales y conservadores. Entonces, todos los cuerpos que se escapan de esa estructura corporal cuestionan los espacios. Al mismo tiempo me pregunto cómo me habitará un espacio, si ni siquiera estoy en las lógicas de lo que significa ser persona en ese lugar. ¿Cómo ese espacio va a habitar una corporalidad que en sus mismas lógicas rechaza? Habitar es algo afectivo. Yo habito una casa, una cama, un cuerpo y eso es afectivo. Los espacios a las personas trans* no nos ofrecen ninguna posibilidad afectiva de habitar.
TC: Me gustaría replantear la pregunta: ¿cómo un cuerpo reacciona frente a un espacio? Es decir, en tu caso, el espacio reacciona cuando haces una performance, se orienta de otra manera. Haces una fiesta en la Alameda (Mis XXy años) y logras que esa plaza se ocupe de otro modo en relación a las políticas hegemónicas que lo (re)diseñaron. [3] Entonces, ¿qué puede pasar cuando el espacio es el que te ocupa a ti? En otras palabras, hay espacios (prisiones, escuelas, casas) los cuales instauran lógicas del habitar, una lógica afectiva. Entonces, ¿cómo te habitan las instituciones y los espacios afectivamente? ¿Qué hace la performance frente a ello?
LG: A mí las instituciones me habitan desde la rabia a través de unas ganas enormes de querer cambiarlas. Cada vez que voy a la cárcel, siento un espacio que me enoja por todo lo que sucede ahí. El espacio me habita al proyectar en mí lo que no quiero de él. Como dice Jessica Marjane [4]: las personas trans* somos una ruptura en el espacio dado que no están diseñados para que vivamos ahí. Nos alimentan con la idea de que no son lugares para nosotras. Entonces, con el performance, se reconfigura el espacio; mi presencia y retorno a la cárcel o la facultad de ingeniería (donde se llevó a cabo el performance Puede besar a la novia), hace de estos espacios algo diferente dado que desde el recuerdo y desde una lógica de desobediencia yo los he recreado a mi manera. Son instituciones que yo rediseñé para mí aunque no haya una placa que conmemore dicha transformación. Es decir, hay una memoria personal que los reconfigura. A partir de ese momento, no me habitan desde el miedo, la angustia o desde lo que no quiero para mí.

TC: Según Judith Butler para producir lo público en el espacio se requieren de apoyos materiales. En el caso de tus performances, el apoyo necesario para producir un otro espacio que rompa las lógicas carcelarias es el arquetipo de la quinceañera, sobre todo a través del vestido. ¿Podrías contarnos un poco de esto?
LG: Recuerdo una vez que enseñé las fotografías del performance a una chica. Ella, elogió la fiesta y preguntó si los hombres que me acompañaban eran famiLíares. Contesté que no lo eran, y que de hecho, la fiesta había sucedido en una cárcel. “Jamás lo hubiera imaginado”, respondió.
Justo la finalidad con estos proyectos es deshacer la prisión. Lo que hace la quinceañera es difuminar la cárcel: al concentrar toda la atención en la celebración, desaparece el espacio. De esta forma, los presos, quienes forman parte de mis XV años, se reconocen como hombres afectivos. ¿Cuándo íbamos a pensar que en la sociedad una mujer trans* podría dejarse afectar así por un hombre cis heterosexual, que además está preso por situaciones muy delicadas? Para mí los arquetipos son puentes. La quinceañera en el contexto de la prisión es un puente de comunicación con otra realidad posible, porque viene cargada de festividad y tradición que hacen referencia al afuera. El vestido de quince desarticula el espacio al llevar el afuera hacia dentro.

