24.02.2020

¿Qué defendemos los que nacemos aquí?

De Ecatepec a Culiacán, en el entrecruce de biografías personales, el escritor Tonatiuh López narra la búsqueda común que comparte con el artista Ling Sepúlveda por encontrar posibilidades de sanación comunitaria a través del arte ante la normalización de la violencia en estos lugares de los cuales escaparon para volver.

Hay textos que son más difíciles de escribir que otros.
Hay pensamientos que se niegan a salir más que otros.
Hay demonios que no se quieren dejar exorcizar.
Cuando se nace y se crece en una tierra endemoniada, los pequeños y grandes diablillos que uno lleva dentro se encarnan como la única compañía confiable para defenderse de la violencia de esos y los otros territorios. Se podría decir que, cuando se nace y se crece en ciertos lugares, uno viene “maleado” ya de fábrica, o si optamos por las teorías científicas, si negamos la innegable fe, podríamos pensar que no se nace así y que se trata simplemente de un proceso de selección natural. El punto es que “el mal” está asignado a ciertas latitudes. Regularmente, si se pertenece a un grupo (familia) que se piensa entre los buenos (o los menos malos) del lugar, a la par que “el mal” hay otra cosa que es germinal: el deseo de que éste no se enraice, la esperanza de escapar a lo congénito. Te dicen: “algún día vas a salir de aquí”, “ya verás cómo tú sí vas a ser diferente”, “no te juntes con esa gente”… Cuando se nace y se crece en ciertos lugares “el bien” está en negar el origen: darle la espalda a los otros como tú; aspirar a ser lo que no se pudo ser, porque además de los astros, lo que define algunos destinos es también la posición geográfica (geopolítica) en la que la madre da a luz. Para ciertos cuerpos, “el mal” es originario y original.
La madre de Ling dio a luz en Culiacán, Sinaloa.
La mía en Ecatepec, Estado de México.

Según cifras oficiales, Culiacán es el municipio mexicano con más delitos de alto impacto; esto es homicidios, secuestros, robos, y otras “incidencias” del crimen organizado. Según cifras oficiales, Ecatepec es el municipio mexicano con mayor percepción de inseguridad; en 2019, 97.4% de personas mayores de 18 años consideraron que vivir en este lugar es inseguro.[1]
Los mexicas creían en el poder calificativo de los nombres. Elegir un nombre era trazar una historia. Culiacán, en náhuatl, significa, entre otras acepciones, “lugar donde los caminos se tuercen”. Hoy, una buena parte de quienes habitan Culiacán obtienen sus ingresos de actividades vinculadas al narcotráfico y el crimen organizado. Ecatepec, en náhuatl, significa “en el cerro del viento”. Hoy, Ecatepec es el municipio del país con la peor calidad del aire. Quizá el origen de nuestro “mal” es milenario. Nada es nunca una coincidencia.                              
Lo anterior sirve para pintar un paisaje de nuestros entornos —tanto de Ling como mío—; de los lugares que no fueron para nosotros porque se nos obligó a no ser para ellos: hay que dejar atrás el campo y la miseria; hay que dejar de ser obrero y la miseria; hay que dejar atrás el rancho y los animales, y la miseria; hay que dejar atrás la calle y los vagos, y la miseria. Hay que escapar de ciertos lugares porque en ellos las oportunidades no son suficientes, o porque las oportunidades que ahí existen son las que otra latitud llama “miseria”. Porque al final, ahí también hay muchas cosas buenas. Esos son también los lugares de los que obtuvimos el lenguaje: la voz: la fe: el amor: la idea de vida. Lugares en los que otrxs que aman y amamos se quedaron porque optaron por defender lo indefendible. Lugares que no podemos olvidar. Lugares en los que irónicamente nos sentimos seguros porque creemos que ahí podemos ser nosotros mismos. Nos fuimos porque quisieron, volvimos porque queríamos. Conscientes ya de que todo es siempre una contradicción.                                                                                   
Ling en Culiacán. Yo en Ecatepec. Ambos nos relacionamos con “el arte” porque, como ya dije, se nos enseñó a tener la cabeza puesta en otro lugar; sin embargo, en nuestros contextos inmediatos no existían los recursos suficientes para una real y pronta movilidad. Emprendimos entonces una huida conceptual por cuenta propia. Cuando pudimos salir de nuestras ciudades y sus supuestas limitaciones, ya llevábamos al “arte” como brújula y destino. Probamos lo que los centros institucionales, políticos y sociales llaman “arte=vida”. Nos incomodó e incomodamos. Nos sentimos extraños y comenzamos a extrañar. Así, emprendimos el camino de vuelta. Guardamos el artefacto averiado en el bolsillo. Conocíamos el camino de memoria. Ling en Culiacán. Yo en Ecatepec. Ling, artista. Yo, escribiente.
Esta revista nos llevó a conocernos con el propósito de que yo escribiera sobre lo que hacemos ahora en el retorno a nuestras tierras endemoniadas. Según la editorial de esta publicación, Ling y yo —nuestras aproximaciones al arte y los proyectos que de ellas se desprenden—, podríamos tener mucho en común por el signo geográfico que se nos asignó al nacer; porque aunque nos separen cientos de kilómetros de distancia, ambos venimos de sitios marcados por la violencia. Hay algo de razón en esta suposición. Supongo que como el amor, la tos, el humo, nacer en un lugar así es un síntoma que no se puede mantener en secreto.

