Caminar en la Tierra, caminar en el espacio. Un mapa para la multi-transterritorialidad latinoamericana

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Argentina
Anahí Pagnoni
2025.06.10
Tiempo de lectura: 10 minutos

Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno, cualquiera de ellos.

—Jorge Luis Borges 

Como otras comunidades ancestrales, el pueblo Tohono O’odham que habita el desierto de Sonora ha construido su cosmovisión del universo otorgando un peso significativo a los conjuntos de cuatro elementos. Al interior de esauy concepción, la Tierra se despliega en un plano horizontal orientado a sus cuatro puntos cardinales, priorizando el eje este-oeste donde reina el Sol. Mientras la narrativa colectiva del origen del cosmos se transmite de ancianxs a jóvenes, la gente del desierto teje sus cestas. El nudo concéntrico que da inicio a la trama posiciona al sujeto ante el caos del mundo; la espiral, como signo de la complejidad de la experiencia terrenal y subjetiva, pronto se intercala con distintos colores conforme avanza el tejido. Los dibujos que dan forma a la trama mapean caminos posibles. Existe una relación intrínseca entre cada dirección cósmica y un color —el este se representa con el blanco, el oeste con el negro, el norte con el amarillo y el sur con el azul. La cartografía de la gente del desierto se encuentra en estos contenedores, sus mapas-cosas muestran una representación del espacio donde se reflejan sus visiones del mundo. Esta cosmovisión nos direcciona hacia una exploración de la Tierra que implica mover el cuerpo. Paso a paso, la caminata se transforma en una práctica de (re)conocimiento de cualquier lugar.   

 

Blanco (este)

Al caminar la tierra y seguir la espiral, nos encontramos con los indicios de la crisis ambiental y su dimensión global. A pesar de la convicción casi unánime de que la propia humanidad es la causante de la destrucción planetaria, algunas voces se alzan para denunciar las implicancias del sistema capitalista en este proceso. El capitaloceno es una geopoética que considera al capitalismo como una ecología-mundo de poder y reproducción de la red de vida. Bajo esa red, se cuestiona la responsabilidad histórica de todos los seres humanos en el colapso, ya que la maquinaria capitalista sólo subraya la desigualdad en la distribución de la riqueza y el poder entre sus miembros. No todas las comunidades deterioran la Tierra con la misma intensidad y violencia. El antropoceno, por otro lado, es un modo de unificar la culpa en la humanidad que oculta a las víctimas del capitalismo sometidas a la explotación, la violencia y la pobreza, clausurando la indagación acerca de los efectos del proceso y las ruinas que deja en la Tierra.

 

Habitamos un planeta en ruinas. Estas reliquias materiales del pasado se erigen como un objeto a preservar, un testimonio de un mundo armónico inalcanzable en el tiempo. No se trata de cualquier vestigio material a patrimonializar, sino de aquellos que testifiquen el avance irrefrenable del progreso. Este desplazamiento oculta que las ruinas son simplemente escombros fetichizados. Si invertimos la mirada descubrimos que los escombros, ese material de desecho y testimonio subjetivo de cualquier colapso, se extienden por todos los lugares que nos rodean. Los escombros son la materialidad de la Tierra. ¿Cuántos espacios se (re)construyeron con ellos? Al identificar las fuerzas destructivas del colapso, nos desplazamos de las ruinas como objetos a los procesos que sedimentan capas de escombros imperiales alrededor de la Tierra. Así, nos dirigimos al este. Después de 1492, la dupla civilización-barbarie constituyó uno de los pilares del capitaloceno, basado en la premisa de “despojar a los seres humanos de su humanidad”. La búsqueda de ese palimpsesto de escombros, visibiliza una de las historias más largas de dominación, sostenida a través de otras violencias que se relacionan con cuestiones de clase, raza y género. Aunque quizá lo más paradójico sea que de allí provienen nuestras ideas de progreso y modernidad.

