Marginalia - México

FIEBRE Ediciones

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03.06.2019

#48: Serpientes y escaleras

Marginalia consiste en la invitación mensual a unx artista, curadorx o proyecto a escoger una serie de imágenes para el fondo de la página de Terremoto en relación con su práctica e intereses del momento. A final de cada mes se revela el conjunto de las imágenes publicadas y un texto que las contextualiza. Aquí la selección de mayo de 2019.

Viendo la cicatriz de un tatuaje borrado en el brazo de un muchacho hondureño que cruza Tapachula, las coronas de flores velando a las muertas de la maquila colapsada en la calle Chimalpopoca, o la noticia del entierro prehispánico descubierto en Tetecolala, Morelos, y que fue confundido con una narcofosa; uno puede llegar a tener la ominosa sensación de estar contemplando toda la historia de este país sucediendo simultáneamente, condensada en gestos y momentos que se manifiestan a los márgenes del tiempo.

Oculta bajo la tierra de esta región que se agita y se hunde a la par de sus revoluciones, hay una historia común que permanece visible en la estatura, la lengua y el color de piel de las personas que la habitan. Conocer la historia de Latinoamérica es reconocerse como parte de una pugna permanente entre fuerzas invisibles, enormes en comparación a la escala de nuestras individualidades. Según el clima de la mañana, la calidad del sueño obtenido y el humor general con el que se amanece, esta comprensión nos puede resonar por su dignidad y orgullo, o asumirse con la opresión de una condena: mientras estemos vivos, no habrá descanso.

Hoy amaneció nublado, y los titulares del periódico pesan tanto como las cinco toneladas del meteorito de Bendegó, la roca de Sísifo en nuestros imaginarios tropicales, sobresaliendo intacta entre las cenizas y escombros del Museo Nacional de Brasil. Por fuerza de costumbre, confundimos con smog los oscuros nubarrones de la tormenta que se cierne, y avanzamos aturdidos por las señales de lo inevitable, mientras que por calles y plazas bajan las afluentes de arroyos largamente dormidos. Muy tarde nos damos cuenta de que hace rato debimos haber salido de casa. Nos apresuramos por juntar nuestras pertenencias más preciadas, a sabiendas de que, por cada foto, carta, documento o diario atesorado, muchísimas memorias más quedarán perdidas bajo el agua.

El karma de la historia vuelta río desbordado, nos arrastra a todos y a todo. La velocidad de sus aguas nos sofoca, quitándonos el aliento necesario para llegar a la orilla. Sin embargo, entre la espuma de las olas, los sedimentos que nos irritan los ojos y las ramas arrancadas de las jacarandas, alcanzamos a distinguir que aquello que en algún momento nos pareció el futuro, era sólo el reflejo de nuestro pasado irresuelto repitiéndose, una y otra vez, siempre delante, atrás y con nosotros.

Dejamos el pataleo y, de a poco, vamos aceptando el flujo de las circunstancias. Atrás quedó la ciudad sumergida y con ella, el arrastre subterráneo de ese suelo en el que hasta pirámides, catedrales y aeropuertos quedaron enterrados. Ya no sentimos la corriente, estamos en mar abierto. Comenzamos a nadar.

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