23.07.2018

Conversaciones de fuego en el monte: Des/aprendizajes colectivos para el acuerdo de vivir

GARRILLAS / complicidades des.esperadas a partir de su experiencia en el Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan cuestionan el uso y accionar de espacios desde la individualidad urbana en contraste con la propuesta colectiva de las mujeres zapatistas.

La idea de hacer esta intervención como una apuesta anónima y colectiva, surge de los des/aprendizajes generados a partir de nuestras experiencias compartidas en el Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan convocado por mujeres zapatistas y que se celebró los días 8, 9 y 10 del mes de marzo del 2018 en el Caracol de Morelia, zona de Tzotz Choj, Chiapas, México. Es por ello que en este texto ponemos en práctica pensarnos como una cuerpa y una sujeta colectiva, para descabezar la autoría individual, dialogar con la postura anónima de la propuesta zapatista y desdoblar agencia del sujeto individual revolucionario que es joven, macho, blanco y burgués. Es una intervención porque, antes que ser un artículo en una revista, es una excusa para poder digerir todos esos sentimientos y reflexiones que nos surgieron en el monte chiapaneco al compartir entre mujeres nuestro fuego. Es decir, este texto es una manera de traducir lo que nos atravesó en ese momento y poder seguir empujándolo, para darle continuidad.

Al inicio del Encuentro, dando cuenta de su cuerpo colectivo, tomadas de la mano las zapatistas hicieron una entrada simbólica al caracol [1]. Portaban en sus pasamontañas moños de distintos colores que presentaban su adscripción a los distintos caracoles, pero se mostraban como un cuerpo en común, como una colectividad plural. Hacemos hincapié en la puesta colectiva como metodología porque activa lo afectivo, lo visual, lo político y porque nos parece una de las vías posibles para sobrevivir y transgredir el proyecto moderno y capitalista, creemos que un proyecto transformador tiene que ser en conjunto con otrxs.

La construcción de este texto se hizo a partir de una serie de conversaciones que, como estrategia performática, hicieron posible incorporar/encarnar/detonar la oralidad de los des/aprendizajes que reconocimos a causa del Encuentro. Nos parece importante este gesto porque activar desde la oralidad es activar la escucha, la presencia y otras formas de articular temporalidades, que implica relaciones con otrxs y posibilita intervenciones en lxs presentes. Conversar atraviesa corporalmente los afectos, las emociones y las estrategias de supervivencia. La conversación nos importa porque tiene la potencia de ser una acción redundante, ambigua e inacabada. Al ejercerla informalmente, podemos dar cabida a vías de información no verificada como el chisme, que escapa de formas legítimas de producción de conocimiento; retomar esta estrategia evidencia que dicha producción siempre es parcial y colectiva.

Asumimos que nosotrxs estamos haciendo una traducción desde nuestra oralidad en este momento, pensando en aquel Encuentro de Mujeres que Luchan en el que estuvimos y en el que pasaron muchas cosas contradictorias. Sabemos que estamos trasladando nuestras observaciones a otros espacios, sin que esto abarque todas las voces que tuvieron lugar ahí. ¡Cuidado con romantizar!

Nos quedamos esos tres días en un caracol, una organización espacial específica que simbólica y materialmente permite que algunas prácticas como el diálogo, las reflexiones y los encuentros tengan modos y ritmos distintos a los permitidos en la propiedad privada. De los aprendizajes más importantes que observamos durante el Encuentro fue la forma de construir y tratar este espacio, que desde una plasticidad y modestia permitió que ese lugar en donde dormimos durante las noches en el día sirviera como cancha para jugar fútbol, hacer un taller o abrir un foro de discusión, y en otro momento, para hacer un ritual espiritual o bailar. El Encuentro permitió mostrar que en formaciones comunitarias muy específicas los espacios son abiertos para las necesidades que surjan, en oposición a los espacios arquitectónicos urbanos y, específicamente, a los museos, galerías y espacios académicos, espacios donde sólo se pueden llevar a cabo ciertas actividades para cierto público. El hecho de pensar el espacio en relación a la necesidad colectiva, comunal, hace que éste pierda jerarquía: no es el espacio el que define lo que haces, sino al contrario, lo que haces es lo que define al espacio.

