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TEOR/éTica

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12.09.2020

Hacer refugio: sobre los espacios de arte de mañana

En medio de la pandemia, nos comparten las siguentes reflexiones nuestras amigas y colegas de TEOR/éTica [Miguel A. López, Lola Malavasi, Daniela Morales Lisac, Kevin Pérez, Paula Piedra y Viviana Zúñiga]

A mediados de marzo, TEOR/éTica cerró sus puertas al público y canceló todos sus eventos inmediatos. Seguíamos entonces las recomendaciones de las autoridades de Costa Rica frente a la llegada del COVID-19 a América Latina —una región convertida ya hoy en el epicentro global de la pandemia. Localmente nuestras primeras reacciones estuvieron dirigidas a pensar cómo replantear nuestra programación, para, poco a poco, empezar a dimensionar la gravedad del nuevo momento y qué es lo que significa trabajar en estas condiciones.

En estos más de seis meses de pandemia y aislamiento, el mundo cambió drásticamente, más de una vez, y no únicamente en las formas de gestión cultural. Comunicados de solidaridad, protestas masivas frente a instituciones metropolitanas, denuncias sobre las estructuras misóginas y racistas que organizan el universo cultural, debates sobre la responsabilidad pública de los museos, preguntas sobre las relaciones entre el arte y las lógicas extractivas, entre otras, exigen hoy reflexiones profundas que van más allá del consejo empresarial que clama por una mera ‘adaptación rápida’ frente a la crisis. Antes que repetir como un mantra que las instituciones culturales aún somos necesarias, es más importante comprender el quiebre que está ocurriendo a pequeña y gran escala, así como visualizar el mundo distinto que las múltiples demandas sociales están imaginando, para recién entonces preguntarnos si las instituciones culturales, tal como hemos sido diseñadas, tenemos todavía relevancia y podemos seguir operando desde el mismo lugar.

TEOR/éTica siempre ha trabajado a nivel regional (Centroamérica y el Caribe) y la mayor parte de nuestros programas ocurren en diálogo con agentes, curadores, artistas y gestores de toda esta región. Somos un ecosistema muy sólido en términos afectivos, con una gran sed por intercambios e interlocuciones y compartir lo que hacemos. Pero, en términos generales, nuestra región siempre está en crisis derivada de una historia de violencia, intervencionismo y extractivismo. Nos movemos en un contexto que se caracteriza por tener una infraestructura cultural muy vulnerable y con opciones de financiamiento escasas, cuando no inexistentes. La pandemia ha hecho más evidente lo que ocurre desde hace tiempo: un debilitamiento progresivo de nuestro frágil ecosistema. El museo MARTE en El Salvador cerró sus puertas de forma indefinida en junio pasado, el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Panamá atraviesa un momento de incertidumbre económica luego de haber lanzado el año pasado una convocatoria internacional en búsqueda de curador, y el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC) de Costa Rica ha visto la reciente salida intempestiva de su última directora, Verónica Zuñiga, por temas presupuestarios, y ha dejado más dudas que certezas en relación a cómo es gestionado por las autoridades locales. En TEOR/éTica estamos también atentas al impacto que esta situación pueda tener sobre nuestras operaciones y programas en tanto dependemos de financiamientos privados que son cada vez más inciertos y escasos.

El riesgo y temor compartido es que la pandemia en curso nos va a dejar con una infraestructura cultural profundamente minada, homogénea e incapaz de atender nuestras propias necesidades. La situación en sí parece exigir de nosotras una visión y vocabularios distintos que nos desplacen de la habitual conversación en torno a las formas estéticas y la historia del arte hacia preguntas sobre la estructura económica y política de la gestión cultural, sobre el poder de la representación, sobre las formas en que el arte responde a las demandas de la sociedad civil. ¿Cómo entendemos y podríamos replantear las relaciones entre trabajo, economía, arte y cultura? ¿Cómo podemos hablar sobre los derechos de las trabajadoras y los trabajadores de la cultura y estructuras económicas justas para la comunidad artística, en oposición a la lógica neoliberal del empresariado? ¿Cómo va a afectar esta crisis la coexistencia de una pluralidad de voces y propuestas en tanto los y las artistas no tienen condiciones mínimas para subsistir?

Esa evidente amenaza a la mera subsistencia nos planteó la necesidad de crear el Fondo de Emergencia 2020 desde TEOR/éTica. Este programa se hizo posible gracias al acceso a un fondo económico de la red Arts Collaboratory, la redirección de dinero de nuestra programación que no sería posible ejecutar este año, el apoyo de YES Contemporary (El Salvador) y generosas donaciones de colegas. La convocatoria iba dirigida a artistas centroamericanos impactados por el COVID-19 que estaban enfrentando situaciones difíciles en términos financieros y/o de salud. Estas becas fueron exclusivamente para cubrir necesidades urgentes de quienes su subsistencia se había visto afectada por la pandemia. Para muchas de estas personas trabajando en Centroamérica este fue el único apoyo o subsidio al que tuvieron acceso, dado el abandono de parte de las autoridades regionales hacia el sector cultural. Contribuir a la reconstrucción de la infraestructura cultural afectada por la crisis de COVID-19 será una prioridad en los meses o incluso años por venir, y no será tarea sencilla.

