Reseñas - Chile

César Vargas

Tiempo de lectura: 8 minutos

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09.06.2017

Los libros y las cosas: Martín La Roche en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile

por César Vargas, Santiago, Chile
5 de mayo de 2017 – 14 de junio de 2017

A poem is not made of words
G.O.

I

El descenso a los límites del lenguaje es el ideal (y, por lo mismo, soporte) de todo verdadero proceder artístico. Una operación que llega al fondo de esa superficie no puede reclamar para sí otro estado que el de obra; pero, hablamos aquí, de una obra en sentido eminente y fundamental. La muestra que exhibe la galería chilena Gabriela Mistral y que lleva por título Los libros y las cosas, llega a cumplir ese dictum de manera ejemplar: establece su mundo (visual) y lo exhibe, en última instancia, como un mundo hecho de lenguaje. Todos y cada uno de los elementos de la instalación que ha producido Martín La Roche, la conducen a ser una de las exposiciones más consistentes y bellas de las que actualmente se exhiben en Santiago. Después de aproximadamente 5 años viviendo en Holanda, y con distintos proyectos ya consumados en el extranjero, este artista llega a presentar una obra en la que se despliega la dimensión temporal del mundo de los objetos y, ponen en el fenómeno del coleccionismo, el deseo todavía esencial para la comprensión crítica del arte contemporáneo. Lo que apreciamos en la obra de Marín, no es sólo la organización y disposición de un sinnúmero de cosas que expresan un criterio de selección y acumulación prodigiosa, sino también una forma de proceder en la construcción de un sistema de relaciones que, a la vez que sitúa ciertos los límites cromáticos e inmateriales, instala un equilibrio inusual entre el mundo cotidiano y el mundo artístico.

II

La estrategia de montaje es insuperable por su inteligencia, sencillez y sinceridad. Desplegadas a pocos centímetros del suelo, se emplazan tres distintos tableros de madera en las cuales se ubican tres conjuntos de objetos. Toda esta disposición extiende su proyección fuera de la galería y se conecta visualmente con el mundo cotidiano de la venta callejera de mercancías. En efecto, el domicilio mismo de la galería (ubicada en la peatonal central de la capital) y el gran ventanal tipo vitrina que la resguarda del flujo cotidiano, intensifica aun más el carácter de umbral que conecta y, al mismo tiempo separa, lo cotidiano y banal caído de aquel lado de la calle, de lo cotidiano y banal dispuesto dentro del mundo del arte. Empero, el asunto es más complejo que el simple juego de estar fuera o adentro, pues, lo realmente detonante de sentido es que acá éste es producido y, podemos ver cómo esa producción, emerge en el campo de relaciones por el cual las cosas humanas (demasiado humanas) señalan con su banal presencia, la retirada de un mundo afectivo. La experiencia artística como una experiencia del lenguaje nos señala que todos nuestros objetos, libros, fotografías, discos, etc. han sido prometidos a la duración de esa retirada por la cual llegan justamente a ocupar un lugar, un espacio, en definitiva, una visualidad.

Creo que la instalación de Martín, expuesta bajo su propia lógica de gabinete artístico, no está para dar cuenta expresiva del tema —cualquiera sea este— que apasione a un coleccionista (incluido él mismo), sino para activar la experiencia misma que involucra el fenómeno del coleccionismo como tal, ese deseo de atesoramiento que no oculta la finitud de su revés. Esta obra, como muy pocas de la realidad local, logra erguirse en la construcción subjetiva de un mundo estético propio. Ella teje un lugar para el sujeto espectador que, una vez capturado por el más mínimo objeto, queda inmerso dentro de los bordes del régimen objetual que posee cada una de las estaciones clasificadas por el gabinete. Como bien se expresa en la hoja de sala que acompaña la muestra: “Martín no solamente colecciona cosas, también crea colecciones para después poder desplegarlas de una manera completamente propia. Mediante números, palabras e imágenes, siguiere un sistema de clasificación que tiene algo de la lógica inimitable de un criptograma” [1]. Cuando decimos que la obra de Martín se dirige al lenguaje, lo decimos con el ánimo de expresar la densidad reflexiva que comporta el procedimiento interno de su creación de colecciones, es decir, de cómo éstas viven a partir de la organización de todo un sistema de signos y clasificación. El lenguaje, en la obra de Martín, no es la extensión del mundo visual o el lugar que debemos alcanzar para poder comprender lo que se ha propuesto; por el contrario, el lenguaje emerge como la cifra inmanente desde la cual se hace posible el ingreso al mundo de sus objetos, aquel lugar dejado por la relación que han abandonado y el lugar al que llegan por la relación que establecen al comparecer ahora como objetos de una colección.