 

Amarillo (norte)

Como en el cuento de Ursula K. Le Guin, Los que abandonan Omelas (1996), una vez que se descubre el secreto que sostiene el sistema se prescinde de lo conocido pero no se deja de caminar. La dirección se encuentra fijada hacia el norte. Sospechamos que de allí provienen las respuestas o las interrogantes acerca de la crisis que atraviesa la Tierra. Como los primeros pasos del hombre sobre nuestro planeta, al explorar un mundo nuevo o descubrir qué tanto desconocemos del colapso de uno viejo, la caminata se transformó en una práctica humana recurrente en la búsqueda de lo necesario para la subsistencia. Una vez atravesada esa fase, la acción de andar adquiere una dimensión simbólica, inseparable de habitar cualquier lugar. Con sus incansables recorridos, lxs primerxs habitantes crearon un dispositivo sofisticado y fragmentario de mapeo fugaz de los territorios familiares donde se repiten sus trayectorias a pie. Esta práctica no modifica sustancialmente el espacio, pero otorga significado a los lugares cotidianos para lxs caminantes.

 

Estos mapas efímeros construidos por los recorridos humanos se han conjugado con otras prácticas de conocimiento del entorno. A través de ese deambular, lxs recolectorxs de alimentos descubrieron un conjunto de relaciones ecológicas que capturan las historias naturales de ciertas especies y asociaciones de especies, emergentes en ciertos sitios. Con esta acción, las miradas ontológicas que separan la “naturaleza” y la “cultura” entran en conflicto. Los híbridos naturaleza-cultura integran el paisaje que nos rodea, sin ninguna escisión. Estos ensamblajes socio-ecológicos (humanos-no humanos) germinan junto a sus procesos socio-espaciales, efecto de devenires históricos situados. En este sentido, quizá la mayor confusión cultural sea considerar a la humanidad como una especie autónoma y autosustentable, constante en el desarrollo de su proceso socio-espacial. Como propone Anna Tsing (2019), un marco hermenéutico inter-especie permite otra interpretación de las diversas redes de domesticación donde quedaron atrapados lxs humanxs. A partir de esta contralectura, no fueron lxs humanxs quienes dominaron la agricultura, sino la siembra de cereales la que lxs sedentarizó. Desde esta inversión, la superioridad del hombre sobre las otras especies se disuelve en pos de encontrar otras conexiones inter-especies que propicien la proliferación de todas las formas de vida que habitan la Tierra. Sin embargo, no hay que olvidar que el desenvolvimiento de estos entramados socio-naturales posee contradicciones, cuyos efectos nunca son neutros. Bajo esta luz, la sofisticación y extensión de los múltiples cultivos permitió a Europa conquistar la Tierra y/o iniciar su colapso, cuya profundización ha sido imparable desde la expansión del capitalismo y/o su imaginario del progreso.

 

Negro (oeste)

Al seguir la espiral y caminar la Tierra, volvemos al oeste del Abya Yala —expresión para nombrar América utilizada por la comunidad Kuna de Panamá y extendida a otros grupos en el resto del continente. Desde allí, recibimos el conocimiento acerca del colapso que difunden ciertos saberes que vienen del este, pero que se expandieron desde el norte. Algunos de esos discursos se arraigaron y han consolidado una racionalidad que justifica el poder, la opresión y la sumisión a la sociedad occidental y su expansión global. Este proyecto de un sólo mundo determinado por la individualidad y el mercado, donde se unifican los muchos mundos existentes, destruye la diversidad de las comunidades nativas y consuma sus posibilidades de imaginación. Sin embargo, la lucha continua de los movimientos de base étnicos-territoriales (latino)americanos han desplegado tácticas de resistencia, protección y producción de sus territorios que prometen la supervivencia de esos otros mundos. Con estas emergentes miradas desde el oeste, quizá el desafío sea delinear nuevos caminos que sigan habilitando el diálogo entre los saberes nativos y el conocimiento establecido. Para indagar de qué manera los constructos espaciales de las comunidades (latino)americanas generarían nuevos aportes al pensamiento crítico y consolidarían el paradigma de un mundo donde se encuentren todos los mundos existentes. 

 

Ante esas concepciones eurocéntricas y universalistas, las ideas latinoamericanas para concebir su territorio contemplan la pluralidad y la diversidad de sujetos sociales que lo constituyen. La cosmovisión nativa (latino)americana se enfoca en una variedad de espacios que se relacionan de manera simultánea y múltiple, rechazando el imaginario temporal y unidireccional que ha dominado la visión moderno-colonial. Así, el Abya Yala ha aparecido en un continuum de lucha entre la dominación hegemónica con su poder material-represivo y la resistencia subalterna con su poder más simbólico-alternativo. La búsqueda de una concepción decolonial del poder que contemple tanto las relaciones económicas-periféricas como étnico-raciales y de género, constitutiva de la colonialidad latinoamericana transformaría las relaciones espacio-poder para la construcción de los territorios. La incorporación de esta dimensión colectiva de multi o transterritorialidad del Abya Yala batalla también contra imponer cualquier futuro prefijado, asegurando un espacio-tiempo que se encontrará en constante construcción.

