Reseñas - Cuba

Yanelys Nuñez Leyva

Tiempo de lectura: 9 minutos

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01.06.2019

XIII Bienal de La Habana

Por Yanelys Nuñez Leyva
La Habana, Cuba
12 de abril de 2019 – 12 de mayo de 2019

Muerte al Miedo [1]
Mi amor, como tu estás, como están los niños,
me pediste 15 días para pensar y ya han pasado un bulto.
Me preocupan tú y los chamas, acaba de decidirte,
 tu tony.[2]

El gobierno cubano desarrolló la 13ª Bienal de La Habana en un momento que consideró el más oportuno. El 2018 era un año de importantes acontecimientos internos como para permitirse prácticas artísticas susceptibles a la crítica descarnada, confrontativa, en medio de una cobertura mediática descontrolada. Unas «elecciones presidenciales» podían amenazar la estabilidad de un país demasiado acostumbrado al apellido «Castro». En ese mismo año se realizaría, además, el Examen Periódico Universal (EPU) a través del cual la Organización de las Naciones Unidas (ONU) buscaba contribuir a la mejora de los derechos humanos en los estados miembros. La excusa de las reales devastaciones del huracán Irma le vino bien al gobierno para posponer —sin fecha determinada en esa primera declaración de septiembre de 2017 [3]— el esperado evento internacional. Sin embargo, no creyeron que la incomodidad que generan decisiones arbitrarias como estas, impulsaría una atípica revuelta, un acrecentamiento de la crisis institucional y una incomunicación entre artista y oficialidad, que para fechas posteriores se haría insalvable.

A ojos extraños, el 2019 no pareciera ser el mejor contexto para realizar la 13ª edición de la Bienal de La Habana por antecedentes tales como: la realización del evento independiente #00Bienal de La Habana; la campaña Artistas Cubanxs en contra del Decreto 349 [4]; la caída de un avión de pasajeros en Santiago de las Vegas y la de un meteorito en el Valle de Viñales; y el paso de un tornado asolador por la capital nacional. Sin embargo, desde la distancia, se podría decir que fue el momento indicado no solo porque coincidía con las jornadas de celebración por el 500 Aniversario de la fundación de la ciudad, o porque podía mirarse como un gesto esperanzador ante tanta miseria y despojos urbanos provocados por un caprichoso desastre natural unido a una desatendida arquitectura; sino porque la Bienal obligaría a los artistas a posicionarse en su vínculo con el estado. Les obligaría a decidir si estaban “dentro o fuera de la Revolución”.

Fue en esa encrucijada donde el carácter veleidoso de la mayoría de lxs artistas cubanxs alcanzó su mayor esplendor. Creadores galardonados con el Premio Nacional de Artes Plásticas, como José Angel Toirac, quien había firmado la carta abierta que se oponía al decreto 349 y que «sentía que era su responsabilidad como artista no estar de acuerdo con una cosa que está mal formulada”; fue parte de distintos proyectos dentro de la Bienal como el realizado en el Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes titulado La posibilidad infinita; la exposición colectiva Intersecciones en Factoría Habana; y en muestras colaterales dispuestas en la Fábrica de Arte Cubano y el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Junto a él, otrxs nueve Premios Nacionales estuvieron en el macroevento. Quizás la solución más plausible para todxs lxs detractorxs del 349 no era ausentarse de la 13ª Bienal, como si decidió hacer Tania Bruguera —aunque no era invitada oficial— pero quizás hubiese sido coherente un gesto de protesta, dentro de esos mismos espacios a los que fueron convidadxs.

Desamparadxs de toda inocencia y aniquilada ya la utopía, no se puede negar que más allá de la intención de visibilizar el arte de América Latina y el Caribe, Asia, África y Oriente Medio, la Bienal de La Habana, fundada en 1984 “fue parte de la estrategia del gobierno de Cuba de organizar todo tipo de eventos internacionales en todas las áreas, con el fin de promover su mesianismo político y la construcción de una buena imagen”. En la actualidad este leit motive no ha variado.