En el desarrollo mismo de la muestra y hasta cuando fue posible, o sea, antes de que el artista retornara a Holanda, éste realizo algunas “performances de despliegue” durante las cuales pudo enseñar al público algunas de las 27 cajas que componen su colección. Tuve la oportunidad de asistir, si no me engaño (y aún si me engañase), a la más íntima y privada de esas performances, y puedo decir, con total autocomplacencia crítica, que lo que vi en dicha oportunidad fue la construcción en obra de todo un sistema de relaciones, toda la articulación de un lenguaje visual sostenido por el más sencillo acto de invitación: dejar que las cosas reciban nuestra mirada. El punto crucial de esa instancia relacional propiciada por el artista, no era simplemente que él nos contara su obra o la procedencia de los distintos objetos, miniaturas, tarjetas postales, etc., sino el proceso de integración subjetiva que la obra libremente demandaba y de la cual no había forma de sustraerse. Esto era la prueba irrefutable de que aquello a lo que ingresábamos y que se desplegaba ante nuestros ojos, era un mundo hecho de lenguaje, un mundo en el cual se hace pensable y visible la fuerza trascendental que se encuentra anclada a las cosas mismas. El artista se transformaba en una especie de médium, a través del cual el lenguaje utilizado como medio de comunicación era lentamente desdibujado por la emergencia del lenguaje como condición, claro está, condición de la experiencia artística vivida y propiciada por él.

III

Aquello con lo que trabaja la obra de Martín no es otra cosa que la activación subjetiva inherente a la sensibilidad visual de las cosas, a la condición anónima por la cual cualquier objeto puede ser cargado de valor histórico-personal por parte del sujeto. Supera al objeto en el objeto mismo, para que podamos atender nuestra propia relación como un acto creador de sentido y valor. Los límites de las clasificaciones se pueden ver a nivel material por las distintas construcciones en madera en las que se sostienen los múltiples objetos de la colección, pero también se puede apreciar las rupturas internas y conceptuales que separan los distintitos modos de clasificación. Desde el suelo a los estantes de libros que se encuentran cercanos a los afiches de la pared contraía, sucede un cambio en el modelo de composición y sistema de ordenación. Aquí, en el fondo de la sala principal, emerge finalmente, una estructura que reúne la expresión más fiel de lo que yo creo involucra comprender una obra de arte como sistema. Esta pieza que reúne los libros y los afiches es el fruto de la residencia que ha hecho Martín en Lugar a Dudas (Cali, Colombia), y se presenta como una mini biblioteca que sintetiza de forma notable un singular trabajo de archivo. Usando el modelo de la biblioteca de aquella residencia y la impresión en tipo de afiches comerciales, el artista fabricó libros bajo un estricto orden cromático y en los cuales solo una hoja está impresa: la clave visual; además, incorporó, en los afiches comerciales, también bajo una rigurosa paleta cromática, la cifra textual que organizan la búsqueda del libro, su revelación.

Esta pieza más allá de su belleza estética y conceptual —y no menor a las otras, por lo demás— establece una coherencia inusual entre el lenguaje usado al modo de los juegos de crucigrama y el diseño visual en el que se resuelve el campo de relaciones que activa este trabajo de archivo y clasificación. La obra visual de Martín, es la producción de un espacio y una experiencia sencilla y sencillamente notable, porque ha logrado producir —al modo de una especie de arquitecto inmaterial— una construcción estética y conceptual única; un modelo en el cual los objetos son capaces de devolvernos la mirada, tal y como lo describe el poema de amor escrito en la pared de ingreso a su exposición: Para ver no necesitas las cosas / Las cosas te necesitan para ser vistas [2]. En el espacio de una biblioteca reposan nuestros objetos y nuestras colecciones, los libros y las cosas; ellos son las obras que, en su retirada del mundo, cruzan nuestra vida desde lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño.

César Eduardo Vargas (Santiago de Chile, 1982). Egresado de Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile. Ha colaborado como investigador y teórico en distintos proyectos de arte contemporáneo a nivel nacional e internacional. Es fundador y co-director curatorial del espacio chileno de proyectos Sagrada Mercancía. Vive y trabaja en Santiago de Chile.

Notas: 

[1] Cita extraída de la hoja de sala escrita por Francien van Westrenen y que lleva por título: La berenjena y ***. Reflexiones sobre una colección de objetos (Texto de sala traducido por Ricardo Cuadros).

[2] Este poema de amor (Liefdesgedicht) es del poeta holandés K. Schippers y fue extraído de la hoja de sala escrita por Francien van Westrenen y que lleva por título: La berenjena y ***. Reflexiones sobre una colección de objetos.

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