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Reseñas - México

Dorothée Dupuis

Tiempo de lectura: 8 minutos

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06.04.2018

Guex Liu, Kuu ñunro, Totlalhuan, Nuestra tierra, Our land: Fernando Palma en MACO, Oaxaca, México

by Dorothée Dupuis, Oaxaca, Mexico
15 de diciembre de 2017 – 1 de abril de 2018

Fernando Palma no confía en el ser humano. En cambio confía desde el cariño en los animales, las plantas y los dioses… naturaleza, tierra, maíz. La exposición figura entonces como un paisaje largo y complejo compuesto de varias escenas que ocupan las salas del museo. Las instalaciones se reparten por orden no cronológico y responden a las condiciones arquitectónicas y de luminosidad distintas de cada sala —el museo está ubicado en un antiguo edificio colonial del centro de Oaxaca, alejado de cualquier noción común del cubo blanco: madera aparente, piso de cerámica, paredes desiguales, etc. Esto podría rebasar las instalaciones que forman la exposición ya que referencian constantemente a la colonia y a mundos antiguos; sin embargo, las obras se integran armoniosamente a ese marco difícil, a veces ignorándolo y a veces jugando con el mismo.

Muchas de las instalaciones han sido expuestas en otras ocasiones a lo largo de los últimos años y el espectador que conozca la obra de Palma podrá disfrutar de verlas en conjunto. Hay otras instalaciones que no fueron presentadas antes el público porque su realización quedó pendiente por resoluciones técnicas difíciles de lograr. Por decisión de mutuo acuerdo entre el artista y el curador, Oliver Martínez Kandt, dichas obras son expuestas en aquel estado inconcluso, no acabadas, a veces rotas, como si estuvieran a la espera de que alguna magia venga a animarlas. Contrario a la costumbre del mundo del arte contemporáneo actual de presentarnos obras cuya realización alcance un nivel técnico perfecto, esta decisión que busca resolver la frustración de producción hace coherencia con la trayectoria y proceso conceptual del artista, quien siempre ha considerado la técnica y su relación conflictiva con la misma como una de las problemáticas centrales de su trabajo.

El trabajo de Fernando Palma es indisociable de su identidad, ya que antes de reconocerse como mexicano se reconoce por su origen indígena: nahua, del pueblo de Milpa Alta, en la parte sur de la Ciudad de México. La vida de Fernando ha sido como la de muchos mexicanos de su edad, es decir, una vida de exilio para la búsqueda de un sustento laboral incierto. Aunque emigró a Europa a finales de los ochenta para estudiar, permaneciendo allá hasta 2014, decidió volver a su tierra natal para defender su cultura nativa. Su defensa no sólo se lleva a cabo a través del arte sino también a través del activismo desde la asociación civil Calpulli Tecalco que dirige junto a su madre, su hermana y otros miembros de su familia. Se puede entonces decir que la práctica de Palma, aunque no fue sostenida de forma constante, él nunca la dejó por completo. Desde su regreso a México ha tenido varias exposiciones dentro y fuera del país que le han permitido retomar varios proyectos cuya producción no había sido finalizada. En este sentido la exposición de Oaxaca, formada por trabajo que Palma retomó desde hace casi dos años, es una excelente ocasión para entender la profundidad de un conjunto de obras que por múltiples circunstancias se mantuvo en confidencialidad a pesar de haber comenzado su producción hace más de 25 años.

Aquellas complejas instalaciones que fueron completadas con éxito son presentadas en la parte delantera del museo, que mira a la calle, mismas que muestran nuevas realizaciones combinadas con obras anteriores. La primera sala está dedicada al tema del agua, un problema que preocupa mucho a Palma y que investiga con prioridad en su práctica actual siendo la escasez de este recurso uno de los principales problemas a los que se enfrenta Milpa Alta. En la parte izquierda de la sala se encuentra Aqua (2015) una instalación de guajes suspendidas en el aire con un corte en forma de manos extendidas; su movimiento de apertura figura el aleteo de aves o mariposas. Estas “criaturas” se mueven por un sensor de movimiento, sistema usado a lo largo de la muestra. El gesto de abrirse revela un vacío en el guaje, usado tradicionalmente por los indígenas para contener agua. Entonces abrir el guaje es soltar el agua… un eco del mito de Sísifo.

Al piso, montículos de tierra componen un paisaje de donde surgen varias caras de barro figurando a Cosiyo, dios de la lluvia y del rayo del mundo zapoteco —una de las metas de la exposición es mezclar las cosmogonías nahua, nativas de Fernando, con aquellas encontradas en los valles de Oaxaca donde fueron producidas las piezas nuevas (las piezas de barro en este caso fueron realizadas en colaboración con la artista Lorena Ancona), dando cara a la pluralidad de los mundos indígenas que conforman México. Conviven en este paisaje Los nahuales (2017), robots microcéfalos con cabezas de metal y ojos de LED, deditos de plástico y capas vegetales. Las capas, hechas de palma, fueron hechas en colaboración con un artesano local de 86 años, el señor Trinidad Matías. Estas mismas eran usadas tradicionalmente por los campesinos para protegerse de la lluvia, antes de ser sustituidas por lonas de plástico, desechables y contaminantes. En el trabajo de Palma, detalles materiales de este tipo son una reflexión sobre la desaparición de tradiciones, usos y costumbres cotidianos indígenas que resulta de la imposición de un capitalismo petrolero y plástico en el campo.

