Resulta revelador que muchos nos enteráramos de la futura Bienal de Yucatán no por una comunicación oficial, sino por una publicación en el Instagram de Kurimanzutto que, a…
Resulta revelador que muchos nos enteráramos de la futura Bienal de Yucatán no por una comunicación oficial, sino por una publicación en el Instagram de Kurimanzutto que, a finales de 2025, anunció en inglés y desde Miami el lanzamiento del proyecto. Desde ese momento surgieron muchas preguntas: ¿Cuál será el tema curatorial de este encuentro? ¿Ya se ha definido la lista de participantes? ¿Cómo se está financiando el evento? Ahora, a cuatro meses de la presentación, ya contamos con más respuestas, pero todavía circulan presentimientos ansiosos: ¿Qué relación tendrá con el territorio? ¿Qué formas de colaboración y participación se han previsto con los pueblos y comunidades mayas? ¿Cómo participar? ¿Vendrá Yoko Ono?
Recordemos que en la península ya se realizaron las “Bienales de Artes Visuales de Yucatán”, la primera en 1985 y la última en 2015. Estas iniciativas eran gestionadas y financiadas por sus respectivos gobiernos estatales. Estos eventos emplearon un modelo de convocatoria, jurado y concurso alineado a las tradiciones del siglo pasado. Ofrecía premios de hasta 130,000 pesos mexicanos para disciplinas hegemónicas como la pintura y la escultura. Al mismo tiempo, dejaba sin reconocimiento una amplia gama de prácticas artísticas contemporáneas e interdisciplinarias, como el performance, el arte textil, el arte conceptual, el arte relacional y otras propuestas que desbordan las categorías tradicionales. Estos concursos, a través del formato de convocatoria, supuestamente ofrecían democracia; lo que no articulaban era una intención pedagógica y argumentativa, con un arco conceptual y narrativo.
La Bienal de Yucatán que hoy se propone, resultado de la colaboración entre el sector privado y el Estado, no rompe con las lógicas de legitimación anteriores, sino que las actualiza mediante un aparato curatorial acorde con las demandas del circuito internacional del arte y de sus mecanismos de validación. Sin embargo, la respuesta de diversos agentes culturales en Mérida ha dejado claro que la misión de este tipo de eventos no es del todo obvia: por un lado, artistas jóvenes se preguntan, ¿qué es una bienal?; por otro lado, artistas consolidadxs se preguntan, ¿por qué no me invitaron? Lo que es evidente es que algunos detalles tienen que ver con cómo se ha comunicado el esfuerzo y también responden a que el proyecto sigue en construcción y no sabremos mucho hasta que suceda. Sin embargo, podemos encontrar algunas direcciones partiendo de sus principales gestores.
El mito fundacional de la Bienal
El mito fundacional de la Bienal comienza con Catherine Petitgas, coleccionista, mecenas, editora, filántropa y exfinanciera de Wall Street, autodesignada “embajadora del arte latinoamericano”. Petitgas, que principalmente habita en Londres, llega a Yucatán con su exesposo, Franck Petitgas, asesor financiero de múltiples bancos internacionales y posteriormente asesor económico del partido conservador-derechista del Reino Unido. Para Petitgas, el coleccionismo puede generar valor para la comunidad y “facilitar” el proceso por el cual un artista puede darse a conocer. Ya en Yucatán, compraron un segundo hogar en una casona histórica en el centro para habitar su colección de obras de Idalid Castillo, Lorena Ancona, Patricia Martín Briceño, Gerda Gruber, entre muchxs otxs.
Para el ojo de Petitgas, adaptado a los más altos circuitos del arte contemporáneo internacional, en el campo artístico yucateco “no pasaba mucho” y “no había realmente una escena”. Entonces, desde el 2023, deduce que existía una necesidad de acompañar y profesionalizar a una generación joven para introducirla en mercados nacionales e internacionales. Aquí nace Proyecto Y, junto con lxs artistas y gestores Fritzia Irizar y Óscar García, como una plataforma de acompañamiento y profesionalización que asumía, de manera no oficial, funciones de representación para estudiantes prometedores recién graduados de la Universidad Nacional de Artes de Yucatán. Este proyecto opera como una galería sin fines de lucro, organiza exhibiciones, genera redes y ofrece talleres de profesionalización bajo el estándar institucional de la escena de la Ciudad de México. La mayoría de lxs artistas locales seleccionadxs para participar en esta Bienal ya cuentan con una relación con el Proyecto Y.
