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Reportes

Florencia Carrizo, Eva Posas, Mônica Hoff

Tiempo de lectura: 11 minutos

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28.04.2022

Ni apocalipsis ni paraíso. Una conversación entre Florencia Carrizo, Mônica Hoff y Eva Posas

Sobre la última edición de Materia Abierta, y desde la incertidumbre como un lugar de especulación teórica y de acción propositiva, Florencia Carrizo, Mônica Hoff y Eva Posas constelan las posibilidades infinitas de la poesía como metodología de aprendizaje

Con la mirada distorsionada por las videoconferencias, nave de teletransportación entre fronteras y coordenadas, husos horarios y lenguas, pregunto:

Cuando comenzaron las conversaciones para la curaduría constelar de esta edición de Materia Abierta, ¿qué horizontes e imaginarios invocaron desde sus experiencias? ¿Cuáles serían comunes al arte, la tecnología y la teoría?

nica Hoff: Cuando se arma un programa, conlleva un sinfín de deseos e ilusiones, muchas intuiciones y algunas pocas certezas. Principalmente, cuando se trata de un programa basado en el aprendizaje, desde el que se desea enseñar aquello que en realidad se quiere aprender. Es decir, un lugar donde, más que compartir certezas, se desea inventar juntes otras posibles incertidumbres y, con eso, otros modos diversos de coexistir.

Empezamos a pensar Ni apocalipsis ni paraíso en octubre de 2019, creyendo que sería un programa de modalidad presencial en CDMX durante agosto de 2020. Desde entonces existían dos elementos primordiales para nosotras: la calidad del encuentro y la posibilidad de la poesía como metodología de aprendizaje.

¿Qué significa reunir personas que no se conocen a compartir un proceso? ¿Cómo construir un espacio de aprendizaje basado en el cuidado, en la convivencia y la escucha? ¿En lo que no tiene nombre o no está dicho? ¿Cómo construir una especie de horizontalidad estimulante desde un programa de aprendizaje? ¿Cómo usar mejor el tiempo y el espacio para llegar a esta condición? ¿Cómo se relacionan la propuesta teórica con su ocurrencia práctica? Estas preguntas estuvieron presentes desde nuestras primeras reuniones y se complejizaron cuando la pandemia explotó, cambiando completamente nuestras vidas.

La incertidumbre, que proponemos como un lugar de especulación teórica y de acción propositiva, de repente se volvió norma. Quedamos en estado de espera y observación durante todo el 2020. El debate que habíamos pensado originalmente lo estábamos viviendo en tiempo real. En otras palabras, nuestro horizonte se volvió algo impreciso y totalmente inestable, cambiando casi a diario.
Nuevos problemas exigen nuevas respuestas, pero también nuevas preguntas y/o formas de preguntar. ¿En qué medida lo que diseñamos en un primer momento hacía sentido aún y para quién? ¿Qué preguntas podríamos proponer en aquel momento más allá de lo retórico? ¿Cómo no caer en relativismos oportunistas o en políticas de salvación? ¿Cómo habitar la incertidumbre sin tornarla una certeza benevolente? ¿Cómo huir de la capitalización de los conceptos y del agotamiento de las palabras, estrategias tan presentes como desgastadas en el mundo del arte? ¿Cómo, después de una pandemia, no reproducir las lógicas de vida que nos trajeron hasta aquí? ¿Cómo construir pensamiento crítico desde el corazón, los pulmones y el hígado? ¿Cómo ser menos elocuente y más muscular, articulades y fotosintéticas? ¿Cómo operar desde una biodisponibilidad poética sublingual? ¿Cómo ser humanes aún, sin insistir en saber lo que ya sabemos? ¿Qué tiene esto que ver con nuestras prácticas y qué necesitamos y queremos (des)aprender? ¿Qué propusimos finalmente, cuando todo parecía estar reordenándose?

En definitiva, creo que no lo veíamos, aunque buscábamos un horizonte que pudiese huir de las lógicas lineales y binarias de pensamiento, conciencia y creación, trabajando desde saberes y experiencias que en su divergencia con la linealidad del espacio-tiempo pudiesen construir diferencia. A esto lo encontramos en lo impreciso, lo interpretativo, la recombinación, los rituales, es decir, los sueños, la poesía, los conocimientos entrañables, la sanación política, también en perspectivas algorítmicas feministas, en la comida como lugar de resistencia ancestral y en una biodisponibilidad poética sublingual, disponibilidad para la producción de errores de sistema y la creación de lo poético, más allá del poema. No nos interesaba hablar de futuro, sino de la necesidad práctica, política y poética de garantizar otros presentes.

