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Edición 13: La pared dividida

Elisa Silva

Tiempo de lectura: 11 minutos

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07.01.2019

Las Cassandras urbanas de nuestros tiempos

Elisa Silva desarrolla una reflexión que reexamina los asentamientos informales a partir de las posibilidades que estos ofrecen para hacer espacios públicos y combatir la inequidad social en vías de un urbanismo más incluyente.

Aunque comúnmente asociamos la inequidad con la distribución de ingresos y oportunidades económicas, también está estrechamente inscrita en diferencias estructurales del territorio. Los asentamientos informales producen inequidad al cementar y perpetuar condiciones urbanas de exclusión y diferencia. Transporte urbano, servicios públicos, educación y capacitación son categóricamente distintas para personas que viven en un asentamiento informal versus aquellos que viven en los segmentos planificados de la ciudad. En Caracas, por ejemplo, la densidad poblacional dentro de los barrios, como se les llama en Venezuela a los asentamientos informales, es entre tres y cuatro veces mayor a la de sus vecinos formales, sin que sea compensado por mayores dotaciones de espacio público y servicios urbanos. [1] Más aún, el limitado acceso a oportunidades repite ciclos de pobreza y crea un terreno fértil para que los jóvenes opten por un proyecto de vida junto a bandas delictivas —donde consiguen aceptación social y autoconfianza a partir de la misma— y sus pares femeninos trunquen su formación con el embarazo adolescente, el cual reafirma dinámicas aspiracionales alrededor de la maternidad como posibilidad de reconocimiento de sus pares mujeres, en relación a la religión y las costumbres.
La inequidad territorial es ubicua y afecta a una porción significativa de la población mundial. Los asentamientos informales son endémicos de los centros urbanos en países emergentes, donde reside la mayoría de las personas en el mundo. [2] A veces, hasta la mitad de los ciudadanos, como en el caso de Caracas, viven en asentamientos informales [3], mientras que en algunas ciudades africanas la proporción asciende a 80%. [4] Según las Naciones Unidas, desde el 2003 una sexta parte de la población, es decir un billón de personas, vive en asentamientos informales y se estima que el número se duplicará para el 2030. [5] La dimensión de esta cifra debería suscitar un cambio en la aproximación al tema por parte de toda la ciudadanía. Es evidente que lo que se ha estado haciendo no ha dado resultado.

“Lo que se ha estado haciendo”, y lo que promueve el discurso de la arquitectura moderna y el diseño urbano ante la inequidad social está enfocado errónea y centralmente en la vivienda social.

Aunque producida como un constructo de buenas intenciones, la vivienda social por sí sola no desdibuja diferencias urbanas.

Lo crucial en la reducción de la inequidad es el grado de integración que se logra forjar entre segmentos sociales diversos, y esto depende de un conjunto de factores que incluyen cercanía geográfica, el acceso a equipamientos y la oferta variada de oportunidades para los habitantes. [6] Rara vez un proyecto de vivienda social ha tenido estas consideraciones presentes, más bien tienden a ubicarse en las periferias de ciudades, donde el suelo es menos costoso y permite mayor rentabilidad, de forma masiva y sin los complementos urbanos que la deberían acompañar. Por ello, luego de casi un siglo de producción de vivienda social, tanto en América Latina como en el resto del mundo, no hemos visto significativos avances en la disminución de la inequidad urbana.
Por otro lado, los asentamientos informales son una realidad y muchos siguen creciendo; la insistencia en políticas de vivienda como principal frente de inversión social pareciera negarlo. Jordi Borja, arquitecto catalán y experto en procesos de renovación urbana, afirma desde su experiencia que “los proyectos de vivienda y otros proyectos de infraestructura tienden a enfocarse en un sector particular sin mantener una visión urbana holística; se le da prioridad a la pavimentación de calles y vivienda”. [7] Las autoridades locales constantemente confunden el urbanismo con la vivienda. Además de ser una aproximación incompleta, el simple hecho que económicamente no es una respuesta viable para atender la magnitud de personas viviendo en comunidades espontáneas debería ser suficiente para descartarla, o al menos no apostarle al cien por ciento. Una nueva vivienda no mitiga la exclusión urbana existente, ni representa una oferta pertinente para las personas viviendo en barrios; es más bien una forma de evadir la responsabilidad ante sus carencias. Urge aceptar que la vivienda auto-construida ha sido una respuesta a la demanda habitacional y que es parte de la ciudad. Sus limitaciones yacen en los aspectos que excluyen a sus habitantes de las dinámicas urbanas, no tanto en la vivienda como tal. Y estos aspectos excluyentes existen no sólo en el territorio sino también en las mismas políticas públicas que se diseñan e implementan con respecto a la ciudad.

