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14.05.2020

El Derecho Universal a Respirar

A partir de la pandemia actual y el contexto sociopolítico que la precede y acompaña, el filósofo Achille Mbembe despliega una reflexión que traza un camino de posibilidades para motivar un movimiento político común, consciente de aquella capacidad planetaria que permite la vida, con frecuencia dada por sentada.

Hay quienes ya hablan sobre el “post-Covid-19”. ¿Y por qué no deberían? Aún cuando la mayoría de nosotrxs vivimos en partes del mundo donde el sistema de salud ha estado por los suelos durante años de negligencia organizada, lo peor está por venir. Sin camas de hospital, sin respiradores, sin pruebas para todxs, sin máscaras, sin desinfectantes a base de alcohol, u otras necesidades ante la pandemia, desafortunadamente, muchxs no van a lograr pasar por el ojo de la aguja. 

1.

Una cosa es preocuparse por la muerte de personas en tierras lejanas, y otra muy distinta es darse cuenta de la propia mortalidad, de ser forzado a vivir de manera íntima con nuestra propia muerte, contemplándola como una posibilidad real. Esto es, para muchxs, el terror derivado del confinamiento: tener que responder finalmente por nuestra propia vida, por nuestro propio nombre. 

Responder, aquí y ahora, por nuestra vida en esta Tierra con lxs demás (incluyendo a los virus) y por nuestro destino compartido, es el mandato que este periodo patogénico exige a la humanidad. Es patógeno, pero también es el periodo catabólico por excelencia; con la descomposición de los cuerpos, la clasificación y la expulsión de todo tipo de desecho humano —la «gran separación» y el Gran Confinamiento causado por la propagación del virus— y con esto, la digitalización del mundo.

Por más que intentemos deshacernos de él, al final todo nos devuelve al cuerpo. Intentamos injertarlo en otros medios, convertirlo en un cuerpo-objeto, una máquina, un cuerpo digital, un cuerpo ontofánico. Y ahora vuelve a nosotrxs como una horripilante mandíbula gigante, como un vehículo para contaminar, un vector para el polen, las esporas y el moho.

Cubrir las grietas simplemente ya no servirá. En el fondo de este cráter, literalmente todo debe reinventarse, comenzando por lo social.

El saber que no, no nos enfrentamos ni tratamos con esto solxs, y que muchxs no podrán escapar, es mera vanidad y confort. Nunca aprendimos a vivir con el resto de las especies, realmente nunca nos habíamos preocupado por el daño que, como humanos, causamos a los pulmones de la Tierra y a su cuerpo. Y, aunque nunca aprendimos a morir, es con el advenimiento del Nuevo Mundo y con la aparición de las «razas industrializadas” —varios siglos después— que elegimos delegar nuestra muerte a otrxs para hacer un gran sacrificio, volviendo a la existencia misma a través de una especie de vicariato ontológico.

Pronto no nos será posible delegar nuestra muerte a otrxs. No será posible que otra persona muera en nuestro lugar. No sólo estaremos condenados a asumir nuestra propia desaparición sin mediación, sino que las despedidas serán pocas y distantes. La hora de la autofagia está sobre nosotrxs y, con ella, la muerte de la comunidad, ya que no hay una comunidad digna de su nombre en la cual tener una última despedida. Es decir que, recordar la vida al momento de la muerte se ha vuelto imposible.

La Comunidad —o más bien lo en común— no se basa únicamente en la posibilidad de decir adiós, de tener un encuentro único con otrxs y honrar dicha reunión una y otra vez. Lo en común se basa también en la posibilidad de compartir incondicionalmente, cada vez extrayendo algo absolutamente intrínseco, algo incontable, incalculable e invaluable.

2.

No hay duda de que los cielos se están oscureciendo. Atrapada en el nudo de la injusticia y la inequidad, gran parte de la humanidad se ve amenazada por un sofocamiento; la sensación de que nuestro mundo está paralizado continúa extendiéndose.

Si en estas circunstancias debería haber un día siguiente, éste no puede llegar a expensas de algunxs, siempre lxs mismxs, como en la vieja economía —aquella previa a la revolución de la digitalización. Dicho nuevo día debe ser necesariamente para todxs lxs habitantes de la Tierra, independientemente de la especie, raza, sexo, nacionalidad, religión o cualquier otro rasgo diferenciador. En otras palabras, el día siguiente solo puede arribar con una gran ruptura, resultado de la imaginación radical.