Eva Posas: Curiosamente, nuestros primeros acercamientos al programa venían de un coqueteo con el futuro, de pensar en un futuro sin futuro. ¿Cómo hablar del futuro, de Materia Abierta, cuando estábamos en tres temporalidades diferentes del planeta, cada une con sus respectivos contextos geopolíticos? ¿Cómo hablar de otros futuros que no fueran norte-sur-este-oeste, salirnos de husos horarios, o reconocerlos y abrazarlos? ¿Por qué hablar del futuro?

La convocatoria de esta primera versión del programa estaba a punto de publicarse cuando la pandemia se desató y la pusimos en pausa. La crisis era más que evidente por todos lados y decidimos observar respetuosamente, en silencio, sin ponerle palabras a lo que estaba ocurriendo. En pláticas previas habíamos pensado precisamente que las crisis ponen en cuestión las palabras, nos obligan a pensar lo qué queremos decir. En ese momento, las únicas palabras donde encontrábamos algún tipo de refugio era en la poesía, en las lecturas que hacíamos en conjunto, en tejer nuevos rituales cotidianos para mantenernos a flote: desde leer libros que nada tuvieran que ver con teoría, plantar tomates, cocinar mucho, tomar talleres de escritura; desear lo mejor y acompañarnos desde los mensajes de WhatsApp.

Imaginamos el programa tres veces, cada una nutrida por los diferentes momentos sociales y personales que atravesamos, aunque siempre regresamos a la poesía como nuestro eje primordial. Aquello que deseábamos seguir explorando, lo que nos ayudaba a soñar, en vez de tener pesadillas, alimentó nuestra propuesta. En algún momento hablamos de Flusser, diciendo que la realidad se había creado desde el lenguaje, y ésta a su vez por la poesía. Para enfrentar nuestros problemas, entonces, necesitamos inventar poéticamente. La poesía tiene esa rebeldía en contra de los significados singulares, y desde ahí pensar en cómo emanciparnos a través del lenguaje en uso, diluir la idea del futuro en otras formas narrativas, ficciones y sobre todo en el acuerpamiento, en observar y nombrar la experiencia corpórea por la que atravesábamos.

¿Cómo imaginan, desde el habitar en residencia, una posible descripción de la temporalidad que se produjo a partir de las preguntas que se compusieron a lo largo de esta edición de Materia Abierta?
MH: ​​Creo que no se produjo una única temporalidad. Me parece que a lo largo de las cinco semanas vivimos una superposición de temporalidades diversas y flotantes definidas por diferentes niveles de experiencia. Aunque estábamos participando desde nuestras casas, a través de la pantalla, me parece que se ha construido una relación de intimidad, cariño y cuidado muy interesante, y eso era muy importante para nosotres. La construcción del encuentro es tan importante como la organización de un currículo. La experiencia no es algo lineal.

EP: Quizás la posibilidad de otra temporalidad se sigue tejiendo en la memoria, como esa nata mental que se vive muy real desde nuestras cabezas, pero que se alimenta también de recuerdos inventados, nuevas ficciones y retazos de otras experiencias que crean una nueva composición de lo acontecido cada vez que piensas en ello. Aún seguimos leyendo o “interpretando” la información que vivimos en conjunto. Desde la memoria como lugar construimos otros presentes. En lugar de jugar desde la especulación, nos dedicamos a recordar nuevos recuerdos de la mano con los proyectos y geografías de cada une de les participantes.

En Materia Abierta se trazaron y practicaron otras formas de encuentro entrelazadas a las prácticas artísticas; concretamente, ¿cuáles consideran que hayan tocado en un punto neurálgico de transformación de la materia?

MH: Los encuentros más enfocados en el cuerpo y en otros modos de conciencia fueron muy importantes para llegar al lugar de transformación de la materia; aunque es, justamente, la combinación de elementos diferentes que nos permiten ir más allá de ellos mismos, generando así otros modos de un coexistir diverso. Quizás sea este el punto neurálgico: cómo los sueños, los algoritmos, la idea de ecología queer, la comida, la escritura, el corazón, la deuda y el tarot pueden enseñarnos otras formas de aprender, de coexistir y de construir otros presentes.

EP: Y así fue que lo pensamos desde la práctica de cada une de les invitades: The Sensing Salon retomó ejercicios adivinatorios y de sanación para expandirse más allá de los discursos del arte; con Sidarta Ribeiro exploramos el sueño como construcción de la memoria y la identificación, incluso, una posible predicción de futuros. Juan López Intzín nos compartió un poco de su idioma maya tseltal y con ello, los hilos conductores entre lenguaje, cuerpo, energía y espíritu o, en sus palabras, epistemologías del corazón. JD Pluecker tradujo la escritura y procesos artísticos como proceso de digestión.
Con Dawn Chan hablamos de los videojuegos como la construcción de otros mundos entre la utopía y la distopía. María Buenaventura nos hizo cocinar en conjunto, ingerir y digerir en conjunto pese a la distancia física. Maximiliano Mamani compartió una apacheta, una construcción colectiva de su comunidad, un vínculo entre el supra e inframundo que conecta lo que ya pasó y lo que está por pasar. Luciana Parisi abordó la posibilidad de usar el lenguaje algorítmico computacional y la inteligencia artificial como una forma de hackear los límites de la razón. Finalmente, con Verónica Gago abordamos distintas versiones de tiempo desde un posicionamiento feminista, a partir de la especulación como forma de conectar con el umbral.

