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13.08.2018

Autonomía y territorio. Reapropiación del conocimiento frente a la colonización interior

Fernando García Dory conversa con Ariadna Ramonetti, Mauricio Corbalán y Alex Alonso, sobre la importancia de repensar las prácticas artísticas y la producción cultural contemporánea como una acción necesaria de resistencia contra el despojo y violación desmesurada del territorio.

Aquel 1968, mientras los estudiantes en París o Berkeley pedían la playa bajo el asfalto [1], para la mayoría de la población latinoamericana el reto era conseguir la tierra. En los discursos y estéticas sobre eco-crítica y la emancipación de las bases materiales de la existencia, reinventar formas de gestión directa de los recursos ha sido y es asignatura pendiente. En el seno de relaciones posibles al cuidado de un agroecosistema, no sólo sería posible experimentar otra economía, sino otras formas sociales y políticas, y expresiones culturales. ¿Cómo ver a la luz del momento actual esta apuesta por territorio no sólo como custodia de una red de afectos y cuidados/cultivos, sino como base de la autonomía y la soberanía sobre la vida, una forma de ejercer el biopoder? ¿De qué formas puede la producción cultural contemporánea ir de la mano de las comunidades en defensa del territorio?

Iniciamos una conversación sobre despojo y explotación de tierras, entre agentes culturales radicados en ambos lados del Atlántico, que permita identificar los procesos de dichas acciones neocoloniales en el marco del Sur Global y posibles maneras de articular resistencia(s).

INLAND – Campo Adentro es una plataforma de colaboración que vincula producción cultural a escala global y local con la producción agraria a través de la idea de un sistema replicable y auto-sostenido post-arte contemporáneo que permite acciones como la composición de saberes, pedagogías de extensión, experimentación estética y establecimiento de comunidades-de-práctica sobre el terreno.

En 2017, Campo Adentro y fluent (espacio de arte independiente en Cantabria, norte de España, dirigido por Alex Alonso) inician una colaboración que atiende a la región de trabajo ensayando formas de investigación artística en colaboración con la comarca re-equilibrando las relaciones de poder centro-periferia.

Ese mismo año inicia la colaboración con Islario, publicación en Mexico dirigida por Ariadna Ramonetti, para profundizar conjuntamente sobre neo-extractivismo, y ecologías de la de-colonización. La colaboración con Islario desembocaría en sendas exposiciones para un recorrido por las culturas visuales del materialismo y del capitalismo en su fase actual, de las resistencias y nuevas identidades que se configuran, como el nuevo indigenismo, al hilo de las acciones de Standing Rock, gobiernos populares andinos o el pueblo Sami, y los posibles futuros climáticos y sociopolíticos.

A finales de 2017, INLAND junto con el colectivo M7Red trabajan por invitación del MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) con diversos agentes locales para especular futuros del agro argentino a partir de la compleja realidad actual. M7Red es un proyecto que celebra la independencia del campo como ecosistema de pensamiento y prácticas críticas, a su vez vinculándolo a una cosmología más extensa de comunidades con formas de vida disidentes y entrelazadas.

Por ello, a través de esta conversación se pretende trazar una serie de relaciones interdependientes, necesarias para proclamar la potencial independencia de los saberes de la ruralidad.

Fernando García Dory: Ariadna, elegiste hacer tu tesis sobre la lucha de una comunidad en defensa del territorio, en este caso Texcoco, tomando posición como investigadora al implicarte sobre el terreno en un proceso social, algo no tan común en la academia actual. ¿Has encontrado puentes entre ambas realidades? ¿Sientes que es posible en tanto productores culturales contribuir de alguna forma a estos procesos?

Ariadna Ramonetti: Durante todo 2016 y una parte de 2017 tuve la oportunidad de acompañar a varios campesinos y pequeños propietarios de Atenco y Texcoco, agrupados en un movimiento social regional llamado Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) y que son quienes resisten al emplazamiento del NAICM [2] en su territorio desde el 2001. Este acompañamiento me llevó a involucrarme con la organización a diversos niveles, suscribiendo el argumento del Frente: es un atentado contra la naturaleza dejar morir a un lago —un sujeto no humano— para sustituir su presencia por la de un aeropuerto mismo que atenta y daña los derechos de estas comunidades a la tierra, al agua y a transitar libremente por el territorio que habitan. Respondiendo a tu pregunta y pensando también desde el ámbito de la producción cultural: durante el tiempo que estuve en el campo, la única manera que encontré para tender puentes entre el Frente y mi posición de etnógrafa en aquel momento fue estar con ellas y ellos, prestar ayuda y conversar. Creo que es posible, contribuir a esta resistencia si se da la disposición y el tiempo para promover diversos procesos de acompañamiento con una repercusión de más largo aliento concretándose en una obra, una publicación o algún tipo de memoria visual que contribuya a difundir las diversas causas por las que se lucha en contra del extractivismo, el despojo, la violencia económica y el desplazamiento.

