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31.10.2016

Forms of contact: François Bucher

Natalia Valencia habla del trabajo reciente de François Bucher y su relación con la investigación antropológica y la tecnología.

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«Parece que las imágenes de nuestros radiotelescopios son tanto una metáfora cosmológica como lo era el nacimiento de los dioses en los cuentos mitológicos. Nuestra propia ciencia exacta con sus radiotelescopios gigantes y computadoras monstruosas es igualmente incapaz de mostrarnos lo que está viendo, de otra forma que no sea a través de su propio teatro de imágenes artificiales codificadas… que son otra historia, creada con el fin de hacer alusión a algo que es esencialmente incomprensible

—François Bucher

El interés por el plano insondable de la existencia humana es una de las líneas que han marcado el trabajo de Francois Bucher desde hace casi una década. Hablar de aquello que es tan omnipresente y verdadero como imposible de articular es claramente un camino espinoso para transitar, pero la maleabilidad del lenguaje del arte contemporáneo es fértil para esta búsqueda. ¿Qué metáforas utilizamos para referirnos a lo inconmensurable? Francois revisa protocolos de comunicación entre lo humano y lo no-humano que funcionan a un nivel que él llama “interdimensional,” para así identificar una especie de código cosmológico que da cuenta de una verdad singular irrevocable en el universo. La idea del código y la metáfora tecnológica es clave para entender el proceso de un artista mestizo occidental que busca interpretar y traducir formas de conocimiento con las que entra en contacto pero que están por fuera de las ontologías occidentales. Los sistemas y lenguajes de la ciencia, por su racionalidad, se ajustan convenientemente, hasta cierto punto, a este intento de traducción.

En un texto reciente –producido en el contexto del Anthropocene Campus del HKW en Berlin – sobre la investigación que ha llevado a cabo hace varios años en el territorio indígena Kogi en la Sierra Nevada de Santa Marta, en la costa atlántica colombiana, Francois hace referencia a una práctica de “mantenimiento” operada a un nivel “hiperdimensional” por los Kogis una vez al año en el Museo Nacional de Bogotá, en donde se encuentra una momia que pertenece a su cultura –que debería estar bajo su custodia, en su territorio y no exhibida de manera permanente en un museo. En este ritual auspiciado por la institución se confrontan dos perspectivas sobre la historia y la cultura material: la mirada occidental que se enfoca en conservar la presencia física del artefacto exhibido y la perspectiva indígena que restaura a un nivel inmaterial la comunicación energética del artefacto (que no es considerado artefacto) con su territorio de origen y la información que fluye entre ellos. Francois también habla de otros artefactos de la cultura Kogi llamados tumas, que funcionan como conectores energéticos de los elementos de la Sierra, sus sistemas y sus habitantes. Entiende estos objetos como dispositivos de una tecnología que sirve para mantener “el código de la Sierra” estable y vivo –misma razón por la que las tumas robadas por arqueólogos y desplazadas de su lugar causan inestabilidad en su territorio de origen. Francois habla de sus conversaciones con el Mamo Román de la tribu Wiwa de la Sierra, en el que el Mamo insistió en la importancia de que las tumas que están secuestradas en museos etnográficos europeos sean devueltas a la Sierra, pues su desplazamiento forzoso ha causado, simplemente, múltiples desajustes ecológicos. La manifestación física de esta inestabilidad es visible, el lenguaje indígena que la describe no es metafórico y esta es la expresión de algo que podemos entender como una verdadera ciencia exacta no-occidental. En su escrito Francois interpreta la ecología física y metafísica de la Sierra según conceptos que provienen de la investigación interdisciplinaria en las humanidades y el arte, que ha dado lugar a proyectos como el mismo Anthropocene Campus en Haus der Kulturen der Welt en Berlin.

