Edición 10: Fayuquerxs

Nadinne Canto Novoa

Tiempo de lectura: 10 minutos

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16.10.2017

Performatividades callejeras: acción política e industria cultural en las movilizaciones estudiantiles

Nadinne Canto Novoa analiza el movimiento estudiantil en Chile a partir de las acciones performáticas colectivas que caracterizaron las protestas enmarcadas en el contexto de la sociedad del espectáculo.

El gran iiiiiii por la educación, flashmob realizado en la plaza de Armas, Santiago de Chile, 16 de agosto 2011. Fotografía de Diego Salinas. Imagen cortesía del Archivo Colectivo Fauna

El año 2011 en Chile será recordado por un movimiento de masas sólo comparable a las protestas efectuadas contra el régimen militar durante la década de los ochenta. Este fenómeno conocido como Movilizaciones estudiantiles o Primavera de Chile, entre otras nominaciones que dan cuenta de su alcance e influencia, se caracterizó por un impacto territorial y mediático que terminó por posicionar el tema del lucro en la educación en la agenda pública, desencadenando una serie de discusiones y reformas.
En aquel contexto de agitación se distingue la emergencia de un conjunto de prácticas de carácter estético asociadas a la movilización estudiantil que tuvieron como escenario el espacio público, en especial las consecutivas marchas y concentraciones que desde abril hasta diciembre de ese año dieron muestra de la capacidad de congregación y apoyo ciudadano alcanzado por el movimiento.
Estas acciones de protesta no sólo muestran el resurgimiento de la juventud chilena como un sector social y cultural diferenciado, que cuestiona la herencia y tradición en que le toca vivir. También revelan una consciencia del valor de poner en escena a una comunidad movilizada, a través de imágenes, símbolos y prácticas corporales que promueven una experiencia a medio camino entre la política, el arte y la industria cultural. Una maratón alrededor del Palacio de Gobierno que llegó a extenderse por 1800 horas continuadas (en alusión al número de millones de pesos necesarios para financiar un año completo de matrícula universitaria), estudiantes caracterizados como mendigos suplicando dinero en las afuera de los bancos para pagar su deuda y un carro alegórico de cuatro metros de altura representando los martillos de la película The Wall ejemplifican los constantes juegos de apropiación simbólica que caracterizaron sus intervenciones.
Pese a la fuerza expresiva con que los estudiantes se manifestaron se ha escrito muy poco sobre los múltiples repertorios de acción que emplean para difundir sus demandas y que lejos de constituir un régimen de representación homogéneo demuestra la confluencia de variados universos culturales, más allá de los tradicionales repertorios de protesta.
¿Cómo entender la proliferación de acciones, imágenes y declaraciones de carácter político a la que nos enfrentamos el año 2011 en Chile, esta urgencia de auto-representarse que manifiestan los actores movilizados?

El filósofo Jacques Rancière define la política como el acto de escenificar públicamente un desacuerdo respecto del lugar que le ha sido asignado a cada quien según su posición en la escala social. Se trata de una performance que cuestiona la legitimidad de la distribución jerárquica de los roles, las voces y lo que puede ser visto –eso que llama el reparto de lo sensible–, un acontecimiento capaz de sacudir el orden social establecido y que hemos naturalizado.

El acontecimiento político es considerado una revolución estética que configura una sensibilidad nueva y permite el establecimiento de una comunidad virtual en el acto mismo de la interlocución.

Pues como bien dice Rancière, la política es un tipo de experiencia que se desencadena cuando alguien pone a funcionar el axioma de la igualdad, posibilitando de este modo a aquellos que han permanecido invisibilizados tomar la palabra y representarse a sí mismos.
Este ensayo se propone mostrar cómo los estudiantes movilizados irrumpen en la escena pública manifestándose en desacuerdo respecto al modelo neoliberal basado en el lucro y la competencia, describiendo cómo se aventuran a disputar los imaginarios hegemónicos con sus performatividades callejeras.
Lo que define a la protesta estudiantil es el despliegue de un experimentalismo radical que transforma la calle en escenario de una co-presencia a través de ejercicios corporales que alteran las dinámicas de circulación acostumbradas. La masividad con que los actores movilizados pueblan zonas simbólicas de la ciudad, concentrándose en plazas y avenidas para realizar intervenciones en nombre de la educación pública nos obliga a considerar cómo este tipo de prácticas corporales producen un sentido de identidad colectiva a través de la puesta en escena y la mediatización de sus intervenciones. Se trata de acciones hechas para circular, desdobladas en registros audiovisuales, fotografías y discursos hábiles en producir resonancias entre un espacio real como es la calle y el espacio virtual de la prensa y redes sociales donde fueron ampliamente discutidas y significadas desde distintas matrices ideológicas.
La imagen que la prensa escrita y los noticiarios de televisión local construyen en torno a los estudiantes movilizados es ambivalente: por un lado insisten en criminalizar sus acciones en el espacio público utilizando la figura del encapuchado para representarlos frente a la audiencia, mientras que por otro destacan su capacidad de convocar mayorías organizadas subrayando el carácter festivo de sus intervenciones, lo que demuestra la eficacia de los juegos de apropiación simbólica antes mencionados y llama la atención sobre las imágenes y estrategias que los estudiantes elaboran para exponer el conflicto. Cómo van formulando una política comunicacional que les permite trascender las escaramuzas callejeras y posicionar sus demandas como un tema de interés nacional.

