Reportes - España

Diego del Valle Ríos

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24.03.2019

ARCOmadrid 2019

Por Diego del Valle Ríos, Madrid, España

Fue hace más de veinte años —en 1996, para ser exactos— que Latinoamérica fue invitada de honor de la feria de arte contemporáneo ARCOmadrid. En ese entonces, como región construida desde los nuevos imaginarios globales, Latinoamérica fue legitimada dentro de los cánones occidentales a partir de la institucionalización de la idea del arte latinoamericano. Como explica Joaquín Barriendos, esta legitimación fue creada a través de una (auto)exotización que, entre lo global y lo subalterno, desplegaba un juego de representaciones donde la identidad era la marca de diferencia entre Occidente y América Latina. Esto inauguró discusiones sobre el lugar desde el cual se narra, piensa, representa y se critica América Latina, dinamitando el lugar de legitimidad discursiva, donde la preposición desde —“arte desde América Latina”— vino a tranquilizar, por un lado, las ansiedades culposas de Occidente como cartógrafo de las distancias epistémicas que le permiten ser el estudioso sujeto hegemónico legitimador y, por otro, las ansiedades de visibilidad de los diferentes latinoamericanismos, quienes buscaban formar parte de las conversaciones suscitadas por la globalidad y la geopolítica cultural para reivindicarlas desde la experiencia propia de la “marginalidad”.

Veinte años después, América Latina ya no es invitada de honor desde el regionalismo noventero. Ahora, en sintonía con una refundación de las identidades nacionales a lo largo del continente americano —característica de la segunda mitad de ésta década del dos mil diez—, ARCOmadrid ha extendido una invitación de honor a Perú continuando de esta forma con las invitaciones a países latinoamericanos, como es el caso de Colombia en 2015 y Argentina en 2017. Esta invitación desplegó un programa de conferencias, Foro Perú, y una especie de pabellón donde se exhibieron obras de artistas como Ximena Garrido-Lecca, Rita Ponce de León (80m2 Livia Benavides), Antonio Paucar (Bárbara Thumm), Herbert Rodríguez (Henrique Faria), Claudia Martínez Garay (Ginsberg) y Elena Damiani (Revolver), por mencionar algunxs.

Así mismo, esta invitación también trajo consigo un despliegue de exposiciones de arte latinoamericano en instituciones como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, donde se exhibe Redes de vanguardia. Amauta y América Latina 1926-1930 curada por Beverly Adams y Natalia Majluf; Matadero Madrid, que acoge la muestra Amazonías curada por Gredna Landolt y Sharon Lerner; y la Sala Alcalá de la Comunidad de Madrid donde se encuentra la exposición Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo una lectura del arte latinoamericano en las colecciones del CA2M y Fundación ARCO curada por Manuel Segade.

Mientras recorría la feria y visitaba las exposiciones observaba que ahora América Latina funge como la fuerza simbólica legitimadora de los mercados internacionales y de los sistemas institucionales del arte. Su estandarización como la necesaria diferencia y subalternidad dentro de los cánones occidentales se revela en las ya obvias y predecibles categorías y temáticas que suelen organizar las obras presentadas tanto en el mercado como en el cubo blanco institucional. América Latina como el tercer mundo donde la modernidad estética colapsa y se reinventa deviniendo en postmodernidad kitsch e irónica; América Latina como la revolución que reivindica identidades nación desde la inclusión de las culturas indígenas: pluralidad y crisol de razas; América Latina como nostalgia del paisaje dibujado desde la postcolonialidad de las academias; América Latina como la transgresión, la subversión y lo contestatario como estrategias únicas de la construcción estética de lo político; América Latina como fantasma de las dictaduras, los imperialismos y los neoliberalismos; América Latina como marginalidad antropófaga; América Latina como lo no-occidental. Por supuesto, estos discursos totalizantes y estáticos vienen a crear categorías que, como señala Graciela Speranza, son instrumentalizadas como estrategias de mercado para crear estereotipos reconocibles que permitan una mejor venta del producto “arte latinoamericano”.[1] Este señalamiento también nos permite acercarnos a una explicación sobre la ausencia de diálogo curatorial y crítico entre el arte contemporáneo español y el arte contemporáneo latinoamericano en todas las actividades en el marco de esta edición de ARCOmadrid.

A partir de Gayatri Spivak, Barriendos reflexiona que el arte latinoamericano, encerrado en la diferencia que lo separa de lo occidental, resulta “incapaz de redibujar sus contornos y de rediseñar […] la imaginación geopolítica de la modernidad”.[2] El exceso de enunciarnos como la diferencia y lo subalterno, en sintonía con el boom del arte latinoamericano en contante expansión en el mercado global, ha creado una paradoja: “al hablar desde la diferencia, ésta se reproduce”.[3] ¿Cómo asumir esta contradicción? Barriendos propone un regionalismo crítico que “no pierda de vista el objeto de su crítica y [que] sabe al mismo tiempo que reproduce el problema que denuncia”.[4] En otras palabras, habría que revisar los discursos emitidos en el Foro Perú durante ARCOmadrid y en las exposiciones de museos para tensionar, hacia el interior del “arte latinoamericano” mismo, una observación que reformulo a partir de la conversación que tuve con Francisco Godoy del colectivo Ayllu: los discursos críticos desde el arte latinoamericano que tienen espacio en las dinámicas de lo global suelen ser cómplices de la hegemonía que les da acceso al sistema que pretenden criticar e interpelar. Asumir esa contradicción es vital para posibilitar otras imaginaciones y dinámicas de circulación y exposición de discursos críticos que no sean apropiados por geopolíticas del sistema moderno/colonial como observa Daniela Ortiz en su texto Criollos, expolios y alianzas coloniales publicado en línea esta semana como parte del reciente número de Terremoto.

Visitar España fue sin duda una experiencia llena de contrastes. Fuera de la cámara de eco que crea la burbuja del sistema del arte contemporáneo, España resultó un territorio desalentador: me dieron la bienvenida banderas españolas colgando de los balcones que miran a calles principales y callejones. Aquello supone una demostración del nacionalismo identitario que ha evidenciado, una vez más, los demonios de un país que se encuentra a pocos meses de las elecciones en el marco del movimiento independentista de Cataluña y de una creciente ola de migración. A partir de ello, el espacio público se reveló en constante disputa: desde la policía acosando a manteros —migrantes senegaleses tratando de subsistir por medio del comercio informal consecuencia de un sistema racista que les impide ser reconocidos como sujetos de derecho—, hasta la tensión de miradas y lenguajes corporales cada vez que una persona racializada entraba en una cafetería o en la oficina de correos. La coexistencia de discursos críticos latinoamericanos a través del arte en territorio español y la realidad cotidiana de acoso y violencia a migrantes y personas racializadas me obligan a preguntar: ¿qué implicaciones tiene poner en exhibición y circulación “arte latinoamericano” en un contexto como el de España donde los nacionalismos identitarios y la xenofobia se refuerzan día a día? ¿Qué rol juega la exhibición del arte latinoamericano en la configuración sistemática cognitiva del buen y el mal migrante? Abro estas preguntas para continuar con ellas en un futuro cercano de vuelta en Madrid.

 

Notas

  1. Graciela Speranza, Atlas portátil de América Latina. Arte y ficciones errantes. Spain: Anagrama, Colección Argumentos, 2012.

  2. Joaquín Barriendos, La idea del arte latinoamericano. Estudios globales del arte, geografías subalternas, regionalismos críticos. Ph.D thesis in Art History, Universidad de Barcelona, 2013.

  3. Ibid.

  4. Ibid.

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