02.03.2020

El potencial de comunar

Lxs académicxs Lara García Díaz y Pascal Gielen argumentan que la condición de precariedad que aqueja a lxs emprendedorxs culturales podría ser el fértil aunque oscuro semillero de nuevas formas de «comunar», capaces de exceder la trágica falta de recursos estables en el campo cultural.

 

Los cuatro niveles de la precarización
La competencia por la seguridad individual y la ansiedad de ser expuestos a la vulnerabilidad existencial parecen haber eclipsado lentamente las posibilidades de solidaridad comunal y acción política colectiva. En el campo creativo, el prevaleciente estatus de trabajo independiente, en el cual muchxs artistas y trabajadores culturales se encuentran sumergidxs; así como la economía basada en proyectos bajo la cual se sustenta dicho campo, obstaculiza la habilidad de dichxs artistas y trabajadores para participar en procesos que podrían garantizar relaciones dignas y confiables entre ellxs mismxs. Desde la década de 1990 —y estrechamente relacionado con el surgimiento de las industrias creativas—, el trabajo independiente, o auto-empleo, se relaciona con el emprendimiento; el cual, en el campo creativo, está representado principalmente por la figura del emprendedor cultural[1] o culturepreneur.[2] Innovación, originalidad, flexibilidad y movilidad se consideran elementos característicos del emprendedurismo cultural[3] y son aspectos distintivos de un modelo de subjetividad laboral basada en el individualismo de alto riesgo.[4]
El emprendedor cultural de hoy en día direcciona los riesgos a tomar con dosis de inseguridad personal o, como lo hemos detectado por medio de nuestra investigación, con un sentimiento creciente de precarización en al menos cuatro niveles.[5] Primero, en el nivel económico vemos una competencia progresiva que genera que los freelancers tomen comisiones por precios más bajos o puramente por una compensación simbólica. Además, las personas incurren cada vez más en deudas, ya que el desmantelamiento del estado de bienestar degrada también otros servicios, como la educación gratuita o accesible y las becas de estudio. Esto significa que la mayoría de lxs estudiantes recién graduadxs aceptan su primer trabajo pagado aún debiendo los préstamos de sus estudios.[6] Lxs emprendedores culturales también corren grandes riesgos financieros, ya que, por ejemplo, generalmente no tienen seguro médico y cuando pueden pagarlo, es es un plan realmente barato y con beneficios limitados. Además, posponen el ahorro para su pensión el mayor tiempo posible. Al hacer esto están eficazmente sacando una hipoteca sobre su futura situación económica.
En segundo lugar, a nivel social, el aumento de la flexibilidad y la alta movilidad repercute en la vida social y privada de lxs freelancers. Como Richard Sennett estableció en The Corrosion of Character, con frecuencia lxs freelancers y lxs trabajadores por proyectos están obligadxs a viajar mucho y mudarse frecuentemente. Esto significa que tienen menos tiempo para entablar amistades profundas, invertir en relaciones familiares o participar en redes de apoyo dentro de su comunidad más cercana. Las relaciones de trabajo pueden aumentar considerablemente, mientras que las relaciones sociales, en las cuales se posibilita el apoyo mutuo, pueden disminuir.[7] Asimismo, la competencia entre emprendedores culturales tampoco es propicia para establecer relaciones sociales de confianza.

