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Reportes

Bonaventure Soh Bejeng Ndikung

Tiempo de lectura: 17 minutos

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31.03.2022

Un medio para hacer creíble nuestra vida. De la soledad y la solidaridad o el blanqueo de la solidaridad

¿Cómo pensamos y practicamos una solidaridad auténticamente universal cuando algunas guerras y conflictos se responden con un silencio abrasador?

«Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y canallas, todos ellos criaturas de esa realidad desenfrenada, hemos tenido que pedir poco a la imaginación, pues nuestro problema crucial ha sido la falta de medios convencionales para hacer creíbles nuestras vidas. Este, amigos míos, es el quid de nuestra soledad.»
—Gabriel García Márquez, La soledad de Latinoamérica[1]

Desde la violenta invasión rusa a Ucrania hace unos días, me encuentro inquieto —como muchos otros, supongo— de día y aún más de noche. Cuando los pájaros se acomodan para dormir, los grillos grillan y otros insectos proclaman y celebran la noche con sus trinos y otros ruidos chirriantes, me he encontrado inquieto, dando vueltas, revolviendo y amasando mi almohada toda la noche. Al amanecer, mi almohada parece haber pasado por las distintas etapas de los Seis estudios de almohadas (reverso) de Alberto Durero, de 1493. Y mientras observo las facetas y los contornos, los giros y las vueltas, las olas y las mareas agitadas, y las limpias eclosiones de Durero, me pregunto qué aspecto debe tener la almohada de Volodymyr Oleksandrovych Zelenskyy después de todas estas noches de bombardeos. Me pregunto cómo será el malestar del sueño y las noches de insomnio que el pueblo de Ucrania ha pasado en las últimas noches, dando tumbos y mordiendo los dientes en sus almohadas con cada golpe. Y pienso en las muchas personas ucranianas inocentes —hijas, hijos, hermanas y hermanos, amigos y familiares— que han pasado tantas noches sin almohadas en estaciones de metro y búnkeres. Todo esto mientras algunes líderes de la OTAN y occidentales —que metieron a Ucrania en este lío en primer lugar coqueteando y cortejándola en su órbita, afirmando estar al lado de Ucrania cuando la mierda golpeó el ventilador, y luego escondiendo la cola entre las piernas como un perro ngong, y tachando de impresentables e impotentes las sanciones a Rusia y colocando así a Ucrania en una posición aún más vulnerable y delicada frente a un Putin despiadado y rencoroso, que no escatimará en utilizar el poderío atómico de Rusia para alcanzar su objetivo— parecen haber colocado sus almohadas jagga-jagga en la cabeza, tapándose los ojos y los oídos, escondides en la comodidad de los cálidos apartamentos y oficinas. Por ello, toda mi solidaridad, simpatía y apoyo va con pueblo ucraniano en estos momentos insoportables.

En los últimos días, amigos dentro y fuera de mis círculos artísticos, artistas, colegas, estudiantes y muches que realmente no conozco se han puesto en contacto conmigo para pedirme que haga una declaración pública y firme o comparta cartas en solidaridad con Ucrania. Si bien he compartido mi solidaridad con elles, he dejado claro, al igual que he hecho en los últimos años cuando me han contactado en relación con otros conflictos, que la solidaridad no es una calle de sentido único: la solidaridad debe ser multidimensional y multidireccional; la solidaridad no es de color blanco y debe aplicarse también a los «más oscuros que el azul» del mundo; y la solidaridad no puede ser una noción o práctica racializada.

Solidaridad, ¿con quién?

Este llamamiento a la solidaridad, especialmente en apoyo de les ucranianes que intentan salir del país para llegar a Polonia y otros países vecinos, es muy oportuno, ya que les niñes, las mujeres y los hombres se encuentran en una situación desesperada. Pero lo más desconcertante es que en pleno invierno, hace apenas unas semanas, miles de personas que huían de la guerra en Siria también intentaban cruzar estas mismas fronteras hacia Polonia, pero eran golpeadas, maltratadas y disparadas por la policía fronteriza, mientras que a muchas se las dejaba morir en el frío. Ningune de les muches colegas y amigues que me escriben hoy, y muy pocos en mis círculos internos, mostraron preocupación por la suerte de les refugiades siries, y ninguno inició un movimiento de solidaridad por la causa siria. ¿Acaso las mujeres y les niñes siries no merecen tanto refugio y solidaridad como cualquier otro ser humano necesitado?