Cubrir las grietas simplemente ya no servirá. En el fondo de este cráter, literalmente todo debe reinventarse, comenzando por lo social. Cuando el trabajo, las compras, estar al día con las noticias y mantenerse en contacto, nutrir y preservar conexiones, hablar y compartir, beber juntxs, y organizar funerales comienzan a tener lugar únicamente en la interfaz de las pantallas, es hora de reconocer que estamos rodeadxs de anillos de fuego. En gran medida, lo digital es el nuevo pozo que la explosión [de la revolución] ha abierto en la superficie de la Tierra. A la vez una trinchera, un túnel, un paisaje lunar, es el búnker donde se invita a las personas aisladas a reguardarse.

Dicen que, a través de lo digital, el cuerpo de carne y huesos, el cuerpo físico y mortal será liberado de su peso e inercia. Al final de esta transfiguración, eventualmente podrá moverse a través del espejo, purgado de toda corrupción biológica y restaurado al universo sintético de flujo. Sin embargo, esto es una ilusión; porque así como no puede haber humanidad sin cuerpos, la humanidad no conocerá la libertad por sí sola, fuera de la sociedad o a expensas de la biosfera.  

3.

Entonces, debemos comenzar desde cero si, para los fines de nuestra propia supervivencia, es imperativo que cada ser vivo (y esto incluye la biosfera) reciba el espacio y la energía que necesita para vivir. En su lado oscuro, la modernidad ha sido una guerra interminable contra la vida. Y está lejos de terminar. Uno de los modos principales de esta guerra, que conduce directamente al empobrecimiento del mundo y a la desecación de zonas enteras del planeta, es la sujeción a lo digital.

Del otro lado de esta calamidad, existe un peligro que en lugar de ofrecer refugio a todas las especies vivas, el mundo entrará en un nuevo periodo de tensión y brutalidad.[1] En términos de geopolítica, la lógica del poder y el poder continuarán dominando. Por falta de una infraestructura en común, la división viciosa del planeta se intensificará, y las líneas divisorias se volverán aún más arraigadas. Muchos estados buscarán fortalecer sus fronteras con la esperanza de protegerse del exterior. También buscarán ocultar la violencia constitutiva que continúa dirigiendo habitualmente a lxs más vulnerables. La vida detrás de las pantallas y en comunidades cerradas se convertirá en la norma.

Inmediatamente atado a la Tierra y a nuestro terreno común, el derecho universal a respirar no es cuantificable y no puede ser apropiado. Es un derecho universal no solo de todo ser humano, sino de todos los seres vivos en su conjunto.

Especialmente en África, así como en muchos sitios del Sur Global, la energía intensiva de extracción, la expansión agrícola, y la depredación inevitablemente continuará en un contexto de venta incontrolada de tierras y la destrucción de bosques. Hasta hoy, el funcionamiento de los chips de computadora y súper computadoras dependen de ello. La distribución y el suministro de los recursos y la energía que se necesitan para la infraestructura informática mundial requerirán más restricciones sobre la movilidad humana. Mantener el mundo a distancia en nombre de evitar cualquier tipo de riesgo se convertirá en la norma. Pero debido a que esto no cubre nuestra precariedad ecológica, esta visión catabólica del mundo, inspirada en las teorías de la inmunización y el contagio, hará poco para interrumpir el impasse planetario en el que nos encontramos.

4.

Todas estas guerras comienzan por quitarnos el aliento. En la medida en que constituye un obstáculo importante para la respiración y la reanimación de cuerpos y tejidos humanos, Covid-19 participa en la misma trayectoria. Después de todo, ¿cuál es el propósito de la respiración si no es la absorción de oxígeno y la liberación de dióxido de carbono, o mejor dicho, un intercambio dinámico entre la sangre y los tejidos? Pero a la velocidad que va la vida en la Tierra, y dada la riqueza que queda del planeta, ¿qué tan lejos estamos realmente del momento en que habrá más dióxido de carbono que oxígeno para respirar?