En el tercer nivel, el psicológico, hemos detectado el aumento de estrés, y casos de agotamiento y depresión. Esto se debe a que la combinación de inseguridad económica y carencia social, como se argumenta en el párrafo anterior, lleva a que un número creciente de emprendedores creativxs busquen apoyo psicológico y participen en todo tipo de entrenamiento terapéutico. Finalmente, en el nivel político, lxs emprendedores culturales son poco representadxs. Además, para obtener comisiones, el sistema del arte condiciona la posibilidad de que lxs artistas aborden críticamente las condiciones laborales abusivas o expresen sus preferencias ideológicas. En este último caso, muchos proyectos a menudo reducen su carácter político para poder entrar en circuitos institucionales que, en última instancia, aseguran su supervivencia económica a corto plazo.
¿De la clase obrera al empresariado cultural?
A simple vista parece ser que el remedio ante esta ansiedad existencial y la creciente precarización laboral es la solidaridad y la colectividad.[8] Al igual que Karl Marx, quien abogó por la organización (internacional) del proletariado, pues era necesario el cambio de una Klase-an-sich (clase en proceso) a una Klasse-fürsich (clase por sí misma); debemos preguntarnos si la solución para la precariedad de lxs emprendedores culturales se encuentra también en la creación de un colectivo consciente de clase. Sin embargo, una serie de diferencias fundamentales entre el proletariado y lxs emprendedores culturales precarixs hacen improbable que haya soluciones similares para mejorar su posición social.[9] Una de las primeras divergencias entre ambos es precisamente la diferencia en origen y educación. Mientras que el proletario en el tiempo de Marx, o la clase obrera en el tiempo de Pierre Bourdieu,[10] consistía en trabajadores poco o nada cualificadxs, cuyas madres/padres también pertenecían al más bajo nivel social, actualmente, el origen de lxs emprendedores culturales precarixs es más diverso. Este grupo incluye tanto a la clase baja cualificada como miembros de la clase media o alta, que han tenido acceso a educación de nivel superior.      
 Otra diferencia fundamental es la manera en que estos grupos pueden confrontar a sus empleadores: una clase obrera puede hacerlo de manera colectiva, unidxs por su estatus compartido de empleadxs, mientras que lxs emprendedores culturales precarixs, se enfrentan a una paradoja que resulta de su estatus prevaleciente como freelancers: son al mismo tiempo empleadxs y empleadores de sí mismxs. Por lo tanto, este creativo empleadxr-empleadx no tiene otra clase social que señalar con el dedo acusador. Después de todo, la razón de su precarización radica, en parte, en los riesgos que lxs emprendedores culturales asumen. La filósofa Isabel Lorey ha abordado dichas formas de auto-opresión con el concepto de «auto-precarización».[11] Lxs emprendedores culturales son hoy en día responsables de autocontrolarse, economizarse y racionalizar su propio tiempo de trabajo.[12] Se vuelven responsables de asegurar su supervivencia, y son ellxs mismxs tanto la fuente de explotación como lxs productores de ansiedad existencial.
Otra distinción que es importante resaltar aquí entre el proletariado y lxs emprendedores culturales de hoy en día, es la gran influencia que las teorías y prácticas feministas han tenido desde finales de la década de 1970, en la reconsideración de formas de opresión que van más allá de la categoría única de clase. El género, por ejemplo, se ha convertido en una categoría crucial para entender cómo se organizan los sistemas de poder entrelazando diferentes ejes de opresión. Además, a finales de la década de 1980, nace el término de “interseccionalidad” o “feminismo interseccional”, con el cual se comenzó a abordar la manera en que los diferentes aspectos y categorías de identidad se entrecruzan o superponen entre sí. Hoy, los trans*/feminismos interseccionales han abierto un espectro que señala cómo el cis-hetero-patriarcado, a través del orden moderno/colonial, ha impuesto construcciones socioculturales en torno al género, la raza, la sexualidad, la capacidad corporal, entre otras categorías que llegan a tomar un papel importante al pensar en formas de protesta colectiva. Al respecto, las demandas de lxs emprendedores culturales de hoy en día no sólo necesitan cuestionar conceptos de clase, como el proletariado, sino también conceptos como la igualdad de género y racial, por nombrar algunos.

