“El pozo de agua”, de Oscar Murillo, en la galería kurimanzutto, huye de la idea de exposición tradicional proponiendo un campo de energía compartida. El conjunto de obras se asemeja a un dispositivo donde pintura, instalación y archivo se entrelazan para ensayar una idea posiblemente radical en nuestros días: arte y colectividad no son esferas separadas, sino manifestaciones de una misma materia viva. Ana Paola Rodríguez escribe sobre la sensible exposición.
Oscar Murillo es un artista que también ha encontrado en el arte herramientas para contar, atrapar e —intentar— inmortalizar las historias y vivencias que muchas veces con la palabra se desvanecen. Bajo esta concepción, llega a la galería kurimanzutto en la Ciudad de México, para permearlo de los espíritus que acompañan y generan su arte; y que, además, habitan en el pozo de agua.
¿Qué es el pozo de agua? ¿Cómo surge? ¿De dónde se alimenta? O, si fuera el caso, ¿quién lo alimenta?
El pozo de agua es un generador de vida, acoge diferentes estampas de la existencia, es pintura, instalación, recuerdo, performance, colectividad, experimento, compañía, lienzo, historia y dibujo.
Existen exposiciones donde lxs espectadorxs conectan desde la ideología conceptual que ofrecen lxs artistas o curadores. A decir verdad, la obra de Oscar Murillo no habita en su totalidad en las palabras; no son éstas el centro de conexión para entender su arte. El arte de Oscar Murillo habita en los recuerdos, en la comunidad, en las vivencias colectivas e individuales. Por esta razón, nos reunimos con el artista en la inauguración de la exposición para que nos entregara la Piedra de Rosetta de su arte, y poder descifrar lo que hay detrás de estos lienzos abstractos.
La propuesta de Oscar Murillo surge como un proyecto de mapeo social, se alimenta en el gesto performativo social. Su arte propone una teoría monista entre colectividad y arte. Es decir, el arte no puede existir sin la colectividad, y la colectividad no tiene sentido sin el arte; no son dos cosas separadas, sino dos dimensiones de una misma realidad.
Él reconoce al pozo de agua como la instalación que da la bienvenida al inicio de la exposición: una estructura de gran tamaño, un piso circular rodeado de mamparas, todo hecho de lienzo pintado con dibujo, óleo, y grafiti. Y así como Alicia, al entrar al pozo, te sientes reducidx y pequeñx, pisando o, mejor dicho, navegando la obra y vida del artista.
Los elementos elegidos por Murillo para conformar su exposición no son casualidad, todos fueron curatorialmente seleccionados para encarnar este sentimiento de comunidad y espacio colectivo, ya sea que nacen de la comunidad o son vivencias individuales del artista que, al compartirlos, los libera y convierte en una experiencia colectiva, donde se mezclan el “yo” con el “nosotrxs”. Sin embargo, esto no elimina el hecho de que los conceptos que conforman la exposición no tienen una cronología lineal y lógica. Al escuchar al artista hablar de sus piezas, las ideas rebotan y viven en un espacio libre.
Una interpretación materializada de este hecho es el pozo mismo.
Entramos al pozo con Oscar Murillo (Valle del Cauca, Colombia). Desglosó los personajes que habitan en él —pozo o artista. Las sillas que navegan por el pozo son sillas plásticas monobloque, las más producidas y distribuidas en el mundo; toda persona que las vea puede vincularlas a un recuerdo en reuniones familiares, fiestas, eventos vecinales, talleres, y mercados. Así es como —desde el primer encuentro que se tiene con el pozo— Oscar lo vuelve parte de todxs.
El piso —que al principio se podría pensar que sólo son manchas de pintura y garabatos— contiene los primeros pasos de su proceso creativo: las “manchas” de pintura del lienzo son un proceso de doblado y desplegado, en el cual la pintura se modifica, se extiende y multiplica.
Es aquí donde Oscar reconoce la vitalidad del pozo. “No es sólo pintura, es un canalizador de energía”, dice el artista en el recorrido. Dentro, la pintura vive en todas sus etapas; el pozo resguarda los patrones originales y sus negativos como un sello, generando una representación artística mucho más compleja que deja atrás el arte bidimensional y reconoce su tridimensionalidad, ¿quizás una oda a la complejidad colectiva?