Antes de este virus, la humanidad ya estaba amenazada con sofocarse. Si ha de haber guerra, ésta no puede ser contra un sólo virus; sino que debe abordar todo lo que condena a la mayoría de la humanidad a un cese prematuro de la respiración: todo aquello que fundamentalmente afecta al tracto respiratorio, todo aquello que, a lo largo del amplio reinado del capitalismo, ha consignado segmentos enteros de la población mundial —razas enteras— a una respiración jadeante y difícil, a una vida de opresión. Pero liberarse de esta constricción requeriría que concibamos la respiración más allá de su aspecto puramente biológico, como aquello que es común para todxs nosotros y que, por definición, logra evitar toda cuantificación. Con esto me refiero al derecho universal a respirar.

Inmediatamente atado a la Tierra y a nuestro terreno común, el derecho universal a respirar no es cuantificable y no puede ser apropiado. Es un derecho universal no solo de todo ser humano, sino de todos los seres vivos en su conjunto. Por tanto, debe ser comprendido como un derecho fundamental de la existencia, que consecuentemente, no debe ser confiscado. Por consiguiente, evita toda soberanía, ya que en sí mismo recapitula el principio soberano por excelencia. Además, es un derecho inherente de habitar la Tierra, un derecho que pertenece a la comunidad universal de habitantes terrenales, humanxs y otrxs.[2]

Coda

El caso se ha intentado en miles de ocasiones. Podemos recitar los cargos principales con los ojos cerrados. Desde la destrucción de la biosfera hasta el control de las mentes a través de la tecnociencia, la criminalización de la resistencia, los repetidos ataques a la razón, la cretinización generalizada y el surgimiento de determinismos —genéticos, neuronales, biológicos, ambientales—, los peligros que enfrenta la humanidad son cada vez más existenciales.

De todos estos peligros, el mayor es que una gran parte de las formas de vida serán imposibles. Entre aquellxs que sueñan con subir nuestra conciencia a máquinas, y aquellxs que están seguros de que la próxima mutación de nuestra especie radica en liberarnos de nuestra caparazón biológico, hay poca diferencia. La tentación eugenista no se ha disipado. Al contrario, se encuentra en la raíz de los avances científicos y tecnológicos más recientes.

A esta coyuntura, llega un paro repentino, una interrupción no de la historia, sino de algo que aún se nos escapa. Ya que nos fue impuesto, este cese, no se deriva de nuestra voluntad. En muchos aspectos, es a la vez imprevisto e impredecible. Sin embargo, lo que necesitamos es una interrupción voluntaria, una que sea consciente y totalmente consensuada. Sin la misma, no habrá mañana. Sin ella, no existirá más que una serie interminable de eventos imprevistos.

Si en efecto, el Covid-19 es la expresión espectacular del punto muerto cósmico en el que se encuentra la humanidad actualmente, entonces es cuestión de re-construir un planeta habitable que nos pueda ofrecer los medios para respirar. Debemos reclamar los recursos de nuestro planeta con la intención de crear nuevas tierras. La humanidad y la biosfera como unidad. Uno sin el otro, no tienen futuro. ¿Somos capaces de re-descubrir que cada unx de nosotrxs pertenece a la misma especie y qué tenemos un vínculo indivisible con toda la vida? Tal vez es esa la pregunta —la última— antes de nuestro último respiro moribundo.

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Este texto fue publicado originalmente en francés en el medio AOC como parte de su sección Opinión el 6 de abril del 2020. Fue traducido al español y al inglés para su publicación en Terremoto con el permiso del autor.

Traducido por Irene Trejo, copy-edit por Diego del Valle Ríos y Ana Laura Jaramillo.

Notas

  1. Partiendo de los orígenes del término como un movimiento arquitectónico de mediados del siglo XX, he definido el brutalismo como un proceso contemporáneo por el cual «el poder se constituye, expresa, reconfigura, actúa y se reproduce a sí mismo como una fuerza geomórfica». ¿Cómo se realiza? A través de procesos que incluyen «fractura y fisuración», «vaciado de depósitos», «perforación» y «expulsión de materia orgánica», en una palabra, lo que llamo «agotamiento». Ver: Achille Mbembe, Brutalisme (París:La Découverte, 2020), p. 9-11.

  2. Ver Sarah Vanuxem, La propriété de la Terre (París, 2018); y Marin Schaffner, Un sol commun. Lutter, habiter, penser (París, 2019).

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