En general, las diferencias entre el proletariado y lxs emprendedores culturales sugieren que los desafíos políticos actuales requieren de otras agencias revolucionarias y nuevos métodos de organización que aquellos aparentemente utilizados por el proletariado descrito por Marx. Como se señaló anteriormente, un posible remedio —específicamente la reconfiguración de la colectividad y las formas de solidaridad mutua—, puede ser aún bastante similar. Dejando a un lado la política actual de victimización pura, Lorey sugiere contrarrestar el poder constituyente a través de «prácticas políticas basadas en la multiplicidad de los precarios».[13] Además, basándose en gran medida en el trabajo de la filósofa Judith Butler, Lorey sugiere la precariedad como un «factor unificador», en lugar de una característica despolitizante. En otras palabras, el individuo, independientemente del grupo social o la clase a la que pertenezca, se convierte en parte del colectivo precario y, por lo tanto, adquiere agencia política a través de la vulnerabilidad compartida.

Lo común se produce a través de la comunicación entre singularidades[14] y la precariedad se convierte en una comunidad unificadora que permite la agencia; un amenazante método de constitución que facilita la búsqueda de alternativas y la invención de nuevas formas de inmunización que directamente niegan la contingencia.[15]

En este punto, es crucial destacar cómo Butler y Lorey entienden la «composición» como un momento de resistencia, una forma de coalición en la política contemporánea basadas en «cuerpos en alianza»[16] contra una precariedad económica común. A partir de este punto de partida, queremos proponer la precariedad como un punto de articulación —un momento negativo de insubordinación— hacia la creación de una sociedad basada en principios comunes. Dicho de otra manera, una condición precaria común se convierte en un punto de partida desde donde comenzar a experimentar nuevas identidades colectivas y formas de organización, plataformas creativas de resistencia y formas sociales más colaborativas. Lo anterior nos lleva a los principios del comunar.
Articulación, auto-organización y comunar
Continuando con la revisión de la teoría de clase marxista, la ideología ha tenido un papel importante en el proceso de teorización de la conciencia de clase. Al relacionar la ideología con los objetivos de los grupos sociales de cada clase, Marx observó cómo las clases dominantes podían mantener y reforzar sus intereses mediante la articulación de una ideología concreta. En el mismo sentido que Marx, Georg Lukács hizo una distinción entre conciencias. Por un lado, la «falsa conciencia» se derivaría de las clases altas, que presentaban las leyes económicas como universales; mientras que por el otro, la «conciencia verdadera» provendría del proletariado, capaz de percibirse a sí mismo como consecuencia del capitalismo histórico.[17]                                                                                                       
El teórico y político italiano Antonio Gramsci, para superar el reduccionismo de clase que resulta de la “falsa conciencia” de las clases altas, rompió y abrió la comprensión marxista de la ideología al incluir la idea de hegemonía y, en particular, el concepto de «intelectual orgánico».[18] Dentro de este marco, la ideología no pertenece a una estructura de clase económica única, sino que los sistemas ideológicos navegan entre diferentes clases sociales a través de discursos y otros elementos culturales. Dichos elementos ideológicos diferentes están organizados en un sistema social en el que una clase no sólo posee la supremacía económica, sino que también ha articulado con éxito elementos esenciales de sus valores, moral y actitudes culturales por medio de la sociedad civil, logrando finalmente consolidar la hegemonía o el poder social. Por lo tanto, el concepto de hegemonía de Gramsci se basa en el éxito de las clases dominantes para presentar su definición de realidad, así como en la aceptación absoluta de esa realidad por parte de otras clases sociales y grupos subalternos como “sentido común”.                                                                                                                                                                                                                                                     