Afortunadamente, algunas ciudades en América Latina, entre ellas Río de Janeiro, Medellín, Bogotá y Guayaquil, han incursionado ya en casi tres décadas de experiencia en proyectos de mejoramiento de barrios y ponen en evidencia cuáles han sido las aproximaciones más exitosas en disolver diferencias territoriales. Aunque sus enfoques varían, un elemento constante es que los proyectos que incluyen componentes de espacio público han tenido efectos muy notables en avanzar la integración y la equidad, como es el caso del Malecón Salado en Guayaquil, Ecuador y el Ecoparque Moravia en Medellín, Colombia. Se trata de un tipo de intervención que requiere de mucha menos inversión que los proyectos de vivienda, y al incidir en el dominio público tiene el potencial de diluir límites físicos urbanos y comenzar a integrar diversos sectores de la ciudad. Además, el espacio público es una vía para fomentar y desarrollar la cohesión entre ciudadanos ya que ofrece un lugar abierto no sólo para el que vive en la comunidad, sino también para el foráneo. Se trata de una herramienta muy potente en la construcción de ciudadanía y pertenencia, que se comprueba en los estudios de Jane Jacobs en Manhattan durante los años cincuenta y sesenta, y más recientemente propugnado por Jan Gehl desde Copenhague y por otras iniciativas europeas y norteamericanas. La relevancia del espacio público para los asentamientos informales no es menor. Por el contrario, las altas densidades y el uso mono-funcional típico de las comunidades espontáneas hacen que sea aún más pertinente.
La futura publicación Puro espacio: transformaciones de espacio público en asentamientos informales de América Latina la cual escribí en conjunto con la oficina Enlace Arquitectura, y editado por Actar con el apoyo de la Graham Foundation y CAF Banco de desarrollo de América Latina [8], justamente rescata 23 experiencias que han avanzado la capacidad de sus ciudades de disminuir inequidades territoriales a través del espacio público. Aunque algunos de los proyectos incluidos forman parte de programas oficiales, muchos también han sido financiados desde el sector privado y/o apoyados por entes multilaterales. Como hechos concretos, dichos programas deberían provocar que las autoridades locales y los ciudadanos se pregunten qué sucedería si los recursos típicamente dedicados a proyectos de nueva vivienda social se invirtieran en estrategias que integran los asentamientos informales existentes a la dinámica urbana, en especial mediante el espacio público. Quizás tendrían la oportunidad de reconocer el valor estratégico que tiene el espacio público por su efectividad, en abrir vasos que vinculan diversos segmentos de la ciudad, además de su viabilidad y bajo costo.