¿Qué hace Ling Sepúlveda en Culiacán? Además de continuar con la producción de un cuerpo de obra —que explicada en lo general tiende analogías entre la violencia implícita en ejercicios de domesticación de la naturaleza y la paralela subyugación de individuos a ciertos sistemas laborales, históricos y sociopolíticos—, Ling, ha ideado y puesto en marcha Almendro. Residencia de arte. El proyecto llevado en colaboración con la promotora cultural y marchante Sofía Castillo, se ubica en la colonia Tierra Blanca, en la propia casa de Ling. Con menos de un año de existencia, Almendro se ha consolidado como un referente y punto de encuentro para la escena local del arte contemporáneo. Se trata de una iniciativa independiente que se piensa en torno a tres ejes: 1) residencias internacionales para la producción e investigación artística ligadas a un contexto específico (el proyecto cuenta con la posibilidad para extender las investigaciones no sólo a la ciudad de Culiacán, sino también al rancho agrícola El Chino y los entornos naturales que le rodean); 2) espacios de diálogo entre agentes locales, nacionales e internacionales (charlas, revisión de carpetas, eventos relacionales, etcétera); y 3) un espacio formativo que permite que artistas emergentes locales se enfrenten a lenguajes y discursos globales mediante talleres, charlas y grupos de estudio.

Ling en Culiacán, yo en Ecatepec (ahora así, formando parte de la misma oración), hacemos lo que hacemos porque, entre otras cosas, esperamos ser entendidos por un territorio para el que somos unos completos alienados.

¿Qué hacemos —otrxs y yo— en Ecatepec? Construir un museo comunitario sin paredes que intenta rescatar las historias, personajes, tradiciones y lugares del pueblo en el que nací: Santa Clara Coatitla. El museo se llama Museo Arte Contemporáneo Ecatepec (MArCE) y es un colectivo de artistas, gestores, activistas y vecinos que comenzó a operar en 2015. En sus orígenes, formado sólo por integrantes que habitaban también el sistema artístico, el MArCE se pensó́ a sí mismo como una ficción de museo que ironizaba sobre la figura de la institución e introducía una crítica sobre los modos de producción y circulación estéticas en espacios hegemónicos. Carente de un espacio físico y ante las necesidades de la sociedad y los contextos locales, el MArCE devino un museo performativo que realiza acciones de sitio específico en el espacio público. La idea es brindar a los miembros de nuestra comunidad y a los habitantes en general de este territorio, la oportunidad de entrar en contacto con el arte contemporáneo y utilizarlo como un medio para apalabrar/representar sus preocupaciones sociales, políticas, económicas, ambientales e incluso emotivas, además de discutir en grupo alternativas de solución para las mismas. En otras palabras, reconocernos en la complejidad —y la tranquilidad— de lo que implica cohabitar.
En palabras del editor de esta publicación, la puesta en diálogo de las experiencias de Ling y mías formando parte de proyectos que vuelcan la mirada sobre lugares cruzados por la violencia, “podría inaugurar reflexiones sobre cómo el pensamiento artístico permite encontrar otras maneras de organización social para replantear el habitar relacionado a lo común”. Lo cierto es que lo que encontré en mi visita a Culiacán, además de las connivencias entre el desarrollo personal y profesional, las ideas sobre el arte y la función social del artista, así como la decisión de emplazar nuestra práctica en lo local, echando mano de los lazos familiares y amistosos que nuestro entorno ofrece, es una coincidencia que decepciona, o quizá potencializa, el pensamiento utópico.