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«El conjunto de la Sierra Nevada es un cuerpo vivo cuyos órganos necesitan ser alimentados para que se mantenga sano y con vida. El ser humano tiene la responsabilidad de re-escribir el código que regenera el mundo vegetal, el mundo animal y el mundo acuático, ya que su uso indiscriminado sin reposición profunda conduciría al desastre.

La responsabilidad es enorme, considerando que los pueblos de La Sierra entienden que si llegasen a fallar al mantener su medio ambiente en armonía, esto significaría el caos en el mundo entero. Si fallan en hacer frente a la constelación de fuerzas que están en juego cada vez que nosotros –los depredadores supremos– intervenimos en el escenario, la raza humana no sobrevivirá. Pero esta es la parte fundamental que debe ser entendida: ellos conciben este desastre en lo que hemos llamado términos holográficos, en los que el todo está en cada una de sus partes. Así es que en el entendimiento Kogi, Arhuaco, Wiwa del mundo (que ha ido fluyendo hasta ellos en la corriente de su tradición oral), el día en que el metabolismo de la Sierra falle, ese día significará también el apocalipsis para todo el planeta. Es una lección suprema para nosotros: cuidar del propio hábitat minúsculo es una cuestión de vida o muerte para la especie. La idea de una nueva era llamada Antropoceno (cuya cronología es bastante inexacta) probablemente sería sentida por ellos como un gran engaño conceptual, pues ellos han estado desde siempre en esa era geológica – siendo el pagamento la expresión activa de esta idea. Ellos han estado desde siempre en conversación con una tecnoesfera,[1] pues la Sierra en sí es una especie de máquina. Y ellos han entendido siempre, a través de la potencia de su matriz mitológica, que la Sierra es el corazón mismo del mundo y que toda otra sierra también lo es, cuando es activada como tal. Esta matriz mitológica pone el principio y el fin del universo en la misma mesa, en todo momento. Ellos también han entendido que todos estamos al borde de una catástrofe que eliminará toda la vida de la tierra, si no re-aprendemos a participar en la co-escritura del código que hace que el viento sople y la lluvia caiga.”

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Utilizar el lenguaje de la ciencia como metáfora para aprehender estas formas de conocimiento no-occidentales es tan útil como extraño, pues es la misma epistemología que en su desarrollo colonial y moderno contribuyó a invalidar o silenciar esos conocimientos. Así mismo, la tecnología está lejos de ser políticamente imparcial. Por otro lado y como lo anota la antropóloga indígena Métis canadiense, Zoe Todd, problemática y colonialista es la apropiación por parte de la academia eurocéntrica y su reciente “giro ontológico”, de concepciones ancestrales indígenas sobre la ecología y la vida planetaria, en las que la naturaleza y la cultura no están divididas y en las que se reconoce que lo “más-que-humano”, el clima y sus sistemas vivos, tienen agencia y pueden sentir [2] situar la especificidad histórica de cada contexto indígena y las circunstancias políticas (muchas veces adversas) con las que su conocimiento y forma tradicional de vida se relacionan es importante para que la traducción de su saber no signifique una desigualdad de poder. En este caso, el arte es una estructura en la que la observación “etnográfica” es un punto de partida. Como lo dice Francois, su búsqueda tiene que ver con entender un plano profundo de la existencia, “el orden del cosmos, que está implantado en todo.” Este proceso es para él una especie de reconfiguración cognitiva y re-alineación de la percepción, resultado de la evolución de un proceso artístico y espiritual personal en el que ha dejado de concentrarse en analizar la mediación de las imágenes en la sociedad para llegar a la pregunta por la naturaleza misma de la realidad.