Desafortunadamente la inercia presente en procesos urbanos ya instalados, como en el caso de México donde existe todo un sector de la industria inmobiliaria enfocada en proyectos de vivienda social, con el apoyo desde el gobierno central de la CONAVI e Infonavit, o el intangible éxito propagandístico del programa Gran Misión Vivienda Venezuela que compra la lealtad del pueblo a través de una posible promesa de vivienda, pareciera confirmar que la sensatez y la responsabilidad seguirán teniendo grandes adversarios antes de lograr regir la conformación y transformación de ciudades. Y ante monstruos financieros a esa escala, la audacia de atreverse a formular intervenciones urbanas alternativas desde ámbitos cívicos y más modestos pareciera iluso, por no decir auténticamente ingenuo.
Quizás lo es aún más en el caso venezolano, ya que los años de asistencialismo prácticamente anularon la capacidad del ámbito cívico de formular pensamientos propios. Hasta hace muy poco el status quo en la sociedad, tanto en los sectores populares como entre los empresarios más acomodados, y de forma muy conveniente, fue otorgar toda responsabilidad acerca del funcionamiento urbano a las autoridades locales y nacionales. Hoy día esto ya no es así, por un lado, porque la imposibilidad del gobierno de realizar prácticamente cualquier labor ha sido ampliamente comprobada, y porque este declive le ha permitido al ámbito cívico descubrir la injerencia que puede tener sobre temas urbanos, así como la posibilidad de formular pensamientos críticos sobre la ciudad, e incidir en la construcción de ciudadanía. Hoy existen docenas de iniciativas privadas en Venezuela que abogan por la ciudadanía, la movilidad alternativa, la recuperación del espacio público, la integración de los barrios, etcétera.

Ante el nivel de violencia psicológica, daño adrede y dolor que se vive en Venezuela, estas reflexiones hoy día pueden parecer extemporáneas e irrelevantes. Lo cierto es que se trata de una violencia que no es humanamente digerible: más bien se cohabita con ella mediante todos los mecanismos posibles de defensa que cada quien ha podido desarrollar. Entre ellos, existe uno muy desconcertante que Federico Vegas recientemente relata en su artículo La fascinación [9] como una suerte de atontamiento que simplemente paraliza. La fascinación adormecida no la produce la agresión, o no solamente, sino las metodologías tan descomunalmente absurdas y burlescas que se usan para administrarla. Podemos revisar el contexto histórico que precede este presente lleno de crueles quimeras, pero desde hace un buen tiempo ya no se puede usar para justificar tanta gratuita maldad y egoísmo de poder; esta maldad más bien pertenece a esferas profundamente patológicas y personales propias del reducido grupo que dirige el actual gobierno venezolano. Para lo que sí puede servir la historia es para entender una vez más cómo la ciudad es reflejo de la sociedad que vive en ella, y cómo específicamente la historia urbana de Caracas siempre ha divulgado abiertamente sus trastornos.

Mientras se le dedicó mucha atención a la realización del proyecto moderno en Caracas, entendido como la conquista del cerro Ávila con la construcción de la Torre Humbolt (1956) y el teleférico (1955), la realización de la Ciudad Universitaria (1954), el Centro Simón Bolívar (1947), el Helicoide (1955–1961) y el trazado de amplias autopistas que por demás acabaron con la relación de la ciudad y su río —todos alabados testimonios de una arquitectura e infraestructura moderna envidiable a los ojos del mundo en aquel entonces—, en paralelo los asentamientos informales crecían a un ritmo mucho mayor. Ya en 1966 cubrían 17% del territorio urbano de Caracas; en 1983, 36% de la población vivía en ellos. [10] En el caso caraqueño, crecieron sobre las colinas que rodean la ciudad: es decir no es que no se podían ver, todo lo contrario, estaban en plena vista. Ha sido una suerte de “Cassandra” urbana que siempre advirtió que dentro de la ciudad estaba creciendo una inequidad social que requería de seria atención. En la mitología griega, Cassandra fue la hija del Rey de Troya. Apolo se enamoró perdidamente de ella y le confirió el don de la profecía. Cassandra, sin embargo, no le correspondió los avances, y él se venga de ella condenándola a que siga viendo el futuro pero sin que nadie le crea. De hecho, Cassandra predice la caída de Troya, pero no pudo cambiar la historia. En la psicología, la figura de Cassandra se usa para describir la conciencia humana capaz de formular advertencias y prevenirnos de sufrimientos. La figura de Apolo representa el alter ego que recurre a la negación y la desacreditación de la conciencia como mecanismo de escape y evasión de responsabilidad. Y esta apropiación del mito por la psicología describe muy hábilmente lo que sucedió en Venezuela: mientras los asentamientos informales crecían a un ritmo hasta 2.5 veces mayor que su contraparte “formal” [11], tanto el gobierno como el sector privado prefirieron negarla y sucumbieron al emborrachamiento que les procuró la bonanza económica del petróleo y el poder, ignorando el crecimiento de un profundo descontento social que fue el caldo perfecto para el surgimiento de un movimiento populista. Y así como Troya cayó, también ha caído Venezuela, no sin las Cassandras que lo advirtieron.