Finalmente, a través de la Fundación Peninsular de Arte Contemporáneo A.C., Petitgas se compromete a financiar un tercio de las próximas tres ediciones de la Bienal. Con ello, una de las principales plataformas para la profesionalización artística pasa a operar bajo su tutela.
Local vs global
Para determinar si la Bienal es de Yucatán, tendríamos que descubrir las maneras en que esta bienal le pertenecería a Yucatán. Aclaramos que, aunque se nombre Bienal de Yucatán, no significa que la bienal sea sobre Yucatán, más bien, es una bienal “de carácter internacional’ en Yucatán. Esta intención se celebra con el sospechoso eslogan “la primera bienal internacional de México”, en donde encontramos a sesenta y cinco artistas, incluyendo varios nacionales, y la mayoría extranjeros, de los cuales quince son artistas locales que residen en Yucatán.
El artista Abraham Cruzvillegas fue seleccionado para ser el “director artístico” de la bienal, bajo el tema del “lenguaje y el idioma”. Cruzvillegas ya había tenido presencia en Mérida a través del Proyecto Y, y ahora, lo invitan por su reconocimiento en el circuito internacional del arte, el énfasis pedagógico de su práctica y su acompañamiento a lxs artistas locales. Sin embargo, en un medio en el que se promueven modelos curatoriales más colaborativos y situados, el proyecto perdió la oportunidad de compartir la curaduría con un agente local.
La amplia lista de participantes, muchxs ya reconocidos dentro del circuito de bienales, amistades de Cruzvillegas o del roster de Kurimanzutto, desnuda la ambición de cómo se quiere insertar esta propuesta dentro del sistema del mundo del arte. La actitud es, entre más grande, mejor, un statement diseñado para impresionar, mediatizar y resonar. Sin embargo, queda por definir cómo esta selección de participantes responde a un trabajo investigativo curatorial, y qué responsabilidades se evaden bajo el título de “dirección artística” contrastadas con el trabajo de un curador.
Entre lxs artistas y colectivos locales, algunos recién egresados y sin representación institucional, se percibe gratitud, optimismo y nerviosismo. Hay una cierta emoción de compartir espacio con artistas canónicas como Cecilia Vicuña, Yoko Ono y Mónica Mayer. Al mismo tiempo, también emerge un sentido de compañerismo entre quienes pertenecen a una misma generación. Lxs participantxs recibirán honorarios de 17,000 pesos mexicanos, además de un presupuesto de producción y acompañamiento para el desarrollo de sus obras. En sus hombros cae la responsabilidad de representar la escena local, sin la aprobación de muchxs artistas consagradxs de Mérida.
La tensión entre lo local y lo global ha permeado la crítica de arte por los últimos treinta años y las desigualdades económicas en el contexto artístico han favorecido una lógica cosmopolita de alcance internacional en donde se reducen las comunidades a sitios y no a lugares. Este debate inspiró a la crítica Lucy Lippard a describir la tendencia de la globalización a producir no-espacios: la ciudad como sitio se vuelve un itinerario, la ciudad como lugar se habita; un sitio se exhibe, un lugar se vive. De la misma manera, la escritora Jenny Wu pregunta “¿Por qué las bienales de arte no pueden ser pequeñas?” para enfatizar la necesidad de preservar rituales locales en un circuito global cada vez más estandarizado. Entonces, nos quedan las preguntas: ¿Cómo se articula la relación con Yucatán más allá de la presentación de un paisaje hospitalario como marco de la Bienal? ¿Qué la distinguirá filosóficamente y estructuralmente de otros eventos del mismo calibre? ¿Cómo se plantea la circulación de la Bienal fuera de Mérida?
