19.06.2017

Death of the author, survival of Authoritarianism

El siguiente texto anónimo firmado por los nombres de aquellas personas a quienes el chavismo ha arrebatado su vida, reflexiona sobre cómo la autoría en el régimen articula y legitima un inhumanismo voraz.

Muerte del autor, supervivencia del autoritarismo

La experiencia bolivariana, en su solución de continuidad, querría demostrarlo: muerte del autor, supervivencia del autoritarismo. Reseñada ampliamente, la polémica en torno a los aspectos jurídicos de las firmas presentes en los últimos decretos del comandante moribundo, entre lógicas sospechas de falsificación, recobra vigencia. Hace evidente, con la deriva autoritaria del régimen, la necesidad de gestionar el duelo ante la muerte del autor. Urge plantearse si la autoría no funciona como pilar base del autoritarismo; discurso, firma y señas de estilo como reservorio de potestas. Si no será precisamente la función autor la que insufla el alma al autoritarismo: la autoría como repertorio de poder, acumulado en una firma reapropiable, máscara hecha grafismo, capaz de trascender la muerte del cuerpo del soberano, deificarlo. Esto es visible más que nunca en el estado venezolano, donde hablar de ‘firma’ es necesariamente hablar de una invocación. Muerto, en coma, ¿a quién asignarle la autoría de los decretos que apuntalaron esta sucesión patética y cruel, hacia un autoritarismo cada vez más cronificado?

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Desfiles, uniformes, banderas, monumentos, billetes y monedas, museos y mausoleos, himnos y signos de toda índole: la vieja tesis del Estado como obra de arte recupera toda su frescura ante el paisaje que nos ocupa. El primer presidente venezolano electo en democracia, Rómulo Gallegos, era autor literario. Pero como ocurre a menudo con los ismos, podríamos decir que el chavismo es un movimiento estético, en su caso fundado en el eclipse total del artista por el soberano.

Todos los artistas, eclipsados por el soberano: efecto de absorción de toda autoría por la autoridad, que explicaría la devastación del tejido cultural venezolano, pero también y sobre todo la decadencia de lo político y de lo humano en general. Un estado tomado por artistas mediocres: la degradación por la vía estética. Voodoo agitprop, capaz de hacer de los delirios más sádicos o macabros del arte contemporáneo un simple ensayo del mal. Una genealogía de la figura del artista como tirano, que nos ha regalado manifestaciones notables desde antes de Nerón hasta después de Chávez, podría servir para dar cuenta de las diferentes modalidades y formalizaciones que el poder como goce estético ha ido dando de sí, hasta hoy: la era del poder blando exige al tirano indisciplina; y el chavismo destaca en las narrativas transmedia, del happening al NetArt. Venezuela se entendería así como la materialización de una obra de arte totalitaria, mezcla de lo popular y las nuevas tecnologías, lenguajes de hoy y arcaicos, religiones animistas expresándose en el desparpajo del comment y el share, literatura distópica en tweets fragmentarios como instalaciones hechas de osamenta humana en los sótanos de Miraflores: paisajismo de coltán y hueso. Nerón era dado a ejecutar reos en obras de teatro. Chávez, por su parte, era más de preparar shows televisivos con oficiantes disfrazados de científicos, emitiendo exhumaciones de cadáveres por la noche, en directo, en cadena nacional: el esqueleto de Simón Bolívar, el Libertador, vehículo en la consolidación ritual definitiva de lo que ya deberíamos empezar a llamar ‘necracia’: gobierno necro, donde el poder emana, como el petróleo o el espíritu de los votos robados a los muertos, del subsuelo.

