23.10.2017

Para Las Duras and Other Ephemeral Bodies: Queer Chicanx Social Spaces

Desde una reflexión sobre la importancia de espacios seguros para la resistencia y disidencia, Carribean Fragoza escribe sobre la comunidad lésbica chicanx queer en Los Ángeles.

Para las duras[1] y otros cuerpos efímeros: espacios sociales chicanxs queer

Los espacios sociales chicanxs queer son representaciones de utopía. Aunque fugaces y efímeros, son territorios reales. Contenedores de cultura, clase, raza y género, y lo más importante, de deseo. Ocio y recreación, los placeres del cuerpo inevitablemente van de la mano con la sexualidad. Son la dinámica de un cuerpo libre cuando nadie está mirando o cuando a un cuerpo no le importa un carajo. Amorfo, poroso, elusivo, el cuerpo sexual evade la atadura mortal de la hegemonía deslizándose entre las grietas, agujeros de gusano ocultos en los ambientes construidos.

Los espacios chicanxs lésbicos de ocio suelen quedar fuera de las más amplias narraciones heteronormativas, e incluso de las queer, que tienden a privilegiar las voces masculinas y blancas. Encontrar estos espacios y entenderlos requiere un tipo diferente de mirada. Artistas, escritores y estudiosos chicanxs queer han estado diseñando estos territorios efímeros de inter-espacio mientras las nuevas generaciones continúan expandiendo las fronteras chicanxs usando vocabularios y actitudes culturales cada vez más sofisticados.

Las Duras en Plush Pony

Es como si la fotógrafa Laura Aguilar supiera que Plush Pony no duraría para siempre. Puede que haya previsto las olas de desplazamiento y gentrificación que se extenderían en el lado este de Los Ángeles, expulsando a las familias y negocios locales de esta sección de la ciudad históricamente latina y chicana. Pero la mayoría de los chicanxs queer puede decir que es solamente cuestión de tiempo antes de que los espacios como Plush Pony desaparezcan. Tal vez es por eso que las rucas organizaron ahí tantas fiestas como lo hicieron mientras pudieron.

El ensayo fotográfico de Aguilar sobre Plush Pony captura una escena que era vital en las vidas de las chicanxs lesbianas del lado este, aunque permaneció casi invisible. Las fotografías capturaron cuidadosamente las elaboradas poses y las cándidas personalidades de lxs chicanxs queer a principios de los 90s. “Mi idea surgió de venir a este lugar de vez en cuando sabiendo que hay mujeres para quienes este es el único lugar de comunidad. Estas mujeres se quedan en el lado este y no se van”, escribió Aguilar en sus notas. En sus fotografías, chicanxs machorras y bulldaggers, baby dykes y femmes exhiben su mirada bien entrenada, tanto penetrantemente interrogativa como cautelosa. Las veteranas la han practicado y dominado hasta la perfección incomprensible. Como un pantalón bien arrugado, sus caras saben cómo recaer en el gesto. Lxs jóvenes, las tiernitas, sin embargo, todavía se presentan con una timidez amistosa, a veces se tornan fuera de lugar en sonrisas cautelosas.

La postura de las butchas con el mentón desafiante levantado hacia la cámara, hombros abiertos de par en par, los puños en las caderas enmarcan una hebilla de cinturón, típicamente reservada para la entrepierna masculina, por decir. Aquí nuestros ovarios rifan.[2] En espacios como Plush Pony, las mujeres aprenden a proteger su espacio con la dureza de sus poses. Aquí no hay chulas sonrientes para dar la bienvenida a los expectantes hombres hetero. “Actuamos como malxs para defender nuestros clubes e instituciones… Ser malx con los chicos es divertido y un deber del feminismo de la segunda ola”, afirma la escritora experimental y chicana Myriam Gurba.[2] De hecho, el mensaje de Plush Pony como un espacio chicanx queer agresivo era claro. Y, sin embargo, incluso la butcha más durx se derretiría en el cálido abrazo de su querida femme.