Esta certeza, unida a la negativa del Ministerio de Cultura de derogar el 349, como principal demanda de artistas, productorxs, activistas, periodistas y curadorxs, así como la desestimación de dialogar de forma abierta sobre la política cultural del país con todxs lxs interesadxs, condujo a un llamado de parte de algunxs de lxs involucradxs en la campaña:  «Convocamos a los artistas oficialmente invitados a la 13ª Bienal de la Habana a colaborar dentro de este evento, en gesto de solidaridad, con creadores e intelectuales cubanos vulnerables frente al Decreto 349″.

Aunque el anuncio se realizó desde el mes de enero de 2019, y se utilizaron las redes sociales y los diarios independientes como vías promocionales y se les escribió directamente a todxs los invitadxs,  el gesto solidario nunca se manifestó. Durante el evento la tensión política se maquilló con la imperiosa necesidad de comercializar, de repartir business cards, de ser visto para hacer networking e incrementar el valor de unx en el mercado, pues la Bienal, es el mayor momento de interacción entre turistas culturales: galeristas, coleccionistas, comisarixs y artistas.

Lxs artistas del patio hicieron sus open studios; lxs que pudieron ser parte, de cinco o seis muestras oficiales o colaterales a la vez, naturalmente así lo hicieron. Como un dejavú se volvió a ver la Regata de  Kcho; la misma que estrenó en 1994 en la 5ª Bienal de La Habana, vaticinando de algún modo el evento del “Maleconazo” y la “crisis de los balseros” que se vivieron meses más tarde en la isla. Cuenta un periodista que “La Habana (de los noventa) parecía una ciudad de fragatas”. Hoy, la capital luce otro paisaje. El fenómeno migratorio cubano utiliza la tierra y no el mar para acceder al mismo sueño americano. Lxs cubanxs viajan a terceros países para desde allí, remontar selvas y peligrosas fronteras que les permita cumplimentar sus objetivos. En esta “nueva” edición de la Regata, al artista no le interesa representar esta actualidad. Su enconada fidelidad al gobierno le impide reaccionar honestamente.

En el parque temático Detrás del Muro, un proyecto “curatorial” de Juanito Delgado llega gracias a esta Bienal a su tercera edición. Ahí el público caminó tomándose selfies con alguna abstracción vítrea; o se dejó vendar los ojos para experimentar texturas —Mirar sin ver de Marcos Lutyens (EUA)—; o se dejó humedecer por las mangueras de agua dulce —Transfusión de Arles del Río (Cuba)—; o fingió sonreír durante el performance de Roberto Fabelo Hung (Cuba), Plañideras que ríen. Mientras tanto, lxs consideradxs por el gobierno como “no artistas” o “intrusxs” fueron arrestadxs arbitrariamente, interrogadxs y amenazadxs, como fue el caso de Luis Manuel Otero Alcántara —antes y después de realizar la obra Se USA, Homenaje a Daniel Llorente— , Amaury Pacheco y Michel Matos. Bajo idéntica lógica, se condenó a un año y seis meses de cárcel al rapero Maykel Obsorbo y el músico Pupito Ensy continuó detenido en la prisión de Valle Grande aún sin fecha de enjuiciamiento. Así mismo, se le impidió la entrada a Cuba a la curadora y artista Coco Fusco, y se expulsó del país a lxs creadores mexicanxs Jesús Benítez y Ximena Luna por presentar Impulso, una exposición bipersonal en el Museo de la Disidencia en Cuba. La muestra aunque en su contenido no representaba una crítica al gobierno cubano, sino que cuestionaba los niveles de recepción del público frente a una obra de arte, fue agredida por el simple hecho de realizarse en un espacio independiente marcado por el estigma de ser contrarrevolucionario.

