02.04.2018

Beyond the Biennial

Maya Juracán escribe sobre la metodología curatorial que articulará la 21a edición de la Bienal Paiz en Guatemala.

Más allá de una bienal

Cuando hablamos de Guatemala, generalmente lo hacemos desde lo que otros han construido de ella, de un imaginario creado por lo externo o más bien por un grupo reducido de personas. Al pensar este destino nos damos cuenta que le sucede a casi toda América. Sin embargo, con la colonización, la conquista y el conflicto armado interno (1960-1996) hemos dado forma de país a este terruño.

Desde la idea de una de/colonización, nace la reflexión que nos conduce al aprendizaje de atar nuestros pensamientos a la historia de nuestro país. Esta propuesta de vernos y pensarnos desde allí sucede en el arte latinoamericano desde hace algún tiempo. Como dijo Enrique Dussel: “es hora de reconstruir la historia mundial y empezar a ser latinoamericano, es hora de pensar desde nuestro horizonte”. [1]

Es por eso que en la siguiente edición de la Bienal de Arte Paiz en Guatemala se procurará una visión descentralizada con la finalidad de afrontar lo que en esencia será la línea curatorial de la 21a edición de esta bienal. Hemos evolucionado o procuramos hacerlo. Cuando regresamos a los inicios de la bienal en 1978, resalta el que haya comenzado como una especie de escáner a través de un concurso de arte: era urgente saber qué sucedía en la producción artística del país. Esta búsqueda llevó a que este sea uno de los eventos pioneros en el diálogo del arte contemporáneo, horizonte que es necesario trazar desde el reconocimiento de abrirse a las periferias y buscar alrededor de los márgenes centralistas, contextos importantes para romper burbujas ideológicas, sociales, económicas, creadas por el mismo medio artístico, su élite y la distribución de recursos de manera clasista bajo la cual se organiza el mundo en sí.

Para delimitar la curaduría de Guatemala primero debemos reconocer nuestro contexto cultural, nuestra multiculturalidad, etnografía e historia: hace falta reconocernos como un país colonizado en donde el pueblo indígena fue y sigue siendo oprimido. Los 30 años de conflicto armado interno y sus cicatrices, y un juicio por genocidio que aún no termina de calar en el imaginario guatemalteco, constituyen parte del contexto que forma nuestra escena y posibilidades.

Estamos adentrándonos en un país con raíz hegemónica —definida por el imperialismo estadounidense que en 1954 instauró un gobierno militar que se mantuvo 36 años en el poder. Esta característica es la que dibuja a la Guatemala contemporánea y la que nos permitirá, para efectos de esta bienal, vernos desde la historia interna “no oficial” y sus contextos. A partir de esto Gerardo Mosquera, curador en jefe, se encarga de darle forma a esta edición de la Bienal de Arte Paiz con la visión colectiva de las co-curadoras: Laura Wellen, estadounidense dedicada a la investigación del arte latinoamericano y apasionada por los vínculos que éste tiene con la sociedad y los diálogos actuales, una mirada ajena pero investigativa; Esperanza de León, pedagoga y artista creadora de Creatorio CAP, una escuela de arte dedicada a la enseñanza artística pedagógica, a mi parecer pionera en su campo ya que en Guatemala en muchas instituciones aún se ve el arte como técnica y no como procesos de pensamiento. Y yo, Maya Juracán, historiadora del arte apasionada por las luchas revolucionarias de 1944 en el país, firme creadora del arte socialmente comprometido.

Desde su primer encuentro con Guatemala la visión de Mosquera fue desde otra mirada. Se preocupó por profundizar en los lugares no comunes, esos que no suelen visitar los curadores, esos espacios que no suele observar la propia gente que cohabita en ellos, debido al imaginario social como resultado de tendencias de la globalización.

Es fundamental ahondar en algunos detalles de este viaje. Además de las visitas a estudios de artistas —mismas que forman parte de cualquier tipo de investigación curatorial—, Gerardo y su equipo nos adentramos en la colonia Colom Argueta, ciudad que fue construida después del terremoto y la cual es vecina del relleno sanitario, basurero que administra los desechos de toda la ciudad capital y que se encuentran casi en el centro de ésta. La visita no se realizó meramente como espectadores, pues fuimos acompañados por alumnos del programa Acción Joven —proyecto que se realiza con algunos jóvenes de esta área, en el cual reciben clases de pedagogía de arte—, quienes nos llevaron a Gerardo y a mí a dar un recorrido por todo el relleno sanitario. Pudimos convivir con sus miembros y conocer un poco más las dinámicas sociales particulares, en donde destaca su economía basada en el reciclaje, característica que nos permite entender la relación entre centro y periferia en centro urbanos. Así mismo viajamos al occidente del país, para conocer los proyectos de arte que se desarrollan lejos de la capital guatemalteca, lejos de los centros y puntos reconocidos. Por ejemplo, se desea trabajar con los artistas del municipio de Comalapa, que discuten la idea de los lugares de arte no urbanos o proyectos como Ciudad de la Imaginación en el departamento de Quetzaltenango con un interés en trabajar proyectos artísticos con relación histórico-social de su propio contexto.

