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Opinión - Colectividad - México

Alfredo Bojórquez

Tiempo de lectura: 5 minutos

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17.01.2021

Genealogía de la incongruencia

Alfredo Bojórquez comparte algunas reflexiones entorno a la desasociación entre discurso y prácticas de vida que organiza al trabajo cultural en México para recordarnos posibles rutas de fuga hacia lo colectivo.

En la antigüedad, la filosofía se daba a conocer en escuelas de la vida. Los estoicos, y la gente que rodeaba a Platón o Aristóteles, acudían para aprender ciertos hábitos, formas de sentarse, hablar o comer; no sólo memorizaban conceptos ni los hacían pasar al pizarrón para demostrar sus habilidades. La congruencia no necesariamente era un mandato. Estas pedagogías desaparecieron con el paso del tiempo, sus últimas huellas sobrevivieron en las órdenes religiosas y, más tarde, en la militancia política, como explican Michel Foucalt y Pierre Hadot.[1]

En la modernidad, las escuelas de la vida fueron sepultadas por el comentario de texto. La enseñanza filosófica divulgó su nuevo método a través de la universidad y la imprenta. Palabras sobre palabras. Con esos elementos, el derecho a interpretar pasó lentamente de manos religiosas a manos científicas y de la oralidad a la escritura. Pero la palabra como vehículo de la verdad nunca perdió su condición sagrada, fue acatada de la misma manera, como recuerda Nietszche.[2]

Almudena Hernando demuestra arqueológicamente que la verdad científica y el advenimiento de la modernidad son fruto de la disociación entre razón y emociones.[3] La raíz está en la ficción heterosexual que narra la manera en que las sociedades orales se dividieron las tareas: para cazar los varones teníamos acceso exclusivo a las armas, herramientas y otras tecnologías, posteriormente nos fuimos individualizando con el manejo de la razón al dominar esas herramientas y ciertas áreas de la naturaleza. Ese control generó una distancia emocional que se tradujo en una sensación de poder. Las mujeres de las sociedades cazadoras tuvieron una movilidad restringida y eso redujo su capacidad de individualización.

Armados con lo anterior, los hombres enfocamos nuestra energía en explicar cada vez más fenómenos de la realidad bajo un truco verbal: la “objetividad” que nos ha permitido desligarnos de nuestras palabras y otras responsabilidades; esto trajo consigo una identidad para los hombres que ella denomina individualidad dependiente debido a que necesita de la asistencia emocional ejercida históricamente por las mujeres.

La clave está en el ocultamiento del trabajo emocional que permite al científico, político o artista masculino presentarse ante el mundo como un ente autónomo, que firma la obra maestra como autor individual y borra el trabajo emocional y reproductivo detrás de ella. De ahí la rúbrica, los derechos de autor, las patentes, el abismo entre artesanos y artistas, entre aficionados y expertos. Ese encubrimiento es lo que Hernando considera el orden patriarcal.

Esto permite que los pensadores se hiperespecializen en su campo de conocimiento y al mismo tiempo sean ciegos del corazón: los medios (ayer papeles, hoy pantallas) les exigen hablar de un modo, no vivir distinto. La mayoría de las instituciones sólo exigen palabras precisas. La civilización sigue teniendo fe en la palabra escrita. El derecho, la política, la universidad, las ONGs, el arte y la crítica son, en primera instancia, procesadores de texto.

Para lograr estabilidad emocional y relaciones de cuidado, Almudena Hernando plantea una potencia destituyente: contactar con los miedos y los deseos. Esta es una tarea lenta y pesada, tan invisible como trascendente. Ella propone partir de una impotencia esencial; es decir, reconocer nuestra vulnerabilidad fundamental y trabajar con ella como suele hacerse con objetos, imágenes o ideas. Sólo si partimos de la inseguridad podremos articular nuestra intención y seremos capaces de poner límites emocionales. A este conjuro Hernando lo llama individualidad independiente.

Por otro lado, el papel del artista suele tener ciertos aspectos contestatarios naturalizados por el mito masculinista: una experiencia lúdica del mundo, hábitos y apariencias extravagantes, disidencia sexual en ocasiones. El creador encarna personajes que tensan las normas sociales y el artista militante procura transformar el mundo con su obra. De esa tradición surge un canon de revistas, piezas y nombres que los catálogos privados y las universidades públicas no han logrado digerir porque el arte politizado trata de acercar la palabra a la acción, como hizo la filosofía antigua. Los expertos buscan desenterrar algo inmaterial en los archivos: la solidaridad, la ética, arena que se escurre de sus manos, aquello que los artistas enmendaron en la intimidad, no en sus obras.

Pero este rechazo de las normas, desde los estridentistas hasta los creadores hoy más jóvenes, tiende a ser transitorio. Construir espacios, hacer trabajo cultural, abrir galerías o revistas, suele ser el primer escalón hacia la institucionalización. Por eso lo llamado “independiente” suele ser más una necesidad que un gusto. El mercado compartimenta nuestras capacidades, las vuelve mercancía al presentarlas como servicios u obras inéditas. De ahí que muchos artistas y escritores comprometidos comienzan en asambleas y terminan frente al espejo. La apuesta política pocas veces soporta las manecillas del reloj porque no sólo se trata de una cuestión de voluntad, mucho menos de un asunto individual, la disociación histórica lubrica los engranajes del Capital y el Estado.

Bajo esas condiciones, el descuido de los vínculos y las emociones es el costo del reconocimiento. La competencia meritocrática se vuelve un callejón sin salida que incentiva monólogos, nuevas obras o conceptos que demolerán las generaciones venideras: un embudo perfecto. No hace falta una clase de historia del arte: lo que hoy es radical logrará alcanzar visibilidad y se volverá norma al enterrar el corazón colectivo, la raíz de cualquier lucha política.

Las emociones son una dimensión de la vida que ha tomado demasiado tiempo en acoplarse a los discursos científicos y filosóficos. Desde la década de los ochentas, por influencia del feminismo de la década anterior, se habla de un “giro afectivo” que se pregunta qué es lo que sabemos cuando sentimos y cómo eso está inserto en lo social. Quienes intentan dar ese viraje en humanidades y ciencias sociales consideran que estamos en una era post-ilustrada.

Sin embargo, los afectos rápidamente se vuelven una nueva forma de hablar, un teatro afectivo, como explica Sara Ahmed.[4] Patologizar las diferencias y mandar a todos a terapia no va a salvar el arte ni al activismo. La deconstrucción es el manual de modales de las izquierdas y exhibir el dolor, la credencial que suaviza los privilegios. La crítica le exige al artista que acerque la palabra a sus acciones y demuestre su derecho de enunciación, ser un ciudadano intachable.

Un nuevo espectáculo comienza, las escuelas de la vida le reclaman congruencia al artista. La compartimentación nos hace sentir individualmente el dolor, la rabia y la alegría que, en el fondo, nos mueven colectivamente. El mandato de congruencia tal vez sea el verdadero comienzo del siglo XXI y las nuevas izquierdas. Si no nos hacemos cargo de ellas, las palabras serán arena que se escurre en el tiempo.

Notas

  1. Michel Foucault, El coraje de la verdad (México: FCE, 2010); Pierre Hadot, ¿Qué es la filosofía antigua? (México: FCE, 1998)

  2. Friedrich Nietszche, La genealogía de la moral (España: Alianza, 2016)

  3. Almudena Hernando, La fantasía de la individualidad (España: Traficantes de Sueños, 2018)

  4. Sara Ahmed, La política cultural de las emociones (México, UNAM: 2017)

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