En la esquina del pozo yace una televisión de cinescopio (CRT), otro símbolo de los rituales colectivos. La CRT fue el núcleo simbólico de las casas, los muebles de la sala se pensaban y distribuían en torno a la televisión; antes de las pantallas individuales, familias enteras convivían en un mismo espacio para ver un mismo programa, lo que alimentó también el imaginario colectivo de muchas generaciones. La CRT que navega por el pozo, no sólo lo hace desde su simbología, si no que transmite uno de los proyectos más icónicos —y, sin lugar a dudas, de los que permea con mayor fuerza el sentido colectivo— de la carrera de Oscar Murillo: frequencies. Durante los últimos trece años ha dejado en los pupitres de estudiantes lienzos en blanco por periodos de seis meses sin instrucciones para dar “rienda suelta” a la creatividad colectiva; con los dibujos obtenidos empezó a digitalizar un archivo.
El video que proyecta la CRT son las imágenes digitalizadas que fueron entregadas a la inteligencia artificial para crear nuevos patrones de imagen digital. En esta parte de la exposición, es interesante analizar si Oscar Murillo —en ese gesto de entregarle el imaginario colectivo a la inteligencia artificial para hacerlo evolucionar— considera que la inteligencia artificial es parte de la comunidad, si es que ésta puede ser parte —o, incluso, entender ese sentimiento colectivo que genera la CRT o las sillas del jardín—; y, en todo caso, si es que se está de acuerdo con esa postura.
Detrás de la instalación, nos encontramos con lo que Oscar Murillo llama “la primera referencia formal del pozo”: una pintura enmarcada, sostenida por una base de madera bastante precaria, parada en una silla monobloque. Se trata de una monografía de la marejada del pozo.
Remarcando la idea de que las pinturas son descargas energéticas, para el artista resulta más importante el proceso de descarga de creación que el resultado de la obra misma. Encuentra inspiración en Monet, no en lo que pintó, sino en su experiencia de vida; resuena en él mucho la creación de arte en situaciones económicas precarias y la alteración de percepción de color y formas que vivió a causa de las cataratas al final de su vida. Para él, la obra que aguarda detrás de la instalación es una descarga nostálgica de la vida inmigrante de un colombiano en Londres.
Al pasar a la galería, se extienden los cuadros a gran escala. Las materias primas en la creación de las obras son las figuras principales: los dibujos en su forma más cruda son la raíz, los cuales van siendo atravesados por las descargas energéticas que se materializan en capas de pintura al óleo, potencializadas por el aceite de linaza.
Oscar Murillo platica que su trabajo no se realiza en bastidor, sus obras son desplegadas —así como en el pozo— y, de arriba (artista) a abajo (lienzo), se desbocan las descargas. Platica que, cuando hay un “pozole” de exceso de energía, pone un lienzo encima y se impresiona en otra obra, generando un intercambio entre las obras. Es, sin lugar a dudas, un “campo lleno de espíritus”.
El color rojo, el proceso de reciclaje de pintura y el uso de papel carbón son utilizados como contra-respuesta al contexto de la necesidad monetaria para crear arte. Oscar platica que su arte también está arraigado en su historia como estudiante; un artista que creó con pocos recursos y que lo siguió haciendo desde un aspecto un tanto de protesta, para demostrar que el arte no debe estar encadenado al poder adquisitivo.
Al preguntarle al artista si estas descargas energéticas provienen de una fuente individual o colectiva, Oscar Murillo explicó que:
La obra es un contexto urbano.
La obra es ambigua, abierta a interpretaciones.
La obra vive más allá del propio artista.
La última obra de la exposición está inspirada en Monet pero, más allá de basarse en una inspiración estética (en la obra El estanque de Ninfeas ), se trata de una inspiración vivencial: las cataratas de Monet aluden a la ceguera social. La obra fue creada primero con frases de protesta, de amor, de tristeza, desolación, felicidad, y se fueron diluyendo con la pintura hasta crear un patrón que es sumamente bello.
Oscar Murillo explica que la importancia de lo social en sus obras no proviene de un carácter benevolente, está impregnado en su vida como migrante; el deseo de consultar a la sociedad no es porque le importe en sí, sino porque está arraigado a un sentimiento de nostalgia.
La obra final es donde el artista se entiende y se encuentra hoy. Al hablar sobre ella, se refiere a la estética de lo superficial; quizá esta obra no cuenta con la misma profundidad que las demás. Es curioso que, al caminar por las obras, Oscar Murillo habla de la vida, de descargas de energías, de historia, comunidad, recuerdo, nostalgia, y encuentra mucha profundidad en las obras más “violentas” y, al mismo tiempo, habla de ceguera y superficialidad con la obra más estética y armoniosa de la exposición.