Entre las formas de acción colectiva que los estudiantes utilizan se distingue una actualización de los repertorios empleados desde fines de los sesenta contra las dictaduras en el cono sur, como la instalación de afiches con mensajes políticos en las calles, los cacerolazos en plazas, las velatones o acciones relámpago cometidas principalmente en instituciones del Estado, pero también en centros comerciales y canales de televisión.
Junto con recuperar la memoria combativa de Sudamérica, se observa una apropiación de referencias ligadas a la publicidad y la industria del espectáculo. Varios y masivos flashmob tuvieron lugar en el centro de la ciudad de Santiago de Chile durante el año 2011, proponiendo acciones simples en las que cualquiera pudo participar y que iban desde besarse hasta suicidarse colectivamente en nombre de la educación (inclusive un evento en facebook promovió una Masturbatón que no llegó a realizarse, al menos públicamente). A diferencia del contexto norteamericano donde estas intervenciones surgen ligadas al comercio y la industria del entretenimiento, los flashmob locales muestran una orientación más política al ironizar sobre la impericia mostrada por las autoridades frente a las demandas estudiantiles. El día 5 de julio de ese año cerca de seiscientas personas recrearon un día de playa en la plaza de Armas de Santiago como respuesta a la medida adoptada por el ministro de Educación del gobierno de Sebastián Piñera, Joaquín Lavín Infante, de adelantar las vacaciones de invierno con el fin de menguar los paros (como se conoce al cese de las actividades académicas) y las tomas (la ocupación total de los establecimientos), que a esa fecha sumaban más de doscientos cincuenta y que para fin de ese mes se habían radicalizado [1]. A La playa de Lavín, como se llamó el evento en alusión a una de las iniciativas más divulgadas de su gestión como alcalde el año 2002 [2], llegaron estudiantes secundarios de liceos pertenecientes al sistema público quienes en bañador y toalla bajo un frío sol de invierno exigieron la renuncia del ministro y de paso criticaron con afinada ironía el estilo populista y espectacularizado de hacer política que representa Lavín.

Como este, otros flashmob fueron convocados a través de redes sociales como una táctica de contrainformación que se cuelga de la presencia mediática de las autoridades para parodiarlas. Tras declaraciones de otra conocida figura de la ultraderecha chilena, el alcalde de Santiago Pablo Zalaquett quien amenazó con la presencia de militares en las calles para contener las movilizaciones estudiantiles, cerca de ochocientas personas ataviadas con máscaras impresas con el rostro del aludido se reunieron fuera de la alcaldía para llevar a cabo El gran iiiiiii por la educación pública inspirados en la popular imitación hecha por el humorista Stefan Kramer, quien remarca su peculiar sonsonete y nerviosismo al hablar repitiendo de forma sostenida la letra i.
Quizá resulte curioso que en este proceso de aparente democratización de los actores de la historia, las imágenes y referentes de la televisión o la música jueguen un papel tan preponderante en la forma en que el discurso político puede devenir sensible. No por nada el primer hito de las intervenciones en el espacio público realizadas por los estudiantiles chilenos el año 2011 toma un ícono de la música pop –la canción Thriller de Michael Jackson– como excusa para ensayar una nueva coreografía del poder en un espacio cargado de significación histórica como es la actual plaza de la Ciudadanía, ubicada frente al Palacio de Gobierno y escenario de varias intervenciones que reafirman la importancia de los símbolos en la construcción social del espacio y nos permite observar cómo se manifiestan las crisis y tensiones en la vida pública. Lugar donde hace décadas la dictadura militar construyó el Altar de la Patria, una terraza de gran envergadura que albergó el mausoleo de Bernardo O’Higgins junto a la Llama eterna de la libertad, y que detractores intentaron extinguir reiteradas veces hasta que a mediados de los dos mil se eliminó como uno de los últimos gestos de reconciliación emprendidos por los gobiernos concertacionistas.