¿Por qué un curador debería de visitar lugares no comunes? Cada uno hace su propio reino y en el mundo del arte éste suele girar sobre su propio eje. En nuestros inicios algunos curadores, dentro de los cuales me incluyo, sufríamos de lo que yo llamaría “síndrome del conquistador”: la reproducción de las ideas que se nos imponían en la educación patriarcal y eurocentrista del arte, para seleccionar lo que se acopla a esta imagen y percepción del arte, eliminando el contexto comunitario a partir del cual la obra fue creada. Para romper paradigmas erróneos del arte, es necesario que como curadores seamos capaces de hacer un análisis del país, desde una mirada más amplia que revele una idea transversal sobre los múltiples contextos que coexisten para reconocer las circunstancias que han gestado el pensamiento crítico local, histórico hilador de las obras artísticas.

¿En qué contexto vive el artista? ¿A qué burbuja geopolítica pertenece el país? ¿Cuál es la esencia de la pieza tanto material como conceptualmente en relación al artista y el territorio del que es parte y al que se dirige? Son preguntas esenciales que se han venido haciendo para una construcción más transversal.

“Confiamos en que nuestros aportes en el campo artístico representen las semillas de un más profundo y maduro desarrollo de la conciencia de la unidad guatemalteca y que su germinación contribuya a que juntos podamos convivir en paz y lograr las altas aspiraciones que tenemos para Guatemala”, dijo Rodolfo Paiz durante la inauguración de la primera edición de la Bienal de Arte Paiz en 1987, y hoy lo suscribimos nosotros.

Es importante resaltar que estas palabras se dieron en un momento de guerra en nuestro país, donde la posibilidad de paz aún se veía difusa, y se presentía al arte como un ente que tiene la posibilidad de jugar un papel revitalizador. Hoy no estamos en guerra declarada pero tampoco ha disminuido la violencia. Por lo tanto, creemos que esta bienal debe profundizar en pensamientos más colectivos, que partan de la periferia, misma que nos presenta un mundo que no miramos con frecuencia. La visión de esta curaduría busca facilitar reconocimiento de lo no común y estimular nueva conciencia, que permitan la apertura ante los procesos de concepción de arte y su relación con la propia vida.

Luego de 40 años la vigésima primera bienal, como su título lo sugiere, busca ser y ver más allá de lo que se pudo pensar en un inicio. La finalidad es lograr desarticular ideas individualistas del arte por el arte para pensar más allá de límites y fronteras hegemónicas. Desde dónde pensamos y para qué pensamos es la interrogante que nos guía a plantearnos, desde la camaradería curatorial, cómo articulamos las diversas posturas que existen en Guatemala. Un ejercicio colectivo que nos permite construir un diálogo a partir del reconocimiento de lugares y realidades que nos posibiliten visibilizar el panorama diferente que es leernos desde otros.

Como en ediciones anteriores, el centro de la ciudad jugará un papel relevante. Un lugar urbano, centralista, de clase media que ahora se entrelazará con proyectos rurales que a su vez jugarán como eje articulador de diálogo que desemboque en la ciudad y que se expanda a otros países. Más allá de las fronteras. Pues dentro de la función neoliberal que el sistema en turno le ha otorgado al país, estamos acostumbrados a hablar desde la urbanidad, obviando así aquellas periferias que poseen pensamientos validados por años ignorados debido a la lejanía del contexto y a la no reivindicación de los pueblos. Por lo tanto, los proyectos se generan desde estos lugares no urbanos y a partir de su conocimiento social-comunitario se articula la línea curatorial.

Más importante aún es la mirada que irá más allá de un cubo blanco, comprendiendo que la obra que se exhibe en dicho espacio nunca está sola y el lugar que ocupa no lo posee. Se propone entonces una bienal más callejera, en palabras del propio Gerardo Mosquera. Paradójicamente, buscamos alejarnos de la centralización que tiene el cubo blanco como espacio expositivo “acercando” la obra artística a través de la acción contemplativa de la observación en el espacio social. Una bienal que se extiende hacia afuera, en lugar de una instalación dentro de cuatro paredes.