“El pozo de agua” es un recuerdo de que, al vivir una realidad tan compleja como lo es la experiencia humana colectiva, a veces el desorden es el único territorio que se siente como propio.

Oscar Murillo: El pozo de agua, Kurimanzutto, Mexico City, 2026
Oscar Murillo es un artista que también ha encontrado en el arte herramientas para contar, atrapar e —intentar— inmortalizar las historias y vivencias que muchas veces con la palabra se desvanecen. Bajo esta concepción, llega a la galería kurimanzutto en la Ciudad de México, para permearlo de los espíritus que acompañan y generan su arte; y que, además, habitan en el pozo de agua.
¿Qué es el pozo de agua? ¿Cómo surge? ¿De dónde se alimenta? O, si fuera el caso, ¿quién lo alimenta?
El pozo de agua es un generador de vida, acoge diferentes estampas de la existencia, es pintura, instalación, recuerdo, performance, colectividad, experimento, compañía, lienzo, historia y dibujo.
Existen exposiciones donde lxs espectadorxs conectan desde la ideología conceptual que ofrecen lxs artistas o curadores. A decir verdad, la obra de Oscar Murillo no habita en su totalidad en las palabras; no son éstas el centro de conexión para entender su arte. El arte de Oscar Murillo habita en los recuerdos, en la comunidad, en las vivencias colectivas e individuales. Por esta razón, nos reunimos con el artista en la inauguración de la exposición para que nos entregara la Piedra de Rosetta de su arte, y poder descifrar lo que hay detrás de estos lienzos abstractos.
La propuesta de Oscar Murillo surge como un proyecto de mapeo social, se alimenta en el gesto performativo social. Su arte propone una teoría monista entre colectividad y arte. Es decir, el arte no puede existir sin la colectividad, y la colectividad no tiene sentido sin el arte; no son dos cosas separadas, sino dos dimensiones de una misma realidad.
Él reconoce al pozo de agua como la instalación que da la bienvenida al inicio de la exposición: una estructura de gran tamaño, un piso circular rodeado de mamparas, todo hecho de lienzo pintado con dibujo, óleo, y grafiti. Y así como Alicia, al entrar al pozo, te sientes reducidx y pequeñx, pisando o, mejor dicho, navegando la obra y vida del artista.
Los elementos elegidos por Murillo para conformar su exposición no son casualidad, todos fueron curatorialmente seleccionados para encarnar este sentimiento de comunidad y espacio colectivo, ya sea que nacen de la comunidad o son vivencias individuales del artista que, al compartirlos, los libera y convierte en una experiencia colectiva, donde se mezclan el “yo” con el “nosotrxs”. Sin embargo, esto no elimina el hecho de que los conceptos que conforman la exposición no tienen una cronología lineal y lógica. Al escuchar al artista hablar de sus piezas, las ideas rebotan y viven en un espacio libre.
Una interpretación materializada de este hecho es el pozo mismo.
Entramos al pozo con Oscar Murillo (Valle del Cauca, Colombia). Desglosó los personajes que habitan en él —pozo o artista. Las sillas que navegan por el pozo son sillas plásticas monobloque, las más producidas y distribuidas en el mundo; toda persona que las vea puede vincularlas a un recuerdo en reuniones familiares, fiestas, eventos vecinales, talleres, y mercados. Así es como —desde el primer encuentro que se tiene con el pozo— Oscar lo vuelve parte de todxs.
El piso —que al principio se podría pensar que sólo son manchas de pintura y garabatos— contiene los primeros pasos de su proceso creativo: las “manchas” de pintura del lienzo son un proceso de doblado y desplegado, en el cual la pintura se modifica, se extiende y multiplica.
Es aquí donde Oscar reconoce la vitalidad del pozo. “No es sólo pintura, es un canalizador de energía”, dice el artista en el recorrido. Dentro, la pintura vive en todas sus etapas; el pozo resguarda los patrones originales y sus negativos como un sello, generando una representación artística mucho más compleja que deja atrás el arte bidimensional y reconoce su tridimensionalidad, ¿quizás una oda a la complejidad colectiva?
En la esquina del pozo yace una televisión de cinescopio (CRT), otro símbolo de los rituales colectivos. La CRT fue el núcleo simbólico de las casas, los muebles de la sala se pensaban y distribuían en torno a la televisión; antes de las pantallas individuales, familias enteras convivían en un mismo espacio para ver un mismo programa, lo que alimentó también el imaginario colectivo de muchas generaciones. La CRT que navega por el pozo, no sólo lo hace desde su simbología, si no que transmite uno de los proyectos más icónicos —y, sin lugar a dudas, de los que permea con mayor fuerza el sentido colectivo— de la carrera de Oscar Murillo: frequencies. Durante los últimos trece años ha dejado en los pupitres de estudiantes lienzos en blanco por periodos de seis meses sin instrucciones para dar “rienda suelta” a la creatividad colectiva; con los dibujos obtenidos empezó a digitalizar un archivo.