 

Azul (sur)

Como propone Aby Warburg en su libro El ritual de la serpiente (2004), la mirada puesta en las estrellas es, a la vez, la esperanza y el castigo de la humanidad. La contemplación del cielo nos da una perspectiva acerca de nuestro lugar en la Tierra, donde se impone el ordenamiento del espacio que habitamos. Si las estrellas están arriba, nosotrxs nos encontramos abajo. La necesidad de encauzar el caos a nuestro alrededor ha delineado un sistema de reglas universales acerca de la relación del sujeto y el espacio. Sin embargo, estas convenciones espaciales se basan en una abstracción, y como tal son mutables. Para no perdernos, los mapas se transformaron en dispositivos de conocimiento y ubicación del entorno. Entramados tejidos con las cosmovisiones del ambiente y la comunidad que los produce, donde no existe un sólo modo de representar el espacio. Al igual que la gente del desierto, cada sociedad encuentra el suyo. Esta multiplicidad de mundos subvierte y eclosiona el orden espacial instituido. Dejamos el norte y caminamos hacia el sur, “porque en realidad nuestro norte es el sur”, y continuamos la espiral para seguir en el camino.  

 

Una y otra vez, se recorre la espiral interrumpiendo la linealidad del tiempo y aprehendiendo la materialidad del espacio. Una y otra vez, se vuelve al oeste, donde se crea el amanecer y sale el Sol para lxs Tohono O’odham. Una y otra vez, las huellas de lxs habitantes de la Tierra desatan su colapso. Atrapadxs en ese eterno retorno, la sentencia de aniquilación del planeta trae consigo un umbral de iluminación plagado de innovaciones para rescatarlo. La vida en la Tierra nos interroga. Quizá el artificio sólo necesite que nos detengamos a apreciar, explorar y desplegar una perspectiva onírica sobre las relaciones inter-especie y la multi-transterritorialidad de este astro, mientras caminamos en armonía con su belleza. 

Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno, cualquiera de ellos.

—Jorge Luis Borges 

Como otras comunidades ancestrales, el pueblo Tohono O’odham que habita el desierto de Sonora ha construido su cosmovisión del universo otorgando un peso significativo a los conjuntos de cuatro elementos. Al interior de esauy concepción, la Tierra se despliega en un plano horizontal orientado a sus cuatro puntos cardinales, priorizando el eje este-oeste donde reina el Sol. Mientras la narrativa colectiva del origen del cosmos se transmite de ancianxs a jóvenes, la gente del desierto teje sus cestas. El nudo concéntrico que da inicio a la trama posiciona al sujeto ante el caos del mundo; la espiral, como signo de la complejidad de la experiencia terrenal y subjetiva, pronto se intercala con distintos colores conforme avanza el tejido. Los dibujos que dan forma a la trama mapean caminos posibles. Existe una relación intrínseca entre cada dirección cósmica y un color —el este se representa con el blanco, el oeste con el negro, el norte con el amarillo y el sur con el azul. La cartografía de la gente del desierto se encuentra en estos contenedores, sus mapas-cosas muestran una representación del espacio donde se reflejan sus visiones del mundo. Esta cosmovisión nos direcciona hacia una exploración de la Tierra que implica mover el cuerpo. Paso a paso, la caminata se transforma en una práctica de (re)conocimiento de cualquier lugar.   

 

Blanco (este)

Al caminar la tierra y seguir la espiral, nos encontramos con los indicios de la crisis ambiental y su dimensión global. A pesar de la convicción casi unánime de que la propia humanidad es la causante de la destrucción planetaria, algunas voces se alzan para denunciar las implicancias del sistema capitalista en este proceso. El capitaloceno es una geopoética que considera al capitalismo como una ecología-mundo de poder y reproducción de la red de vida. Bajo esa red, se cuestiona la responsabilidad histórica de todos los seres humanos en el colapso, ya que la maquinaria capitalista sólo subraya la desigualdad en la distribución de la riqueza y el poder entre sus miembros. No todas las comunidades deterioran la Tierra con la misma intensidad y violencia. El antropoceno, por otro lado, es un modo de unificar la culpa en la humanidad que oculta a las víctimas del capitalismo sometidas a la explotación, la violencia y la pobreza, clausurando la indagación acerca de los efectos del proceso y las ruinas que deja en la Tierra.