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Dador de vida y vivienda, Dios y Arquitecto, Padre y Amor, suponemos, pues, que Chávez expiró firmando. Pura lógica, dada la cantidad de firmas que tuvo que ejecutar. Imaginamos que su último aliento de vida quedó consignado en algún bolígrafo, pasando al teclado con la creación de la firma o la tipografía digitales, para terminar en las agujas ensangrentadas del tatuador y a saber dónde más. El chavismo parecería reivindicar la autoría de toda Venezuela para Chávez, en el continuum pieles-fachadas-territorio. Vida y vivienda, muerte y tumbas. Firma ubicua, omnipotente y omnipresente, de un dios necrófilo: se van llenando las viviendas de futuros cadáveres, los cementerios vaciándose de huesos, y en la morgue se pudren cada vez más cuerpos tatuados con la firma de un dios. Porque Venezuela, entre los países más violentos del mundo, tiende a ocupar el primer puesto. ¿A quién atribuir la autoría de los incontables crímenes y asesinatos que proliferan en las condiciones de habitabilidad creadas por el bolivarianismo? Si el Estado consiste en el monopolio de la violencia, y en Venezuela el estado es omnipresente, ¿no ostentará los derechos de autor de los más de 28.000 asesinatos anuales?

Después del golpe de estado de 2002, Hugo Chávez firmaría la asfixia presupuestaria de varios cuerpos policiales, forzando la aparición de un mercado negro de armas cuyo crecimiento ha ido en paralelo a la hiper-proliferación de su firma por todo el territorio nacional, urbano y rural, de la piel a las pantallas. Imparables, hasta hoy, la pluma y el plomo: la firma de un presidente es capaz de detonar percutores a coro, en barriadas y cárceles, en aceras y centros comerciales, y no suelen ser salvas. Una firma que sigue proliferando en gestos y trazos robados, sosteniendo la continuidad de lo tanático, magnificadas sus señas de estilo.

En cualquier lugar del mundo resultaría escandalosa la usurpación masiva de la firma, la identidad o el alma de un presidente; pero aquí se entiende como una celebración casi religiosa. El autoritarismo venezolano emana en buena medida de la autoridad de Hugo Chávez Frías, en su elevación mística: no por lo que hizo en vida, sino por lo que hace, deificado, como muerto. Porque la función autor tiene el don de operar también de forma póstuma, eternamente. En su potestad para firmar decretos, aunque no se le mueva la mano, con los ojos cerrados, quizá. Pero también en sus ropajes rituales y sus inflexiones, sus figuras de estilo y su guasonería, divinizadas. Desligada del cuerpo del soberano, parecería socializarse la auctoritas en la expropiación de sus gestos, su humor y otras componendas de su persona, consecuencia de la expropiación de su firma. Una turba de grafiteros, diseñadores y tatuadores repitiendo el gesto del grupúsculo cercano al mandatario: copiar, falsificar. Reapropiarse la firma, reafirmarla una y otra vez hasta que la falsificación se encumbre de verdad; la duda sobre la validez de esta firma de muerte ahogada en la reafirmación del gesto de apropiársela. Podríamos celebrar ingenuamente la colectivización de la autoría o de la autoridad, con ese “Chávez somos todos”, pero no todos participan de los privilegios asociados al chavismo. Y, si en el campo artístico o político la palabra colectivo remite a horizontalidad y a una autoría plural, compartida, casi festiva, en el diccionario chavista es sinónimo de terror. Decir ‘colectivo’ en Venezuela es hablar de motorizados desparramando sesos impunemente. Colectivos: así se le llama al sicariato civil que, armado en turbas y comandado por el poder, permite al chavismo emborronar la autoría de muchos de los asesinatos que ordena. Alteridad como fagocitación jurídica: expropiar la firma ajena, agenciarse el ser ajeno. La colectivización de la firma del presidente sería pues la condición del devenir impune en un plural macabro.

