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Edición 22: Resplandeciente

raquel salas rivera

Tiempo de lectura: 9 minutos

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28.02.2022

a la altura de la tierra

raquel salas rivera apalabra la historia de una planta, la mimosa púdica. ¿cómo es posible entregarse al tacto de un mundo incierto? en este gesto poético, la inteligencia de la piel vegetal menta el derecho a la vida como caricia.

lepus americanus

 

              en la cúspide de mi retorno solar, a los casi 36, vivo, a pesar de las estadísticas que me condenan, sin conocer casi personas trans de mi edad y le dedico esto a las demás liebres.

en los últimos años, el capitalismo me ha cobrado los duelos. sigo perdiendo la guerra, pero ese perder es inteligencia, la de los árboles que no cavan rutas legibles, sino lógicas de tierra, gusano, sierpe, humedad, hongo, ganso, gallina, pollitos, musgo, cable, condominio. esta rama es la rama exacta para este aire, este ángulo es el ángulo exacto para este mundo. con frecuencia se utiliza la metáfora de la hierba que crece entre cementos para señalar aquello que resiste, pero esa hierba no surge de la resistencia sino de la adaptación. es inteligente en su supervivencia. crece donde puede. se acopla al cemento como se adapta a la lluvia. no es señal de nada. no es presagio del más allá. es la inteligencia vegetal, la de la curvatura. conoce el plástico, la botella quebrada, el látex del condón, sólo como otra tierra, sólo como otro ser al cual se agrupa. 

quise, inicialmente, que esto fuese un ensayo, pero el ensayo organiza la inteligencia humana y la inteligencia del árbol desorganiza. es de loques, locos, locas perder la guerra,[1] de locas escribir contra la escritura. les ofrezco locamente una historia muy particular sobre un árbol muy particular, pero como todos los árboles, en fin, ante-gente inteligente. el árbol era una especie de liebre[2] que vivía en un clima muy muy hostil. todos los demás animales querían comerse a esta liebre que corría y corría y crecía piernas-zapatos para la nieve y color nieve-desaparición, y era árbol, se mezclaba con la nada para no ser presa. a veces quería morirse. aquí es donde se pone triste y esperanzadora nuestra historia, pues esta liebre inteligente desarrolló ansiedad y depresión y de todo, hasta que su cuerpo comenzó a mandarle el mensaje NO TENGAS BBS, y tenía menos bebés y, luego (esto es lo más loco e inteligente), éstos nacían con el mensaje transferido de la no reproducción. pues, ¿qué pasó? que la población de liebres bajó bajó bajó tanto que ya no tenían de qué comer los depredadores y tuvieron que irse a tierras muy lejanas para encontrar presas y, durante estos periodos migratorios y rotativos de más o menos siete años, le daba tiempo a las liebres de crecer poblacionalmente. o sea, de repente hubo una explosión de liebres porque no había depredadores. claro, eventualmente se enteraban estos últimos y se mudaban de vuelta y corrían las liebres y traumadas y deprimidas dejaban de reproducirse, diciéndole a sus bebés que no se reprodujeran y los depredadores se morían de hambre y se mudaban. eran muy muy inteligentes estas liebres y ni lo sabían. eran árboles.

estaban sobreviviendo aun cuando se estaban muriendo, estaban, en la memoria más honda, sobreviviendo, dejando la historia de la supervivencia

aun cuando no tenían las palabras, aun cuando parecían liebres locas y suicidas, eran inteligentes, estaban dejando un legado, aun cuando parecían una especie en desaparición, imposible, más nieve que liebre, más cemento que tronco, estaban sobreviviendo. estaban dejando un cabrón legado. hasta cuando parecían caerse del barranco, eran árbol, la inteligencia como un camino de ausencias, sapiencia de loques,[3] huecos que son pasos que seguimos. 

