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Reseñas - Estados Unidos

Brandon Drew Holmes

Tiempo de lectura: 10 minutos

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29.08.2019

"Soul of a Nation: Art in the Age of Black Power 1963-1983" en The Broad

Los Angeles, California, USA
23 de marzo de 2019 – 1 de septiembre de 2019

Algo predecible sucede cuando las instituciones blancas exhiben obras de arte Negras. No importa cuáles fueron las intenciones originales de lxs artistas o qué declaraciones hablan a través del trabajo mismo. De alguna manera, tanto le artista como el trabajo son simplificadxs en cuanto a sus emociones y realidad. Esta expectativa de eliminación no es sorprendente, es el efecto consciente de la institución occidental construida sobre la supremacía blanca y, por lo tanto, contra la Negritud. Las emociones que desarrollaron estas obras de arte y las opiniones de lxs artistas son reconocidas, pero rara vez totalmente bienvenidas e incluidas en los espacios de la galería. A la industria del arte en general le encanta distanciarse de la ira.

Por esta misma razón, originalmente no tenía interés en pagarle a The Broad $20 USD para ver la versión angelina de Soul of a Nation (la cual inauguró por primera vez en The Tate Modern en Londres). Durante un tiempo he tenido una aversión hacia el museo y la llegada de esta exhibición no hizo que eso cambiara. El verano de 2019 ha visto a las instituciones de Los Ángeles organizar numerosas exhibiciones —en su mayoría de acceso gratuito— centradas en artistas Negrxs de todas las generaciones. Ya sea la retrospectiva de Charles White en el LACMA (o cualquiera de sus dos exhibiciones hermanas: Plumb Line en el California African American Museum y Charles White & His Students en la Escuela Primaria Charles White en McArthur Park); la retrospectiva de Ernie Barnes en el CAAM; la retrospectiva fílmica Art + Practices’s LA Rebellion; la retrospectiva de David Hammons en Hauser & Wirth; o la muestra grupal Punch curada por Nina Chanel Abney en Jeffrey Deitch, LA. Incluso la exhibición de la colección permanente del MOCA, The Foundation of the Museum, está repleta de trabajos excepcionales de artistas que se identifican como Negrxs mostrando formas productivas, no sólo de representar la Negritud y a las personas Negras, sino también a las opresiones que experimentamos. Por lo tanto, no había parte de mí que sintiera que me faltaba algo al omitir la oferta de The Broad, o esperar que la voz Negra del radicalismo realmente recibiera el foco central como se promovió.

No me sorprendió recibir críticas de colegas que hablaban de respuestas viscerales al trabajo, y de haber quedado con una sensación de afirmación al experimentar ciertxs artistas. Tampoco me opuse a lxs artistas expuestos, pero específicamente no confiaba en que el museo les sirviera ni a ellxs ni a las personas Negras cuyo trabajo inspiró estas obras de arte a través de la justicia que exigen y merecen. Cuando los espacios de arte contemporáneo se centran en el arte que funciona como activismo, nosotrxs, como espectadorxs, no recibimos el testimonio de las personas que están representadas por dicho trabajo, incluso si lxs artistas dirigen su propia voz. La mayoría de las respuestas a la exposición no tuvieron nada que ver con el activismo de las personas Negras; específicamente, no tuvieron nada que ver con que un público Negro se alegrara de haber tenido acceso a estas gloriosas obras de arte. La falta de ira por la inaccesibilidad del trabajo me llevó a cuestionar qué relaciones tenían mis compañerxs con dicha emoción, además de con qué estado de ánimo entraron a la exhibición. La lista de artistas exhibidxs supera los 60 y aparentemente hubo decisiones conscientes para resaltar el trabajo de mujeres artistas, y aquellxs miembrxsde colectivos históricos generalmente eclipsadxs (no por coincidencia también mujeres artistas). Me dijeron que estuviera atentx a las piezas de David Hammons, Senga Nengudi y Noah Purifoy, y lo hice. Tenía curiosidad por ver qué obras de Elizabeth Catlett, Faith Ringgold y Betye Saar estaban exhibidas, así como Melvin Edwards. Algunxs artistas tenían abundantes ofrendas y otros trabajos singulares formaron parte de la mezcla. Pero aún así, la sensación de estar en la presencia de las obras fue poderosamente abrumadora a veces.