Y es que la firma de un muerto con poder, en el campo afrocaribeño, ante el horizonte de creencias populares y religiosas por el que nos movemos, abre la idea de una invocación o sortilegio, allá donde se reproduzca: cuerpos, edificios, pantallas. Pero un mínimo de atención a estas religiones arroja una luz especial al funcionamiento de las firmas que vemos por todas partes. En el Palo Mayombe, cada vez más popular entre los venezolanos, la firma es un conjunto de trazos con la capacidad de convocar el poder de los muertos. Dimagangas, o firmas: dibujos con fuerza sobrenatural. Así quieren ser leídos los trazos puntiagudos de la firma omnipresente. Un garabato que, extendiéndose por diversas superficies, sin distinguir cuerpos humanos de pavimentos, querría ostentar la capacidad de doblegar a los vivos, agenciándose el poder de los que ya no están. Firmando edificios, tatuando firmas, obra pública y público y explotación del subsuelo, lo que está teniendo lugar es un acto de propaganda vudú. Un grupúsculo de privilegiados sostiene la mascarada: el sucesor y algún acólito cantan y bailan, decretando más festivos, el pueblo enmascarándose para hacer frente a las bombas de hambre. Carnaval neofeudal, alocado y carnicero, población cada vez más delgada y mandatarios cada vez más obesos, el doble cuerpo del nuevo soberano hecho de carne real del pueblo esquelético, cada ciudadano aportando ocho quilos de media en un adelgazamiento a coro, acorde con la firma. Pues el poder se maneja con lo festivo igual que con la excepción: normalidad bolivariana, excepción carnavalesca extendida todo el año. Una obra de arte totalitaria que tenía que reinventar un aparato religioso a su medida, en un retorno neoprimitivo a la unidad perdida. Un retorno festivo y macabro en la unión de saber y sabor. Pues al autor, vivo o muerto, parece gustarle la alta cocina; y este es un banquete antropofágico. Se come y, viendo desaparecer lo humano, se calla. Fuerza de barbarie neoantropófaga: no ha de sorprendernos, en este territorio, que la fuente de poder siga su lógica, pues la práctica de la antropofagia lleva afincada aquí desde tiempos inmemoriales. El pueblo yanomami la sigue practicando, como integrando las cualidades de seres ejemplares, heroicos, dejando ir a los débiles en una suerte de inversión del poder de muerte que se nos revela llena de humanidad. Pero los salvajes que ostentan el poder del chavismo son simples ladrones, traficantes y asesinos. Se cumple un año del decreto del estado de excepción, y también de la profanación de la tumba del primer presidente electo en democracia, Rómulo Gallegos; sobra decir con qué fines. Tanto más que su firma, el cráneo del primer presidente electo en democracia es una fuente de poder de primer orden, como un yacimiento petrolero, como los números de cédula de los muertos votantes. Profanaciones de tumbas a la orden del día, la mafia del tráfico de huesos humanos cada vez más extendida, con la complicidad de las autoridades. La rama palera de la santería es religión y negocio de estado. Un secreto a voces. ¿Qué cabía esperar para el cuerpo de Chávez, con lo inaugurado en la exhumación de Simón Bolívar? Imaginemos la estampa: el sucesor y su séquito, para sellar su perpetuidad en el poder: ¿es muy descabellado pensar que acompañaron el momento de la usurpación de la firma con un brebaje, sazonando la bebida con algún huesecito molido del cuerpo del comandante? Porque esto no es serie B: es más que habitual en Venezuela. Antígona sería una privilegiada al lado de cualquiera de los familiares de las víctimas que ingresan en la morgue de Bello Monte, de los enterrados en los cementerios que se van vaciando por todo el país. Que te devuelvan a tu padre o a tu hermano hecho un amasijo de pus, tener que imaginar los huesos de tu abuelo, de tu hijo, de los muertos en las protestas, pintados de tiza, goteados de cera, entre plumas, sin saber dónde llevar flores: esa es la promesa del chavismo. No lo olvidemos: en la necracia venezolana, un petroestado rico a rabiar que no depende económicamente del contribuyente, el poder emana directamente del subsuelo. Su lógica es la de la minería salvaje y la exhumación sin escrúpulos, en una expropiación del ser como olvido, fagocitaria, demónica. No es de extrañar, pues, desde la óptica de este singular dios-estado, que asesinen a la ciudadanía: el mejor ciudadano es en Venezuela el ciudadano fallecido. Seducir votantes y cobrar impuestos, teniendo la posibilidad de expoliar las riquezas naturales, es sencillamente una pérdida de tiempo. Las vías democráticas, como los ciudadanos, mueren. Firman presidentes muertos, como votan muertos, en una arenga utilitaria de la ultratumba. El diputado del Amazonas, indígena despojado de su cargo, viene de convocar contra el chavismo la maldición Baniva; como si supiese que el tablero de juego lo manejan cada vez más los que ya no están.