En otra de las imágenes de Aguilar, vemos a una butcha de copete presionar su cabeza perfumada de Tres Flores contra el suave cuerpo de una güera, una chica con una sonrisa, coqueta. Seguro le gusta bailar. Su cabeza está coronada con cabello dorado peinado y flequillo con spray. El resto de su cabello con permanente como caminito baja por su espalda de flores. Encontramos a “la güera” otra vez, más juguetona esta vez, emparedando a otra butcha entre ella y otra femme. Presionadx entre el par de piernas, la butcha no puede dejar de sonreír mucho. Mantener la postura es un acto precario de equilibrio, un absurdo ridículo que los deja ingrávidos de alegría, sin límites, aunque sea por unos preciosos momentos fugaces. Hace que todo valga la pena.

Los bares chicanxs lésbicos también presentan una oportunidad única para estudiar la intersección de la subcultura, el espacio y la sexualidad. Es un tipo de espacio donde lo chicanx queer ha venido a ensayar e interpretar sus variadas identidades. Lejos de los espacios domésticos, el cuerpo aprende vocabularios alternativos al estilo de la moda, los gestos y la postura. Es donde uno interpreta esto de manera única, encontrando maestría en su propia forma de encarnarlos. La manera en que uno se para a ordenar un Jack-and-Coke en el bar o la forma en que uno baila una norteña, así, sosteniendo un trasero “de cartoncito”, del modo en que has visto a tus tíos hacerlo en una fiesta familiar. Agarrar a tu haina justo así se siente tan bien como imaginaste. Mejor.

Aunque la conciencia lésbica chicanx estaba experimentando una época dorada en los altos círculos académicos, Laura Aguilar estaba interesada en las lesbianas chicanxs de clase trabajadora que checaban su entrada en trabajos diurnos en fábricas y encontraban alivio en bares lésbicos locales. Según las estudiosas Elizabeth Kennedy y Madeline Davis, las lesbianas de la clase trabajadora “fueron pioneras en formas de socializar juntas… sin perder la capacidad de ganarse la vida”. Como en Londres y Nueva York, los bares lésbicos en el este de Los Ángeles no son novedad, aunque son únicos como espacios latinos que en gran medida han quedado marginados. La Dra. Stacy Macias, profesora de Estudios de Género y de la Mujer en CSULB señala, “Los bares lésbicos siempre han existido. No fueron creados para ser un destino de moda, sirvieron a una clientela que vivía y trabajaba localmente.” [3]

Además, según la Dra. Macias, los espacios sociales chicanxs queer pueden tener funciones políticas más directas. “La gente piensa a menudo los espacios sociales queer como sólo ocio, pero los espacios políticos y de organización también son espacios sociales”, agrega la Dra. Macias. Según el investigador Ken Gelder, la formación de la conciencia homosexual “[surge] de la vida del club y sus persecuciones”.[4] Aunque espacios como los bares se suelen dejar fuera de las discusiones por no realizar el verdadero trabajo del activismo, estos también han servido como detonante para la organización política. De estos espacios han surgido momentos decisivos para la acción política y la concienciación como la Black Cat Tavern en Silverlake en 1967 y Stonewall Inn en Nueva York en 1969.

Tribus del entremedio

Corriendo de aquí para allá, Nancy Valverde buscaba su hogar hasta que lo encontró en lo que Gloria Anzaldúa describe como “el fino borde del alambre de púas”. Con excepción en el caso de Valverde, hogar era el filo de la navaja, así como el de un par de tijeras y peines y todas las herramientas utilizadas para recortar y cortar, separar y dividir. Ella formó un hogar para sí misma en el más improbable de los lugares, una peluquería en el este de Los Ángeles, donde las masculinidades son literalmente formadas y reforzadas.

Y, sin embargo, Valverde, unx chicanx queer que creció en Lincoln Heights en 1940 y 1950, superó discriminación, encarcelamiento e incluso estuvo al borde de la muerte antes de llegar finalmente a la barbería del este de LA donde trabajaría como peluquerx por más de 30 años. Su historia nos habla de los grandes riesgos que lxs chicanx queer ha tomado para crear espacios que los mantendrán unidos, por lo menos brevemente. Esto subraya la necesidad de proteger estos espacios por todos los medios posibles.