 

Habitamos un planeta en ruinas. Estas reliquias materiales del pasado se erigen como un objeto a preservar, un testimonio de un mundo armónico inalcanzable en el tiempo. No se trata de cualquier vestigio material a patrimonializar, sino de aquellos que testifiquen el avance irrefrenable del progreso. Este desplazamiento oculta que las ruinas son simplemente escombros fetichizados. Si invertimos la mirada descubrimos que los escombros, ese material de desecho y testimonio subjetivo de cualquier colapso, se extienden por todos los lugares que nos rodean. Los escombros son la materialidad de la Tierra. ¿Cuántos espacios se (re)construyeron con ellos? Al identificar las fuerzas destructivas del colapso, nos desplazamos de las ruinas como objetos a los procesos que sedimentan capas de escombros imperiales alrededor de la Tierra. Así, nos dirigimos al este. Después de 1492, la dupla civilización-barbarie constituyó uno de los pilares del capitaloceno, basado en la premisa de “despojar a los seres humanos de su humanidad”. La búsqueda de ese palimpsesto de escombros, visibiliza una de las historias más largas de dominación, sostenida a través de otras violencias que se relacionan con cuestiones de clase, raza y género. Aunque quizá lo más paradójico sea que de allí provienen nuestras ideas de progreso y modernidad.

 

Amarillo (norte)

Como en el cuento de Ursula K. Le Guin, Los que abandonan Omelas (1996), una vez que se descubre el secreto que sostiene el sistema se prescinde de lo conocido pero no se deja de caminar. La dirección se encuentra fijada hacia el norte. Sospechamos que de allí provienen las respuestas o las interrogantes acerca de la crisis que atraviesa la Tierra. Como los primeros pasos del hombre sobre nuestro planeta, al explorar un mundo nuevo o descubrir qué tanto desconocemos del colapso de uno viejo, la caminata se transformó en una práctica humana recurrente en la búsqueda de lo necesario para la subsistencia. Una vez atravesada esa fase, la acción de andar adquiere una dimensión simbólica, inseparable de habitar cualquier lugar. Con sus incansables recorridos, lxs primerxs habitantes crearon un dispositivo sofisticado y fragmentario de mapeo fugaz de los territorios familiares donde se repiten sus trayectorias a pie. Esta práctica no modifica sustancialmente el espacio, pero otorga significado a los lugares cotidianos para lxs caminantes.

 

Estos mapas efímeros construidos por los recorridos humanos se han conjugado con otras prácticas de conocimiento del entorno. A través de ese deambular, lxs recolectorxs de alimentos descubrieron un conjunto de relaciones ecológicas que capturan las historias naturales de ciertas especies y asociaciones de especies, emergentes en ciertos sitios. Con esta acción, las miradas ontológicas que separan la “naturaleza” y la “cultura” entran en conflicto. Los híbridos naturaleza-cultura integran el paisaje que nos rodea, sin ninguna escisión. Estos ensamblajes socio-ecológicos (humanos-no humanos) germinan junto a sus procesos socio-espaciales, efecto de devenires históricos situados. En este sentido, quizá la mayor confusión cultural sea considerar a la humanidad como una especie autónoma y autosustentable, constante en el desarrollo de su proceso socio-espacial. Como propone Anna Tsing (2019), un marco hermenéutico inter-especie permite otra interpretación de las diversas redes de domesticación donde quedaron atrapados lxs humanxs. A partir de esta contralectura, no fueron lxs humanxs quienes dominaron la agricultura, sino la siembra de cereales la que lxs sedentarizó. Desde esta inversión, la superioridad del hombre sobre las otras especies se disuelve en pos de encontrar otras conexiones inter-especies que propicien la proliferación de todas las formas de vida que habitan la Tierra. Sin embargo, no hay que olvidar que el desenvolvimiento de estos entramados socio-naturales posee contradicciones, cuyos efectos nunca son neutros. Bajo esta luz, la sofisticación y extensión de los múltiples cultivos permitió a Europa conquistar la Tierra y/o iniciar su colapso, cuya profundización ha sido imparable desde la expansión del capitalismo y/o su imaginario del progreso.

