18.11.2019

Al objeto encantado

El artista Duen Sacchi desarticula el concepto de «fetiche» para apuntar cómo —desde el orden colonial inaugurado por occidente— se construyen sentidos narrativos en torno al tiempo, determinando también la producción y consumo de objetos artísticos, cuerpos y subjetividades a partir de la mirada. Partiendo del incendio de Paranaguazú en Brasil, Sacchi reflexiona sobre las potencias destructivas de lo hasta ahora establecido.

No es la primera vez que cambio el inicio de un texto porque la vida, en toda su profundidad y crudeza, cuando sacude el cuerpo de un ser querido, entra y se abre paso como el humo de la quema de las entrañas del Paranaguazú sobre São Paulo. Comencé a escribir esto como comienzo a escribir todo, en una especie de murmullo mental consciente donde algo similar a lo que reconozco, como mi voz, escribe y me relata.

Cambié este inicio porque esa quema nos está quemando. La quemazón es metódica en el Gran Chaco hace años. La memoria colectiva sostiene una creencia antigua a través de la cual la quema mata la plaga y mejora el suelo, una memoria hecha del olvido de nuestra alianza ancestral con los insectos: los insectos que matan la plaga de los cultivos del Karai,[1] del colono, del sojero. La quema nos hace arder, nos quema. Quema mis cuadernos de la casa de mi infancia. Quema las hamacas, los árboles sagrados, las huellas, los ojos, los insectos, nos quema a nosotros.

Alguien me murmura al oído, en el esplendor de una fiesta, que Milcíades Mansilla ha partido.[2] Levantamos los brazos hacia el cielo con la piel marcada por un sello que reza: yo también soy líder social. Entonces, el humo llega a São Paulo y también a Mbaporenda. Sé que viene la gran sequía. Los insectos se elevan y cantan con el ruido ensordecedor de cocuyos apareándose. Un animal de mar se abraza a mi pierna con desesperación. En casa, nuestro pequeño altar brilla noche y día, acaso ese lazo tenue del latido común pueda mantenernos con vida. Es urgente resistir a ese ojo impávido, esa mirada vacía que nos exige estar dispuestos para cumplir las exigencias de ser para ser representados. Mirados.

Me pregunto si esa relación ocular con la materialidad, ese terror a las diosas que crean el universo con el movimiento de los pies, danzando, no es acaso la relación constitutiva de Occidente: mirar con terror lo desconocido. Aterrorizar con la mirada. Fascinados del Uno, del Dios, del Rey, del Concepto, del Sistema, del prístino monolingüismo, de la totalidad, de lo universal, del Otro, de la quema. Me pregunto cómo desandar ese camino aprendido. Esa enseñanza del mirar, ese imperativo que incluso construye nuestras fantasías más radicales de disidencia y resistencia, ese creer verlo todo. Ese saber creer con la mirada. ¿Cómo desarmar, en el sentido de bajar las armas, la moral estricta de la trascendencia? Moral simplista que no resiste la falla, el equívoco, el desatino, la tristeza, la torpeza, la risa, la vergüenza, la ansiedad, la depresión, la duda; esa moral que nos exige todo. Una moral atada a unas cuantas imágenes —pocas, muy pocas— esa moral del mirar.

¿Habrá sido, quizás, esa misma formación moral de lo visual lo que llevó a los colonos portugueses a llamar aquellos objetos a los que no podían darle un valor económico estable, según sus configuraciones del sentido, feitiço?

La palabra feitiço[3] (fetiche) era usada para referirse a la hechicería profana no cristiana, pero también podía referirse a objetos como reliquias santas o relicarios comunes, así como para indicar ciertos objetos materiales hechos con las manos, cuyas piezas yuxtapuestas tienen un uso que excede las prácticas racionales del valor, ya sean estas económicas, espirituales o estéticas: los fetiches son objetos que encantan. En los albores del capitalismo actual, el tráfico de personas para el esclavizaje será la forma primigenia de mecanización del trabajo[4]misma que impulsarán los reinos occidentales en las Costas de África, llamadas del oro o de los esclavos. Los colonos mirarán con pavor y fascinación estos fetiches que, dada la brutalidad del régimen colonial esclavista, incluirán tanto preciosos metales usados como piezas de valor estético y sagrado, meros adornos del cuerpo mismo que los porta.