La Bienal y el espejismo de una ciudad global
Desde la concepción de eventos canónicos, como la Bienal de Venecia, estos encuentros han funcionado como una herramienta para presentar la ciudad como destino moderno, internacional y sofisticado. Paco Barragán nombró esto como un “soft power neoliberal”: una estrategia de relaciones públicas a favor de las lógicas del mercado. Es una proyección internacional que busca consecuencias turísticas y financieras. De manera explícita, para Petitgas, el criterio de éxito será recibir entre sesenta mil y setenta mil visitantes durante los tres meses que estará expuesta la bienal. Atando esta métrica del éxito con la oferta turística de Mérida, Petitgas menciona que la ciudad sí cuenta con el soporte hospitalario para ser anfitriona de este tipo de evento cultural. La infraestructura a la que se refiere incluye los seis mil seiscientos Airbnbs y múltiples hoteles boutique. Una configuración que, en conjunto con especulación inmobiliaria, bajos salarios, crisis ambientales y modelos políticos que favorecen la gentrificación, han vuelto a Mérida una de las ciudades más caras para vivir, una realidad que drásticamente afecta la vida de artistas locales.
La ciudad cuenta con un régimen turístico, pero más allá de eso, ¿en qué condiciones se encuentra para quienes la habitan? La cotidianidad está marcada por inundaciones, baches, escarpas imposibles de transitar, escasez de agua, rutas de transporte público insuficientes, falta de planeación urbana que reduce el ciclismo a un paseo dominical, impulsada por el desarrollo inmobiliario, y constantes apagones por falta de infraestructura energética. ¿Cómo puede la inversión en eventos sobre el arte contemporáneo generar cambios estructurales que beneficien a toda la comunidad y no solo a un sector?
Más que visibilizar las fallas estructurales en Yucatán, es urgente dejar de replicar campañas que venden a Mérida como el único paraíso seguro de México y un destino para inversión inmobiliaria. Una de las mayores problemáticas que están en boca de todo el país son la gentrificación y la sobreexplotación de los recursos naturales para beneficio de pocos. Realizar una bienal internacional en este contexto implica un reto y una responsabilidad mayores que lo aparente: el desafío de crear un evento que integre verdaderamente al territorio, más allá de crear una imagen de la Mérida “segura” y “chula”. Necesitamos un turismo responsable que conecte de forma genuina con la cultura local, incluso cuando ésta resulte incómoda.
Ferialización de las Bienales
Además del programa público y de las tendencias pedagógicas de estos eventos, también integran, de manera explícita, la solidificación de nuevos mercados del arte. Son festivales culturales en donde circulan coleccionistas, galeristas, compradorxs y comerciantes del arte para mantenerse al tanto de las tendencias estéticas y temáticas de una escena local y global. Son oportunidades para que artistas emergentes puedan interactuar con intermediarios y agentes de legitimación del mercado del arte y así, poder eventualmente, gestionar posibles representaciones y ventas.
Por ejemplo, la Feria de Arte Material ya se encuentra promocionando un viaje a Yucatán para facilitar accesos exclusivos a estudios, talleres y eventos a través de la experiencia cultural que ofrece el estado. En escenas periféricas como las de Yucatán, esta función de las bienales como plataformas de circulación y legitimación económica eleva las expectativas, posibilidades y anhelos de poder finalmente vivir del arte y profesionalizarse a través del mercado. Es decir, como nos recuerda Barragán, las Bienales, más allá de su propuesta curatorial y narración teórica —con arcos conceptuales amigables con el neoliberalismo—, existen para establecer relaciones económicas entre agentes y mercados.
Celebrar un gol
Las próximas bienales ya cuentan, prematuramente, con dirección curatorial, con el tema de la identidad para el 2028 y el tema de la ecología en el 2030. Lo que comienza este año resonará por muchos más, y junto con propuestas como la del Week of Art Yucatán, están creando un nuevo capítulo de gestión local y proyección internacional para nuestra escena.
Pero mientras Yucatán continúe sin ofrecer licenciaturas, maestrías o diplomados en curaduría, periodismo cultural, museografía o historia del arte, el poder discursivo para describir y gestionar nuestra escena recaerá en pensadorxs y lógicas artísticas ajenas al contexto local. La Bienal puede ser una oportunidad para formar periodistas culturales, capacitar estudios curatoriales y proponer políticas culturales, para que así la escena viva cambios estructurales que puedan incrementar la calidad de vida y el poder político de artistas emergentes y comunidades locales.