FGD: De esa experiencia, si no me equivoco, surge la idea de Islario. A través de este proyecto, en los dos números publicados hasta la fecha, creas una plataforma que da mayor alcance a una inquietud. Por un lado, inicia un debate sobre las agresiones del modelo desarrollista sobre el medio ambiente y quienes lo habitan, y por otro, extiende el radio de escucha a diferentes casos en Latinoamérica. ¿Cuáles agresiones estás recogiendo y a partir de ello, cuál es tu análisis del momento actual en la región?

AR: La primera fase constructiva del aeropuerto posee un carácter profundamente agresivo con el medio ambiente, ya que para sus cimientos es necesario desecar por completo el lago de Texcoco de más de 4,000 hectáreas. Para ello, implementaron un sistema de precarga con una piedra volcánica llamada tezontle que por su porosidad supuestamente absorberá el agua que aún queda en el lago. Se extraen así 20 millones de m3 de tezontle de prácticamente todos los cerros de la región. Estas nuevas “minas” están siendo explotadas por caciques locales y son resguardadas por grupos de choque, algo que ocurre en otras regiones al noreste de México. Aunque las corporaciones que construyen el aeropuerto no son empresas mineras, sí hay un lugar de enunciación extractivo y de carácter geológico basado en la destrucción de formas de vida y en el trastocamiento de la reproducción social en un territorio dado.

Comprender las implicaciones de esto que explico de manera sucinta me llevó varios meses de investigación y en el proceso pude percatarme que la mayor parte de la información respecto al despojo provenía casi exclusivamente del ámbito académico y científico brasileño, chileno o argentino. Por ello comienzo a editar Islario a finales de 2016: para visibilizar estos procesos neocoloniales de extracción de bienes naturales y culturales desde otros ámbitos como las artes visuales, la etnografía, el periodismo de investigación y los estudios patrimoniales. Su objetivo no es sólo la divulgación de conflictos sociales atravesados por el despojo de agua, tierra y territorios; también busca forjar un archivo de cara al futuro que contribuya a discutir otras nociones asociadas a dichos conflictos, como pueden ser el colonialismo interno, la migración, la marginación, la violencia económica, y el papel que juega el patrimonio material e inmaterial en la construcción de discursos identitarios oficiales. ¿Qué es lo que motiva a las corporaciones transnacionales y a lo que queda de los Estados-Nación a arrebatar a pueblos enteros la identidad, la propiedad individual y colectiva, la cultura, los espacios rituales y de esparcimiento y, por supuesto, los medios más básicos de subsistencia tanto de comunidades rurales como metropolitanas cuando se concreta un proceso de despojo y su consecuencia inmediata: el desalojo forzoso de comunidades? A diferencia de otras latitudes del continente, como Perú o Chile, en donde el despojo ocurre principalmente por empresas dedicadas a la minería, en México es por proyectos de infraestructura estatal. Es decir, es el propio Estado el que expolia a sus ciudadanos.

FGD: Mauricio, desde M7Red en Argentina igualmente apostasteis por ejercer la arquitectura desde una posición implicada en esclarecer abusos de poder y aplicar un estudio forense de las condiciones en las que estos se dan en nuestras aparentes democracias. Al centraros en las respuestas de municipios afectados por el modelo extractivista sojero y el paquete de agrotóxicos asociado, habeis hallado una forma de ciencia post-normal y reapropiación de la labor fiscal y judicial por las comunidades campesinas. ¿Es esto en tu opinión una reapropiación, una sumisión o una posible vía de llegar a independizarse de los sistemas de conocimiento y sanción del poder establecido?

Mauricio Corbalán: Hay una alianza entre la industria de la biotecnología, la actividad académica y científica y los medios de comunicación que ha reconfigurado el territorio argentino en las últimas dos décadas. Algo que Jorge Rulli y el GRR (Grupo de Reflexión Rural) han llamado el «modelo de ocupación biotecnológico» del territorio nacional. Esta alianza es confrontada por los pueblos y pequeñas ciudades que han quedado atrapadas en áreas de producción de soja transgénica o minería en gran escala; es a nivel local donde se produce la resistencia mediante la auto-organizacion de los mismos afectados en foros. Lo que se cuestiona en estas disputas a nivel local es la misma producción de conocimiento y cómo se realizan los protocolos de una investigación por parte de un colectivo que asume el conflicto entre ciencia y democracia que los gobiernos no enfrentan.