Mientras escribo esto, circulan por las redes sociales noticias y videos que muestran a cientos de los más de treinta mil africanos que se encuentran en Ucrania y que intentan, también, abandonar el país. La única diferencia es la cuestión de que por qué el mundo que se une en solidaridad con Ucrania, el ejército y la paramilicia ucranianos y, al mismo tiempo, impiden que los africanos, sudamericanos y caribeños suban a los trenes. Se dice que se da prioridad a los ucranianos. Hay que señalar aquí que con “ucranianos” se refieren a ucranianos blancos, ya que muchos de estas personas negras y morenas también tienen la ciudadanía ucraniana. Según los informes de los testigos, los militares ucranianos han señalado que dan prioridad a la huida de los niños y las mujeres, pero al mismo tiempo han impedido que las mujeres y los niños negros tomen los trenes. Por tanto, algunas personas negras y morenas que lograron, tras una enorme insistencia y presión, subir a los trenes y autobuses, están siendo obstaculizadas por el control fronterizo polaco para entrar en el país. La solidaridad no parece ser ciega, sino que parece discriminar por colores. La propia solidaridad parece tener un color, y este no es ni marrón ni negro. A diferencia de la solidaridad discriminatoria que observamos en este drama, las bombas lanzadas por el ejército ruso en Ucrania son indiscriminadas, no conocen el color de la piel ni la denominación racial: las bombas sólo matan.

Los últimos años han sido, como mínimo, desconcertantes. Mientras el mundo se esforzaba por asimilar un virus feroz que asolaba todos los continentes, el Estado de Etiopía y sus aliados libraban una guerra contra el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF) y el pueblo de Tigray en general. Según el artículo publicado el 5 de noviembre de 2021 en The Guardian —escrito por Jason Burke y Dan Sabbagh—, se ha prohibido el acceso a las zonas de combate a periodistas y cooperantes; existe un embargo de Internet y las agencias humanitarias, que aún están en contacto con la población de Tigray, han informado que se han producido bajas insuperables sobre el terreno. Se calcula que han muerto 100.000 personas en tan sólo un año de combates. RFI y la BBC, así como las emisoras de radio locales, han informado de masacres e innumerables agresiones sexuales a mujeres y niñes como castigo, y parece haber una hambruna orquestada que afectará a cientos de miles de personas en Tigray debido a los bloqueos del gobierno etíope. Parece que hay un genocidio en juego en Etiopía mientras el mundo observa. Como señala The Guardian, «el 3 de noviembre, un informe conjunto de la ONU y Etiopía sobre el conflicto —el más completo hasta la fecha— detallaba los relatos de primera mano de una serie de violaciones de los derechos humanos, algunas de las cuales ‘pueden equivaler a crímenes de guerra y contra la humanidad’, según Michele Bachelet, la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos».[2] Hasta el día de hoy, sigo esperando que une sole de mis progresives amigues y colegas del arte, en su mayoría discursivamente de izquierda, preocupades por el mundo y dispuestos a acudir a cualquier protesta contra la crisis medioambiental, me escriba pidiendo mi solidaridad y apoyo para el pueblo de Tigray. Y mientras espero, me veo obligado a reflexionar si después de más de un año y más de cien mil muertes, el pueblo de Tigray no recibe la misma solidaridad que nuestros hermanos y hermanas europees porque están demasiado lejos, no son lo suficientemente blanques, o son demasiado negres, o simplemente no son lo suficientemente humanos para recibir la misma solidaridad.