Intervenciones como La playa de Lavín, El gran iiiiiii o Thriller por la educación hacen del espacio público un campo de batalla entre los discursos dominantes que dictan lo que está permitido hacer y una multitud auto-convocada que los desnaturaliza a través de la estrategia del absurdo. Estas acciones, lejos de promover un enfrentamiento con la policía, llevan al extremo el carácter performativo del lenguaje explorando distintas posibilidades en torno a la idea de proclamar una posición o perspectiva. Es a través de la producción y puesta en circulación de una serie de discursos e imágenes que los estudiantes movilizados dan origen a nuevas comunidades de lenguaje, que no existían antes de su manifestación. En estos casos, el lenguaje tiene la característica de no ser solamente descriptivo de una realidad dada, sino que es usado para producir nuevos contextos donde los interlocutores elaboran una sensibilidad que los represente.
A diferencia de la generación de la Transición que vio sin malos ojos que la generación anterior, esa que protagonizó la utopía de la Unidad Popular y el trauma de la dictadura, la desplazara en la dirección del régimen de lo común una vez retornada la democracia, lo que define a esta nueva generación de estudiantes secundarios y universitarios que creció en los dos mil es ser una generación de combate. Su habilidad para elaborar el disenso político usando todas las estrategias comunicacionales a su alcance, así lo demuestra: la amplia presencia de distintas organizaciones y activistas en plataformas online como Facebook, Twitter y YouTube difundiendo información y convocando de manera efectiva a actividades de protesta, obligó a los medios de comunicación tradicionales a negociar lo que entienden por objetividad en sus transmisiones.
Nunca fuimos tan conscientes de la plasticidad de la esfera pública como ahora, gracias a las nuevas tecnologías de la información. El funcionamiento en tiempo real de las plataformas digitales y la posibilidad que ofrecen de compartir contenidos generados por los mismos usuarios, no sólo ha venido a disputar la hegemonía de los medios de masa sino que ha demostrado una sorprendente capacidad para activar modalidades virtuales y también concretas de hacer comunidad, a través de imágenes y discursos compartidos.
Hoy existe consenso en torno a la idea de que el Internet funciona como un medio táctico indispensable al momento de difundir las demandas de los movimientos sociales y generar nuevas estrategias de asociación. El ciclo de movilización de carácter global que explota el año 2011 con la llamada Primavera árabe, el Wall Street Ocuppy o el Movimiento 15M que se inician casi al mismo tiempo que las protestas estudiantiles en Chile, así lo demuestra.

Sin embargo, se trata de un fenómeno complejo que nos obliga a pensar cómo las tecnologías de la información hacen hoy posible la práctica de la resistencia y si acaso logran promover nuevas y mejoradas formas de participación política. Ya el año 2006, durante la llamada “Revolución Pingüina” que protagonizaron estudiantes secundarios de todas las regiones del país, se hizo evidente la manera como los jóvenes usan las plataformas, en aquel tiempo fotolog y flickr, y la comunicación por chat a través de celulares como medios útiles para coordinar la acción en red, ya sea elaborar sus demandas, organizar la ocupación de establecimientos y la realización de concentraciones callejeras, e incluso para difundir a la opinión pública el resultado general de su ejercicio democrático en las distintas asambleas territoriales.
Pero tal como sucedió con las protestas del año 2006, el factor que explicaría la intensidad y masividad alcanzada por las manifestaciones estudiantiles en Santiago de Chile y en otras ciudades del país es la existencia de una amplia red de organizaciones estudiantiles como las federaciones, centros de estudiantes y colectivos de diverso tipo asentados en las instituciones universitarias y secundarias, que promovieron este tipo de acciones como un método privilegiado para difundir sus demandas a la ciudadanía y sobrepasar el cerco informativo impuesto por la prensa chilena. De allí que la figura de la asamblea, aquella tradicional instancia de encuentro presencial, diálogo y organización en que la comunidad se representa a sí misma y decide de manera conjunta sus objetivos y estrategias, adquiera tanta relevancia a la hora de explicar la masividad alcanzada por las movilizaciones estudiantiles, así como también el carácter performativo de sus acciones con las que buscan politizar universos culturales tradicionalmente ajenos a las militancias de izquierda en nuestro continente.

Notas

  1. To learn more about protest actions Chilean students undertook visit www.cartografadelamovilizacion.cl

  2. The mayor installed an artifcial bathing resort on the banks of the Mapocho River as a supposed summer vacation alternative for the city’s poor families.

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