Si continuamos con la reflexión sobre la ideología de Gramsci y tomando en cuenta, como se argumentó anteriormente, a la precariedad como un punto de articulación, nos gustaría considerar formas de organización y colectivización basadas en varios niveles. Primero, el nivel de articulación se desarrolla al cuestionar y criticar con precisión el «sentido común» hegemónico, que hace referencia al actual sistema económico, social y político dominante. En ese sentido, la articulación se forma cuando las alternativas comienzan a formularse. Dichas articulaciones tienen lugar principalmente en el público y el espacio discursivo, en donde las ideas se enfrentan entre sí en disenso. Los teatros, museos, festivales y bienales pueden ser hoy en día una plataforma importante donde la articulación de prácticas críticas pueda operar de una forma u otra,[19] pues las ideas por sí solas pueden no producir resultados prácticos en la vida diaria.                                                     
En segundo lugar, por lo tanto, lxs emprendedores culturales tendrían que tomar medidas y comenzar a experimentar con formas de auto-organización, o, en el lenguaje de Butler y Lorey, respectivamente, “comenzar a construir composiciones[20] basadas en «cuerpos en alianza».[21] Sin embargo, la auto-organización se configura principalmente a través de la proximidad de sus miembros, que generalmente habitan en la misma localidad y, por lo tanto, comparten preocupaciones similares. Para apuntar a intervenciones estructurales, los modelos alternativos deben distribuirse y, especialmente, compartirse más allá de las fronteras locales. Como hemos visto en otras ocasiones, tales formas de auto-organización a veces tienden a dirigirse a una comunidad relativamente pequeña y principalmente cerrada. Esto es, en tercer lugar, lo que propusimos como el proceso de comunar. Las economías alternativas, o redes de apoyo e intercambio, deben demostrar su efectividad a otrxs si van a generar efectos estructurales. Esto requiere el intercambio preferiblemente gratuito o de muy bajo costo de información y conocimiento accesible, de materiales y logística, pero también de modelos de negocios y nuevas estructuras de solidaridad basadas en la confianza y el apoyo mutuo, sin reproducir, por supuesto, las lógicas coloniales de imposición.
Reflexiones sobre la potencia del comunar
Parece obvio argumentar en este punto que lxs emprendedores culturales necesitan nuevas formas de protección colectiva. De hecho, esa es probablemente una de las razones por las cuales cada vez más artistas y trabajadores culturales «colectivizan» sus actividades, configurando colectivos en los que comparten materiales y espacios de estudio, así como contactos sociales, y de esta forma reducir los costos. En algunos casos, esto conduce a sistemas de solidaridad más complejos en los que, por ejemplo, lxs participantes de las cooperativas establecen un seguro de salud alternativo y proporcionan otras formas de seguridad social. Curiosamente, cada vez más iniciativas jóvenes están explorando el páramo entre el mercado y el Estado, entre el valor comercial y el valor político-cultural. En general, lo que estas iniciativas tienen en común es que establecen sistemas de intercambio alternativos (por ejemplo, una economía compartida) y estructuras de solidaridad en las que, bajo ciertas condiciones, los bienes y servicios se intercambian de forma gratuita o al menos más baratos que en una economía de libre mercado. Esto también se refiere a formas de trabajo que requieren diseñar y hacer cumplir el copyleft[22] y otras regulaciones legales, como la licencia Creative Commons.           
Desde las fundaciones Wikipedia y Peer-2-Peer en Internet, hasta organizaciones off-line como Culture 2 Commons en Croacia, Recetas Urbanas o Zemos98 en España, o Fora do Eixo en Brasil y Ex Asilo en Italia, todos confirman un número creciente de iniciativas creativas que generan formas completamente diferentes de trabajo y organización. A pesar de su gran diversidad debido a su especificidad, lo que todas estas iniciativas tienen en común es que se construyen dentro del dominio civil. Es decir, todos comienzan con una iniciativa civil para la cual un gobierno aún no ha diseñado regulación o subsidios y que no tiene (o aún no tiene) intereses comerciales para un libre mercado.[23] Consideramos tales iniciativas como prácticas o procesos de comunión, que generan conocimiento libre al iniciar debates que, algunas veces, son retomados o iniciados por activistas en academias de arte, o por personas que analizan su posición social desde una perspectiva económica, política, ecológica y social durante las residencias de artistas o estudios abiertos. Además, penetran en el mercado al introducir economías alternativas (a través, por ejemplo, de cooperativas) y leyes o regulaciones alternativas (como la licencia Creative Commons ya mencionada).[24] 