En perspectiva, fue como un recorrido por el cuerpo con varios corazones, cerebros, intestinos y miembros ejercitando otras capacidades motoras, re-aprendiendo a comer, a respirar.

Invoco aquí a Gloria Anzaldúa para pensar esta pregunta que me resulta necesaria: ¿qué hay de espiritual en las fusiones y mezclas de lenguajes que han amasado para esta edición? ¿Qué de todo esto juega en una frontera entre percepción, conocimiento, intuición y creación?

​​MH: Qué bueno que traes a Gloria Anzaldúa a esta conversación. Cuando habla de espiritualidad y frontera, Anzaldúa nos presenta de qué manera se forma una nueva conciencia mestiza después de un intenso y profundo proceso de conocerse a sí misma, de no ser parte de la frontera, sino “un cruce de camino”, de volverse encrucijada. Ser la propia frontera, su movilidad y flujo, se trata entonces de la comprensión y, por qué no, construcción de la espiritualidad como herramienta política.

Creo que hay mucho de espiritual (como también de política) en Ni apocalipsis ni paraíso, y eso ha generado la diversidad de temporalidades, el volverse encrucijada, el construir(se en) su propio camino en el programa. Hablar de los sueños después de abrir el tarot; abrir el tarot para hablar de nosotres; buscar lo irregular, lo no normativo, aquello que no está, o lo que sobra, y desde ahí rehacer el lenguaje; desdoblarse en una sopa; volverse planta; ser el propio intestino. Se han amasado muchas cosas en esta edición. He aquí la belleza de la masa madre —desdoblarse y a la vez dejarse incorporar, ser conjunto y ser diverso, tardar en el tiempo, alimentarse del clima, ser la misma y ser otra.

EP: Aunque no fue directamente con Anzaldúa, creo que mucho de esa encrucijada, ese lugar fronterizo, fue un punto recurrente en nuestras pláticas previas a partir del poema de Rosario Castellanos, Meditación en el umbral. Estar entre varios mundos, simplemente estar en el umbral, asumirlo como forma de ser. En ese sentido, el umbral es ese lugar que ni es apocalipsis ni es paraíso pero que deja ver la luz de otras posibilidades y, para mí, lo espiritual quizás está en asumir o esperar que ese lugar pueda ser un espacio de encuentro. Los programas educativos en el contexto del arte contemporáneo tienen algo de ese lugar espiritual donde podemos encontrarnos con otres para compartir emociones, la calidez y la confianza en ser y estar presente, de saber que nos escuchamos atentamente y con cuidado, con aprecio.

Pensando en los ecosistemas que estas prácticas producen, ¿qué cuestiones movilizaron componer ese colectivo de artistas? Y, siguiendo con esto, ¿cuáles son aquellas preguntas que las prácticas artísticas abren en la actualidad y que conmueven y sensibilizan tus propias prácticas de enseñanza/aprendizaje?

MH: Creo que fueron muchas las cuestiones que movilizaron a componer este colectivo de artistas. Una de las principales seguramente está basada en nuestro deseo de que el programa fuera hecho por nosotres para nosotres con nosotres. Es decir, que la diversidad poética y teórica no estuviesen alejadas de las cuestiones políticas locales y regionales —de ahora y de ayer. En ese sentido, más que mirar a un horizonte de carácter “universal”, nos interesaba, tanto en el diseño del programa como en la composición del colectivo de artistas participantes, poder armar un sistema suficientemente diverso de modo que el control sobre el aprendizaje y el conocimiento no quede únicamente en nuestras manos.

Considero que hay una cantidad tremenda de cuestionamientos que se han estado planteando desde les agentes del arte ya hace un buen tiempo. Pero muchas de ellas no pasan de ejercicios retóricos o ilustrativos que no cambian en nada nuestras vidas, sino más bien que sólo sirven para alimentar a un sistema del arte que está justamente estructurado con las piedras del régimen colonial racializante capitalístico, el cual dicen querer cuestionar y/o alejarse. Frente a eso, creo que la pregunta más honesta y a la vez más aguda y precisa que he escuchado en los últimos tiempos fue planteada por Maxi Mamani en el conversatorio con les participantes: “¿Para quiénes producen lo que están produciendo?”
Actualmente, me parece que responderla es condición sine qua non para responsabilizarnos y poder seguir adelante, o simplemente dejar las cosas como están.

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