 

Negro (oeste)

Al seguir la espiral y caminar la Tierra, volvemos al oeste del Abya Yala —expresión para nombrar América utilizada por la comunidad Kuna de Panamá y extendida a otros grupos en el resto del continente. Desde allí, recibimos el conocimiento acerca del colapso que difunden ciertos saberes que vienen del este, pero que se expandieron desde el norte. Algunos de esos discursos se arraigaron y han consolidado una racionalidad que justifica el poder, la opresión y la sumisión a la sociedad occidental y su expansión global. Este proyecto de un sólo mundo determinado por la individualidad y el mercado, donde se unifican los muchos mundos existentes, destruye la diversidad de las comunidades nativas y consuma sus posibilidades de imaginación. Sin embargo, la lucha continua de los movimientos de base étnicos-territoriales (latino)americanos han desplegado tácticas de resistencia, protección y producción de sus territorios que prometen la supervivencia de esos otros mundos. Con estas emergentes miradas desde el oeste, quizá el desafío sea delinear nuevos caminos que sigan habilitando el diálogo entre los saberes nativos y el conocimiento establecido. Para indagar de qué manera los constructos espaciales de las comunidades (latino)americanas generarían nuevos aportes al pensamiento crítico y consolidarían el paradigma de un mundo donde se encuentren todos los mundos existentes. 

 

Ante esas concepciones eurocéntricas y universalistas, las ideas latinoamericanas para concebir su territorio contemplan la pluralidad y la diversidad de sujetos sociales que lo constituyen. La cosmovisión nativa (latino)americana se enfoca en una variedad de espacios que se relacionan de manera simultánea y múltiple, rechazando el imaginario temporal y unidireccional que ha dominado la visión moderno-colonial. Así, el Abya Yala ha aparecido en un continuum de lucha entre la dominación hegemónica con su poder material-represivo y la resistencia subalterna con su poder más simbólico-alternativo. La búsqueda de una concepción decolonial del poder que contemple tanto las relaciones económicas-periféricas como étnico-raciales y de género, constitutiva de la colonialidad latinoamericana transformaría las relaciones espacio-poder para la construcción de los territorios. La incorporación de esta dimensión colectiva de multi o transterritorialidad del Abya Yala batalla también contra imponer cualquier futuro prefijado, asegurando un espacio-tiempo que se encontrará en constante construcción.

 

Azul (sur)

Como propone Aby Warburg en su libro El ritual de la serpiente (2004), la mirada puesta en las estrellas es, a la vez, la esperanza y el castigo de la humanidad. La contemplación del cielo nos da una perspectiva acerca de nuestro lugar en la Tierra, donde se impone el ordenamiento del espacio que habitamos. Si las estrellas están arriba, nosotrxs nos encontramos abajo. La necesidad de encauzar el caos a nuestro alrededor ha delineado un sistema de reglas universales acerca de la relación del sujeto y el espacio. Sin embargo, estas convenciones espaciales se basan en una abstracción, y como tal son mutables. Para no perdernos, los mapas se transformaron en dispositivos de conocimiento y ubicación del entorno. Entramados tejidos con las cosmovisiones del ambiente y la comunidad que los produce, donde no existe un sólo modo de representar el espacio. Al igual que la gente del desierto, cada sociedad encuentra el suyo. Esta multiplicidad de mundos subvierte y eclosiona el orden espacial instituido. Dejamos el norte y caminamos hacia el sur, “porque en realidad nuestro norte es el sur”, y continuamos la espiral para seguir en el camino.  

 

Una y otra vez, se recorre la espiral interrumpiendo la linealidad del tiempo y aprehendiendo la materialidad del espacio. Una y otra vez, se vuelve al oeste, donde se crea el amanecer y sale el Sol para lxs Tohono O’odham. Una y otra vez, las huellas de lxs habitantes de la Tierra desatan su colapso. Atrapadxs en ese eterno retorno, la sentencia de aniquilación del planeta trae consigo un umbral de iluminación plagado de innovaciones para rescatarlo. La vida en la Tierra nos interroga. Quizá el artificio sólo necesite que nos detengamos a apreciar, explorar y desplegar una perspectiva onírica sobre las relaciones inter-especie y la multi-transterritorialidad de este astro, mientras caminamos en armonía con su belleza.