Nancy Valverde fue detenida en numerosas ocasiones por “disfrazarse” o vestirse como un hombre, lo cual era oficialmente un delito desde la década de 1850. A veces era fichada bajo ningún crimen en particular y encarcelada indefinidamente. A veces los arrestos ocurrieron en la locación, a veces cuando se encontraba en camino mientras la policía exploraba áreas circundantes a conocidos bares queer.

Por casualidad, la historia de Valverde llegó a la artista, escritora, intérprete e historiadora social Raquel Gutiérrez en un momento fugaz en otro espacio temporal. Conoció a Valverde en un grupo de lesbianas latinas llamado LUNAS (Latinas Understanding the Need for Action) que había operado brevemente en Bienestar, un centro de salud y bienestar para gays y personas con VIH/SIDA en el este de Los Ángeles. “Conocí a Nancy en Bienestar. Grabé su historia en una serie de entrevistas. Me contó lo que es ser un chofer de 14 años para una trabajadora sexual”, dice Gutiérrez.[5] En los primeros años de formación adolescente, Valverde ya era una persona trabajadora e independiente, también entregando pasteles y productos horneados para una panadería. Trabajaba duro, pagaba sus deudas y entendía su derecho simple aunque negado de vivir su vida como le parecía: como una honrada lesbiana machorra. A pesar de las consecuencias, Valverde llevaba el cabello corto, se vestía cómodamente con ropa de hombre y finalmente se convirtió en barberx en una peluquería para hombres.

“Una de las cosas por las que más te prestan atención siendo machorra es por tener el cabello corto”, señala Gutiérrez. El cabello no sólo era un aspecto central en la vida y profesión de Valverde, sino también un tema importante y personal de investigación para Gutiérrez. A medida que conocía la vida de Valverde y lo que otras lesbianas machorras chicanxs habían experimentado en décadas anteriores, Gutiérrez también estaba aprendiendo a navegar su propio ser queer. Después de que el grupo fue disuelto debido a la falta de fondos, ella continuó desarrollándose como teatrista en Highways, un teatro y espacio para presentaciones queer en Santa Mónica. Con sus compañeras teatristas de Butchlalis de Panochtitlan (Claudia Rodríguez y Mari García), Gutiérrez llevó sus propias preguntas y exploraciones al mismo teatro de caja negra donde desarrollaron El peluquerx del este de Los Ángeles.

El desarrollo de la identidad, aunque personal, no es necesariamente un proyecto privado o incluso individual, ya que con frecuencia puede tener lugar en espacios públicos, lejos de la restricción de los ámbitos domésticos. Para Raquel, lo queer fue algo que pudo desarrollar en un espacio de teatro colectivo, como parte de una exploración artística e histórica. Mucho antes de eso, su conciencia feminista y queer ya estaba tomando forma durante su años adolescentes en la escena punk del lado este en los 90s. “El punk rock me expuso a ideas más radicales, como el feminismo. Y no sólo Riot Girrrl.” Señala el levantamiento zapatista y la aparición de feministas morenxs como un momento clave para ella, ya que coincidió con su “auge de ir a conciertos punk” cuando comenzó a conducir por la ciudad. “Estaba conociendo chicas, tratando de mantenerme a flote en medio de la masculinidad indiscutible.” Ella observa que mientras ella se encontraba en espacios chicanos politizados, “realmente no había espacios queer seguros”.

“Me hacía falta otra cosa”, dice. Encontró esa otra cosa en el grupo de lesbianas latinas en Bienestar donde también conoció a otras jóvenes creadoras chicanxs, como Aurora Guerrero, Claudia Rodríguez, Stacy Macias y otrxs que continuarían haciendo arte, películas, obra literaria y académica.