TC: También habitamos metáforas especiales. Por ejemplo, salir del closet, expresión que no es exclusiva del plano del lenguaje pues connota cierta materialidad. Cuando habitamos estos enunciados nuestra relación con los lugares se transforma. ¿Qué piensas de estas relaciones: cárcel-closet, afuera-dentro, límite-frontera?
LG: Hay que pensar que la cárcel es un reflejo de la sociedad y viceversa. En ese sentido, afuera hay muchas cárceles y muchos closets. La prisión sólo es una punta del iceberg. “Salir del closet” tiene que ver con la liberación, y en muchas ocasiones una liberación que te lleva a otro encierro. El closet y la cárcel son conceptos que nos ayudan a pensar que el encierro no es exclusivo de las personas LGBT+. Esa idea de que sólo nosotres salimos del closet hace que pensemos el cuerpo desde lo individual. La colonización nos vino a construir como individuos. ¿Por qué la clínica Condesa nos hace creer que la ingesta de hormonas sólo se trata de nosotras, las personas trans*? Yo empiezo a ingerir hormonas, me paro en el espejo, comienzo a ver los cambios. Parece que eso es la transición, y no es cierto. Tengo una famiLía y una pareja que reaccionarán a esos cambios, al igual que toda una estructura social. Ese pequeño miligramo de pastilla que yo me tomo, implica un cambio social brutal que nadie ve. No es un hecho aislado e íntimo, pues mi cuerpo, durante la transición también habita el espacio público. Por eso mi trabajo es colectivo. Yo nunca salgo sola en las fotos de mis performances, siempre hay personas que me acompañan, quienes también muestran su transición. De esta forma, estoy en una transición colectiva. Esto no quiere decir que estoy homogenizando el tema trans* para que todxs digan que son trans*. Al final la transición y lo trans* debe ser algo que se contagie. Se pueda expandir a otros términos. Porque un hombre cis-hetero, que empieza a tener una relación conmigo, también se enfrenta a una serie de prejuicios sociales. Eso implica una opresión total. Aunque cierto feminismo diga que ponemos al hombre en un lugar de víctima, pero así es. Reitero, la transición no se trata sólo de mí pues hay toda una estructura social que también transiciona y sale del closet.

TC: Me gustaría que hablaremos del habitar de las personas trans*. Sobre todo en un contexto como México con tantos transfeminicidios y de un caso tan cercano como el de Alessa. [5]
LG: Tu pregunta es muy pertinente para casos de trabajadores sexuales. El caso de Alessa dejó ver que el espacio del trabajo sexual habita a las mujeres trans* desde la muerte. Alessa habitó el espacio de la muerte y la muerte la habitó porque fue en su espacio de trabajo donde la mataron, mismo que estructuralmente está diseñado para ello. A quien matan es a la trabajadora sexual, joven, de piel obscura, que está precarizada y que además es trans*. Ahí el espacio revela para cuáles vidas responde, cuáles importan y cuáles no. El espacio la habitó desde la violencia. Habría que cuestionar por qué. Lo que no saben los transfeminicidas es que ellos también están matando una parte de sí mismos. Por otro lado, hay que correr riesgos para ocupar espacios, porque las personas trans* siempre corremos riesgos. ¿Cómo okupas el espacio, cómo te ocupa el espacio y cómo haces el espacio habitable para otras personas trans*?
TC: ¿Qué implicaron las manifestaciones de Alessa y Paola [6]? ¿Qué implicó cerrar la Avenida Insurgentes en la Ciudad de México y okupar el espacio para mostrar que hubo vidas que no importaron y que la muerte las habitó?
LG: Primero, así como la transición es colectiva, también la muerte. Yo me acuerdo que cuando pasó lo de Paola, Kenya Cuevas [7] hizo una acción muy fuerte. Llevó el cuerpo de Paola a Puente Alvarado. Fue un funeral político: el cuerpo estaba presente donde había sido asesinada. Los medios cuestionaron a Kenya por esta acción, a lo que ella contestó: Si esta es la manera de hacer justicia, con el cuerpo presente, lo vamos a hacer. ¿Cómo hacemos el espacio rehabitable para las vidas que no importaron o no importan? Por medio de estas acciones políticas, como una marcha, como un performance o un funeral político. Todas estas acciones están atravesadas por la voz que reclama el espacio para que el cuerpo aparezca. Eso nos han dejado estas muertes, el poder devolvernos a los lugares de otras formas más allá del miedo, para hacerlos rehabitables y así okuparlos. Nos hacemos aparecer en el lugar porque ese espacio nos ha borrado. Esas manifestaciones nos enseñan cómo estamos construyendo aLíanzas. Parece que en este país —qué triste decirlo así— para ocupar un espacio requerimos la muerte.

¿Por qué tiene que ser la muerte, o el duelo político, lo que nos convoque para hacer aLíanzas? Eso está muy jodido. Hagámoslo desde antes y así probablemente impediremos la muerte.