Las organizaciones del comunar no sólo comparten un desarrollo, simultáneo, de actividades en los campos más divergentes. También mezclan libremente las relaciones formales e informales, públicas y privadas, políticas y laborales, en su estructura. Dichas organizaciones intentan resolver problemas muy prácticos y cotidianos mediante acuerdos mutuos y una división de tareas. Para ilustrar lo anterior con un ejemplo práctico: cuando un artista «trabaja en el mercado», otro artista dentro de la misma organización tiene tiempo y espacio para experimentar y desarrollar nuevos trabajos, ya que este último está temporalmente exento de ganar dinero, a través de un sistema de reciprocidad. En cualquier caso, hemos observado que el modelo de trabajo colectivo parece proporcionar otras oportunidades que las que ofrece el modelo independiente dominante de las industrias creativas. Después de todo, este último, como modelo laboral postfordista, sólo reconoce y recompensa económicamente el tiempo de producción; mientras que otros temas como la educación, la intimidad, la reproducción o el tiempo de reflexión se trasladan cada vez más a la esfera privada y pertenecen a la responsabilidad personal de cada uno. Por el contrario, un modelo de trabajo en común, colectivo y heterogéneo tiende a difuminar los límites entre la esfera de la producción y la reproducción, reconociendo su igual importancia y considerando, por lo tanto, los cuatro niveles de precarización indicados al comienzo de este texto. Es decir, y con referencia directa al largo legado de los feminismos, el trabajo en común también contempla la importante esfera que tiende a permanecer fuera de un intercambio salarial y que, sin embargo, garantiza el bienestar de cada miembro del colectivo: el trabajo reproductivo.
Sin embargo, las potenciales ventajas de la organización heterogénea y colectiva que estamos tratando de presentar, no la protegen de ciertos problemas. Por ejemplo, la típica heterogeneidad e hibridación de su organización social puede también cargar la semilla de disfunciones con las que estamos familiarizados en negocios tradicionales mixtos (familiares), como el nepotismo y las tendencias  fraudulentas. Además, tales organizaciones no sólo están amenazadas desde adentro, sino también desde afuera. La autogestión hace que sea fácil para los gobiernos (neoliberales) liberarse de las tareas públicas que originalmente eran suyas, ya que les puede resultar fácil ignorar sus responsabilidades culturales y educativas si estas tareas ya son ocupadas espontáneamente por iniciativas voluntarias. Sin embargo, una menor participación del gobierno también significa que se hace más difícil desarrollar un apoyo social más amplio basado en el dominio civil. Por lo tanto, las organizaciones de los comunes, especialmente en el campo del arte, corren el riesgo de convertirse en comunidades pares relativamente cerradas de expertxs o «conocedores». Además, las partes comerciales pueden transferir una gran fracción de los costos laborales a estos bienes comunes y sólo cosechar los beneficios lucrativos. Una investigación adicional tendrá que revelar cuáles son los valores y las trampas de estos modelos laborales colectivos creativos. ¿Cuáles son, por ejemplo, las condiciones legales y políticas adecuadas para un funcionamiento óptimo de las instituciones de los comunes?                                                                                                                                       
Mientras no tengamos las herramientas exactas para predecir el futuro, por el momento es difícil asegurar si estos diversos modelos laborales comunes podrán sobrevivir a largo plazo. Sin embargo, el potencial observado de los colectivos y las organizaciones para generar una mano de obra creativa más sostenible, hace necesaria una investigación adicional, por no decir más. Vale la pena explorar la capacidad de estas prácticas híbridas para cuestionar y desmantelar el marco de oposición entre lo público y lo privado, la producción y reproducción, o la individualidad y la comunidad, especialmente cuando los límites entre esas esferas han cambiado considerablemente. En ese sentido, la potencia de la comunidad se basa en su capacidad de experimentar y practicar formas heterogéneas de organización del trabajo creativo, pero ante todo, por su voluntad de visualizar formas más sostenibles de convivencia.