Aunque de vida breve, los espacios chicanxs queer son necesariamente momentos de intercambio y de conformación de tribu intensos. La poeta queer Tatiana de la Tierra define el espacio lésbico como espacios nómadas tribales, nodos temporales donde cuerpos lésbicos pueden reunirse nuevamente. “Todas las lesbianas que abandonan la tribu encuentran la forma de seguir encontrándose unas con otras. Seguimos uniéndonos. Siempre. La tribu es tan grande como todas nosotras en todas partes, un lugar que no es un lugar en absoluto, pero nuestra casa del mismo modo. La tribu es cada una, el único lugar al que pertenecemos: nuestra hermandad.”

Quizás la forma más útil de pensar los espacios chicanxs queer es la noción de Gloria Anzaldúa de las fronteras como un lugar intermedio. Una intersección geográfica, cultural y sexual que permite que un estado transitorio e inestable se expanda desde lo marginal, hacia un paisaje completo, rico en posibilidades. Es la verdadera patria de los mestizos o lo que ella llama los “atravesados”, los transgresores, los queer.

Fiestas de jardín: archivo efímero

Cuando Coatlicue fue desenterrada por primera vez en 1790, se dice, tenía tan horrorizados a los europeos y a los criollos con sus colmillos voraces, sus senos flácidos y sus corazones de sacrificio, especialmente cuando veían a los indígenas venerándola, que fue enterrada de vuelta en la tierra. Años más tarde, la desenterraron nuevamente sólo para quedar aún ofendidos por su ser grotesco. La enterraron de inmediato una vez más.

Como tal, a través de las décadas, los chicanos en los EE.UU. han salido a la luz y se han sumergido de nuevo en la clandestinidad, tirando y empujando cíclicamente contra las fuerzas culturales y políticas. Aproximadamente doscientos años después de que Coatlicue fuera desenterrada y enterrada nuevamente, los chicanos en los 90s reclamaron Aztlán, encontrando su hogar en espacios informales y clandestinos, fuera del radar, en Los Ángeles. Lxs chicanxs crearon una sofisticada red rizomática de espacios culturales que preparó un terreno fértil para dar origen a una nueva generación de artistas, músicos y organizadores chicanxs. Con urgencia, operaban no en espacios institucionales formales, sino en almacenes vacíos y escaparates baratos. Las casas libres de padres y los patios traseros se convirtieron en sitios para conciertos y fiestas improvisadas: espacios de representación.

Veteranas and Rucas, el archivo de Guadalupe Rosales en Instagram de los amigos de fiesta y la escena rave de los años 90 en Los Ángeles es una documentación digital de una cultura definida por su carácter efímero y underground. Desenterrando un nuevo conjunto de archivos utilizando redes sociales, Rosales está haciendo un mapeo de nuevos territorios. Ella está midiendo el terreno, reforzando sus características con las fotografías de hombres y mujeres jóvenes dando sus poses más duras. Con el tiempo, las características más precisas de este territorio emergerán para revelar nichos no expresados. Zonas sensuales una vez guardadas cuidadosamente.

Esta constelación siempre cambiante de espacios informales, con múltiples locaciones, que era deliberadamente ambigua, fue una forma de resistencia estratégica y autopreservación. Conscientes de su posición sociopolítica en el intensificado clima racista y anti-inmigrante de los 90s, se identificaron con nociones de chicanidad, reconociendo a Aztlán como su patria única, literal y metafórica. Aunque los lugares mismos estaban desanclados, la cultura de la juventud que emergió estaba tan bien definida como el delineador en los labios de una chica hogareña. Moda, música, danza se unieron no sólo a una escena singular, sino a todo un paisaje multifacético completo con su propia economía floreciente. Los adolescentes se convirtieron en creadores de cultura, así como en empresarios, organizando fiestas cada vez más elaboradas.

Sin embargo, aunque la escena de las fiestas era una especie de refugio para la juventud morena marginada, también era intensamente patriarcal y heteronormativa. Los grupos de fiesta de sólo amigas mujeres surgieron como un espacio alternativo, quizás más seguro para chicas y mujeres jóvenes, aunque Rosales no era consciente de nichos específicamente amigables con los queer. Como una mujer joven todavía luchando con su propia sexualidad, descubrió que era difícil encontrar espacios queer en la escena de las fiestas. “Sí asistí a una fiesta queer una vez”, recuerda. “Fue la primera vez que vi a chicas besarse… Se sentía seguro. Podíamos beber y no sentirnos en peligro,”[6] dice Rosales.