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Todo éxito en el campo del arte necesita de la participación activa del lector in fábula. Resulta complicado imaginar ámbito alguno en que la crítica logre escapar a su función autoral, es decir autoritaria. Como toda auctoritas, la forma artística del Estado exige una buena gestión de la economía del reconocimiento. Y el chavismo tuvo buena acogida del público, pero también soporte teórico, aplauso de la crítica que persiste, aunque sea como como tolerancia silenciosa.

En el Imperio Romano, el autor era aquel que concedía credibilidad a una venta, y el autoritarismo venezolano querría recuperar urgentemente a ese autor. Todo el golpeteo de estado de los últimos tiempos, que parecería encaminado a la consolidación de la dictadura, tiene por fin ulterior no tanto la dictadura como la legalización de la venta del país. Cambiar la constitución para, legalmente, firmar la venta urgente, en el mercado internacional, de los recursos del subsuelo. Y de la misma manera que el crítico de arte duda a la hora de escribir contra aquellos artistas con los que ha colaborado, especialmente si le donaron obra, al intelectual le cuesta escribir contra el estado venezolano. No sería descabellado, pues, insinuar que el silencio del que estamos hablando roza el secreto bancario. Y ni siquiera se haría necesario demostrar el trasvase de capitales financieros del chavismo a la intelectualidad para explicar, en términos puramente monetarios, el silencio cómplice. Decir lo que sea en relación con esta barbarie será para el intelectual, muy a menudo, desdecirse en bloque. Esta obra de arte totalitaria tiene pocos críticos. Un intelectual cuestionando a estas alturas al aparato chavista necesariamente cuestionará la preponderancia del pensamiento sobre el acto, de la ideología sobre el hambre, de la idea sobre la ejecución, entendida sobre todo como asesinato. En todo autor, este desdecirse en bloque opera, de forma retroactiva y a futuro, como pérdida de credibilidad, y el del intelectual es un oficio donde la credibilidad supone el valor principal: credibilidad, autoridad, autoría.

Cabe recordar la problemática dinero/saber de los sofistas, que surge a la par que la escritura en el cuño de monedas. En griego, ‘palabra’ es sinónimo de ‘moneda’ (sēmē). La palabra es paga. El apoyo o el silencio de tantos autores, en la venta a saldo de este territorio, es sencillamente necesario en el proceso especulativo, en el doble sentido del término. De la teoría al mercado de futuros. Hasta cuando calla acerca de Venezuela, el intelectual especula. Haber escrito sobre el chavismo o sobre sus bases ideológicas es necesariamente haber tomado parte como inversor. Accionistas de obra y pensamiento, de palabra y omisión, silencio cómplice, cuando no mafioso. El trato hace el afecto, incluso con los asesinos; y el afecto es un valor a preservar. Omertá, onerosa omertá. El Premio Libertador son 150.000 dólares, el Pulitzer 10.000. Business is business.