Con este panorama, “el sentido de atesorar horrores” hubiese sido quizás el mejor tema curatorial de la recién culminada 13ª Bienal de La Habana. Esta expresión que tituló la muestra personal del artista Amaury Pacheco, en el proyecto independiente El Bloque del Este, ubicado en Alamar, buscaba satirizar las acciones denigrantes que la policía política realiza contra todx aquel que le incomode, y revertir su connotación negativa. Pacheco realizó dicha reversión a partir de gestos metafóricos, como el análisis grafológico de la nota hallada en su casa, firmada por un supuesto amante de su esposa (y que sirve de exergo a este texto); la compilación de audios de “actos de repudio” de los ochentas hasta la actualidad, puestos a disposición del público a manera de instalación sonora; y el retrato de su familia con quienes posa delante de la pintada El tarrú de Amaury con un gesto totalmente desprejuiciado, si consideramos el machismo dominante de la isla.

Según Juan Orlando Pérez, colaborador de la revista digital El Estornudo, “el Estado en Cuba envileció primero a la nación y después la aniquiló minuciosamente. El estado creció hasta ser cien veces más grande que la nación, y no hubo sitio para los dos en esa brizna de país.” Aunque mucha verdad contiene este statement es importante matizar que si los específicos focos o movimientos de resistencia que emergen dentro de la isla, no son apoyados por artistas e intelectuales cubanxs y extranjerxs, la “construcción de lo posible” se quedara en eso: una frase hueca, maleable, como un cadáver. Pues un “laboratorio de ideas”, como el que pretende levantar Wilfredo Prieto, en su estudio Chullima —antiguo astillero ubicado cerca del río Almendares, en La Habana— no tiene futuro si para llevarlo a cabo, se debe pactar cínicamente con una institución represora. Hay que preocuparse por los incontables accidentes que cada día se observan en las carreteras nacionales, por el deteriorado estado de las mismas,  para luego remontar un viaje infinito.

Habría que cuestionar la necesidad en Cuba de una Bienal, que tilda de feria de arte, y que simula intercambio espiritual y/o conceptual. Sin embargo, separarnos de este caduco y cínico modelo de bienal no repará el daño social y político intrínseco del sistema. La verdadera potencia de la cultura cubana radica en sus plataformas alternativas, independientes —Espacio Aglutinador, Movimiento Omni Zona Franca, Festival Rotilla, Festival Poesía Sin Fin, Estudio Yo soy el que soy, El Oficio, Riera Estudio, Museo de la Disidencia en Cuba, Instituto de Artivismo Hanna Arendt, entre otros — donde se habla sin reservas de activismo, colaboración, y la búsqueda de libertades creativas.

 

[1] Tomado del poeta cubano Juan Carlos Flores.

[2] Nota hallada por la actriz y activista Iris Ruiz, y su esposo, el artista Amaury Pacheco, en la residencia de ambos en el Reparto de Alamar, cuando regresaron de un viaje por Argentina, Chile y México, donde denunciaron junto a otrxs artistas los perjuicios del decreto 349. Junto a la nota, se encontraron también un grafiti en la pared exterior de su casa donde se leía “El tarrú de Amaury”. Ambos gestos son acciones que la Seguridad del Estado realiza constantemente en detrimento de opositores, activistas y artistas contestatarios.

[3] http://bohemia.cu

Notas

  1. Tomado del poeta cubano Juan Carlos Flores.

  2. Nota hallada por la actriz y activista Iris Ruiz, y su esposo, el artista Amaury Pacheco, en la residencia de ambos en el Reparto de Alamar, cuando regresaron de un viaje por Argentina, Chile y México, donde denunciaron junto a otrxs artistas los perjuicios del decreto 349. Junto a la nota, se encontraron también un grafiti en la pared exterior de su casa donde se leía “El tarrú de Amaury”. Ambos gestos son acciones que la Seguridad del Estado realiza constantemente en detrimento de opositores, activistas y artistas contestatarios.

  3. http://bohemia.cu/cultura/2017/09/pospuesta-xiii-bienal-de-la-habana-para-2019/

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