Ling en Culiacán, yo en Ecatepec (ahora así, formando parte de la misma oración), hacemos lo que hacemos porque, entre otras cosas, esperamos ser entendidos por un territorio para el que somos unos completos alienados. Lxs nuestrxs no se explican que seamos “artistas”. No pueden/quieren ni imaginar qué hace, cómo, para qué y para quiénes (sobre)vive alguien que desempeña este oficio. No se explican tampoco que hayamos logrado salir y que queramos regresar. Desconfían. Creen, ahora ellxs también, que tenemos algo “mal”. Y no sabemos cómo explicarles que volvimos, cada uno a su margen, porque en el centro, en el supuesto lugar correcto, nos sentíamos descolocados. En el centro, lejos del contexto que tejió nuestro pensamiento huidizo, entendimos que, en ocasiones, el imperativo de buscar la vida en otro lado sirve solamente para encontrarla en el anterior. Vivir en un margen: romper con un mundo: intentar crear otro que nos sea enteramente familiar.
Durante los días que pasé en Almendro, Ling mencionaba a menudo cómo quería demostrarle a su tío, el dueño del rancho El Chino, que él también podía trabajar el campo. Luego vino la presentación de resultados del trabajo de la artista residente Brenda Castro. La acción sucedió tan sólo unos días después de lo que lxs habitantes de Culiacán llaman “el jueves negro”: un operativo fallido para capturar a Ovidio Guzmán, hijo de “El Chapo” Guzmán, que desató un contraataque del crimen organizado para forzar su liberación, cobrando la vida de varios miembros del ejército, fuerzas armadas del narcotráfico y civiles. Como era lógico, luego de este hecho sería difícil tener espectadores; sin embargo, movidos por quién-sabe-qué, Brenda, Sofía y Ling se dirigieron al Chino. Llevaban consigo los dibujos en los que Brenda había calcado la maleza que tenía el terreno de siembra antes de comenzado el temporal. El paisaje había cambiado al de una siembra de tomate. Los dibujos fueron colocados por lxs tres en los postes que sirven de sostén a las tomateras. Los jornaleros vinieron a verlos. Brenda, Sofía y Ling explicaron el proceso de su realización. Ese día, todxs juntxs trabajaron el campo.                                         
Ling también hablaba de su casero. Quería probarle que su trabajo generaba otro tipo de capital. Estaba seguro de que al final éste estaría complacido con que su propiedad hubiera sido también un centro para el encuentro entre artistas. Algo similar me pasa a mí respecto al MArCE. No es que yo quiera demostrarle a nadie que mi trabajo también genera (de hecho, me parece preocupante la precarización laboral de los ejecutantes de este tipo de proyectos, pues las convocatorias, estímulos y premios cancelan, casi siempre, la posibilidad de obtención de ingresos; como si quienes los otorgan quisieran ayudarnos a hacer “el bien” y al mismo tiempo asegurar nuestra inmovilidad).

Lo que sí quiero es que mi familia, mi pueblo, la gente que quiero, piensen que tenemos un modo de vida que defender y que creemos representaciones juntxs, para que otrxs “afuera” y “adentro” caigan en cuenta que Ecatepec es otras cosas además de “el peor lugar para vivir”.

Y también, dejando a un lado los territorialismos, creo que otro motivo para que existan proyectos así, es la poca posibilidad de acción creativa y política al interior de las instituciones y centros que se vuelcan, preocupantemente, cada vez más sobre sí mismos, cancelando los ejercicios y discursos de la heterogeneidad. Volver, en ocasiones, es la única opción para la disidencia. En la familia, en el pueblo, con los amigos, los que te quieren siempre escuchan. Y aunque la escucha no garantice la comprensión, al final todos “tiran una esquina”.