En nuestro caso trabajando en Venezuela, principalmente en Caracas, nuestro empeño en construir oportunidades de hacer espacios públicos junto con comunidades en asentamientos espontáneos es el resultado de años dedicados a la observación e investigación tanto en barrios de Venezuela como en otras ciudades de la región. La beca Wheelwright Fellowship de la Universidad de Harvard en el año 2012 representó una oportunidad única de recorrer ciudades de América Latina y conocer los proyectos de mejoramiento de barrios que se habían realizado. Así mismo, el trabajo realizado en La Morán Caracas junto con estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, el Dividendo Voluntario para la Comunidad, Fudep y CAF desde el 2007, revelaron y confirmaron el potencial transformador latente en el espacio público.
Hoy, ya quizás no es tanto consecuencia de nuestro trabajo, sino más bien una obstinación de sobrevivencia que nos mantiene en esta línea de acción. Si la parálisis de la fascinación es una defensa ante el bombardeo de agresiones malévolas y absurdas, Vegas también asoma que la creatividad y la audacia de trabajar para una realidad futura es un mecanismo para enfrentar la agresión y forjar resiliencia. La idea es que, construyendo, aunque sean unos pocos ejemplos concretos de espacio público en asentamientos informales, se podrá constatar el efecto urbano y el alcance social que puede tener en términos de integración y equidad. Poco importa si esta integración sucede con colores socialistas, mezclados, vivos u opacos. Pero tiene que suceder, tanto en Venezuela como en el resto de América Latina. Ante la creciente inequidad que tan flagrantemente amenaza temas mucho mayores de cohesión social, paz y sostenibilidad ambiental, habrá que reconocer las obvias Cassandras que nos convocan y hacer todo lo posible cada uno desde su disciplina y espacio, sin importar cuan insignificante parezca, para que mediante pequeñas alteraciones que introduzcamos en la historia quizás nuestra Troya se salve, o al menos no caiga del todo.

Notas

  1. La densidad de población en las áreas formales del Municipio Baruta es 53 hab/has, mientras que en los asentamientos espontáneos en promedio asciende a 375 hab/has.

  2. Banco Mundial. Consultado el 7 de enero de 2018: [http://data.worldbank.org].

  3. Elisa Silva, et al. CABA: Cartografía de los barrios de Caracas 1966–2014. (Caracas, 2015), p. 181

  4. Aron Maasho, Ethiopia 80% of urban population live in slums in Ethiopia. Sapa-AFP, 18 de enero, 2007. Consultado el 7 de enero de 2018: [http://nazret.com/blog/index.php/2007/01/18/ethiopia_80_of_urban_population_live_in].

  5. United Nations Population Fund. Consultado el 7 de enero de 2018: [http://www.unfpa.org/urbanization].

  6. Doug Saunders en su libro Arrival City: how the largest migration in history is reshaping our world (Nueva York: Vintage, 2012), argumenta que en el siglo XXI una tercera parte de la población está en movimiento. Los asentamientos informales o “ciudades de llegada” reciben la población en movimiento pero de forma separada y explícitamente segregada de la dinámica urbana “formal”. En ese sentido, reflexiones sobre la inequidad territorial se extienden no sólo hacia los ciudadanos sino también hacia los inmigrantes.

  7. Jordi Borja, and Z. Muxi. El espacio público: ciudad y ciudadanía. (Barcelona, 2003).

  8. La fecha de publicación de esta investigación es mayo 2019.

  9. Federico Vegas, La fascinación. Prodavinci, 29 de septiembre 2018: [https://prodavinci.com/autores_pd/federico-vegas/].

  10. E. Silva p. 181.

  11. Ídem. Esta tasa de crecimiento también la afirman los estudios de Federico Villanueva y Josefina Baldó en el Plan de Habilitación Física de Barrios de 1996.

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