Así, la reflexión sobre la relación tóxica que tenemos con el entorno natural se sintetiza en los movimientos débiles y bruscos de las criaturas que forman parte de la exposición, movimientos que citan a una naturaleza moribunda. Esto se visibiliza tanto en Tocihua papalotzin (2018), instalación compuesta de mariposas monarcas hechas de latas de metal carcomidas por el medio ambiente, y tal vez de manera aún más impresionante en Techpactia tlein quipano ipan Milpa Alta (2004) ubicada al final del recorrido de la exposición. En esta última sala de dimensión pequeña, un caballo de tamaño real, hecho de plástico y de varios materiales recuperados, agoniza sobre el suelo atravesado por una flecha en el costado. Levanta la cabeza intermitente, mueve una pata: se aferra a la vida que lentamente parece abandonarlo pero que su parte maquínica mantiene. Alude obviamente a la obsolescencia del caballo en nuestras sociedades modernas, que transita de elemento indispensable para la sociedad a accesorio de ricos, o al contrario, como ayuda de los más pobres, quienes no pueden tener acceso al progreso moderno de la mecanización en la agricultura o el turismo.

A través de tanta desolación, aparece y reaparece en esculturas, dibujos y video, tanto en su forma animal como humana, la figura del coyote (palabra que viene del nahuatl coyotl), mismo que es el alter-ego del artista: Fer-coyotl. El coyote es un símbolo común para los indígenas de México y para las tribus nativas de EE.UU.. Es un animal furtivo y predador, menos celebrado que el lobo, y está citado en varias mitologías tanto por su humor, como por su temperamento solitario o sus aptitudes cazadoras. En la obra de Palma, el coyote es la figura rebelde que se enfrenta a un mundo destruido por la mano humana. Es la manera en que el artista se deshace por un momento de su esencia humana, para acercarse a un estado natural. En el video Si no fuera por estos momentos (2000) sobre un soundtrack de hard rock metal, el artista transformado en Fer-coyotl, sin camisa y con máscara de cartón, arpenta cuatro sitios emblemáticos de los afueras de la Ciudad de México: Milpa Alta (donde nace Fernando y donde solían existir hasta hace poco cultivos de maíz, milpas), Cuicuilco, el área de Santa Fe (entonces en construcción), así como Chimalhuacán, cuyo nombre significa “lugar donde se guardan los escudos” y que solía ser el sitio donde antiguamente se entrenaba el ejército azteca. En el video Fer-coyotl recolecta objetos, pedazos de material de construcción, tira flechas al vacío: re-actúa una vida indígena pre-urbana aunque civilizada, en proceso de desaparecer para siempre. En las otras salas del museo, las máscaras de coyotes se convierten entonces en vanidades que se despliegan a través de obras que no todas funcionan perfectamente, como en Xi mo matlazacan ce cehce (2006) o Soldados (2001), acentuando el sentimiento de Apocalipsis que reina sobre toda la muestra.

No puedo profundizar como quisiera en todas las piezas de la exposición y es una pena pues hay mucho que decir: ya que uno de los retos de la práctica de Palma es informar al espectador sobre las múltiples sabidurías y conocimientos antiguos del mundo prehispánico que aún son desconocidos para sus descendientes contemporáneos —considerando que el 70% de la población de México es mestiza de orígenes indígenas. El artista se enfrenta entonces, como en la primera obra que describí, a una tarea Sísifa de restablecer la prominencia de una cultura ancestral que fue casi completamente borrada por la colonización. Sin embargo, sería un error creer que el mundo prehispánico, como se podría pensar a partir de la obra de Palma, era una sociedad idílica y en perfecta armonía con la naturaleza. Cortés pudo invadir Tenochtitlán a causa de la tiranía ya establecida históricamente por parte del pueblo Azteca sobre otras tribus de la región; y se sospecha también que los Mayas emigraban de sitio en sitio después de despojar completamente un lugar de sus reservas de agua y selva, antes de retornar a ese mismo sitio siglos después, por ejemplo. La candidez nostálgica de Palma hacia el mundo indígena del pasado podría ser entonces el único punto realmente problemático de la obra. Porque no hay civilización perfecta. Nunca el ser humano ha logrado vivir por completo en armonía, ni con su entorno, ni con su hermano humano de la tribu vecina. Es una triste certidumbre y más que el paisaje nostálgico del pasado, de la obra de Palma hay que tomar su visión reflexivamente implacable del presente, de lo retorcido y trágico que es todo, y a pesar de esto, de la belleza colateral que nace del caos, de la acción destructiva ineluctable de la mano humana sobre el planeta, Guex Liu, Kuu ñunro, Totlalhuan, Nuestra tierra, Our land.

 

Dorothée Dupuis es curadora, escritora y editora francesa con sede en al Ciudad de México desde 2012. Es fundadora y directora de la revista Terremoto.

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