El proyecto de Rosales, Veteranas and Rucas, puede entenderse como un “archivo de lo efímero”, un concepto del estudioso queer José Esteban Muñoz. Muñoz pide a los intelectuales que miren las pistas de baile, los lugares de viaje y otros espacios temporales donde lo queer se desempeña como sitios archivísticos. Para encontrar estos, una manera diferente y más ágil de mirar es requerida. La historiadora queer Emma Pérez aboga por una “mirada queer decolonial que permite diferentes posibilidades e interpretaciones de lo que existe en las brechas y los silencios, pero que a menudo no se ve ni se oye”.[7] En efecto, el trabajo de Rosales es un enfoque, un “queering” del archivo mirando a través de cosas efímeras, objetos extraviados que no forman parte de ningún archivo oficial.

Espacio digital: nuevas generaciones

Some lesbians are clay/they are the ones who wear the pants and permit others to take them off. They are the sporty ones, the androgynous, the new generation…/They are the most excited. They sing and dance desire. [8]

La poeta Tatiana de la Tierra utiliza barro, un material maleable de tierra, para representar a la juventud queer que se formaría de manera diferente a las generaciones anteriores. Siempre estarán las duras, las lesbianas butchas, así como las “muñecas femme” como Tatiana las describe, pero surge algo nuevo en medio de modos más flexibles, desafiantes e indisciplinados. Para los artistas y activistas chicanx queer, el espacio digital juega un papel esencial en la construcción de identidades y la creación de espacios, presentando nuevas posibilidades y limitaciones. A medida que las identidades se vuelven cada vez más “atravesadas”[9], lo mismo ocurre con la naturaleza de los espacios al acelerar la hibridación entre espacios digitales y físicos. Los espacios, como las sexualidades y los géneros, también están expandiendo espectros.

“Mi generación, supongo, es la más joven. Somos diferentes… Nos basamos mucho en los eventos… Una gran cantidad de la comunidad queer está en línea”, dice la artista y estudiosa chicana Angélica Becerra [10]. Candidata doctoral en Estudios Chicana/o en UCLA, el trabajo doctoral de Becerra se centra en cómo han evolucionado los gráficos políticos para encontrar una nueva vida en el espacio digital. Algunos de los signos más tempranos de artistas chicanxs queer en el mundo digital se pueden encontrar en la obra de la artista Alma López. Durante los 90s y principios de los 2000s, sus re-imaginaciones ampliamente difundidas de la Virgen de Guadalupe como un cuerpo queer sensual encontraron su camino hacia una nueva generación de chicanas con una conciencia queer floreciente que daría frutos tanto en las artes como en la academia.

A medida que las nuevas generaciones de artistas y artesanos chicanos alcanzan la mayoría de edad en la era digital, pueden acceder a audiencias más amplias y pueden participar más fácilmente en economías alternativas de las artes que no están enteramente a merced de galerías comerciales y subvenciones institucionales. Becerra, por ejemplo, ha visto sus ilustraciones de las feministas de color crecer en popularidad en su tienda en línea (así como en galerías), las cuales ella descaradamente etiqueta en las redes sociales como 01 800 PAY-A-FEMME. Proyectos más grandes, particularmente en el cine, han tenido un éxito considerable en las campañas de financiamiento colectivo que han ayudado a lanzar películas chicanxs queer como Mosquita y Mari de Aurora Guerrero y más recientemente, Bruising for Besos de Adelina Anthony.