Notas

  1. En este texto en particular, usaremos constantemente el término emprendedor cultural, para referir al tipo de trabajador independiente que se inserta dentro de los campos del arte y la cultura, y que se integra en una forma específica de economía cultural basada en el autoempleo.

  2. Annet Jantien Smit, «The influence of district visual quality on location decisions of creative entrepreneurs» en Journal of American Planning Association, vol. 77, no. 2, 2011, pp. 167–184.

  3. G.T Lumpkin y Gregory G. Dess, «Clarifying the Entrepreneurial Orientation Construct and Linking it to Performance»: Academy of Management, The Academy of Management Review; no. 21, enero 1996, pp. 135–172.

  4. Josephine Berry, «Agents of objects of discontinuous change? Blairitei Britain and the Role of the Culturepreneur», Cultural Policies: Agendas of Impact. Kunstlicht, no. 37, vol. 1-2016, pp. 25–36.

  5. Lara García Díaz y Pascal Gielen, «Precarity as an Artistic Laboratory for Counter-Hegemonic Labour Organization» en: Precarious Work, Precarious Life. Frame Journal of Literary Studies, no 30.2, diciembre de 2017. Y Lara García Díaz y Pascal Gielen, «Precariat – A revolutionary Class?» en Commonism, Gielen, P. & Dockx, N. (ed.), Valiz: Ámsterdam, 2018, pp. 169–182.

  6. David Graeber, Debt: The First 5,000 Years, Nueva York: Melville House, 2011.

  7. Lara García Díaz, «Precarious Recipes: Networks of Subsistence» en Prekari>art, Bilbao: Universidad del País Vasco, 2018, pp. 235–258.

  8. David Neilson, «Class, precarity, and anxiety under neoliberal global capitalism: From denial to resistance» en Theory & Psychology, vol. 25, no. 2, 2015, pp. 1–18.

  9. Lara García Díaz y Pascal Gielen, «Precarity as an Artistic Laboratory for Counter-Hegemonic Labour Organization», Precarious Work, Precarious Life. Frame Journal of Literary Studies, no. 30.2, diciembre de 2017.

  10. Pierre Bourdieu, Distinction. A Social Critique of Taste, Londres & Nueva York, 1984.

  11. Isabell Lorey, State of Insecurity. Government of the Precarious, Londres & Nueva York, 2015.

  12. Ulrich Bröckling, The Entrepreneurial Self, California, 2015.

  13. Isabell Lorey, Estado de inseguridad. Gobernar la precariedad, Madrid, 2016, p.114.

  14. Michael Hardt y Antonio Negri, Multitude, Nueva York, 2004.

  15. Op. cit., Isabell Lorey.

  16. Judith Butler, Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence, Londres & Nueva York, 2004.

  17. György Lukács, History and Class Consciousness: Studies in Marxist Dialectics, Londres, 1971.

  18. Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks, Londres, 1971.

  19. Este argumento debe tomarse con precaución según el contexto en el que operan esos teatros, museos, festivales
    o bienales. Somos muy conscientes de que no todos los países tienen la misma libertad de expresión y cómo, en algunas regiones, una posición política clara puede conducir a sanciones judiciales o penales. Sin embargo, lo que queremos destacar aquí es cómo plataformas como las bienales, como lo fue el caso de la Bienal de Estambul en 2013 o la Bienal de São Paulo en 2014, han servido, en algunas ocasiones, como espacios para la experimentación política, la articulación y la demostración, incluso si están vinculados al patrocinio hegemónico.

  20. Lorey, State of Insecurity.

  21. Butler, Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence, pp. 66–98.

  22. Copyleft, a diferencia del copyright (derecho de autor), es la práctica de ofrecer la libre circulación de una obra en su forma original y modificada con la disposición de que las formas derivadas mantengan esta oferta.

  23. Pascal Gielen y Philipp Dietachmair, The Art of Civil Action, Ámsterdam: Valiz, 2017.

  24. Lawrence Lessig, Free Culture: How Big Media Uses Technology and the Law to Lock Down Culture and Control Creativity, Nueva York, 2004.

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