Ellas convocaron un encuentro en sus territorios, donde conocen las necesidades y responsabilidades. Así mismo, nos invitaron a responsabilizarnos en nuestros modos, nuestros tiempos y nuestros lugares, y es por eso que nos parece fundamental preguntarnos: ¿cómo activamos nuestros espacios? ¿Cómo los estamos construyendo? ¿Qué responsabilidad implica para nosotrxs llegar y habitar un lugar que no es nuestro? Todo esto porque en el Encuentro hubo formas consecuentes de hacerlo y otras que (por mucho) no.

En un taller de auto-exploración ginecológica, por narrar uno de tantos síntomas, lx facilitadora del mismo, abrumada por la cantidad de asistentxs, pidió que dejáramos las primeras dos filas de sillas vacías para las zapatistas. Cuando esto sucedió llegaron chicxs con actitudes colonialistas —mujeres euroblancas, o con corporalidades históricamente vinculadas a privilegiadas relaciones de poder— a ocupar con prisa esos espacios. Cuando se les pedía dejar esos lugares vacíos, no respetaban el acuerdo o apelaban a que las compañeras no los querían aceptar. ¡El punto era que si no se ocupaba por una compañera zapatista se quedara vacía la silla! La implicación de ese gesto aludía a tomar en cuenta la manera en que históricamente se han excluido a determinadxs cuerpxs de los espacios y a actuar en consecuencia.

¿Por qué hubo necesidad de pedir que se respetarán esos lugares? ¿Qué devela la acción de siempre querer tomar un espacio que aparentemente puede ocupar cualquiera? ¿Quién puede ocupar un espacio?

Lo absurdo que representó exigir (por parte de algunxs de lxs visitantxs) ese lugar vacío fue la razón misma por la que era necesario hacer dicha demanda. Es problemático que haya habido la necesidad de decirle a lxs asistentes: ¡Oigan, acuérdense que estamos en territorio zapatista, seámos chidas! No comprender ese acto aparentemente práctico u operativo implica no dejar de pensar en nosotrxs mismxs como individux y entonces no contemplar a alguien más para ese espacio. El reto es superar la idea de comodidad/bienestar individual —¡hay que agarrarse tantito las ganas!— y eso es muy complicado. Es muy cómodo no querer cuestionar y trabajar lo que podemos hacer mejor. La demanda por el uso de las sillas fue un síntoma, ese hecho aparentemente inocuo reproduce prácticas y evidencia quiénes deciden sobre qué espacios y cuerpas, en este caso, cómo ocupamos los espacios en un territorio en donde estamos siendo invitadxs. Y es un hecho que pone en evidencia el poder real de lo simbólico. Esas sillas vacías son una metáfora que puede trasladarse a nivel global: necesitamos dejar de ocupar cada lugar y ocuparnos de los lugares que ya estamos habitando.

Si bien el Encuentro nunca se nombró desde el feminismo, fue un encuentro que convocó a todas las mujeres que luchan. Y además de lo maravilloso histórica y simbólicamente que implicó albergar a esa diversidad de corporalidades que se sienten convocadas por pensarse “mujeres que luchan” desde diferentes prácticas, haceres y tiempos, el Encuentro puso en evidencia la necesidad de cuestionar esta máxima del feminismo: «lo personal es político». En ese espacio, ¿qué significa lo personal? ¿Cómo fue posible que dentro de ese lugar se hayan reproducido lógicas que pasan por privilegios de racialización y privilegios de clase?

Hubo miopía de parte de nosotrxs, como invitadxs que veníamos principalmente de centros urbanos, respecto a las cosas más básicas y cotidianas como el uso del baño, los tiempos de la comida, de quién la preparó, quién la pidió y quién la sirvió, o sobre quién recogió la basura. Es paradójico que dentro de un encuentro de mujeres las discusiones y reflexiones del trabajo invisible y reproductivo, la chamba no remunerada, entre otros quehaceres cotidianos atribuidos a lxs sujetos feminizados —temas que han atravesado históricamente esta lucha—, no se hayan podido llevar a la práctica. La omisión de estas reflexiones es un hecho que evidencia lo mucho que nos hace falta trabajar para lograr una coherencia política que atraviese estas experiencias.