La bienal incluso irá más allá del mundo “físico” con la propuesta de una exposición virtual pues es inevitable pensar que en la actualidad el arte no conmuta entre estos dos planos como respuesta a la necesidad de inmediatez de este siglo.

Otro objetivo pedagógico buscará alejarse del juego educador/alumno, a partir de la educación comunitaria; eliminando el tema y las idealizaciones alrededor del mismo como eje central de una curaduría y sustituyéndolo por una metodología que busque propuestas artísticas que dialoguen con formas comunicativas rizomáticas a partir de la solidaridad y el conocimiento social-comunitario.

En el 2018 sería perjudicial para el arte no reconocer lo que sucede en el mundo, en las acciones políticas, comerciales y sociales. Javier Payeras, escritor guatemalteco tuiteaba hace unos días: “Tener claridad significa saber que el paso siguiente sirve para corregir o continuar lo que hemos venido caminando […]”.

Eso es precisamente lo que busca este modelo curatorial; romper con la lógica global del mundo del arte, eliminar los ideales estereotipados, encontrar y hablar desde un aquí, que reconoce a los de aquí como dicotomías entre centros y periferias, artistas no globales que conjugan, construyen y crean un metalenguaje artístico, desde su propia esencia.

A través de la decodificación se busca trabajar con experiencias, valores, identidades, contextos y situaciones particulares y comunes para generar un pluralismo activo. En esta edición que tiene su inauguración el 16 de agosto del presente año, la bienal se perfila como un proyecto ambicioso que se desarrolla en un mundo distópico donde el arte adquiere de nuevo una función reivindicadora dentro de la sociedad, planteándose lejos de una idea endogámica para convertirse en un enlace estrecho para el reconocimiento entre aquellos que nunca hemos estado separados pero que no somos capaces de mirarnos unos a otros debido a una pared invisible que nos divide a partir de la representación.

¿Qué pretende pues esta bienal? En palabras de Gerardo Mosquera, “nuevas posibilidades y radicalidad”. Ambiciosos objetivos, que si bien abstractos y amplios, son lo que más me enamora del proyecto: la idea de tener una “nueva posibilidad” planteando ésta como un conjunto de pensamientos, sentimientos y elecciones renovadas que nos alejen de la contemplación individual de una obra de arte y nos inauguren al diálogo, al cuestionamiento y a la crítica en comunidad para facilitar su presencia en todos los espacios, en todos los cuerpos y en todas las voces que se involucren. Aunque dichas nuevas posbilidades aún no son posibles de describir o conocer a cabalidad pues de los discursos comunitarios surgirán las ideas que nos dirigirán específicamente a ellas.

Una idea muy apropiada para traer a esta reflexión es el texto Arte y pedagogía de Luis Camnitzer donde plantea que atacar pequeños procesos del mundo de la élite del arte no sirve de nada, sino que se trata de reconocer al arte como un proceso dentro de la pedagogía que había pasado a segundo plano por los malabarismos discursivos. La pedagogía, parafraseando a Deleuze y Guattari, como una cadena semiótica no solo lingüística sino también perceptiva, mimética, gestual y cognitiva que descentraliza el lenguaje a otras dimensiones.

Como conclusión, para mí que vivo en la ciudad de Guatemala y todos los días atravieso el centro histórico para llegar al trabajo, que convivo y vivo con artistas —amigos y no tan amigos—, que soy producto del sistema educativo como alumna, maestra y crítica del mismo, la bienal me ofrece la posibilidad de generar comunidad y la alternativa de reconocernos no como enemigos, sino como miembros de un proceso que nos permite generar camaradería, entre realidades y burbujas, entre nosotros y los demás, utilizando el metalenguaje artístico como el inicio de una etapa más crítica, discursiva e inclusiva del mundo del arte.

Puede ser que funcione o que fracase, pero lo que realmente importa es que somos capaces de hablar en voz alta desde este país en el que el surrealismo se patentiza cada instante. Escribo desde un centro histórico que por las fiestas navideñas ha creado en su plaza central una pista de hielo rodeada de palmeras disfrazadas de dulces navideños, enmarcando nuestra máscara y nuestra identidad, que al final de cuentas es una artilugiada forma de reconocernos.

Nota:
1. Enrique Dussel. Filosofía de la liberación. Editorial Nueva América, Bogotá, 1996.

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