Como artistas no contamos con la autonomía financiera para rechazar la participación en una bienal. La promesa del mundo del arte involucra un compromiso implícito e incuestionable con sus estructuras. Existe una presión institucional, en donde la invitación a una bienal, en cualquier parte del mundo, no importa quién lo financia o su impacto en la escena local, siempre abrirá oportunidades profesionales y económicas, pero sin garantías. La escritora Sandra Sánchez nos recuerda que “el lugar de circulación no es un añadido accesorio a la experiencia artística: es su condición de posibilidad”. Esperemos llegar a un día en donde lxs artistas tengan más poder para decidir dónde y bajo qué condiciones mostrar sus artes.
Desde estas contradicciones nos preguntamos: ¿Qué tipo de estructura económica y política es necesaria que exista para que una sola persona pueda financiar parcialmente seis años de gestión de este tipo de eventos? ¿Cómo podemos construir infraestructuras de hospitalidad alternativas para eventos culturales que no perpetúen la gentrificación y la especulación inmobiliaria? ¿De qué maneras un circuito de arte debe responder a los problemas que enfrentan las escenas en que se despliegan? ¿Cómo puede ser la celebración del arte un espacio de reunión cívica?
Es muy temprano para saber si la Bienal en Yucatán aportará conceptos y estructuras productivas para mejorar nuestras condiciones de vida. Su expectativa se asemeja a la Copa Mundial de la FIFA, un evento principalmente mediático que promete celebrar la experiencia y reunir a los mejores equipos internacionales, atraer turistas, generar derrame económico, construir nuevos estadios y emocionar a muchos buscatalentos. Pero, de la misma manera que se puede odiar a la FIFA y amar el fútbol, se puede ser crítico y sospechoso de este tipo de eventos. Se puede gozar del arte, apoyar al equipo local y preguntarnos qué relaciones económicas oculta, qué mundo construye y qué poderes se benefician. Estamos en un momento en la historia del arte en el que si el arte no se posiciona contra la especulación inmobiliaria, bajos salarios, crisis ambientales y gentrificación, entonces se la encontrará perpetuando. No es solo meter goles; es generar plataformas horizontales en donde todxs podamos jugar en paz. Algo solo posible cuando construimos escenas en contra de las lógicas del despojo y el saqueo neoliberal.

Resulta revelador que muchos nos enteráramos de la futura Bienal de Yucatán no por una comunicación oficial, sino por una publicación en el Instagram de Kurimanzutto que, a finales de 2025, anunció en inglés y desde Miami el lanzamiento del proyecto. Desde ese momento surgieron muchas preguntas: ¿Cuál será el tema curatorial de este encuentro? ¿Ya se ha definido la lista de participantes? ¿Cómo se está financiando el evento? Ahora, a cuatro meses de la presentación, ya contamos con más respuestas, pero todavía circulan presentimientos ansiosos: ¿Qué relación tendrá con el territorio? ¿Qué formas de colaboración y participación se han previsto con los pueblos y comunidades mayas? ¿Cómo participar? ¿Vendrá Yoko Ono?
Recordemos que en la península ya se realizaron las “Bienales de Artes Visuales de Yucatán”, la primera en 1985 y la última en 2015. Estas iniciativas eran gestionadas y financiadas por sus respectivos gobiernos estatales. Estos eventos emplearon un modelo de convocatoria, jurado y concurso alineado a las tradiciones del siglo pasado. Ofrecía premios de hasta 130,000 pesos mexicanos para disciplinas hegemónicas como la pintura y la escultura. Al mismo tiempo, dejaba sin reconocimiento una amplia gama de prácticas artísticas contemporáneas e interdisciplinarias, como el performance, el arte textil, el arte conceptual, el arte relacional y otras propuestas que desbordan las categorías tradicionales. Estos concursos, a través del formato de convocatoria, supuestamente ofrecían democracia; lo que no articulaban era una intención pedagógica y argumentativa, con un arco conceptual y narrativo.