Pero la función del autor tal y como hoy la entendemos nace del deseo de castigo. La función autor surge por atribución, de la mano de la inquisición católica. El autor: cuerpo concreto, lacerable, al que asignar el discurso subversivo. La función del autor es un subproducto de la autoridad, y la autoría un aparato de control. Puede servirnos, para entender la situación, imaginar que los autores leen acerca de la muerte del autor con cierto miedo a la muerte. Leyendo a filósofos desaparecidos, es probable que huelan la pena capital acercándose. El fantasma del castigo explicaría por qué callan los autores, ante la deriva autoritaria en Venezuela; después de casi dos décadas de jolgorio legitimador. Pero es más probable que opere, en la función autor, el deseo de esa muerte que le es coesencial. El enemigo del enemigo es mi amigo: eso parecerían estar afirmando los intelectuales al callar sobre Venezuela, en una extensión de la máxima aquella por la cual la filosofía es la guerra, por otros medios. Una guerra difusa, pero predatoria e inhumana. La expresión ‘socialismo o barbarie’ insistiría así en revelarse no como proposición de alternativas, sino como indistinción o coexistencia, bien entrado el siglo XXI: ambos términos designando lo mismo, socialismo o barbarie. El pensamiento, arrasando culturas y recursos naturales, como siempre, movida por la carga tanática inherente a lo autoral. Humano, humus, inhumar, exhumar: el humanismo, desde la perspectiva petrovenezolana, se nos revela inhumanísimo. Ante el silencio de los espectadores, cuesta cifrar cuál será el nivel de satisfacción. Si esa libido spectandi de los autores del mundo, en el deseo fantasmagórico de muerte inherente a la función autor, está siendo satisfecha. Si hay suficientes pixeles rojos al otro lado de la pantalla. Si contemplar la muerte abriéndose paso en Venezuela calma la ansiedad del autor ante su propia muerte.

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Esperamos que no crezca más la lista de los que deberían firmar este texto: Jairo Johan Ortiz Bustamante, Daniel Alejandro Queliz Araca, Miguel Ángel Colmenares, Brayan David Principal Giménez, Gruseny Antonio Calderón, Carlos José Moreno, Paola Andreina Ramírez Gómez, Niumar José San Clemente Barrios, Mervins Fernando Guitian Díaz, Ramón Ernesto Martínez Cegarra, Kevin Steveen León Garzón, Francisco Javier González Núñez, William Heriberto Marrero Rebolledo, Robert Joel Centeno Briceño, Jonathan Antonio Meneses López, Elio Manuel Pacheco Pérez, Romer Stivenson Zamora, Jairo Ramírez, Yorgeiber Rafael Barrena Bolívar, Kenyer Alexander Aranguren Pérez, Albert Alejandro Rodríguez Aponte, José Ramón Gutiérrez, Ángel Lugo Salas, Estefany Tapias, Natalie Martínez, Almelina Carrillo Virguez, Renzo Rodríguez Roda, Jesús Sulbarán, Luis Alberto Márquez, Johan Medina, Christian Humberto Ochoa Soriano, Juan Pablo Pernalete Llovera, Eyker Daniel Rojas Gil, Carlos Eduardo Aranguren Salcedo, Yonathan Quintero, Ángel Enrique Moreira González, Ana Victoria Colmenares de Hernández, Maria de los Angeles Guanipa Barrientos, Armando Cañizales Carrillo, Jesús Asdrúbal Sarmiento, Gerardo Barrera, Luis Eloy Pacheco, Daniel Gamboa, Carlos Mora, Hecder Lugo Pérez, Miguel Joseph Medina Romero, Anderson Enrique Dugarte, Miguel Fernando Castillo Bracho, Luis José Alviarez Chacón, Diego Hernández, Yeison Mora Castillo, Diego Fernando Arellano Figueredo, José Francisco Guerrero, Manuel Felipe Castellanos Molina, Paúl Moreno, Daniel Rodríguez, Jorge Escandón, Edy Alejandro Terán Aguilar, Yorman Ali Bervecia Cabeza, Jhon Alberto Quintero, Elvis Adonis Montilla Pérez, Alfredo Carrizales, Miguel Ángel Bravo Ramírez, Ynigo Jesús Leiva, Freiber Pérez Vielma, Erick Antonio Molina Contreras, Juan Antonio Sánchez Suárez, Anderson Abreu Pacheco…

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