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15.11.2020

Chihuahua: desde nuestro contexto y para nuestro contexto

Angélica Chávez Blanco reflexiona entorno a las políticas culturales del estado de Chihuahua, al norte de México, para abrir preguntas sobre la relación de las mismas con proyectos independientes en el campo del arte contemporáneo que ponen en ejercicios la conciencia de los comunes en dicho contexto.

Antes
Pueblos de tierra, bárbaros, áridos, fin de la cultura,
desierto, frontera, indígenas, industrias, nómadas,
misiones, minas, provincia.

Actualmente es complejo hablar de las políticas culturales en México como algo idóneo, correcto o incorrecto. No podemos negar que históricamente el Estado, desde su gobierno federal hasta los gobiernos municipales, refuerza modelos sociales y culturales basados en estructuras de desigualdad. Han pasado más de 70 años desde la Declaración Universal de Derechos Humanos de la UNESCO firmada por México, país considerado vanguardia regional en firma de acuerdos, tratados y leyes para la defensa de éstos derechos, aun así, hay escenarios críticos que debemos atender y reflexionar.

En el caso particular del estado de Chihuahua, hemos cruzado por modelos de gobierno que han colocado a la cultura desde una visión patrimonialista y elitista como refuerzo de privilegios sociales y estructuras hegemónicas de poder, como son los museos o monumentos históricos. Actualmente, la política pública se sustenta en el Plan Estatal de Desarrollo, y en temas culturales, en el Programa Sectorial de Cultura 2017-2021. Estos planes proponen un modelo de gobernanza, que a diferencia del modelo gubernamental anterior, sugiere un engranaje más dinámico y sujeto a una normatividad que da soporte legal a mecanismos de participación democrática en donde les agentes culturales puedan involucrarse en el diseño de las políticas culturales. Éste modelo de gobernanza ha posibilitado articular políticas culturales entre esferas públicas, privadas y civiles trastocando los límites sociales, políticos y culturales de la población estatal.

Sin embargo, a pesar de estas transformaciones, las políticas culturales no han logrado abarcar necesidades tales como las condiciones laborales de la comunidad artística y cultural, la sostenibilidad de los proyectos o la diversificación de apoyos a otros sectores, pues aunado a este último factor, año con año se reducen los presupuestos asignados a cultura, lo cual limita la creatividad de los proyectos por entrar a una dinámica de concursabilidad. Desde ésta perspectiva, para los gobiernos la cultura representa un gasto más que un derecho, ya que desde su lógica capitalista resulta difícilmente medible o comprobable su impacto.

Las políticas culturales requieren nuevos conceptos, metodologías e insumos que permitan su flexibilidad en cuanto a cuestiones tales como: ¿Es accesible la acción cultural y para quién? ¿Ésta tiene algún sentido biográfico en las personas que habitamos éste territorio? ¿Qué uso se da actualmente a los espacios culturales? ¿Las comunidades artísticas conocen y ejercen sus derechos culturales? ¿Cuál es la fuerza sociopolítica que las, los y les artistas ejercen? ¿Hasta qué punto los programas institucionales sujetos a concurso orillan a sacrificar los objetivos de los proyectos ? ¿Cuáles son los diálogos vigentes entre agentes culturales y gobierno? ¿Se contemplan los nuevos retos y necesidades acordes a nuestro tiempo?

Habría que reflexionar con detenimiento las posibles respuestas, lo cierto es que no podemos seguir pensando las políticas culturales de la misma manera que hace diez años ni tampoco seguir homologando criterios para su diseño desde una mirada centralista. Tendríamos que repensar entonces desde una perspectiva interseccional la manera de coordinarnos entre los diferentes sectores con el fin de aminorar las brechas de desigualdad que vendrán de la masificación, tecnologización y democratización global de la cultura en el marco actual de replanteamiento nacional y geopolítico, como sucede con la llamada 4T así como con la firma del T-MEC.

Probablemente, el primer paso sería aceptar que hay una crisis de representatividad cultural y que para atender ésta crisis hay que desmitificar los discursos políticos sobre democratización, participación y descentralización de los bienes y servicios culturales, o bien, lo que la gobernanza propone como “garantía de los derechos culturales”. ¿Qué hacer para que estos discursos no sirvan únicamente como legitimación institucional y realmente se abra paso a las organizaciones o comunidades con la capacidad de incidir en los problemas públicos y culturales de su entorno? ¿Es posible replantear éstas prácticas capitalistas que nos orillan a pensar de manera tan individualista desde el arte o la producción cultural? Creo que en México existe una gran resistencia cultural y el norte, por su geografía accidentada[1] también lo ha sido. Por ello, apostaría por políticas culturales en donde los gobiernos estimulen la generación de recursos comunes con el fin de que las comunidades de trabajadores del arte y la cultura logren desarrollar y sostener sus propias infraestructuras culturales de forma colectiva.

Particularmente en el campo del arte contemporáneo, es importante observar y cuidar la forma en que se van construyendo los proyectos independientes, ya que algunas de estas producciones también se van moldeando de acuerdo a las tendencias que las instituciones, el mercado o la reproductividad digital dictan. Por esto, no solo los gobiernos son responsables de crear ésta pertinencia dentro de la política cultural, sino que les trabajadores del arte también debemos comprometernos a realizar ejercicios críticos sobre el impacto sociopolítico de nuestros proyectos para responsabilizarnos de su dimensión pública.

Personalmente, encuentro potencia en la producción de arte contemporáneo desde los procesos colectivos y comunitarios, pues en ellos existe la posibilidad de consumir, producir, remezclar, pensar y vivir la cultura de forma plena y en común. Me interesan las prácticas narrativas, el arte participativo o interseccional, los procesos horizontales y comunitarios de resistencia. En éste sentido hay varies artistas chihuahuenses que han realizado esfuerzos por trabajar desde éstas perspectivas para recuperar elementos simbólicos desde nuestro contexto y para nuestro contexto. De algún modo estos proyectos, mismos que ilustran este texto, van incidiendo en las estrategias que las instituciones culturales plantean para llegar a sectores que no se habían atendido, por ejemplo, desde la dimensión municipal hasta la particularidad de las industrias maquiladoras y las comunidades indígenas. Sin embargo, me gustaría dejar el espacio abierto al análisis crítico sobre éstas propuestas y que se pueda generar diálogo al respecto.

Finalmente, realizar éstos ejercicios críticos implica discutir, cuestionar, exigir y proponer colectivamente para construir proyectos que brinden condiciones necesarias, dignas y pertinentes para que las personas generen vínculos autogestivos y de recuperación simbólica así como el acceso libre y activo: una interpretación propia de su geografía cultural como campo de prueba y exploración de opciones.

Ahora
Resistir a la industria, repensar maquila,
Desplazados, migrantes, fronterizos, disidentes, provincianos.
Nuestras creaciones son el espacio liminal para resistir
Nos encontramos en la frontera, en la zona de contacto.
La cultura no termina donde empieza la carne asada, Vasconcelos.

Notas

  1. El estado de Chihuahua está conformado por una enorme diversidad geográfica: sierra, llanura y desierto. El clima extremo, las distancias y la dificultad de acceso a las comunidades hacen ésta zona muy accidentada.

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