La Bienal de Yucatán que hoy se propone, resultado de la colaboración entre el sector privado y el Estado, no rompe con las lógicas de legitimación anteriores, sino que las actualiza mediante un aparato curatorial acorde con las demandas del circuito internacional del arte y de sus mecanismos de validación. Sin embargo, la respuesta de diversos agentes culturales en Mérida ha dejado claro que la misión de este tipo de eventos no es del todo obvia: por un lado, artistas jóvenes se preguntan, ¿qué es una bienal?; por otro lado, artistas consolidadxs se preguntan, ¿por qué no me invitaron? Lo que es evidente es que algunos detalles tienen que ver con cómo se ha comunicado el esfuerzo y también responden a que el proyecto sigue en construcción y no sabremos mucho hasta que suceda. Sin embargo, podemos encontrar algunas direcciones partiendo de sus principales gestores.

El mito fundacional de la Bienal
El mito fundacional de la Bienal comienza con Catherine Petitgas, coleccionista, mecenas, editora, filántropa y exfinanciera de Wall Street, autodesignada “embajadora del arte latinoamericano”. Petitgas, que principalmente habita en Londres, llega a Yucatán con su exesposo, Franck Petitgas, asesor financiero de múltiples bancos internacionales y posteriormente asesor económico del partido conservador-derechista del Reino Unido. Para Petitgas, el coleccionismo puede generar valor para la comunidad y “facilitar” el proceso por el cual un artista puede darse a conocer. Ya en Yucatán, compraron un segundo hogar en una casona histórica en el centro para habitar su colección de obras de Idalid Castillo, Lorena Ancona, Patricia Martín Briceño, Gerda Gruber, entre muchxs otxs.
Para el ojo de Petitgas, adaptado a los más altos circuitos del arte contemporáneo internacional, en el campo artístico yucateco “no pasaba mucho” y “no había realmente una escena”. Entonces, desde el 2023, deduce que existía una necesidad de acompañar y profesionalizar a una generación joven para introducirla en mercados nacionales e internacionales. Aquí nace Proyecto Y, junto con lxs artistas y gestores Fritzia Irizar y Óscar García, como una plataforma de acompañamiento y profesionalización que asumía, de manera no oficial, funciones de representación para estudiantes prometedores recién graduados de la Universidad Nacional de Artes de Yucatán. Este proyecto opera como una galería sin fines de lucro, organiza exhibiciones, genera redes y ofrece talleres de profesionalización bajo el estándar institucional de la escena de la Ciudad de México. La mayoría de lxs artistas locales seleccionadxs para participar en esta Bienal ya cuentan con una relación con el Proyecto Y.
Finalmente, a través de la Fundación Peninsular de Arte Contemporáneo A.C., Petitgas se compromete a financiar un tercio de las próximas tres ediciones de la Bienal. Con ello, una de las principales plataformas para la profesionalización artística pasa a operar bajo su tutela.
Local vs global
Para determinar si la Bienal es de Yucatán, tendríamos que descubrir las maneras en que esta bienal le pertenecería a Yucatán. Aclaramos que, aunque se nombre Bienal de Yucatán, no significa que la bienal sea sobre Yucatán, más bien, es una bienal “de carácter internacional’ en Yucatán. Esta intención se celebra con el sospechoso eslogan “la primera bienal internacional de México”, en donde encontramos a sesenta y cinco artistas, incluyendo varios nacionales, y la mayoría extranjeros, de los cuales quince son artistas locales que residen en Yucatán.
El artista Abraham Cruzvillegas fue seleccionado para ser el “director artístico” de la bienal, bajo el tema del “lenguaje y el idioma”. Cruzvillegas ya había tenido presencia en Mérida a través del Proyecto Y, y ahora, lo invitan por su reconocimiento en el circuito internacional del arte, el énfasis pedagógico de su práctica y su acompañamiento a lxs artistas locales. Sin embargo, en un medio en el que se promueven modelos curatoriales más colaborativos y situados, el proyecto perdió la oportunidad de compartir la curaduría con un agente local.
La amplia lista de participantes, muchxs ya reconocidos dentro del circuito de bienales, amistades de Cruzvillegas o del roster de Kurimanzutto, desnuda la ambición de cómo se quiere insertar esta propuesta dentro del sistema del mundo del arte. La actitud es, entre más grande, mejor, un statement diseñado para impresionar, mediatizar y resonar. Sin embargo, queda por definir cómo esta selección de participantes responde a un trabajo investigativo curatorial, y qué responsabilidades se evaden bajo el título de “dirección artística” contrastadas con el trabajo de un curador.