Camerún —mi país de nacimiento, ha estado en una guerra feroz, al menos la parte «anglófona» del país de la que procede mi familia— se ha convertido en gran medida en una zona prohibida para muches. Gracias a esta guerra, en la que jóvenes y ancianes fueron secuestrades, niñes y mujeres fueron asesinades a sangre fría, tanto por las tropas gubernamentales como por los Ambaboy. Mis padres, de 70 años, tuvieron que ir al exilio, donde mi padre acabó falleciendo. Como señalan Bang y Balgah en su artículo «The ramification of Cameroon’s Anglophone crisis», este conflicto ha provocado el desplazamiento de más de 1,3 millones de cameruneses anglófones, desplazades internes y refugiades en la vecina Nigeria. En algunas villas, más del 80% de les habitantes han escapado y ahora viven en los arbustos, y en el transcurso de cinco años algunas aldeas han quedado completamente desiertas y reducidas a espacios fantasmas. Las víctimas de esta crisis oscilan entre cuatro y quince mil civiles. Son cosas sobre las que he escrito ampliamente en ensayos y sobre las que he hablado en conferencias, así como en numerosas publicaciones en las redes sociales al respecto. Estas son violaciones de los derechos humanos particularmente groseras, como cuando las fuerzas de seguridad del Gobierno, además de su uso excesivo de la fuerza, practicaron la tortura de les presuntes separatistas y les detenides, y además quemaron casas de anglófones en más de 170 pueblos, incluyendo la masacre de 21 civiles desarmades en el pueblo de Ngarbuh de la Región Noroeste de Camerún el 14 de febrero de 2020. Ese mismo año, el 24 de octubre de 2020, unes jóvenes, presumiblemente Ambaboys, irrumpieron en una escuela de Kumba, en la Región Suroeste, con pistolas y machetes, y mientras grababan mataron a siete niñes de entre 12 y 14 años e hirieron a más de 13. Después de estas atrocidades, apenas vi la indignación de les mismes que me piden que me solidarice, ni vi a nadie enarbolar las banderas de Camerún ni de Ambazonia en sus muros de Facebook. También aquí, hasta el día de hoy, sigo esperando que une sole de mis progresives amigues y colegas del arte, en su mayoría discursivamente de izquierda, preocupades por el mundo y dispuestes a ir a cualquier protesta contra la crisis ambiental, me escriba pidiendo mi solidaridad y apoyo para el pueblo del Camerún anglófono. Y mientras espero me veo obligado a reflexionar si después de más de cinco años de guerra, el pueblo del Camerún anglófono no recibe la misma solidaridad que nuestres hermanos y hermanas europees porque están demasiado lejos, no son lo suficientemente blanques, son demasiado negres o simplemente no son lo suficientemente humanos para recibir la misma solidaridad.

También es el caso de los conflictos en Myanmar, cuando el gobierno militar en un golpe de estado aplastante se hizo con el poder, o en México, donde civiles y periodistas son masacrades a diario al verse envueltos en crímenes de narcotráfico. Aquí tampoco hay indignación ni solidaridad, seguramente porque la vida de estas personas no merece las lágrimas ni la solidaridad del resto del mundo.

En cuanto a la República Democrática del Congo, parece que todes hemos dejado de contar el número de personas muertas en los múltiples conflictos en los que se ha visto envuelto el país en las últimas décadas. En el esquema más amplio de las cosas, la vida de un joven en el Congo podría ser tan digna como la vida de una mosca de verano golpeada contra una pared. Pero como nos informa el Global Conflict Tracker, las Naciones Unidas estiman que hay unos 4.5 millones de desplazades internes en la RDC, y más de 800.000 refugiades de la RDC en otras naciones. Aunque la segunda guerra del Congo terminó oficialmente en 2003, y se dice que costó 5.4 millones de vidas, se dice que desde su fin oficial hasta la fecha han caído otros cuantos millones. A pesar de estas alarmantes cifras, ni siquiera el movimiento Black Lives Matter tiene un dolor de cabeza cuando miles de personas son asesinadas en el Congo. No sólo algunas vidas importan más que otras, también algunas vidas negras son más dignas que otras.