 

¿Qué defendemos los que nacemos aquí? es una línea de texto que forma parte de una de las piezas de Ling, y es también, creo yo, la pregunta que guía nuestra práctica. Antes que ser artistas, y por eso remito al momento del nacimiento y la especificidad geográfica, fuimos Ling en Culiacán, Tonatiuh en Ecatepec. Y quizá, como consecuencia de haber nacido en la carne viva de la vida, optamos por tener esta profesión. Y quizá, como consecuencia de haber nacido en la carne viva de la vida, optamos por reformularla según lo que nuestros contextos nos permiten, para que otrxs cerca nuestro, en los pedazos de tierra que nos tocó pisar, vean que además de ser campesino, narcotraficante, empleado, ladrón… existen otras formas de responder al lugar sin tener que escapar de él. La tierra es de quien la trabaja, estos son los modos en los que nosotros ensayamos hacernos de ella.
En un texto no publicado que lleva por título Esos pellejos son carne, Ling escribe:
El quehacer artístico. Si no me di cuenta antes no me voy a dar cuenta nunca. El trabajo, la vida del campo y la contemplación, ver a la nada. Es éste el marco y el lenguaje en un lugar donde el agigantado flujo de efectivo es aspiracional y la estética que lo rodea es la del traje sastre o la camisa de crema de seda. ¡De crema de seda! ¿Cómo combinas todo esto? ¿Es esto violento o es bonito?
Ni violento, ni bonito, ni de aquí, ni de allá, ni en el margen, ni en el centro, ni bien, ni mal, ni artistas, ni anti-artistas, ni localistas, ni gentrificadores, ni demonios, ni santos ficcionales, ni esto, ni el otro: oxímoron y bisagra.
Para Ling, la música es importante. La primera mañana que pasé en Almendro desperté con una canción de fondo. Una canción que me gusta mucho y que marcó el inicio de mi simpatía por él: “El tesoro” de la banda de rock argentina Él mató a un policía motorizado. Un usuario de YouTube describe el vídeo de este tema de la siguiente manera:
Un chavo llega corriendo a una calle re turbia. Entonces llegan unos amigos motorizados y se van a hacer lo que cualquier joven sin internet haría, ir a luchar con espadas a un coso abandonado. Juntos van a vivir desopilantes aventuras como jugar a los pases con una pelota ardiendo en llamas, desenterrar a un muerto para sacarle la espada y levantarla por los aires.

Ling y Sofía, en Culiacán, fueron mis amigxs motorizados, porque ahí nadie se mueve a pie. Me mostraron una tierra llena de recursos naturales y, por lo mismo, marcada por una batalla entre los grupos de poder para controlarlos. Entendí que mi violencia era otra: la consecuencia del crecimiento salvaje de una ciudad que nos hizo despreciar nuestra estirpe y nos impuso como castigo la miseria y como solución la aspiración, el endeudamiento y la autodestrucción. Ecatepec, tan lejos de Dios y tan cerca de la Ciudad de México. En Culiacán, Ling, Sofía y yo, con la violencia como vértice, juntos en una ciudad que podría parecer un coso abandonado, vivimos desopilantes aventuras y desenterramos a nuestro modo una espada para defendernos del mundo peligroso. Una espada para hacer la guerra a quien quiera hacernos la guerra. Para luchar por un modo de estar, de imaginar la vida, que nos es digno. Para que la fuga no sea el camino. Porque hay mucha nostalgia en nuestro extrañamiento, y pesa. Pesa no poder ser como los demás, ni aquí, ni allá. Pesa no poder darnos nunca a entender. Porque, como dice Ling, “uno que la hace de cholo y ni me doy cuenta que ya no estoy ahí”. A veces, aún volviendo, es imposible volver. ¿Es esto violento o es bonito?
Si estás leyendo esto y tu madre dio a luz en alguna latitud en la que ronda el mal: mira hacia atrás, vuelve, busca tu espada y álzala por los aires junto a tus amigxs motorizadxs, quienes sean. Canten:
“Perdón si estoy de nuevo acá,
pensé que habías preguntado por mí.
Me gusta estar de nuevo acá,
aunque no hayas preguntado por mí
Voy a quedarme un poco acá,
cuidarte siempre a vos en la derrota
hasta el final, el final.»

 

Notas

  1. Melissa Galván, “Ecatepec es (otra vez) la ciudad con mayor percepción de inseguridad”, Expansión política, 17 de julio de 2019. . [Consultado el 17 de diciembre de 2019].

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