cuando a veces me olvido, en la guerra que llevo contra el capitalismo, para poder estar aquí, para escribir aquí (inteligentemente) sobre estos temas, cuando me olvido por qué escribo, por qué insisto, por qué, aún sin esperanza, dejo textos, excesivamente, como una liebre que corre y corre y nieve y piernas-zapatos desaparece de los depredadores, recuerdo a la gente trans, mi gente, la gente con la inteligencia vegetal del árbol, les de los pronombres imposibles, difíciles, casi inexistentes, como una huella que marca una ausencia para que sepamos llegar al otro lado de un mural de hielo, de una pared indiferente que llaman a veces universal o justicia, la gente que espera al otro lado, fantasmales,[4] árboles dormidos o muertos.

nos pienso y lloro y lloro y lloro y me río como si supiese que, en ese llanto, hay vida. 

mimosa púdica

el tacto tiende a clasificarse como comportamiento. del prefijo con- (completamente), portare (llevar) y miento (instrumento, medio, resultado), el llevarse completamente con un corillo, es una imposibilidad punitiva. cuándo se debe tocar, no tocar, dónde y por cuánto tiempo se trata a veces más del decoro que del deseo compartido. 

en 1873, a w. pfeffer[5] le dio por aprender de la inteligencia vegetal albergada en la mimosa púdica, comúnmente conocida en puerto rico como el moriviví. no lo culpo. también de niño me acostaba entre hormigas a tocar la planta espinosa cuyas hojitas se cerraban en un gesto que comunicaba sin tener que apalabrar. pfeffer aprendió mucho, este hombre de la razón científica, del tacto vegetal. primero, aprendió que tenía que esperar un tiempo antes de tocar al moriviví, no sólo para que se reabriera, sino para que volviera a reaccionar cerrando sus cortinas. si la muerte era muy reciente, la plantita entendía que el peligro no era tan inminente y se relajaba, revivía. ¿por qué no tenía más miedo después del tacto inesperado? porque había aprendido que ese tacto no era una amenaza. porque había aprendido tocando, mejor dicho, siendo tocada. 

en 1965, holmes y gruenberg[6] querían saber si este conocimiento sólo se enraiza en el tiempo (el tacto más reciente es el más seguro) o si era más complejo, más específico. utilizaron dos tipos de tacto distinguibles, para saber si lo vegetal sabía distinguir. el primero: una gota de agua. el segundo: una uña. ¿los resultados? el moriviví ya no se cerraba con la gota, pues se había habituado al agua punzante de la lluvia, pero cuando sintió la uña por primera vez, tras gotas y gotas y acostumbramientos, se enroscó. de esto aprendieron dos cosas: que la mimosa púdica no era pudorosa ante todo el tacto. recordaba, no sólo la frecuencia, sino toda la combinación, como una huella digital, de presión, agudeza, textura y quién sabe, que componen el estímulo de una gota. y, segundo, que la confianza, el no-cerrarse ante el tacto, no era el resultado del agotamiento, sino una decisión que correspondía directamente al encuentro. 

mencioné que estas hojas son cortinas y, de la misma manera que cambias de cortinas si no baja la brisa anticipada del monte, si quieres ver con más claridad quiénes se estacionan en la acera de enfrente, o si quieres darle otro tono al cuarto, así se ajusta al tacto el moriviví, más instinto que protección, más frisa que armadura. su gran equipaje son unas hojas sensibles y unas espinas más decorativas que afiladas. su gran reacción ante los peligros que ofrecen las tormentas celestes o humanas es la ternura, el gesto de rechazo, virarse de espalda. es una confianza rara de una criatura que tiene fama de desconfiada. espera el tacto antes de decidir si quiere cerrarse. no vive encerrada. vive expuesta a cualquier impacto, atropello, fuerza destructiva. sus alas de ciempiés en clorofila, abiertas, le ofrecen al mundo un abrazo. 