Unas semanas atrás, entro al Museo del Oro en Cali, Colombia. Es pequeño como una maqueta y el polvo se acumula en las aristas donde el paño de la empleada contratada para la limpieza no llega. Allí están algunos de los famosos fetiches que enloquecían a los colonos: cuentas de cabello, collares, tobilleras, gigantes expansores de orejas y perforadores de oro —oro-fetiche, dirían los portugueses— mezclado con otros metales, en este caso, estaño, plata y alpaca. Ahí, en medio de la sala, recuerdo la exigencia de los curas que demandaba a mis hermanos quitarse los aros de las perforaciones de sus orejas, cortarse el cabello, quitarnos todo adorno para entrar a la escuela.[5] La prohibición de que intervenga mi cuerpo bajo cualquier circunstancia. También, viene a mi mente un mapa que se me presenta como una ensoñación: es Barcelona y sus tiendas de perforaciones y tatuajes. Me avergüenzo de recién comprender el tamaño de lo borrado, pero me alegro de la fuerza en las pequeñas pero insistentes luchas. Entiendo por fin esa obsesión de los Padres Franciscanos de arrancarnos todos nuestros adornos, entiendo su horror y obsesión sobre todos nuestros fetiches. Incluso entiendo, por fin, el tamaño del sentido del fetiche. ¿Pero es la reafirmación del fetiche una posible afirmación política de resistencia anti-colonial? No lo creo. La materialidad no es tan resistente, a no ser que se aloje en un museo moderno. Ahí reside la materialidad resistente como objeto, como evidencia, no sólo del saqueo, ni del despojo, sino de la existencia de su propia formación como fetiche.

Cuando nací, habían abolido el futuro. Entonces, crecí en un lugar sin futuro. En ese momento, no sabía, quizá, qué significaba un futuro, pero la afirmación constante de su imposibilidad latía bajo mi piel, tanto que su impulso parecía empujar mis vellos al sol. Mi piel, como la tierra cuando avenía la sequía en el trópico, se resquebrajaba y sudaba implacable. Los adultos del pueblo repetían sin cesar que no teníamos más futuro que el alcohol. No importaba si era de chicha o de cerveza industrial, no veían en nuestros ojos más que ojos sin eco. Lo afirmaban mientras nuestrxs hermanxs mayores llevaban los vasos a la boca, y lxs mas pequeñxs probábamos el sabor amargo y el mareo. No había futuro. Algunxs, demasiado pequeñxs para recordar, algunxs demasiado mayores para dejar de temer, estábamos así en un limbo de polvo. Algunxs, nos esforzábamos por demostrar que no éramos sólo serviles al alcohol, seguíamos los rituales usuales del baile, el apareamiento y la instrucción escolar. El futuro nos había abandonado, la memoria también, todo aquello se encontraba a miles de kilómetros de distancia donde algo que llamaban “la cultura y la civilización” florecía. Para alcanzar el futuro había que partir. Entonces miraba las calles de mi pueblo, anchas, de arena y polvo de arcilla, ardientes bajo mis pies desnudos, levantaba la vista hacia los árboles, que duplicaban dos o más veces el tallo de mi cuerpo, el tejido de mi bolso, los rostros a mi alrededor, la música que escapaba de los cuerpos y las ventanas. No hay futuro aquí. ¿No hay futuro aquí?

Fetiche, en este sentido, no sólo va a pregnar lo simbólico y lo poético de lo que se consideraría objeto de arte, sino que será una formación discursiva prolífera en la producción del cuerpo

Entonces el futuro llegó. Como ahora llegó la quema. Rompieron una pared del edificio municipal y la luz titilante del nombre en neón del banco de una de las familias más ricas del país no se apagaría jamás. Cuando el futuro llegó, lxs niñxs borrachxs sin futuro ya nos habíamos echado a andar.

Mucho tiempo después, en las aulas de una destartalada universidad tropical, recordaría esas borracheras y la promesa del futuro mientras el profesor nos hablaba del trío fantástico del fetiche: Freud, Marx y Nietzsche. El fetiche sexual, el fetiche de la mercancía y el fetiche del lenguaje.