TC: Me parece que tu obra es una apuesta por construir otro tipo de pedagogías táctiles y afectivas, que vinculen a las corporalidades. En ese sentido, en el campo de lo social, ¿cómo nos dejamos tocar y afectar por lo trans*? ¿Qué otro tipo de tactos podemos apre(he)nder?
LG: Por eso trabajo con la sirena. Cuando me pongo la cola se potencia el tema de las fronteras; es una invitación para que la gente rompa sus fronteras afectivas. Para que se deje tocar y toque. Hemos dado por sentado que la proxemia es lo más natural del ser humano. Que las personas construyen su espacio personal a partir de aislarse de los demás. Ésta es una ciencia que justifica que tenemos un espacio individual, mismo que está delimitado por ciertos metros a la redonda de otra gente. Eso es algo colonial y patriarcal. Es momento de cuestionar qué más podemos traer al espacio público y al momento en el que nos encontramos con lo táctil. Es construir un tacto no jerárquico, más simultáneo. Esto tiene que ver con las personas que nos están tocando o que estamos tocando con nuestra historia.
TC: Evidentemente pensando que hay mujeres que no quieren que los hombres las toquen.
LG: Eso también habla de una historia colonial. Eso es una cicatriz de la colonización porque los españoles vinieron, sexualizaron a las compañeras indígenas y las violaron. La identidad femenina en este continente es producto de una violación. El tacto, al instalarse desde lo sexual sentó las bases de una cultura de la violación, la cual devino en miedo a que nos toquen. Ese es un tema que también le compete a lo trans*: las mujeres estamos históricamente sexualizadas por la mirada masculina heteropatriarcal. La pregunta es ¿cómo nos desexualizamos? Ese es el motivo por el que hay que aprender otras maneras de tocar. ¿Qué estamos tocando cuando tocamos? Por eso hago uso del arquetipo de la sirena, para invitar a la gente a que entre en contacto con otro mundo y así activar la fantasía. ¿Por qué no resistir desde la fantasía? Al final eso es lo que nos queda en un mundo tan violento.
Ante el mismo, hay que romper esa proxemia que tienen los espacios. ¿Cómo te explicas que en el metro de la ciudad haya proxemia, cuando en la hora pico nos estamos tocando y oliendo? Hay una resistencia a activar los sentidos. Existe distancia entre los cuerpos, aunque nos estemos rosando. Reitero, el tacto va más allá de lo sexual, del pecado o de la culpa. Mi trabajo trata sobre un tocar reconciLíador, pedagógico, que nos permita transitar y que nos permita romper con la idea de que tocar es sinónimo de sexualizar. Podría ser erotizar, pero lo erótico es político. La sociedad está mediada por lo sexual, eso me parece muy violento. Nosotras como mujeres trans* estamos muy cosificadas. Parece que como mujeres trans*, lo sexual, es la única manera de comunicarnos con los hombres. ¿De qué maneras podemos superar eso y posicionarnos como otras corporalidades que cuestionen lo sexual?

Notas

  1. El asterisco que acompaña la palabra trans se utiliza para pensar dicha identidad como un paraguas de posibilidad de muchas identidades en tránsito. Así mismo, este mecanismo se opone a pensar que las identidades trans* sólo se reducen a las famosas tres “T” en el acrónimo LGBTTTIQ+ (travesti, transgénero y transexual).

  2. El uso de la k en el verbo ocupar es un gesto gramatical que busca vincularse con la cuestión política del okupa, es decir, el derecho a reclamar un espacio del que las estructuras nos han privado.

  3. La Alameda Central en la Ciudad de México fue remodelada durante la administración de López Obrador (2000–2005) como parte del Programa Parcial de Desarrollo Urbano Centro Alameda, lo que provocó un proceso de gentrificación, desplazamiento y limpieza social para desarticular un espacio público que era habitado por grupos populares y minoritarios a través de “[criminalizar] la alteridad y la pobreza con la finalidad de reducir la inseguridad.” Adrián Hernández Cordero, “Gentrificación y desplazamiento: la zona de la Alameda, Ciudad de México” en Perspectivas del estudio de la gentrificación en México y América Latina, eds. Víctor Delgadillo, Ibán Díaz y Luis Salinas (México: Instituto de Geografía Universidad Nacional Autónoma de México, 2015), p. 255–273.

  4. Abogada y activista trans mexicana.

  5. Alessa Flores fue una activista trans*, trabajadora sexual y defensora del trabajo sexual perteneciente a la Red de Juventudes Trans, asesinada el 13 de octubre de 2016.

  6. Paola Ledezma fue una trabajadora sexual trans*, asesinada el 30 de septiembre de 2016.

  7. Kenya Cuevas es una activista trans*, defensora de derechos humanos y promotora para la prevención del VIH.

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