alas de agua bendita

en el primer capítulo de su libro plant behaviour and intelligence, anthony trewavas escribe que “el problema principal con el comportamiento de las plantas es que en general es difícil de detectar”.[7] ellas escapan nuestra vigilancia. plantea que la inteligencia vegetal no tiene que ser consciente o centralizada para ser inteligencia y que no se puede reducir a una serie de reflejos mecánicos (animales-relojes o planta-palancas). en un gesto inusual, trewavas explora la relación entre el placer y el cultivo y, por ende, entre el placer y la inteligencia. lo llama kinship,[8] una palabra que indica una cercanía más profunda que la de una amistad y que se desliga de la familia nuclear con sus aspiraciones propietarias. es fácil olvidarse que las medicinas vienen de ese kin vegetal que se abstrae en los laboratorios y que fue derivado de un conocimiento anterior, almacenado en las raíces, los pistilos, las hojas, los pétalos, las espinas, el tallo de lo verde. 

mi madre ha cultivado el mismo jardín desde que tengo quince años. tiene acceso a libros sobre agricultura, a conocimiento acumulado, a observaciones sobre el clima de puerto rico. es cierto que el recinto universitario de utuado quizás deje de existir con los recortes de la junta, es cierto que les desarrolladores cambiarán las bases de la tierra y el mar, que el cambio climático nos irá erosionando, pero sé que, aun así, sería capaz de conseguir toda la información que necesita para su jardín. creo que no investiga más porque le gusta aprender mientras cultiva, desarrollar una relación directa. se trata de la diferencia entre leer libros de sicología y relacionarse. los libros son las historias que cuentan quienes las han vivido. mi madre sabe que a veces las matas están tristes y no responden, ni a las condiciones más perfectas.

sabe también que a veces sobreviven donde no hubo suficiente agua, alimento o protección porque son amadas. 

el conocimiento vegetal no es medible. no es detectable. no sigue reglas, conoce mediante el tacto, se acopla y cambia lo que toca, vive especulativamente desde una vejez que siempre busca aprender, sin soltar lo aprendido. es por esto que quienes cultivan pierden su performática de género. no le gritan a las matitas, ni le dicen que sus partes son de nena o nene, ni discuten con sus pétalos diminutos o sus hojas de yagrumo. después forman fábulas. después las estudian, pero cuando siembran, cuidan, hablan, escuchan, están ante todo aprendiendo qué necesita cada palo. mi abuela se para ante el declive del monte y describe cómo le crecieron ceibas, panas. es un informe semianual, pero marca un progreso sin finalidad. siembra por sembrar, no por tener buena voz,[9] no porque el campo le dé caña o sustento (aunque come de lo crecido y comen los pájaros y comemos a veces también quienes visitamos aquel ecosistema). se comportan mal porque no se comportan. su inteligencia dialoga con todo, pero se mueven con el corazón vivo de las cosas, el pulso de la punta de los dedos. y mi madre se siembra con ellas. siembra porque la tierra tiene sentido y razón. tiene corazón de tierra y alas de palomita. es como el agua bendita, santigua glorias y penas.[10]

Notas

  1. Jack Halberstam, El arte queer del fracaso. (Barcelona/Madrid: Egales Editorial, 2018.)

  2. «Remarkable Rabbits», PBS Learning Media. https://sistematv.pbslearningmedia.org/resource/nat38-snowshoe-hare-population-cycles-video/remarkable-rabbits-nature-season-38/

  3. Ibidem. “There is something about the power of predators that draws us in, but sometimes those that seem like the disposable extras in the scene, the innocent and vulnerable secondary characters are just as captivating. In fact, sometimes they are the real stars of the show”.

  4. Ibidem. “The young bear that signature, these ghosts of predators past, in their biology, in their growth, in their reproduction”.

  5. Pfeffer W. (1906). The Physiology of Plants, (A. J. Ewart, transl.) Oxford: Clarendon.

  6. Holmes E., Gruenberg G. (1965). Learning in plants. Worm Runner’s Dig. 7 9–12.

  7. “The basic problem with plant behavior is its difficulty in general detection”.

  8. Véase Octavia Butler, Kindred (Boston: Beacon Press, 2003).

  9. Victor Jara, “Manifiesto”, https://www.youtube.com/watch?v=uj-3mpjDC8M.

  10. Ibidem. “Canto porque la tierra tiene sentido y razón. / Tiene corazón de tierra y alas de palomita. / Es como el agua bendita, santigua glorias y penas.”

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