El fetiche, podríamos decir, es una ficción política. Quisiera plantear algunas sospechas sobre estas nociones de la ficción, del relato, en el sentido que las construcciones teóricas, en relación a estos conceptos, provienen de los centros hegemónicos de fabricación del saber occidental. Me pregunto qué implicaciones y qué posibilidades habilitan llamar, desde estos lugares de enunciación, “ficciones” a los procesos históricos y los múltiples efectos que producen las prácticas epistemológicas, estéticas, políticas y científicas del uso del término fetiche. ¿Acaso se suspenden los efectos del saber-poder al nombrarlas como “ficciones”? Por supuesto que no. ¿Y al poner en cuestión la procedencia —desde los centros de saber-poder occidental— de esas elaboraciones? Tampoco. La obsesión, a partir del siglo XIX del fetichismo, del sacrificio y del tótem, ¿no es, acaso, una pregunta sobre la construcción de sí mismo y no del supuesto otro a través de la mirada? No esconde, quizá, esta otra pregunta: ¿cómo hemos podido sacrificar y fetichizar para volvernos Occidente? ¿Acaso no tuvimos terror de ser llamados fetichistas? ¿No es sospechoso el continuo conceptual entre la patología sexual, la mercancía y el lenguaje, en relación a la noción de fetiche y fetichismo?

No me interesa defender el fetiche, proponer un anti-fetiche, ni una fetichización de nada. Me rehúso a usar una palabra, un concepto como un martillo, como un genocidio, no me interesa reapropiarla ni apropiarla, no me interesa para nada dar cuenta de las modulaciones que puede expresar la palabra a lo largo del tiempo, porque no me interesa borrar los efectos devastadores de la constitución de Occidente. Fetiche es un sentido de mundo para Occidente. Fetiche es un régimen visual Occidental, colonial. ¿Cómo podría ser de otra manera? No hay afuera de la colonialidad[6] para los regímenes visuales actuales, el hecho de que Foucault ignorara el colonialismo es un efecto de su mismo poder. No ignoró, no pudo no ignorarlo.

Los análisis de Marx (El Capital, 1872), Nietzsche (El crepúsculo de los ídolos, 1888) y Freud (Fetichismo, 1927), como también los de Brosses, Hegel, Binet, Benjamin o Bataille y tantos otros sobre el fetiche y el fetichismo no se han tomado como parte de una formación discursiva[7] de una época específica. La era victoriana en Europa se sostenía a partir del triunfo de la implantación del orden colonial moderno, a través de sus instituciones en nuestros territorios. A pesar de ello, se han considerado como episodios de las diferentes modulaciones que han tenido un concepto de origen colonial. Y peor aún, su origen colonial justifica que sus múltiples significaciones aludan a algún tipo de valoración inferior, errada, primitiva, algún tipo de extra valor, algún tipo de engaño, algún tipo de fijación, y posteriormente a una metaforización o resemantización de lo malo y lo sagrado de la materialidad. Al quedar oculta la variable colonial en sus diferentes formulaciones desde el siglo XV en el pensamiento Occidental (no sólo Foucault puede no verlo) y específicamente al evitar nombrar el tráfico transoceánico de personas para la producción económica, y la organización transcontinental de los territorios y los pueblos, a través de diferentes métodos del esclavizaje, matanza y despojo, el fetiche y el fetichismo son referenciados como casi un dato anecdótico, simbólico, sin carga histórica, dentro de las elaboraciones conceptuales de los filósofos como, por ejemplo, los mencionados grandes padres de la sospecha. Pero, si se pregunta qué formaciones discursivas justificaron y ocultaron la violencia colonial — desde el s. XV— del proyecto moderno podemos encontrar que, siguiendo la pista de sus efectos materiales económicos, simbólicos, visuales, sociales, el fetichismo cubre como un manto, el expolio para la invención del Occidente actual.

Fetiche, en este sentido, no sólo va a pregnar lo simbólico y lo poético de lo que se consideraría objeto de arte, sino que será una formación discursiva prolífera en la producción del cuerpo —animal o trascendental o humano, anatómico o figurado— y de la creación de imágenes y objetos estéticos, especialmente de la experiencia en relación al deseo-sacralidad-mercancía. En este sentido, sin duda codificará también la comprensión de toda una serie de figuraciones del régimen visual occidental.

Entiendo el mestizaje como un régimen de producción visual racial, sexual y económico de las partes de las Indias. En este sentido, fetiche —fetichismo como lo demuestra su uso tanto por la teoría política y clínica propia del período de expansión del colonialismo del siglo XIX—, es parte indudable de este entramado. El fetichismo está anudado en la mentada reflexión de la diferencia entre naturaleza y cultura. La descripción misma de la fijación en una parte del cuerpo para explicar el deseo sexual y el trauma, entiende que hay un cuerpo natural y que existe la fijación en tanto corrimiento del orden natural de las partes del cuerpo occidental. Si tenemos en cuenta que la diferencia sexual anatómica, como régimen clínico y visual, se establece en el siglo XVIII, no es difícil entender que todo corrimiento del “orden natural de la relación entre las partes del cuerpo y el deseo”[8]podría entenderse como un desplazamiento del orden natural. Aunque, finalmente, esto implica evidentemente que no hay un lugar anatómico para el objeto del deseo —tampoco para el deseo colonizador. Puede entenderse, también, la invención del cuerpo de las Indias, especialmente los cuerpos clasificados como negros e indígenas, como un algo fuera del orden natural.