Coincidiendo con la entrada del paquete tecnológico de la soja transgénica a finales de los 90s, se ensayan unas “conferencias de consenso” que fueron la base de una «Secretaría de Ciencia Ciudadana» que funcionó brevemente antes de la crisis del 2001. Queremos reconstruir en nuestra investigación esta historia que comenzara con el periodismo científico de Daniel Goldstein en los 60s y siguiera con los trabajos de Silvio Funtowicz y Jerome Ravetz en los 80s. Una genealogía de una “ciencia para la gente” como se la llamaba en la contracultura de los 60s y que evolucionara luego en formulación de la ciencia postnormal como un protocolo para explorar escenarios de complejidad que vinculen a expertos y no expertos. A falta de una política estatal basada en el «principio de precaución», los foros autoconvocados por los propios afectados generan investigaciones espaciales de fuente abierta con herramientas forenses y producen evidencia para intentar modificar la legislación vigente. Pero lo que queda en evidencia en estas luchas locales es la complicidad de los investigadores del estado y las empresas de biotecnología. Eso se relaciona con una crítica al sistema de producción, distribución y publicación de datos de la ciencia académica a nivel global. ¿Cómo y quiénes confeccionan las agendas de investigación públicas? Esto es crucial porque lo que está en juego es la ocupación del territorio.

FGD: Y también una posible epistemología liberadora, a-académica y ciudadana, lo que me recuerda el reconocimiento de los saberes campesinos por parte de la Agroecología. Los pueblos o comunidades periurbanas en los que habeis trabajado en Argentina por lo general no cuentan con un componente indígena, y apenas campesino, a diferencia de otros países latinoamericanos. ¿Crees que se han generado, no obstante, vínculos con la tierra que superan la noción occidental de propiedad y de denuncia medioambiental «NIMBY”? ¿Estáis siguiendo la reavivada resistencia del pueblo Mapuche y su alianza con movimientos ciudadanos? ¿Podría estarse dando una re-significación identitaria de estos movimientos de desposeídos que surgen en respuesta a la agresión del desarrollismo neoliberal? Pienso en un fenómeno que podría estar dándose en las luchas anti-extractivistas de EE.UU., un país que no difiere tanto de Argentina en relación a su composición étnica y social y su recorrido histórico.

MC: En los pueblos del área sojera el componente demográfico es derivado del tipo europeo que fue traído para la colonización de la pampa húmeda y que ahora se encuentra atrapado dentro de las fronteras del agronegocio. En el cinturón de agricultura periurbana de las áreas metropolitanas, que produce las hortalizas de consumo masivo, predomina en cambio la inmigración boliviana cuya resistencia es a la presión urbanizadora sobre sus áreas de producción que son arrendadas. Aquellos que migraron del campo por efecto de la expansión de la frontera de la soja fueron a engrosar la población que se asentó de forma irregular en los cordones urbanos y participan de una economía de subsistencia y de un complejo sistema de subsidios.

En la Patagonia el despliegue del modelo extractivo y su consiguiente violencia sobre territorios y poblaciones, como la Mapuche, si bien puede producir una dinámica de resistencia localizada aún no se vislumbra una articulación con otras agendas de justicia ambiental promovidas desde centros urbanos, a pesar de la participación en periferias urbanas de algunos partícipes de la movilización Mapuche.

Los gobiernos de Chile y Argentina, junto con los medios, manipulan estos conflictos para crear la imagen de un potencial enemigo interno, e incluso han comenzado a coordinar protocolos de seguridad conjuntos, con severa represión. Aquí es donde el arte como elaboración conceptual de una resistencia cognitiva-cultural tiene valor. Parte de la deriva conservadora del actual gobierno de Macri incluye el hecho de que el Ministerio de Ciencia y Tecnología comienza a aislar a muchos grupos activistas que impiden el desarrollo del agronegocio y la minería a lo largo del país, tildándolos de grupos “fundamentalistas” que impiden la plena inserción de Argentina en las cadenas de suministros globales. Nosotros creemos que articular mecanismos legales tales como los «derechos de naturaleza» (véase Bolivia) puede ser una llave para articular conflictos locales a nivel global y desarmar la producción binaria de campo y ciudad que informa esta urbanización del territorio mediante nuevas fronteras internas; las urbanas sin servicios, las «reservas» naturales y los territorios ocupados para la extracción.

FGD: Sigamos este aspecto mirando al trabajo del espacio de arte independiente fluent en Santander (España), que ha apostado por activar lugares aparentemente fuera del circuito más habitual, y centrar el programa de 2017 titulado Into Pore Spaces / Aesthetics of Contamination, en una puesta a examen de nuestra relación con el concepto de “naturaleza”. ¿Ha influido algo repensar el lugar de los territorios para estas decisiones? ¿En qué sentido crees que la práctica artística y la producción cultural contemporánea pueden dar cuenta de la crisis ecológica?