En el Encuentro pensábamos que la manera en que tratas la mierda visibiliza lo coherente o no que es tu práctica en todos los sentidos. Valga la anécdota, para el Encuentro hubo una cantidad específica de letrinas que todxs podíamos utilizar. En el segundo día, alguien la había cagado, literalmente, hecho que se repitió no sólo una vez. Sin embargo, el problema fue que esa(s) persona(s) no se pudo responsabilizar de limpiar su mierda e intentar dejar el baño como lo encontró —¡hacerse güey es bien fácil!— lo que implicó que otrxs nos tuviéramos que hacer cargo de ese desecho. Consideramos que uno de los aspectos más potentes de la puesta/apuesta zapatista, en tanto que estuvimos ahí, fue el accionar cotidiano. Una forma de activismo contundente que incide en el cómo nos relacionamos con las personas con las que habitamos diariamente y las posibilidades que estos accionares pueden detonar.

Las propuestas anticapitalistas de las zapatistas nos espejean: nuestras construcciones urbanas son producto del capitalismo y, en ese sentido, los síntomas que hemos compartido implican ser conscientes de otras relaciones con la cuerpa y otros entendimientos del espacio colectivo. Las ciudades están configuradas bajo lógicas capitalistas donde el presente inmediato es lo que importa, lo eficiente y productivo lo que se privilegia, y ciertxs sujetxs, como lxs ancianxs y lxs niñxs, pasan a ser dispensables. En contraposición, retomar el pasado (los pasados) desde estos presentes, por ejemplo, a partir de cómo nos acercamos a la ancianidad, es importante porque ahí se pueden enlazar temporalidades distintas con la potencia de reactivar otros presentes y pasados que nos posibiliten determinados futuros otros.

Dentro de nuestras conversaciones nos preguntábamos, ¿qué desaprendizajes de las apuestas simbólicas de las zapatistas podemos traducir en nuestras prácticas culturales y para qué? Nos parece imprescindible mencionar que ellas dan cuenta de lo que implica pensarse situadamente. No perdemos de vista que muchas de sus estrategias derivan de posicionarse como un ejército desde una dislocación de lo que ello representa, por ejemplo, su marcha no es una marcha militar rígida y erecta, tiene otras implicaciones de ritmo, tiempo y peso. En este andar llevan diferentes cuerpas en la cuerpa: lx bebé que se está amamantando, lx hijx que se lleva de la mano, lx compañerx a la que se espera, la propia cuerpa. En este sentido este acto puede leerse como una intervención a los dispositivos de (re)presentación.

Su habitar, o su presencia específica, apuntaba a la necesidad de tomar conciencia de ejercitar críticamente nuestra presencia dependiendo de los diferentes contextos. En nuestro caso, digamos dentro de la ciudad, ¿cómo se da cuenta de las posibles colectividades plurales que habitamos? ¿Cómo traducirlas? ¿Qué nos podría servir para pensar nuestros dispositivos de (re)presentación en las prácticas culturales o dentro del campo del arte o en nuestras formas de protesta?

En el posicionamiento de las zapatistas no percibimos la necesidad de estar enunciando todo, de estar aclarando absolutamente cada uno de sus gestos, lo tienen tan incorporado que lo presentan de manera encarnada, y es así cómo se generan estas imágenes tan porosas y potentes desde el accionar más cotidiano. Vale la pena enfatizar que vivimos un momento histórico en el que se está desarrollando la lucha por la posibilidad de que otrxs cuerpos y otrxs experiencias sean capaces de hacer uso de mecanismos/dispositivos/estrategias/métodos de re/presentación y autorrepresentación de modos distintos y sin repetir prácticas de toma de la palabra individual, de todo lo que el yo se puede decir y enunciar. Es por eso que es urgente reconocer y aprender del trabajo colectivo que las zapatistas han hecho para historizarse, para (re)presentarse.

Ellas se dieron el tiempo necesario para compartir su historia y en ese compartir, autorepresentarse con la respectiva versión de cada caracol. Fue una apuesta a la diversidad de historias y la puesta en marcha de la complejidad de las narraciones en un mundo heterogéneo. Aunque la presentación de la historia de las mujeres dentro de el zapatismo fue una palabra colectiva compartida, fue cada caracol el que se presentó con su particular forma de percibir su participación.