Personalmente, me resulta insultante que todxs nos sintamos tan cómodxs al referirnos a «la era de los Derechos Civiles» como tal. Implica un tiempo, pero la implicación de dicha referencia es más profunda pues sitúa el «tiempo» como algo que fue y ha terminado. Seguir refiriéndose a «la era de los Derechos Civiles» implica que ahora la ira es una emoción inapropiada a mostrar. Cuando en realidad la lucha por los Derechos Civiles es una constante que continúa hasta el día de hoy y se alimenta de la ira de lxs oprimidxs. Esperaba que esto fuera un sentimiento expresado en la exhibición, pero mis esperanzas no se vieron reflejadas. Aunque hay textos en las paredes que reconocen «disturbios» y «conflictos», el diálogo real y las voces activistas fueron relegadas al margen; para ser exactos, fuera de la exhibición al lado de los baños. Cuatro pantallas pequeñas que contenían cortos clips de audio de Angela Davis, Stokely Carmichael, Martin Luther King Jr y Malcom X se separaron literalmente de la exhibición a cierta distancia de cualquier texto o señalización. Era obvio porqué los videos estaban presentes, pero no estaba claro por qué estaban físicamente separados, en lugar de estar entrelazados a lo largo de la experiencia visual. ¿Sería ridículo de mi parte suponer que es porque la institución no tiene interés en el pensamiento radical real que utiliza la ira en lugar de sucumbir a ella? Porque esa es la rabia que conecta los puntos y hace demandas, en lugar de agradecer el acceso común. Esta situación expuso claramente cómo se trataría la actualidad del activismo y la política radical al interior de la exposición. Aunque había una vitrina que se enfocaba en los murales de la comunidad y en varias ediciones del periódico de las Panteras Negras, mostrando el trabajo de Emory Douglas, no parecía que la humanidad importara en ello. Lo estético fue priorizado ante todo y ese es el enfoque más decepcionante que uno podría adoptar para este trabajo y sus creadores, especialmente el de Douglas. Esto me hizo preguntarme si la mención de estas personas no estaba fuera de interés y necesidad y se trataba de circunstancias inevitables o fetiche. Nunca he visto a una institución incluir el texto impreso de estos periódicos junto con las obras de Emory. Sólo he experimentado curadorxs que reducen su trabajo y el de las Panteras a imágenes estéticas.

Las decepciones iniciales que dejé ir de buena fe o por comprensión no fueron recompensadas. El diseño de la exposición general fue lamentable. Cada habitación está torpemente repleta, con un diseño de narrativa pobre y con poco espacio para navegar viendo estas piezas sobresalientes. Muchas veces no sentí que el trabajo me estuviera abrumando, sino que estaba abrumado por la frustración al intentar ver ciertas piezas, moviéndome a través de los cuerpos blancos que esperaban que hablara con gusto sobre el arte con ellos. Si la instalación de las galerías no era ridículamente claustrofóbica, entonces se trataba del punto de vista del curador que nos saludaba con limitaciones o libertades cuestionables. La galería Black Portraiture es un excelente ejemplo. Consta de nueve retratos, la mayoría de los cuales fueron de Barkley Hendricks; la primera pintura en línea es de Faith Ringgold por Alice Neel. La presencia de una persona blanca incluida en una exhibición de “derechos civiles” con más de 60 artistas Negrxs fue discordante y me rebasaba (al recorrer de regreso la exhibición me di cuenta que había otrxs artistas no Negrxs presentes por su proximidad a una persona Negra, una asociación que el texto de muro evitaba pero la introducción del catálogo no). Ya sintiéndome decepcionado por la relegación al margen de las voces y el radicalismo Negro, fue insultante además leer que la inclusión de Neel se daba literalmente en relación a Ringgold y otras personas Negras. Sostener que se centran a lxs artistas Negrxs, que han carecido de un reconocimiento más amplio, y luego incluir el trabajo de un artista blanco, aunque fuese una sola obra, por ser aliado es insultante. Hubo mujeres negras incluidas en la exhibición que tenían solamente un trabajo presente, pero fueron utilizadas como imágenes para la promoción de la exhibición. Aunque Betye Saar tenía su propia galería y otros trabajos en la sección Assemblage, la mayoría de las artistas femeninas estaban representadas en la multitud por una sola obra. Por ejemplo, Elizabeth Catlett y Senga Nengudi fueron utilizadas de manera prominente en material promocional para Soul of a Nation, sin embargo, además de las obras promocionadas, no se presentó ningún otro trabajo de ellas. Por lo tanto, arde enfrentarse a un retrato hecho por una artista blanca bajo la afirmación de que ella era una buena aliada y amiga de lxs Negrxs. Más aún cuando ese espacio podría haber sido utilizado para crear un espacio de respiro para el trabajo presente o para mostrar otro trabajo de artistas Negrxs subrepresentadxs, provocando un diálogo más allá de la mirada blanca.