Entre lxs artistas y colectivos locales, algunos recién egresados y sin representación institucional, se percibe gratitud, optimismo y nerviosismo. Hay una cierta emoción de compartir espacio con artistas canónicas como Cecilia Vicuña, Yoko Ono y Mónica Mayer. Al mismo tiempo, también emerge un sentido de compañerismo entre quienes pertenecen a una misma generación. Lxs participantxs recibirán honorarios de 17,000 pesos mexicanos, además de un presupuesto de producción y acompañamiento para el desarrollo de sus obras. En sus hombros cae la responsabilidad de representar la escena local, sin la aprobación de muchxs artistas consagradxs de Mérida.
La tensión entre lo local y lo global ha permeado la crítica de arte por los últimos treinta años y las desigualdades económicas en el contexto artístico han favorecido una lógica cosmopolita de alcance internacional en donde se reducen las comunidades a sitios y no a lugares. Este debate inspiró a la crítica Lucy Lippard a describir la tendencia de la globalización a producir no-espacios: la ciudad como sitio se vuelve un itinerario, la ciudad como lugar se habita; un sitio se exhibe, un lugar se vive. De la misma manera, la escritora Jenny Wu pregunta “¿Por qué las bienales de arte no pueden ser pequeñas?” para enfatizar la necesidad de preservar rituales locales en un circuito global cada vez más estandarizado. Entonces, nos quedan las preguntas: ¿Cómo se articula la relación con Yucatán más allá de la presentación de un paisaje hospitalario como marco de la Bienal? ¿Qué la distinguirá filosóficamente y estructuralmente de otros eventos del mismo calibre? ¿Cómo se plantea la circulación de la Bienal fuera de Mérida?

La Bienal y el espejismo de una ciudad global
Desde la concepción de eventos canónicos, como la Bienal de Venecia, estos encuentros han funcionado como una herramienta para presentar la ciudad como destino moderno, internacional y sofisticado. Paco Barragán nombró esto como un “soft power neoliberal”: una estrategia de relaciones públicas a favor de las lógicas del mercado. Es una proyección internacional que busca consecuencias turísticas y financieras. De manera explícita, para Petitgas, el criterio de éxito será recibir entre sesenta mil y setenta mil visitantes durante los tres meses que estará expuesta la bienal. Atando esta métrica del éxito con la oferta turística de Mérida, Petitgas menciona que la ciudad sí cuenta con el soporte hospitalario para ser anfitriona de este tipo de evento cultural. La infraestructura a la que se refiere incluye los seis mil seiscientos Airbnbs y múltiples hoteles boutique. Una configuración que, en conjunto con especulación inmobiliaria, bajos salarios, crisis ambientales y modelos políticos que favorecen la gentrificación, han vuelto a Mérida una de las ciudades más caras para vivir, una realidad que drásticamente afecta la vida de artistas locales.
La ciudad cuenta con un régimen turístico, pero más allá de eso, ¿en qué condiciones se encuentra para quienes la habitan? La cotidianidad está marcada por inundaciones, baches, escarpas imposibles de transitar, escasez de agua, rutas de transporte público insuficientes, falta de planeación urbana que reduce el ciclismo a un paseo dominical, impulsada por el desarrollo inmobiliario, y constantes apagones por falta de infraestructura energética. ¿Cómo puede la inversión en eventos sobre el arte contemporáneo generar cambios estructurales que beneficien a toda la comunidad y no solo a un sector?
Más que visibilizar las fallas estructurales en Yucatán, es urgente dejar de replicar campañas que venden a Mérida como el único paraíso seguro de México y un destino para inversión inmobiliaria. Una de las mayores problemáticas que están en boca de todo el país son la gentrificación y la sobreexplotación de los recursos naturales para beneficio de pocos. Realizar una bienal internacional en este contexto implica un reto y una responsabilidad mayores que lo aparente: el desafío de crear un evento que integre verdaderamente al territorio, más allá de crear una imagen de la Mérida “segura” y “chula”. Necesitamos un turismo responsable que conecte de forma genuina con la cultura local, incluso cuando ésta resulte incómoda.