En 2015, tras los cobardes atentados terroristas contra la revista satírica Charlie Hebdo que dejaron 12 muertes, el presidente francés de entonces, François Hollande, hizo un llamado a la solidaridad mundial. Estas 12 vidas francesas y otras 5 asesinadas fueron lo suficientemente poderosas como para arrastrar a París a 60 líderes mundiales que marcharon con grandes multitudes para mostrar su indignación contra el terrorismo. Entre estes 60 líderes se encontraban el ex primer ministro israelí Binyamin Netanyahu, la ex canciller alemana Angela Merkel, el ex presidente de la CE Donald Tusk, el presidente palestino Mahmoud Abbas, el ex presidente de Malí Ibrahim Boubacar Keita, y varies otres líderes africanes. El valor de las vidas de les negres africanes puede medirse claramente en tiempos de crisis, especialmente en los atentados terroristas, ya que desde hace varios años, hemos visto atentados terroristas en Malí, Camerún, Nigeria y muchos otros lugares, pero nunca hemos visto a un conjunto de estes líderes venir a mostrar su solidaridad, ni siquiera les líderes africanes, ni siquiera cuando los de su clase son asesinades porque en la mentalidad colonial, las vidas de la gente en París son más valiosas que las vidas de su propio pueblo. Algunas vidas parecen ser más iguales que otras.

¿A quién le debemos solidaridad?
¿Quién merece nuestra solidaridad?
¿Por qué vidas merece la pena solidarizarse?

¿Qué libros debemos leer, qué banderas debemos izar, qué declaraciones de solidaridad debemos compartir en las redes sociales cuando miles de personas del continente africano y de Oriente Medio se ahogan en esa tumba más vil de los tiempos modernos, el mar Mediterráneo? ¿Qué colores de indignación debemos vestir, qué canciones de lamento debemos cantar y en qué idioma, cuál será el sabor de nuestras lágrimas —saladas o dulces— cuando miles de personas se ahoguen en ese Mare Nostrum, el Mar Mediterráneo? A veces me despierto de una pesadilla, sudado y maldiciendo que 100 gatos se hayan ahogado en el Mar Mediterráneo y que la gente haya llenado las calles de Europa y que la UE haya declarado 3 días de luto.

Hallando un lugar para descansar

Cuando Rusia lanzó esta guerra contra Ucrania, yo me encontraba en Martinica en un viaje de investigación para analizar las repercusiones de la trata transatlántica de esclaves iniciada por Europa hace 600 años, que supuso el secuestro y desplazamiento de millones de africanes hacia América. Muchos millones de personas nunca llegaron a las otras orillas del Atlántico, ya que murieron a causa de las brutales condiciones de transporte o fueron arrojades voluntariamente del barco, como fue el caso de la masacre de Zong en 1781. La funesta realidad de esta empresa, que permitió y tuvo como consecuencia la deshumanización de las personas, sigue viva. Este genocidio de proporciones alarmantes es algo que hemos aprendido a dar por sentado cuando paseamos por las plantaciones, por las destilerías, visitamos las iglesias coloniales transformadas en centros culturales en cuyos jardines crecen las más bellas rosas y otras plantas tropicales. Resulta aterrador comprobar lo hermosas, exquisitas y suntuosas que pueden llegar a ser las rosas cuando se riegan con la sangre de les esclaves mientras crecen esas flores sobre el cadáver en descomposición de éstos. Lo que es obvio es que 600 años de deshumanización y alteración han empujado a algunos humanos a la soledad en la existencia. No una soledad elegida por elles mismes, sino impuesta; no por elles mismes, sino por aquelles que históricamente han sido los que les han privado de sus derechos, y que hasta la fecha siguen teniendo la influencia y la decisión de quién merece o no merece la solidaridad.

En Martinica, mi colega Raisa Galofre nos leyó en voz alta el discurso de aceptación del gran Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Evocando a su maestro William Faulkner, dijo: «Me niego a aceptar el fin del hombre», Márquez añadió: «Ante esta impresionante realidad que debió parecer una mera utopía a lo largo de todo el tiempo de la humanidad, nosotros, inventores de cuentos, que nos lo creemos todo, nos sentimos con derecho a creer que aún no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrolladora utopía de la vida, en la que nadie podrá decidir por los demás cómo morir, en la que el amor resulte verdadero y la felicidad sea posible, y en la que las razas condenadas a cien años de soledad tengan, por fin y para siempre, una segunda oportunidad en la tierra.» Esta afirmación que me dejó temblando también me llevó a la simple y quizás banal constatación de que lo que tienen en común las guerras en Ucrania, en Tigray, en el NoSo Camerún, en Siria y en el Sáhara Occidental es la herencia de un necrofantasma y llevan consigo los legados de culturas en las que las industrias de armamento prosperan más que los hospitales o la industria alimentaria, en las que la muerte es el combustible que impulsa la maquinaria de los sistemas socioeconómicos neoliberales que privilegian la propia muerte sobre la vida.