El video que proyecta la CRT son las imágenes digitalizadas que fueron entregadas a la inteligencia artificial para crear nuevos patrones de imagen digital. En esta parte de la exposición, es interesante analizar si Oscar Murillo —en ese gesto de entregarle el imaginario colectivo a la inteligencia artificial para hacerlo evolucionar— considera que la inteligencia artificial es parte de la comunidad, si es que ésta puede ser parte —o, incluso, entender ese sentimiento colectivo que genera la CRT o las sillas del jardín—; y, en todo caso, si es que se está de acuerdo con esa postura.
Detrás de la instalación, nos encontramos con lo que Oscar Murillo llama “la primera referencia formal del pozo”: una pintura enmarcada, sostenida por una base de madera bastante precaria, parada en una silla monobloque. Se trata de una monografía de la marejada del pozo.

Oscar Murillo: El pozo de agua, Kurimanzutto, Mexico City, 2026
Remarcando la idea de que las pinturas son descargas energéticas, para el artista resulta más importante el proceso de descarga de creación que el resultado de la obra misma. Encuentra inspiración en Monet, no en lo que pintó, sino en su experiencia de vida; resuena en él mucho la creación de arte en situaciones económicas precarias y la alteración de percepción de color y formas que vivió a causa de las cataratas al final de su vida. Para él, la obra que aguarda detrás de la instalación es una descarga nostálgica de la vida inmigrante de un colombiano en Londres.
Al pasar a la galería, se extienden los cuadros a gran escala. Las materias primas en la creación de las obras son las figuras principales: los dibujos en su forma más cruda son la raíz, los cuales van siendo atravesados por las descargas energéticas que se materializan en capas de pintura al óleo, potencializadas por el aceite de linaza.
Oscar Murillo platica que su trabajo no se realiza en bastidor, sus obras son desplegadas —así como en el pozo— y, de arriba (artista) a abajo (lienzo), se desbocan las descargas. Platica que, cuando hay un “pozole” de exceso de energía, pone un lienzo encima y se impresiona en otra obra, generando un intercambio entre las obras. Es, sin lugar a dudas, un “campo lleno de espíritus”.

Oscar Murillo: El pozo de agua, Kurimanzutto, Mexico City, 2026
El color rojo, el proceso de reciclaje de pintura y el uso de papel carbón son utilizados como contra-respuesta al contexto de la necesidad monetaria para crear arte. Oscar platica que su arte también está arraigado en su historia como estudiante; un artista que creó con pocos recursos y que lo siguió haciendo desde un aspecto un tanto de protesta, para demostrar que el arte no debe estar encadenado al poder adquisitivo.
Al preguntarle al artista si estas descargas energéticas provienen de una fuente individual o colectiva, Oscar Murillo explicó que:
La obra es un contexto urbano.
La obra es ambigua, abierta a interpretaciones.
La obra vive más allá del propio artista.
La última obra de la exposición está inspirada en Monet pero, más allá de basarse en una inspiración estética (en la obra El estanque de Ninfeas ), se trata de una inspiración vivencial: las cataratas de Monet aluden a la ceguera social. La obra fue creada primero con frases de protesta, de amor, de tristeza, desolación, felicidad, y se fueron diluyendo con la pintura hasta crear un patrón que es sumamente bello.
Oscar Murillo explica que la importancia de lo social en sus obras no proviene de un carácter benevolente, está impregnado en su vida como migrante; el deseo de consultar a la sociedad no es porque le importe en sí, sino porque está arraigado a un sentimiento de nostalgia.

La obra final es donde el artista se entiende y se encuentra hoy. Al hablar sobre ella, se refiere a la estética de lo superficial; quizá esta obra no cuenta con la misma profundidad que las demás. Es curioso que, al caminar por las obras, Oscar Murillo habla de la vida, de descargas de energías, de historia, comunidad, recuerdo, nostalgia, y encuentra mucha profundidad en las obras más “violentas” y, al mismo tiempo, habla de ceguera y superficialidad con la obra más estética y armoniosa de la exposición.
“El pozo de agua” es un recuerdo de que, al vivir una realidad tan compleja como lo es la experiencia humana colectiva, a veces el desorden es el único territorio que se siente como propio.