La ceguera colonial es brutal: no hay capitalismo sin colonialidad. No hay capitalismo sin esclavizaje. No hay capitalismo sin indigenización. La narrativa colonial disloca el tiempo: envía territorios completos a un pasado continuo. Se erige como la única posibilidad de futuro. El fetiche y el fetichismo son prácticas occidentales de despojo, resimbolización y patologización, son prácticas visuales de construcción de un sentido de mundo, de un mundo.

El Fraile español Bartolomé de las Casas, cuenta que al darse cuenta los indiosque los españoles adoraban el metal de oro como a un Dios, juntaron todo lo quepudieron en una canasta y lo lanzaron al mar, con la esperanza de que fueran tras el oro. La imagen de lanzar al mar lo que se cree que es el objeto del deseo y el origen de la destrucción es poderosa para explicar cómo funciona el fetichismo como formación discursiva occidental y encubrir así los efectos materiales del despojo colonial. ¿Creímos tener fetiches y acaso  sólo fuimos fetichizados? Lanzados al mar, traficados, vueltos metáfora, figuración, museificados, borrados del pasado por la acción mágica del fetiche. Lanzados al Futuro de Occidente.

Iba a comenzar este pensamiento escrito hablando sobre el barro. Sobre la constante de la construcción de objetos con función estética, no necesariamente sagrados, sino por la misma fruición, por mera representación, por placer objetual de nuestras comunidades ancestrales de Abya Yala. Sobre la idea de que toda práctica estética es una práctica política en sentido amplio y que por ello implica prácticas de transformación espiritual. Sobre cómo fue siempre posible para mí hacer objetos tridimensionales sin pericia académica, sobre cómo las prácticas del barro, de la línea, de la creación de imágenes, con múltiples funciones para el sostén de la vida de mis comunidades ancestrales, habían resistido a la desmaterialización y el fetichismo, en sentido anti heroico, porque la desmaterialización y el fetichismo han sido conjugados como la cara del despojo [9] —epistémico, simbólico y material. Pero he preferido escribir sobre la quema y la posibilidad del fin del Futuro en el suave movimiento de mi hamaca, lo suficientemente lejos del suelo para saber que mi cuerpo tiene otro pasado posible, sólo por el sostén de las manos que imaginaron esta tecnología para la vida.

Notas

  1. Karai es un término utilizado en Brasil para referirse al colono blanco.

  2. El viernes 16 de agosto de 2019, murió Milcíades Mansilla, un dirigente Qom de Pampa del Indio referente importante de la Comisión Zonal de Tierras de Pampa del Indio, Chaco, en lucha contra los despojos de territorios.

  3. Para una historia completa de la palabra fetiche, William Pietz ha realizado un extenso trabajo con respecto al tema en el texto “The Problem of the Fetish, I”, Res: Anthropology and Aesthetics, núm. 9, primavera de 1985, p. 10. Es canónico y se puede encontrar traducido en El espectro rojo, año 1, número 1, C2M, 2010, Madrid.

  4. Eric Williams, Capitalismo y esclavitud (Traficantes de sueños: Madrid, 2011).

  5. Desde 1914 y hasta 1944, varias misiones anglicanas fueron creadas bajo el proyecto colonial en el Chaco Centro-Occidental Argentino con la finalidad de evangelizar pueblos originarios, principalmente Wichi, pero también Toba, Nivaclé, Chorote y Pilagá.

  6. Sigo las reflexiones de María Lugones, Aníbal Quijano, Aimé Césaire, entre otrxs, sobre colonialidad y colonialismo.

  7. Michel Foucault, La arqueología del saber (México: Siglo XXI, 2005). Una formación discursiva «es un conjunto de reglas anónimas, históricas, siempre determinadas en el tiempo y el espacio que han definido en una época dada —y para un área social, económica, geográfica o lingüística dada—, las condiciones de ejercicio de la función enunciativa» (Foucault, 117).

  8. Duen Sacchi Ficciones Patógenas (Madrid: Brumaria, 2018).

  9. Sigo a Aura Cumes en la utilización del concepto de despojo y no expolio o similares, para dar cuenta del impacto del colonialismo y la colonialidad.

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