Hubo obras que me conmovieron mucho, como el retrato de Beauford Delaney de James Baldwin (1971), Rainbow Mojo y Eye de Betye Saar (ambos fechados en 1972); obras de Melvin Edwards inspiradas en la continua atrocidad del linchamiento; la documentación de la protesta performativa de Lorraine O’Gradys Art is … (1983), que podría y debería haber tenido su propia habitación. El único trabajo de Elizabeth Catlett, Black Unity (1968), fue impresionante y uno de los pocos que discutió directamente sobre el Black Love o la camaradería, lo cual fue interesante de ver junto al retrato de Bob Thompson de LeRoi Jones y su familia blanca antes de dejarlxs por una esposa Negra y un nuevo nombre. Había espacio para la conversación, pero sentí que ese no era el punto. El objetivo era relacionar el arte Negro con los movimientos existentes, a pesar de que muchos de estos movimientos se basaron en la Negritud. El objetivo parecía centrado en encajar dentro de la mirada blanca en lugar de resaltar que este trabajo fue producido para destruirla.

Hace poco escuché a Elizabeth Alexander hablar sobre su esposo, el pintor Ficre Ghebreyesus. Durante las preguntas y respuestas, mencionó que los museos están «destinados a compartir, no a atesorar». No puedo evitar alejarme de Soul of a Nation pensando en esa declaración con un enfoque adicional: los museos también deberían conectar puntos de verdad. Tal vez esta exhibición no sea un reflejo del acaparamiento institucional, específicamente el acaparamiento de la cultura Negra contemporánea, sino tal vez una descarga cultural y la negativa a conectar el pasado con el presente. Tanto trabajo mostrado a la vez, alejado de la influencia de su concepción, seguramente se sentirá como tal. Después de que pasa la primera ola de euforia y te encuentras envuelto por los objetos, en cierto sentido deseas algo más tangible. Simplemente estar entre el arte no es suficiente en algunos puntos. Hay una razón por la que este trabajo existe y lo quieres todo, no sólo las cáscaras. Pero esto es en parte lo que exuda la exhibición: una descarga cultural de artefactos sin el reflejo adecuado de un pueblo y nuestra determinación. Esta tangibilidad deseada existe dentro de la gente Negra y hubiera sido glorioso verla completamente presente en la exposición.

La fuerza del arte en Soul of a Nation brilla a través de la incomodidad de la curaduría. Ese es el testimonio de este trabajo y sus artistas. Que a través de la burocracia inherentemente anti-Negra de la institución museo y la falta de diálogo desinhibido, las declaraciones emocionales se llevan a cabo. Simplemente no se le miró de manera consistente y se le apoyó como debería haber sido. Puede parecer pesimista reconocer la fuerza de las obras de arte en cuestión a la vez sin enfocarse en ellas, pero siento que extiende el perjuicio alrededor del trabajo de estxs artistas y activistas Negrxs para ignorar los obvios pasos en falso e insultos provocados por esta descarga de su trabajo de vida. Las obras dentro de Soul of a Nation representan a un pueblo poderoso, pero la exhibición en sí misma es incómoda y trata a lxs artistas de una manera sofocante. Casi como si la política fuera secundaria y las imágenes fueran lo más importante. Un enfoque típico para ver la vida de las personas Negras.

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