Marginalia

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06.03.2018

MARGINALIA #33

by Víctor Albarracín
1 de febrero de 2018 – 28 de febrero de 2018

Marginalia consiste en la invitación mensual a un artista, curador o proyecto a escoger una serie de imágenes para el fondo de la página de Terremoto en relación con su práctica e intereses del momento. A final de cada mes se revela la identidad del invitadx y se pueden descubrir las imágenes en conjunto.

 

El Bodegón fue un espacio de artistas en la Bogotá del temprano siglo 21. Nació con las ganas de ser algo más y de mostrar algo más, sin saber muy bien qué. Al principio obsesionados con el mito de La Panadería en Ciudad de México y más cerca, queriendo cubrir el vacío que dejó La Rebeca, el Bodegón surgió sin plan, o mejor dicho, con demasiados. Cada viernes abríamos algo: una fiesta, un conciertico punk, la exposición de un novel artista o de uno consagrado con ganas de oler a espíritu joven, el lanzamiento de algo o alguien hablando sobre algo. Al comienzo, todos iban y éramos la sensación. Buena parte de esa escena bogotana que ahora ven ustedes en ferias all over the world se forjó ahí, por descarte, por no haber dónde más. Por el Bodegón pasaron profesores y estudiantes de arte, haciéndose la prolongación maldita de una escuela inexistente. Unos llegaban, otros se iban, pocos nos quedamos de comienzo a fin, pero en esas idas y venidas se fue dando la ocurrencia de una comunidad, de una escena. Una escena con actores cómicos, dramáticos y de acción. Nos emborrachábamos, nos amábamos, nos peleábamos. Hacíamos todo mientras barríamos el piso y limpiábamos el vómito de nuestros muchos amigos y enemigos en el baño. El Bodegón empezó siendo una aventura que se fue convirtiendo en una institución, quizás la primera institución de artistas en Colombia. No el primer espacio que existió, pero sí el primero que institucionalizó sus prácticas anti-institucionales. El Bodegón floreció y permitió la breve existencia de momentos majestuosos, de exposiciones que cambiaron el horizonte, de voces que crecieron y de puños que cayeron en la cara de muchos, sobre todo de nosotros mismos. Por un tiempo fuimos malditos, intimidantes, con el pequeño mundo del barrio las Aguas a nuestros pies. Los vecinos nos querían, los niños jugaban entre nuevo arte postconceptual pre-postinternet colombiano. Magaly llevaba su gallina a las exposiciones. Nos visitaban ex-presidentes de la república convertidos en galeristas y coleccionistas de arte. Pagábamos todo de nuestro bolsillo, era como un club del perder. No existían las becas, no teníamos redes, éramos un islote. Un islote es una cárcel rodeada por mar. Aquí no había mar, pero así se sentía a veces. Nos fuimos encerrando: nos fuimos peleando entre nosotros, otros se fueron a otros proyectos, a otras vidas. Algunos nos quedamos tratando de salvar una nave que debimos dejar naufragar a tiempo. Desaparecíamos, reaparecíamos, peleábamos con el mundo, pero no nos divertía ya esa pelea. A nadie le divertía, éramos la piedra en el zapato de muchas señoras de la cultura. Se amargaban ellas y nos amargábamos nosotros. Aún así seguimos, por un rato largo. Exposiciones de una noche, casi todos los viernes. Solo openings, después la muerte, hasta la siguiente. Vivíamos pobres, ser del Bodegón nos cerraba puertas, a algunos no los dejaban graduarse de sus carreras, a otros no nos daban ya trabajo de profesores. Hijos de puta, resentidos, o simplemente deleznables, pensaban de nosotros. Tuvimos también aliados, seguidores, manos amigas que nos impulsaban a seguir. Y en esa tensión nos fuimos consolidando como un performance prolongado de crítica institucional. La institución fue entendiendo, fueron incorporando. Crearon becas para espacios, llegó el dinero, la institución se rejuveneció, las mil ferias de Bogotá se inflaron imparables, el distrito artístico de San Felipe nos volvió innecesarios, obsoletos. Había galerías para el nuevo arte y bares donde servían cocteles con buenísima banda sonora. A los jóvenes artistas les empezaron a comprar pues empezaron a saber vender. Todo el mundo parecía decir: “no más precariedad”, aunque muchas veces, “no más precariedad” significara “no más grosería”. Arréglate la cara, córtate la barba, pero que parezca natural, y sonríe. El Bodegón, ese nuevo espacio de aventuras, se volvió un dinosaurio solitario que murió en silencio. Eso sí, nos alcanzaron a hacer un documental. Se llama “Mordiéndonos la cola” o “Chasing our own tail”. Lo hizo el colectivo Interferencias y está disponible en Vimeo. Sin pena ni gloria nos fuimos y algunos arrastramos por un tiempo más las consecuencias. En cuatro años pasan muchas cosas.

Muchas cosas pasaron, pasado y siempre pasado, pasadísmo.

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