Edición 7: La vida eterna

Frank Báez

Tiempo de lectura: 4 minutos

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28.11.2016

The end of the world arrived in my neighbourhood

Llegó el fin del mundo a mi barrio. 1 En primaria y en bachillerato los profesores solían contar que poco después de la llegada de los conquistadores a la isla estos fueron atacados por un ejército de taínos que estaban hastiados de los abusos y las fechorías que los españoles cometían a diario. A pesar […]

Llegó el fin del mundo a mi barrio.

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1

En primaria y en bachillerato
los profesores solían contar
que poco después de la llegada
de los conquistadores a la isla
estos fueron atacados por un ejército
de taínos que estaban hastiados
de los abusos y las fechorías que
los españoles cometían a diario.
A pesar de esto, no pudieron causar
muchas bajas ya que en medio de la batalla
se apareció la Virgen de las Mercedes
como si fuera Atenea en la Ilíada
y ayudó a que los conquistadores
vencieran y sometieran a los taínos.

Ya sabemos que la historia está escrita
por los vencedores y que está plagada
de incoherencias y que hasta se puede
interpretar a conveniencia
como hizo aquella monjita
de la parroquia del Santo Cerro
que cuando la increpé por lo sucedido
me confesó que la virgen en el fondo
se encontraba del lado de los pobres indios.

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2

Han pasado casi diez años
y los que se hicieron tatuajes entonces
hoy se arrodillan en las iglesias
a pedirle a Jesús que se los borre.

En las esquinas los que anuncian
el fin del mundo se quedan bobos
al ver al loco que traza círculos
en el barrio como si fuera un filósofo.

¿Estará explicándonos la teoría
del eterno retorno con sus recorridos?
¿No les recuerda al Oscuro de Éfeso
con su ropa rasgada y sus ojos perdidos?

La astróloga explica que las pesadillas
son trailers de las cosas que vendrán.
Golpean a tu puerta y al abrir está la estríper
que ahora es Testigo de Jehová.
Acá todo ha perdido su magia.
Aquellos resplandores
que en las noches pensabas
que eran ovnis resultaron ser drones.

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Nostradamus me jodió la adolescencia.
O quizás fue culpa de Orson Welles
que narró aquel documental sobre
las profecías de Nostradamus
en el que aparecía fumando muy campante
en un despacho mientras anunciaba
desastre tras desastre.

El hombre que veía el mañana
es la traducción literal del documental.
Lo vi por primera vez a los ocho años
y al terminar yo calculaba que
para el dos mil
-que es cuando anunciaban
que se terminaría el mundo –
yo apenas tendría 22 años.

Claro, pasó el tiempo y me di cuenta
de que todo era una farsa
y que las predicciones no eran
más que propaganda
sobre todo esa de que el mundo
se acabaría en el dos mil
aunque debo reconocer que lo de Y2K
me hizo temblar y recuerdo que no
celebré el año nuevo hasta estar
seguro de que ninguna potencia
lanzaría sus misiles.

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Y ningún país del Caribe
aparece en las predicciones de Nostradamus
aunque en realidad yo nunca me he atrevido
a leer los libros o a averiguar
más allá de lo que mostró
Orson Welles en el documental
que por cierto
pasaban en la televisión dominicana
todos los viernes santos.
Nostradamus no sólo me jodió a mí
sino también a mi generación.
Y la prueba está en la proliferación
de las bancas de apuesta.

El otro día en el noticiero
vi una caravana de vehículos
dirigiéndose a la loma del Chivo,
que de acuerdo a un pastor gordo
y carismático como Orson Welles
será el último bastión del planeta
cuando llegue el apocalipsis.

El reportaje duró varios minutos
como si hubiera una posibilidad
de que llegase el apocalipsis
y pudieran transmitirlo en vivo
pero yo no tuve más paciencia
y cambié el canal.

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4

Llegó el fin del mundo a mi barrio
sin que a nadie le importara.
Mis padres veían CNN
esperando el boletín especial.
Los liquor stores y los cybercafés
siguieron abiertos hasta tarde.
Nadie comprendía las señales.
Hasta la mujer que vio la silueta
de la virgen de la Altagracia
en el cristal delantero de su jeepeta
fue al car wash a lavarla.

Nadie se percató que aquel caballo blanco

que arrastraba una carreta de naranjas

era del apocalipsis.

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Moteles y bingos estaban abarrotados.
Las evangélicas que con sus panfletos
habían anunciado tanto el fin
se fueron a la cama temprano.
No cortaron las líneas de teléfono
ni se llevaron el agua y la luz.
Nadie vio las estrellas que caían del cielo.
Para cuando el arcángel Miguel sonó la trompeta
el partido de los Yankees
iba por el octavo inning.

 

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