En la coyuntura actual, y en el marco de la situación de vulnerabilidad en el sector cultural, se nos hace imperativo ser más abiertamente reflexivas sobre la labor que hacemos y reconocer que muchas veces no tenemos las respuestas. Pese a ello, creemos que en medio de una situación de crisis y conmoción, las instituciones artísticas pueden convertirse en espacios de refugio intelectual, emocional y político. Pero, ¿qué tipos de refugios demanda este mundo distinto? ¿Refugios materiales o afectivos? ¿Refugios dominados por el sistema laboral o para las personas sin trabajo? ¿Refugios para cuerpos y formas estéticas errantes, sin techo, sin ciudadanía? ¿Refugios en movimiento? ¿Refugios como lugares de descanso o como espacios de organización activa? ¿Refugios capaces de garantizar formas de igualdad entre quienes lo habitamos?

Hay múltiples formas de ser refugio. Para nosotras, en los momentos iniciales de la crisis, eso implicó cuidar de nuestro equipo —la salud de nuestro personal, pero también de colaboradoras y agentes con quienes trabajamos— ante amenazas de distinta índole, ya sea de salud, psicológica o económica. Nuestro horizonte fue —y sigue siendo— sostener la vida en un momento donde la crisis empezaba a agravar las lógicas agresivas de lucro, aislamiento e individualismo que dominan el mundo cultural, pero a la vez aspiraba a proteger la posibilidad del arte como una inyección de oxígeno en medio de la asfixia. Queremos responder al principio ético de defender el arte como instancia desde donde leer, pensar, sentir y dar testimonio crítico del presente, pero sin asumir que esto tiene que ocurrir de la misma forma en que tradicionalmente aprendimos a hacerlo.

Inevitablemente hemos tenido que asimilar lo que significa operar de manera remota y no contar con espacios físicos de encuentro, ni entre nosotras, ni con nuestra comunidad. Los cambios y las pérdidas que esto implica nos han tocado y afectado de distintas maneras. Por un lado, la imposibilidad de usar las casas ha significado dejar ir lo que por años se ha constituido como un espacio físico para construir familias y formas de convivencia, confianza, encuentro y acompañamiento: un hogar temporal que puede ser refugio en la medida de lo que se necesite. Por otro lado, hemos también empezado a comprender mejor que esos espacios pueden y deben usarse de otros modos; así que nuestra próxima reinvención como TEOR/éTica posiblemente signifique cambiar los nombres y metas de nuestras salas —las cuales son aún identificadas principalmente como espacios de exposición. Esta crisis no es solo una oportunidad para pensar la relación entre las instituciones y las personas, sino de pensar cómo ocurren esos encuentros e imaginar formas de involucramiento más profundo.

Dentro de estos esfuerzos por encontrarnos, la revista en línea Buchaca Generosa ha sido el principal canal a través del cual seguir pensando y discutiendo juntas. Las diez ediciones publicadas hasta este momento, agrupan y ponen en diálogo una diversidad de voces que al mismo tiempo interpelan a una comunidad muy amplia. Estas publicaciones se han convertido en el espacio simbólico que viene a suplir momentáneamente la necesidad de encuentros físicos entre la comunidad y el equipo de TEOR/éTica, la cual además permite el acceso a un registro valioso sobre una crisis global vista desde Centroamérica y el Caribe. Entender ese resguardo en su doble cualidad de dar espacio a personas y voces diversas, y a la vez ser consciente de una posición geopolítica y una memoria, nos ayuda a comprender mejor la función de un espacio de arte que va más allá de las paredes.

Con la biblioteca y el archivo cerrados, también ha sido necesario repensar las formas en las cuales desarrollar no solo el flujo de trabajo interno, sino también la acción misma de compartir el conocimiento que se encuentra de manera física en nuestras casas. Eso nos ha llevado a replantear lo que un Centro de estudio y documentación –como el nuestro– puede hacer ante un escenario tan extraño como el actual. Con el tiempo, y al no tener a mano documentos, libros, o siquiera los equipos de trabajo usuales, hemos operado desde el recuerdo y desde nuestras circunstancias singulares pero compartidas. Nos hemos reunido, entre nosotras y con otras personas, para ensayar otras formas de estudiar e investigar que, quizás incluso por necesidad, buscan más acercarse al presente a partir de las incertidumbres emocionales que estamos atravesando. Es así como la cuarta edición del Cuarto de Estudio, un espacio de encuentro desarrollado a partir del Archivo y Biblioteca de Lado V para promover la activación de sus acervos, se ha transformado y desarrollado totalmente dentro de la volatilidad de la pandemia y desde la distancia.

Si bien hay más preguntas que respuestas, la interrogante de ¿cómo hacer refugio? ha empezado a repiquetear en nuestras conversaciones. Es decir, no dar por hecho que somos necesarios por el mero hecho de ser museos o instituciones culturales, sino reinventar nuestra pertinencia en afinidad con las demandas sociales que en muchos casos están ya imaginando otros usos y roles para nuestros espacios. El camino es incierto, nos exige confiar en experimentos y comprender de manera crítica la forma en que se acompañan el arte y la imaginación social. Tal vez se trata de imaginar una nueva manera de estar. Una que pueda sumarse al debate público actual sobre cómo las instituciones podemos ser mejores o útiles, y sobre cómo las personas que las habitamos podemos encontrarnos para acompañarnos y cuidarnos colectivamente.

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