Lxs chicanxs también están utilizando la esfera digital para volver a convocar las cualidades más radicales de la radio indie en forma de podcasts. Donde una vez la radio pirata fue un método de comunicación de lo underground predigital y los zines thrashy fotocopiados en Xerox ofrecían tutoriales DIY (Hágalo Usted Mismo, por sus siglas en inglés) sobre cómo configurar estaciones de radio clandestinas, un número creciente de podcasts están haciendo espacio para las voces chicanxs queer. Están demostrando ser especialmente útiles como plataformas para conversaciones abiertas sobre lo queer y la cultura, racismo y cualquier otro tema bajo el sol. En el podcast de Becerra, “Anzaldu-izándolo”, ella y su co-anfitriona Jackie, charlan sobre todo, desde recorrer lo queer en las vacaciones familiares, a la violencia racial en Charlotesville y el síndrome del impostor entre los académicos chicanxs.

Y, a pesar de toda esta prisa digital, la necesidad, el deseo y el uso del espacio físico nunca están lejos. “Imaginamos el espacio virtual como uno más democratizado, pero también es muy limitado. Es por eso que tenemos el deseo de volver al espacio y los libros,” dice la Dra. Stacy Macias.[11] Espacios como La Concha, “un centro comunitario autónomo y un espacio seguro”, es manejado por el grupo de ciclistas feministas, las Psycos Ováricas. Tanto el espacio como el colectivo de ciclistas mantienen el espacio consciente y deliberadamente en Boyle Heights, una comunidad que está actualmente en el centro de atención por su brutal lucha contra la gentrificación. Como la falta de acceso a bienes raíces asequibles para vivienda y pequeños negocios llega a un límite en comunidades de color pobres y de clase trabajadora, hacer presencia física representa nada menos que una acción militante. La visibilidad y la ocupación física del espacio público por un cuerpo moreno, un cuerpo femenino y un cuerpo queer es un acto de guerra.

Las nuevas generaciones de chicanxs queer ocupan una clase de espacio híbrido que es tanto digital como físico. Es el caso de lxs jóvenes chicanxs como Muy Monte, un colectivo de música y artes que regularmente organiza y participa en eventos como el paseo artístico del este de LA, así como sus propias fiestas de baile. Viven en Instagram, un poco menos en Facebook, donde publican los volantes de sus fiestas, versiones remix de Chico Che y tapas de cassettes del mercado de pulgas. Es la versión de los 90s del volante de la fiesta presentado en forma digital, para una audiencia digital de la cual sus miembros todavía se encontrarán unos a otros en el mundo físico, un bar de mierda para una noche, para simplemente bailar.

El retorno a experiencias materiales de la cultura en el espacio físico a través del resurgimiento de los discos de vinilo y las fiestas de baile, proviene tal vez de una necesidad real de ocupar más espacio que sólo el de internet. Como cuerpos vivos activos en el mundo, hay tanta necesidad de demandar espacio como la hay de reinventarlo para nuestras comunidades y nuestro yo reconfigurados.

Notas:

1. Referencia al título del libro: Tatiana de la Tierra (2002). Para las duras: Una fenomenología lesbiana. USA: Calaca Press and Chibcha Press.
2. Myriam Gurba. (2017). Mean. EUA: Coffee House Press.
3. Dr. Stacy Macias, entrevistada por la autora en agosto de 2017.
4. Gelder, Ken. (1997). The Subcultures Reader. EUA and Canada: Routledge.
5. Raquel Gutiérrez, entrevistada por la autora en agosto de 2017.
6. Guadalupe Rosales en entrevista con la autora en agosto de 2017.
7. Emma Perez. Queering the Borderlands: The Challenges of Excavating the Invisible and Unheard. USA: Frontiers: A Journal of Women Studies, Vol. 24, No. 2/3. University of Nebraska Press.
8. Poema de Tatiana de la Tierra. Trad.: Algunas lesbianas son barro/ellas son las que llevan los pantalones y permiten que otrxs los quiten. Son las deportistas, las andróginas, la nueva generación…/Son las más emocionadas. Ellas cantan y bailan el deseo.
9. Gloria E. Anzaldúa. (1987). Borderlands/La Frontera: The New Mestiza. EUA: Aunt Lute Books.
10. Angelica Becerra, entrevistada por la autora en agosto de 2017.
11. Dr. Stacy Macias, entrevistada por la autora en agosto de 2017.

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