No fue una síntesis de las zapatistas de manera genérica, por más que desde nuestra miopía urbana sea difícil reconocer esa diversidad. Esta forma del tiempo también fue de escucha. Nos hablaron en español porque tuvieron y han tenido que hacerlo, porque si no, ¿de qué otra forma escuchamos?

Si estamos situándonos en contextos como el que el Encuentro refiere, es indispensable inaugurar la posibilidad en nuestras cuerpas de hablar lenguas no hegemónicas. Dicha acción, ¿qué otros tipos de diálogos posibilitaría?

Nos dimos cuenta que nos faltan herramientas para transformar nuestras realidades. Resulta necesario crearnos las condiciones para advertir qué otras lógicas de existencia son posibles, tal vez es aquí donde las estructuras de lenguas no hegemónicas, la plasticidad atribuida a la práctica artística, o un interés en el sentido de las formas y usos materiales de otras/nuestras cotidianidades, pueden hacer posible el articular dichas herramientas.

Como habitantes de un imperio de lo visual, estamos en un momento en que las visualidades se multiplican vertiginosamente, ¿cómo dejamos de lado ese orden para dar cuenta de nuestra existencia desde distintos lugares y otros sentidos? Las mujeres zapatistas encarnan varias posibles respuestas ya que la visualidad es un componente fundamental en su propuesta pues atraviesa desde la manera en que se visten y se presentan, hasta la manera en que ocupan el espacio. El uso del pasamontañas disloca nuestra mirada a partir de la presencia y el encuentro con lx otrx, invita a utilizar la mirada desde otro lugar. Ésta se sigue ejercitando pero el enfoque se modifica. El pasamontañas es una metáfora que invita a dislocar nuestra mirada y entonces la manera en que percibimos el entorno, para quien mira y para quien es mirada. Así mismo, los modos de pararse y ocupar el espacio pueden interpretarse como formas de hacer presencia que apelan a maneras más cuidadosas de ver, formas que tienen implicaciones cosmogónicas y de construcción de explicaciones de mundo desde devenires que no son los occidentales.

Al trasladar ese desplazamiento de la hegemonía visual a las prácticas artísticas/culturales algunas preguntas que surgen son: ¿cómo podemos detonar este tipo de encuentros a través de los medios que tenemos? ¿Cómo estos pueden darnos herramientas para construir presentes más coherentes y adecuados con nuestras historias, afectividades y expectativas?

Nos interesa la construcción de metáforas y la contundencia con la que la cuerpa las comprende, por tanto, nos gusta pensar el Encuentro como un espejo de obsidiana que nos permite ver nuestras propias sombras. Si establecemos el vínculo con el 68 y los fracasos de otros movimientos sociales, lo que nos mostró el Encuentro convocado por las zapatistas es el hecho de que seguimos trabajando hacia afuera sin tomar en cuenta todo lo que hay que trabajar con nosotrxs mismxs. Existe la necesidad de trabajarnos simultáneamente en ambos aspectos: lidiar con nuestra mierda literal, metafórica y colectivamente, además de lidiar con la mierda que nos rodea. Es una lección en todos los ámbitos, no sólo para quiénes asistimos al Encuentro sino también para lxs que escuchan lo que estamos transmitiendo a partir del mismo. Es una urgencia. Como invitadxs a la Tierra no la estamos armando y nos atañe a todxs en este presente actuar por el bien común.

Por supuesto, esta urgencia incluye al arte y sus artistas, ¿cómo estamos operando? ¿Qué estamos reproduciendo? ¿Cuál es nuestra responsabilidad con estas sociedades? ¿Qué herramientas estamos dando para que sobrevivamos de una forma menos culera?

[1] Los caracoles son apuestas espaciales que articulan proyectos alternativos de organización desde los pueblos adscritos al EZLN. En ese sentido, funcionan como puntos de convergencia espacial que integran la construcción del poder por redes de pueblos autónomos y la de integración de órganos de poder como autogobiernos. Los caracoles, ante todo, son espacialidades que se disponen para la ocupación de las comunidades que lo construyeron, es por eso que suele haber canchas deportivas, escuelas, tiendas de artesanías y abarrotes, comedores, cocinas, centros de salud, entre otro tipo de infraestructura que posibilita la vida comunitaria y la organización política.

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