Ferialización de las Bienales
Además del programa público y de las tendencias pedagógicas de estos eventos, también integran, de manera explícita, la solidificación de nuevos mercados del arte. Son festivales culturales en donde circulan coleccionistas, galeristas, compradorxs y comerciantes del arte para mantenerse al tanto de las tendencias estéticas y temáticas de una escena local y global. Son oportunidades para que artistas emergentes puedan interactuar con intermediarios y agentes de legitimación del mercado del arte y así, poder eventualmente, gestionar posibles representaciones y ventas.
Por ejemplo, la Feria de Arte Material ya se encuentra promocionando un viaje a Yucatán para facilitar accesos exclusivos a estudios, talleres y eventos a través de la experiencia cultural que ofrece el estado. En escenas periféricas como las de Yucatán, esta función de las bienales como plataformas de circulación y legitimación económica eleva las expectativas, posibilidades y anhelos de poder finalmente vivir del arte y profesionalizarse a través del mercado. Es decir, como nos recuerda Barragán, las Bienales, más allá de su propuesta curatorial y narración teórica —con arcos conceptuales amigables con el neoliberalismo—, existen para establecer relaciones económicas entre agentes y mercados.
Celebrar un gol
Las próximas bienales ya cuentan, prematuramente, con dirección curatorial, con el tema de la identidad para el 2028 y el tema de la ecología en el 2030. Lo que comienza este año resonará por muchos más, y junto con propuestas como la del Week of Art Yucatán, están creando un nuevo capítulo de gestión local y proyección internacional para nuestra escena.
Pero mientras Yucatán continúe sin ofrecer licenciaturas, maestrías o diplomados en curaduría, periodismo cultural, museografía o historia del arte, el poder discursivo para describir y gestionar nuestra escena recaerá en pensadorxs y lógicas artísticas ajenas al contexto local. La Bienal puede ser una oportunidad para formar periodistas culturales, capacitar estudios curatoriales y proponer políticas culturales, para que así la escena viva cambios estructurales que puedan incrementar la calidad de vida y el poder político de artistas emergentes y comunidades locales.
Como artistas no contamos con la autonomía financiera para rechazar la participación en una bienal. La promesa del mundo del arte involucra un compromiso implícito e incuestionable con sus estructuras. Existe una presión institucional, en donde la invitación a una bienal, en cualquier parte del mundo, no importa quién lo financia o su impacto en la escena local, siempre abrirá oportunidades profesionales y económicas, pero sin garantías. La escritora Sandra Sánchez nos recuerda que “el lugar de circulación no es un añadido accesorio a la experiencia artística: es su condición de posibilidad”. Esperemos llegar a un día en donde lxs artistas tengan más poder para decidir dónde y bajo qué condiciones mostrar sus artes.
Desde estas contradicciones nos preguntamos: ¿Qué tipo de estructura económica y política es necesaria que exista para que una sola persona pueda financiar parcialmente seis años de gestión de este tipo de eventos? ¿Cómo podemos construir infraestructuras de hospitalidad alternativas para eventos culturales que no perpetúen la gentrificación y la especulación inmobiliaria? ¿De qué maneras un circuito de arte debe responder a los problemas que enfrentan las escenas en que se despliegan? ¿Cómo puede ser la celebración del arte un espacio de reunión cívica?
Es muy temprano para saber si la Bienal en Yucatán aportará conceptos y estructuras productivas para mejorar nuestras condiciones de vida. Su expectativa se asemeja a la Copa Mundial de la FIFA, un evento principalmente mediático que promete celebrar la experiencia y reunir a los mejores equipos internacionales, atraer turistas, generar derrame económico, construir nuevos estadios y emocionar a muchos buscatalentos. Pero, de la misma manera que se puede odiar a la FIFA y amar el fútbol, se puede ser crítico y sospechoso de este tipo de eventos. Se puede gozar del arte, apoyar al equipo local y preguntarnos qué relaciones económicas oculta, qué mundo construye y qué poderes se benefician. Estamos en un momento en la historia del arte en el que si el arte no se posiciona contra la especulación inmobiliaria, bajos salarios, crisis ambientales y gentrificación, entonces se la encontrará perpetuando. No es solo meter goles; es generar plataformas horizontales en donde todxs podamos jugar en paz. Algo solo posible cuando construimos escenas en contra de las lógicas del despojo y el saqueo neoliberal.