Alex Alonso: Operar desde esa geografía alejada de los circuitos que mencionas tiene que ver con la voluntad de vincular formas de conocimiento establecidas, con todos esos otros saberes no académicos y (no necesariamente) lingüísticos que, en mi opinión, no se relacionan tanto como deberían. En ese sentido, al pensar el programa Estéticas de la contaminación ha sido fundamental basarlo en una experiencia directa de la naturaleza, y no tanto en la teorización sobre ese concepto, con prácticas artísticas ligadas a la experiencia que van desde la instalación o la performance hasta los procesos colaborativos y de agitación sobre el terreno que haceis con INLAND.

Es muy necesario conectar las humanidades, especialmente las artes, con la posibilidad de una independencia de los saberes de la ruralidad o de aquellos originados desde la imbricación natural. En la academia esta necesidad se comienza a relacionar con una fascinante proliferación de las llamadas ‘‘Humanidades ambientales’’. Como plantea Ariadna, los procesos de despojo parten de un desplazamiento identitario construido sobre una ideología que ha asimilado el medio natural y las entidades no humanas como elementos pasivos a explotar. Es por ello fundamental reforzar cierta consciencia de interdependencia. Si bien en el campo cultural se extienden las referencias a la decolonización de saberes antropocéntricos, extractivistas y capitalistas, es fundamental establecer espacios de pensamiento directamente ligados al territorio que permitan la no-objetivización de lo que se estudia, posibilitando la experiencia directa del discurso ecológico, y crear un campo de acción y de encuentro con el saber no-académico, como puede ser el del campesino, tan denostado.

FGD: De algún modo esa idea guió al origen del proyecto Escuela de Pastores que iniciamos en 2004. ¿Qué reflexiones te suscita el año de trabajo inicial de INLAND en Cantabria en relación a las cuestiones de in/dependencia y territorio?

AA: Esta primera fase de INLAND Cantabria supone una extensión del trabajo que ya estabais haciendo en las vertientes asturiana y leonesa de Picos de Europa. Este parque natural es un ecosistema particular que ha servido como frontera de tres provincias que comparten identidad medioambiental, social y cultural: es un territorio con autonomía propia trans-fronteriza, una biorregión. Tras un primer acercamiento a la zona, atendiendo a referencias históricas y a las visiones actuales de sus habitantes, se establece la tesis fundamental: los imaginarios de desarrollo de la comarca han sido proyectados desde élites y tecnocracias ajenas al lugar, impulsando el auge y caída de la industria lechera, el turismo o la ordenación forestal. En un momento de aparente declive, surgen también iniciativas que rescatan y actualizan importantes legados de la cultura rural, como los concejos vecinales que deciden sobre el comunal. Ese diagnóstico, al que dimos una dimensión pública con la proyección del ensayo audiovisual a finales de 2017, muestra la preocupación por la continuación del tutelaje que se hace desde los centros urbanos, con políticas territoriales y agrarias inadecuadas (tanto estatales como europeas) o desde la fetichización de la naturaleza a través del neo-ruralismo que el sector turístico impulsa. También evidencía que existe la capacidad de escapar a la estandarización impuesta por el capital para proclamar la independencia de este territorio, alejado de nacionalismos, desde formas locales de geopoder.

Una comunidad capaz de articular estos planteamientos tiene el potencial de generar un espacio de autonomía: esta comarca es un valle de dinámicas territoriales y modelos de desarrollo cambiantes que aún mantiene modelos de gestión comunal vernácula, pre-capitalista. El proceso por el cual estos modelos socioeconómicos se han convertido en formas de vida precarias e incluso marginales, ha tenido como reacción la capacidad de articular una pequeña comunidad de resistencia a través del asociacionismo y las iniciativas que reclaman una regeneración del sistema (desde el activismo medioambiental hasta la ciencia y la cultura). Si miramos a los avanzados municipios de autogobierno indígena en Latinoamérica, también se llegaría a la dimensión política y económica, donde se permite imaginar un modelo que propicie la sostenibilidad del territorio, interrelacionándose a escala global.

[1] «Debajo del pavimento, la playa» o «la playa debajo del asfalto» era un lema popularizado entre los estudiantes protestantes en París en 1968. El término deriva de la arena que se encontraba debajo de los adoquines que los estudiantes desenterraban durante los disturbios y solían arrojar a la policía. Edwin Heatchote, «The Beach Beneath  the Streets», Financial Times, 12 de agosto de 2011.

[2] Acrónimo para Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Para conocer más sobre este proyecto revisar la página de Islario en Facebook.

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