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“La vieja metáfora del universo como la esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna parte sigue en plena fuerza conmigo, estoy marcado visualmente por ella; la relaciono en mi trabajo reciente con animales. Sobrepongo pieles de pitón e imágenes de la Vía Láctea o pieles de jaguar sobre constelaciones. Esa serie tiene que ver con una experiencia real que tuve en el valle sagrado de Cuzco hace años. Percibí un orden fractal en todo el domo, dos veces en la noche. El domo tenía un hueco en la mitad, y entonces para mí fue literal el hecho de que Cuzco era un ombligo, como lo llaman los indígenas originarios de ese territorio. Entendí que el ombligo no era una especie de metáfora. El entendimiento constante que yo tengo en el contacto con el mundo del conocimiento indígena es que siempre hay algo muy literal. Lo que consideramos un símbolo en términos occidentales es muy distante de lo que es la representación del mundo en varias formas del tejido indígena, por ejemplo. El símbolo en el mundo indígena es una experiencia vivida de un orden que yo llamo hiperdimensional, regido por una especie de hiperbiología, en la que estamos metidos pero que apenas vislumbramos –pues estamos muy atrapados en lo objetual-tridimensional. Simplemente, hay más dimensiones. Y nuestro cuerpo sí está habilitado para percibirlas, pero no en este momento, pues venimos de un camino muy largo y certero en el que nos hemos cerrado a esa percepción. Si percibiéramos el otro orden, si tuviéramos la experiencia de que el orden vegetal tiene otros niveles de información, cambiaríamos evidentemente de actitud frente al planeta, frente a las plantas, los animales. De eso se trata.” Francois habla de las representaciones del orden cosmológico como narrativas, pues aluden a lo inefable. “Es algo que siempre necesita una narración, o la mediación de lo que llamamos ars, arte, para aterrizar en este mundo. Es algo que estás percibiendo siempre a través de su reflejo, algo encarnado, que no puede nunca ser visto de frente. La verdad del universo encarna.”

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En un momento histórico de transición en que nuestras vidas urbanas están permeadas por la tecnología, en un planeta computarizado, rodeados por el Internet de las Cosas, permanentemente vigilados y potencialmente agredidos por la máquina, que está deviniendo en una forma de inteligencia compleja, ¿qué verdad inmanente del universo podemos percibir? ¿Cómo se manifiesta esta verdad a través de la tecnología o cómo la entendemos desde nuestra cognición en permanente transformación? ¿Acaso Ese Otro Absoluto o esa alteridad radical podrá reconocerse a través de la singularidad tecnológica que va a absorber al planeta en un futuro próximo? Una forma de entender el posible cambio de conciencia que ocurra en la humanidad tras haber pasado el horizonte de eventos o punto de no retorno de la computarización de la existencia, es de manera teleológica: ver este cambio como una expansión que “tenía que ser” y que tiene un fin, que señalará hacia un orden en el caos del universo. Francois relaciona esta forma de ver el futuro con su proceso de “des-occidentalización” en su búsqueda espiritual. “Algo te pasa, en lo que no crees sino que es algo que simplemente experimentas. Y luego tienes un problema tremendo con tu contemporaneidad, con su razón. En mi caso, soy de una familia de Heideggerianos y Heidegger también está en esa oscilación extrañísima de destruir una metafísica pero de todas maneras hablar de una especie de verdad que hace una aparición muy paradójica, inmanente, algo que nunca se puede captar. Pero es algo que experimentas de una manera poética. No es una metáfora escrita, es una metáfora que te habita. Al habitarla, la verdad de la metáfora te toca y te habla. Y por más de que no puedas llegar al mundo civil a decir que ya viste la verdad, pues es claro que no (y puedes caer en esas trampas una cantidad de veces), de todas maneras quedaste marcado o tatuado por esa metáfora viva que te habló. ”


NOTAS 

[1] El neologismo de Peter Haff de un “sistema cuasi-autónomo cuyas dinámicas constriñen el comportamiento de sus componentes humanos.”

[2] https://umaincertaantropologia.org/2014/10/26/an-indigenous-feminists-take-on-the-ontological-turn-ontology-is-just-another-word-for-colonialism-urbane-adventurer-amiskwaci/

 

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