Pero solidarizarse es privilegiar la vida sobre la muerte, es negar la posibilidad de que unes decidan por otres cómo deben morir; solidarizarse es crear estructuras, redes, terrenos fértiles sobre y dentro de los cuales el amor será verdadero y la felicidad debe ser posible; y solidarizarse es asegurar que las razas que fueron condenadas a cien años de soledad tengan de inmediato y duraderamente su debida oportunidad en la tierra. O para decirlo de nuevo con las palabras de Márquez: «A pesar de ello, a la opresión, al despojo y al abandono, respondemos con la vida. Ni las inundaciones ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas de siglo en siglo, han podido doblegar la persistente ventaja de la vida sobre la muerte. Una ventaja que crece y se acelera: cada año, hay setenta y cuatro millones más de nacimientos que de muertes (…), un número suficiente de nuevas vidas para multiplicar, cada año, la población de Nueva York por siete. La mayor parte de estos nacimientos se producen en los países con menos recursos, incluidos, por supuesto, los de América Latina. Por el contrario, los países más prósperos han logrado acumular poderes de destrucción tales como para aniquilar, cien veces, no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino también a la totalidad de todos los seres vivos que han respirado en este planeta de la desgracia.»

Pero para que esto ocurra, debemos plantearnos algunas preguntas cruciales:

¿Cómo podemos construir estructuras de solidaridad que superen los gradientes de poder impuestos por la colonialidad?
¿Cómo concebir bases solidarias que trasciendan a nuestros grupos de pertenencia racial y parientes?
¿Qué es una solidaridad desconectada de la blanquitud?
¿Podemos permitirnos una solidaridad selectiva en la que algunos seres humanos sean más iguales que otros?

La solidaridad sólo es sólida y merece el nombre de solidaridad si sale y va más allá de sus premisas cómodas y abraza a les que han sido desterrades en la soledad en la existencia. La solidaridad sólo tiene valor si aceptamos, cultivamos y propagamos lo que Amitav Ghosh llama, en «La maldición de la nuez moscada», la política de la vitalidad, y no sólo para nosotres mismes, sino para todas las clases y especies del bendito planeta por el que estamos de paso.

Hay que decir alto y claro que estoy en contra de la invasión rusa de Ucrania y de las maquinaciones y manipulaciones occidentales que han llevado a ello, pero también hay que decir más alto y más claro que ninguna vida es más igual que otra y que ninguna merece menos solidaridad que la otra. Al fin y al cabo, en el corto tiempo en que todes nos acomodamos a este espacio llamado Tierra, y en el que caminamos y nos alimentamos de los dones de su suelo, todo lo que queremos es poder —con nuestras familias, amigues e incluso enemigues— encontrar una almohada en la que recostar nuestras cabezas y encontrar descanso, y si no podemos asegurarnos de que los que intentan cruzar el Sáhara o el Río Grande o el Mar Mediterráneo, o cualquier otro, también puedan encontrar una almohada en la que descansar, entonces nunca encontraremos la paz… porque la solidaridad es el máximo medio para hacer que nuestras vidas no sólo sean creíbles, sino también vivibles.

Artículo publicando originalmente en New Framepor Bonaventure Soh Bejeng Ndikung (@bonaventurendikung). Comisario de arte independiente y biotecnólogo camerunés. Es fundador y director artístico del espacio de arte SAVVY Contemporary Berlin y editor en jefe de la revista SAVVY Journal para textos críticos sobre arte africano contemporáneo.

Traducción Lorenzo Sandoval. Artista y comisario

La versión en castellano fue publicada originalmente en Radioafrica

Notas

  1. Gabriel García Márquez – Nobel Lecture. NobelPrize.org.

  2. Jason Burke, Dan Sabbagh, «Ethiopia-Tigray war: who is fighting and what has been the toll?», 5 noviembre de 2021. https://www.theguardian.com/world/2021/nov/05/ethiopia-tigray-war-who-is-fighting-and-what-has-been-the-toll

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